miércoles, 26 de diciembre de 2012

Travesía


Por José Luis Bethancourt.


No era una vida fácil para el juglar Rodrigo esto de recorrer los polvorientos caminos entre León y Castilla, bajo dominación del Rey Fernando, pero no le quedaba más remedio si quería mantenerse vivo.
Caballero muy admirado en las cortes del anterior Rey Alfonso pasó a la fama no solo por ser un hábil jinete en los torneos extramuros sino por haber sido hallado dentro de la recámara de doña Juana, princesa de Aragón, demostrando su habilidad en tan bella montura. Sus buenos oficios con la espada le sirvieron esa noche para escapar solo con algunos rasguños en su pierna izquierda. Desde entonces su colorido traje y los malabares con los que encantaba a las damas fueron su medio de vida.
Sin embargo su espíritu inquieto no se calmaba con estas artes trashumantes, por lo que, sin pensarlo mucho, estando en Huelva se hizo a la mar el 3 de agosto de 1492 a bordo de una carraca menor conocida como Santa María.
No imaginaba al zarpar que pasarían casi cien días de penurias antes de pisar tierra firme, justo cuando se estaba arrepintiendo de su osadía al emprender este viaje, pero no de haber estado con la hermosa Juana. Fue el recuerdo de ella lo que mantuvo vivo su espíritu y la esperanza de que con su alejamiento temporal aquel episodio quedaría relegado al olvido y podría volver a las cortes.
A poco de desembarcar trabó amistad con varios miembros del pueblo taino sin que el idioma fuera un impedimento ya que el baile, la música y el juego de batú brindaban suficientes momentos para confraternizar.
Rodrigo aprovechaba los momentos de ocio para recorrer las costas y las selvas en compañía de Cayacoá, un amable cacique que tenía gran aprecio por este barbudo extranjero tan alegre. Así fue que con el correr de los meses la barrera del idioma dejó de existir y pasaban cada vez más tiempo conversando y respondiendo mutuos interrogantes sobre la vida de cada uno.
En uno de sus habituales recorridos salió al cruce, desde adentro de una cueva, una criatura, de colores gris y verde con patas cortas y cola larga. La intriga de Rodrigo dio paso a la risa y la sorpresa cuando escucho a Cayacoá decir que era una “Juana”
—¡“Juana”! Igual que la bella dama que espero volver a ver…
—No Juana. “Iwana” —aclaró el cacique.
—¡Iguana! —repitió alegre Rodrigo una y otra vez haciendo caso omiso de los intentos de ser corregido.
Y así fue hasta el día que el juglar regresara a la madre patria y fuera nuevamente acogido en las cortes de Castilla y con el beneplácito real contrajera nupcias con su amada Juana.
Sin embargo nunca olvidó a su amigo de las Indias y deleitaba a su esposa con la historia de la Iguana, ese animalito que se esconde en una cueva, según se lo relatara Cayacoá:

En un pasado muy lejano cuando los animales eran personas, había una niña muy hermosa pero de mal corazón. Por haber sido beneficiada con tanta beldad era soberbia y altanera. Sus manos eran encantadoras y hábiles como nunca se habían visto pero no hacía otro trabajo que tejer y coser ropa para ella misma; sin ayudar en nada a su madre y sus numerosos hermanos y hermanas a quienes trataba con desprecio. Su padre, queriendo darle una lección la despidió de la casa, dejándole solo lo que se había puesto al levantarse.
Conoció lo que era la pobreza, vivía en la selva y dormía sobre la hierba. Pero estos contratiempos no hicieron que cambiara su actitud, sino que se hizo más holgazana  Cada noche al pasar frío prometía levantarse temprano para conseguir materiales y tejer una manta nueva y coser un vestido. Pero por la mañana con el calor de sol se quedaba sentada todo el día calentándose con sus rayos y olvidaba la promesa de la noche anterior.
Al llegar el primer día del invierno buscó refugio en una cueva donde solían dormir otros animales. Poco después la encontraron muerta por el frío, cubierta de escarchas. Su padre acongojado por perderla pidió a los dioses que la convirtieran en un animal. Así fue que con el calor del mediodía salió de la cueva un feo animalito gris a tenderse al sol para calentarse.
Sin embargo  los dioses conservaron algo de su humanidad y por eso tiene manitos como de mujer, recordatorio de que no hay que ser egoísta y holgazana con las habilidades que uno recibió al nacer.




- FIN -




José Luis Bethancourt ha dispuesto que Mauricio Vargas Herrera, para su cuento corto a publicarse el miércoles 02/01, utilice las siguientes palabras: 1) solsticio; 2) edredón; 3) trolebús; y 4) mazorca.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Música y letra




Por Claudia Medina Castro.


Augusto Guerrero estaba cansado.
Veía cómo sus sueños se hacían humo descaradamente en su cara. Humo gris verdoso, como el que sube del mar anunciando un naufragio.
Sueños de algodón…
Envuelto constantemente en días complicados, se sentía invisible para los demás. La nube de su taquipsiquia era impúdicamente pesada. (No podía entender cómo semejante mole pasaba desapercibida.)
¿Cuánto tiempo más llevará?
Pasaba las horas simulando creer en algo (difícil faena...). Lo cual le resultaba como si mil niños lo acosaran con sus chillidos. Como si mil hembras le mintieran al unísono. Como si mil teles estuvieran encendidas en el canal más verborrágico. Demasiada interferencia.
Y no soportaba sus oídos abiertos, su permeabilidad.
¿Qué significa el silencio?
Con gran cuidado tomó los tapones anteriores y los actuales, los despojó de toda pelusa molesta y los sumergió en alcohol.
Me quiero morir mil veces, y una más.
La realidad no era mala. Solo la entendía poco. (Tapones limpios en sus oídos blancos.)
¿Qué significan esas voces?
Y las voces. Esas, que sonaban todo el tiempo y le bloqueaban la respiración hasta acudir una vez más al inhalador de emergencia. Esas, que rebotaban en su cabeza como una bata a lo Rush, pero sin aquella adrenalina.
¿Será la medicación?
Ya no esperaba esos ojos sonrientes que lo aceptaron sin preguntar. Menos, aquel gesto adelantando la caricia.
Y ese dolor constante que insistía, invadía… Y sin el más mínimo pudor se imponía; y lo podía…
¿Qué se me clava en los hombros?
Algo lo mantenía adusto, crispado, incómodo; defendiéndose del aire que los tocaba. No lograba acomodarse en su gabán recién puesto. Aun así, salió a subir.
Escalones aliviadores… ¿cuántos son?
Los trepaba con ardor, con la piel hecha pedazos y los ojos de papel…
¿Cuándo llegaré?
La música giraba en su garganta. Estrofas de otra vida, de otros sueños. Preguntas amontonadas y respuestas sin sentido… (Todo amotinamiento pareciera estar bajo control…)
Llegando a la puerta salvadora, la somnolencia tan ansiada empieza a crecer.
¿Empieza a crecer?
Ya no importa dónde van los manojos de deseos truncos. Apuntan hacia el cielo gris, ciego y sordo de neutralidad.
¿Qué música es esa?
Su alma reconoce los tonos de su estirpe. Y sus alas se rehacen.
¿Qué clase de vuelo es este?
Es el vuelo que vibra en sus ansias, repletas de amor.
¿Adónde debo ir?
Desde aquí, bien derecho a la eternidad.

C. M. C.
11.12.12
(…con secuelas de letras y músicas incrustadas en las células…)


- FIN -



Claudia Medina Castro ha dispuesto que Juan Esteban Bassagaisteguy, para su cuento corto a publicarse el miércoles 19/12, utilice las siguientes palabras: 1) descontrol; 2) derrota; 3) dibujo; y 4) donaire.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Resurrección




Por Bibi Pacilio.


Se terminaba noviembre y pensé con toda razón que los adoquines se reían de mí. No podía juzgarlos, su naturaleza los había acostumbrado a la dureza, al taconear, el repiquetear, a las huellas incoloras (algunas verdosas), a mirar en puntas de pie, como en un abismo irrisorio sobre una piedra, un poco más alta, más gruesa o acaso más liviana. El camino no era nuevo, podría contarles miles de recorridos pero ninguno como este que me deja alerta ante un cuerpo desconocido.
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Fue otro el tiempo de los aromas que palpitantes embriagaban la cocina. Isabela había llegado de quién sabe dónde para ocupar el lugar que otra mujer había dejado al marcharse para siempre. Lorenzo se enamoró de sus manos, ninguna de las otras, las habían lamido con placer después de enterrarlas en la humedad de la tierra. Se casó con ella y la huerta creció opacando los rumores que en el pueblo lo habían condenado a la soledad.
Vinieron estaciones de buena cosecha y lujuria, de plegarias y acechos, como los vientos que encandilados por la luna derrochan sus ráfagas en noches de quimeras. Fue una noche, la primera, cuando las habas rodaron por el piso y el hechizo desató la tempestad.
La piel de Isabela enrojeció como los días, mientras el hombre recuperó su empeño. Nadie dijo nada cuando el carro se arrastró de nuevo por el empedrado del pueblo sin prisa y otra vez volvieron las plegarias en la iglesia: “Socórrelo Señor, dale entereza”.
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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Santo Ocho




Por Laura de la Rosa.


Tengo una buena cámara y además tengo un excelente ojo. La capacidad que pueda tener el último de los modelos de una cámara de calidad es diminuta si la mirada del fotógrafo no encuentra la imagen que está buscando.
No veo cosas. No veo personas. Veo solamente fotos.
Fotógrafa tiempo completo en el New York Times, amante de esas redacciones como laberintos donde cientos de amigos y colegas dejan su vida por obtener un Pulitzer. Mi equipo de trabajo es una Nikon D800, un aparato que me permite captar lo que quiera. No voy a ponerme con especificaciones técnicas, sino que voy a resumirlo así, mi cámara es como el chico de mis sueños, el aparato perfecto.
Vivo en New York desde hace dos años, costó adaptarme al estilo de vida de este lugar, tan bizarro algunas veces, tan estructurado otras y sin embargo por primera vez en mucho tiempo me siento casi como en casa.
The Yossi Milo Galery, ubicada en West Chelsea, me propuso exponer a principios de octubre, la idea es entregar una foto por día, ocho días consecutivos, imágenes que expresen lo que siento o sentí durante esos días, la última foto la debo enviar el mismo día de la exposición. La oportunidad es única, solo tengo que encontrar la foto indicada.
Laura de la Rosa
“Todas las fuerzas giran sobre la base del Santo Ocho”
Yossi Milo Gallery is pleased to announce All the forces revolve around the holy eight, an exhibition of color photographs by Laura de la Rosa. The exhibition will open on Wednesday, August 8.
El nombre no surgió de manera casual, cuando el director de la galería propuso esta exposición me dijo que pronto recibiría un mail con algunas indicaciones, ese día entre la correspondencia que habían dejado en la puerta del departamento encontré un sobre gris que adentro tenía escrito lo que daría nombre a mi obra. Claro que ese no fue el mail que yo debía recibir, y tampoco esas indicaciones las seguí, mi exposición tenía que estar vinculada a lo que decía ese sobre, todas las fuerzas giran sobre la base del Santo Ocho, ¿cómo llegó a mí, quién lo envió? eran preguntas que comenzaba a hacerme pero aún no tenían explicación.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El juego del ocho



Por William E. Fleming.


Al final solo quedamos ocho: Juan, Bibi, Claudia, Mauro, Sebastian, José Luis, Laura y yo. Todos alrededor de una mesa con un tapete verde en lo alto de un edificio. La ciudad sitiada y desierta bajo nuestros pies.
Juan zarandeó en su mano el cubilete, el sonido de los dados jugaba con el eco sordo. Lanzó su interior sobre el pasto, y las cinco figuras bailaron en un vals loco hasta pararse en una de sus caras: todas extrañamente tenían un ojo. Juan nos miró a todos y en su ojo derecho, el único que le quedaba, pudimos ver la resignación.
Con el turno de Bibiana, que le costaba poder mover los cubiletes con el único brazo y apenas tres dedos de su mano izquierda, Juan se despidió y saludó a los presentes en un arqueamiento de cabeza. Los dados bailaron y las figuras que salieron fueron una pierna y lo que parecía el dibujo de un hígado. Al fondo Juan se perdió por la inmensidad oscura de la puerta.
Bibi carraspeó y soltó un pequeño alarido de angustia. Intentó marcharse pero se cayó de la silla y todos pudimos verla cómo se movía en el suelo como un pez coleando fuera del agua, con una sola pierna. Mientras Mauro la recogía del suelo el turno de Claudia se formuló rápidamente, con pericia, sin pestañear, lanzó los dados sobre la mesa. Su resultado hizo que el silencio se apoderara de todos. Su boca inexistente no pronunció palabras, y su ojo de cristal no lloró cuando los dados enseñaron un rojo corazón.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Excusas para matar




Por Sebastián Elesgaray.


Estábamos en el cielo. Todos.
Bueno, en realidad llegamos hasta la azotea.
En Argentina le decimos terraza comentó Juan con una sonrisa.
El editor asintió y devolvió el gesto. Era gordo, bajito, con una pelada que le estaba ganando terreno sin discriminar ninguna parte de la cabeza. Un anillo de oro decoraba su anular derecho. Un prendedor de oro sobresalía de la solapa de su saco. Prendió un habano con un encendedor de oro. Y cuando sonrió, un diente de oro brilló al sol. No supe bien qué pensar, pero sentí un poco de asco. ¿Era necesaria tanta parafernalia? ¿Sería así todos los días o nada más cuando se juntaba por reuniones de trabajo?
Lo que queremos de ustedes dijo en un español atravesado, es que publiquen con nosotros todos sus próximos cuentos. Los que están en el blog ya no sirven, no son inéditos. Pero a partir de ahora nos gustaría que trabajen para nosotros.
Nos miramos entre todos. William se pasó la mano por la barba y levantó las cejas. Sus ojos francos estaban fijos en el editor.
¿Y eso por qué?
Siempre me causó gracia el acento de los españoles y cuando William habló no pude evitar sonreír. Vi que a Laura también le causaba y asentimos en silencio.
Buscamos nuevos talentos. Escritores que rompan un poco el esquema. Estamos un poco cansados de los multimillonarios pedantes que rebalsan el mercado con los palabreríos típicos de quien busca ganar dinero.
Mauro levantó la mano despacio. Temblaba un poco, expresando que no disfrutaba el frío de Nueva York.
Eh… ¿Cómo nos encontró?
Yo no los encontré. Tenemos gente que se dedica a navegar por la web en busca de ustedes.
Pasaje de avión. Alojamiento. Movilidad. Todos los gastos pagos. Era demasiado bueno para ser verdad.
Al lado mío, Juan fruncía el ceño. Parecía concentrado, incluso ido. No lo conocía mucho. En realidad no conocía mucho a nadie, salvo por Facebook. Bibi, Claudia, Laura, Juan, José y yo, todos los argentinos, nos habíamos conocido un poco en el avión. Había compartido asiento con Juan, pero el muy jodido había dormido todo el viaje como si estuviera muy pancho, mientras que yo no podía dejar de morderme las uñas como una colegiala nerviosa por una primera cita.
Che, ¿y por qué una reunión acá arriba? dije.
Juan me miró. Había hecho la pregunta que él quería hacer.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Acróstico





Por José Luis Bethancourt.


Encuentra La Silenciosa Azotea Nunca Terminada Observa Obedientemente Cuando Haya Oscuridad

El mensaje fue deslizado por debajo de la puerta del hangar a las 8 de la mañana del 8 de agosto. El día y la hora no resultaron desconocidos a todos los que se hallaban presentes aquella mañana. Años atrás, ocho para ser exactos, Bibi recibió una nota para asistir a ese lugar. Al llegar bien vestida la invitaron a pasar a un cuarto aislado y sin advertencia dos enfermeros la sujetaron mientras era inyectada en el brazo izquierdo. Nunca recibió respuesta a su pregunta “¿por qué?” ni ese año ni los siguientes siete años. Pero tomó muy en serio la advertencia de mantener estricto secreto sobre lo ocurrido y volver a ese lugar cada año. Nunca más fue inoculada pero cada vez un nuevo compañero era introducido en ese cuarto para recibir el mismo tratamiento y partir con una gran duda.

Esta mañana luego de que me inyectaran a la fuerza pude saber por el relato de todos ellos que era la primera vez en ocho años que recibían un indicio, una pista, algo que les daba razón para creer que tendrían una respuesta. Además de la particular misiva en formato circular dejada bajo la puerta había sobre la mesa ocho sobres identificados cada uno con nuestros nombres. Nunca me pareció tenebroso ver “José Luis” escrito hasta que vi el sobre dirigido a mí. Esas letras negras, grandes y de apariencia gótica parecían destilar un mal presagio. Dentro había solamente una llave numerada, al igual que en los sobres de mis compañeros de fortuna.

Tendríamos que salir de ese cuarto para tratar de descubrir qué ocurría... Apoyé mi oído en la puerta y no percibí actividad del otro lado. Sin dudar moví el picaporte y la puerta se abrió sin resistencia. Cautelosamente fuimos saliendo. Decidimos permanecer todos juntos. Nos unía un destino común y sin tener que mencionarlo sabíamos que solo sobreviviríamos a lo que viniera si permanecíamos unidos.

jueves, 18 de octubre de 2012

Ocho al ocho





Por Claudia Medina Castro.


Era sabido que no es fácil acceder a azoteas ajenas.
Eso hacía más complejo cumplir con el acuerdo irrevocable convenido horas antes en lo más alto del edificio de Juan.
Mis manos habían desaparecido un rato antes de llegar. A Mauro le pasó lo mismo. Bibi perdió sus ojos horas atrás, cuando se encontró con Juan en idéntica situación. A pesar de eso, no dudó en darme sus manos para que haga algo.

Mauro me seguía, manco también, incondicionalmente.

Y todo por ese mail anónimo y letal:

“Ya Están Muertos. Todo Lo Que Reciban Es Un Regalo. Todo Lo Que Puedan Hacer, Una Oportunidad.
Los Ocho, El Ocho, A Las Ocho, En Donde Todo Comenzó.”
No teníamos escapatoria. Y lo sabíamos.
A mi me tocó una parte complicada. Trasladarnos a los cuatro hasta el lugar de la cita, que era la azotea más antigua y emblemática de esa ciudad.
Edificio exótico como ninguno. Rodeado de gárgolas amenazantes y habitado por seres que aparentemente vivían de fiesta.
Cada piso tenía un sello diferente. Algunos llenos de antigüedades ignotas; otros vacíos; otros impenetrables.
Las gentes que vivían allí eran registradas y reconocidas por su ADN ancestral. Los ilustres y esporádicos visitantes lo hacían con un código implantado por sus anfitriones en la yema del anular derecho.
Solo para pocos.
Y nadie, NADIE tenía acceso a la última azotea. El motivo primigenio era que las voladizas terrazas privadas que lo circundaban eran demasiado redondas y completas, demasiado bellas para desear ir más allá... (Ni noción de que allá, en lo más alto, se sellaría cierta historia antigua para dar lugar a… bueno, a otra).

miércoles, 10 de octubre de 2012

Camaradas





Por Bibi Pacilio.


Desperté y estaba todo oscuro. Es cierto que para mis ojos  esto no hubiera sido un suceso digno de tener en cuenta, si mis manos hubieran olvidado, solo por una vez, el gesto cotidiano (el primero de la mañana) de golpetear los párpados con los dedos buscando ilusos una señal de luz.
Estaban vacíos y comprobé aterrada que el mensaje que había recibido la noche anterior no era un sueño. Ni siquiera me atreví a lavarme la cara, pensando que esos dos agujeros sin fondo, serían tan capaces de tragarme entera como de ahogar de un solo trago mi respiración. Por un instante las palabras del Dr. Sebastián Elesgaray volvieron a mi mente, “Primero el brillo, después la vacía oscuridad”.
Tardé más tiempo del habitual en colocarme el abrigo y cubrir la mitad de mi rostro con los anteojos negros que nunca había querido usar; encontrarlos en algún cajón de mi departamento me llevó varias horas y algunas manchas violáceas se dejaron sentir sobre la piel acalambrada por el miedo pero la sensación de mis índices hundidos en aquel abismo desató entre mis instintos uno que aún no conocía.
Tenía que hacerlo sola. Si hubiera pedido ayuda, los pocos seres en lo que todavía podía confiar habrían intentado inmovilizarme, llenarme de razones, aferrarme al consuelo de sus brazos sin detenerse en el mensaje, que por alguna inexistente razón, había traspasado mis órganos. Caminé la mañana por primera vez como si esas cavidades que ahora me sostenían me despojaran también,  de aquellos sonidos, de aquellos olores necesarios. Pisé fuerte las sombras, aspiré el perfume de las alcantarillas y me acordé del crepitar del fuego en alguna esquina.
Lo intenté todo, después del bramido del bastón que blanco voló por el azul, los pasos tentativos hacia el hielo perfumado, las lágrimas incoloras volviéndose chasqueares de periódicos, de suelas, de abanicos sin rumbo, aquella vez distinta cuando Sebastián me recordó que existían otros mundos, esos que con la lente alguna vez se olvidan. Tenía que hacerlo sola y cuando la puerta se abrió me sentí como el héroe que había caminado por fin.
El ocho de agosto, con dos agujeros en mis ojos y carente del elixir de mis sentidos llegué por obra de un sueño al primer escalón de una escalera infinita y por primera vez, cuando mi pie izquierdo tanteó la pared que me separaba de ese otro mundo paralelo, me sentí una elegida.
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miércoles, 3 de octubre de 2012

Ocho personas





Por Bibi Pacilio.


“Todas las fuerzas giran sobre la base del Santo Ocho”

Ocho personas, ocho razones y un número infinito que va a marcar el destino de todos.
Ninguno sabía el porqué del mensaje, pero todos debían estar ahí, a la misma hora. En el edificio más antiguo de New York, las pesadas puertas de madera se abrirían nuevamente para volver a cerrarse cuando solo las estrellas iluminaran sus rostros. La duda no estaba permitida, ni siquiera la curiosidad. Ellos, los ocho, sabían que no podían faltar a la cita, porque la voz que los había convocado era la que cada uno debía oír.
Sin presagios ni catástrofes, sin bolas de fuego iluminando el cielo. Esta vez y por alguna misteriosa razón, el día imaginado por el cine, temido por los devotos e idealizado por los fanáticos, había llegado.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Ellas querían ser devoradas





Por Laura de la Rosa.


I

Diario La Nación, 20 de septiembre de 2012
Claudia Medina Castro Condenada a Cadena Perpetua
Leyó Claudia en el titular del diario. Pero lo que realmente decía era que su casi homónimo Claudio Medina Castro era condenado a cadena perpetua.
El Tribunal Oral IV de La Plata lo encontró culpable del triple homicidio agravado por alevosía de Esther Martínez, Irene Welter y Margarita Atkinson. Una sentencia ampliamente fundamentada, que consta de más de 300 carillas en donde se destacan las pruebas aportadas por la policía científica: cuchillos, utensilios de cocina, y muestras de sangre que se encontraron en el suelo de madera de una habitación. El agravante de la pena fue la pluralidad de víctimas y el hecho de que las tres mujeres fueron cocinadas y comidas por el hombre.
El caso no pasaba desapercibido en ningún lugar del mundo. Era un caso de canibalismo, el primer caso de canibalismo de esta índole en Argentina. Y justo, justamente el asesino llevaba prácticamente su mismo nombre.
Los medios de todo el mundo cubrieron el juicio, y en cadena nacional se vio como el otro implicado José Luis Bethancourt,  “El Gourmet”,  era declarado inocente por falta de pruebas.
El pacto de estos dos hombres era tan fuerte, la comunión era tan absoluta que uno solo había cargado con la culpa de ambos, sin embargo la opinión pública los condenaba a los dos. José Luis era el mentor de esta historia, Claudio el ejecutor, ambos estaban en este acuerdo. Pero uno iba a pasar muchos años en prisión y el otro iba a gozar de su libertad.
Claudia se obsesionó con el caso desde el primer día, no era para menos, fantaseó alguna vez que podría haber sido ella la cuarta víctima. No porque gustara de frecuentar talleres literarios sino por las veces que había compartido con José Luis algunos tragos.
Se conocieron en un blog, ambos despuntaban el vicio de las letras virtualmente, y llevaban varios años escribiéndose, comentándose o bromeando en alguna cadena de mail. Se conocieron de casualidad en la feria del libro y se cruzaron en algún evento de amigos en común. Se querían, con ese cariño que sentís por quien compartís un espacio virtual. Siempre le pareció un hombre extraño, demasiado raro para ser bueno, demasiado raro para ser malo.
Hace cosa de dos años, se encontraron a la salida del subte en la estación de Plaza Italia. Palermo estaba fresco. Se abrazaron ya que llevaban bastante tiempo sin verse, ella le comentó que debía esperar un par de horas y Pepe, así le decían cariñosamente, le ofreció esperarla en su casa. Dijo que estaba solo y que podían degustar un buen vino que quedó de la cena de la noche anterior.
Estuvo a punto de decir que sí, pero esa intuición que la acompañaba de niña, respondió por ella. No. Había algo en su mirada, algo distinto, efectivamente no era su mirada habitual. Él insistió pero la firmeza de Claudia en su negativa lo llevó a invitarle un café en el Havanna que estaba ahí cerca.
Estuvieron un rato, hablaron de amigos en común, de proyectos, de libros. Él habló de su separación y la mudanza, ella de la exposición de la cual iba a participar, dijo que estaba pintando poco, él que estaba escribiendo mucho.
Cuando llegó la hora de pagar, José Luis negó con la mano el intento de Claudia por tomar la cuenta y abrió su billetera para sacar los veinticuatro pesos que le salieron los cafés, mientras sin querer cayó sobre la mesa una pequeña pulsera que parecía de plata y que tenía unos pequeños dijes que simbolizaban el horóscopo chino.
—¡Qué precioso! —exclamó Claudia
—¿Te gusta? Quedatelá. No creo en esas cosas, usala, era de una amiga.
—Pero no, cómo voy a aceptártela.
—Quedatelá, ella no la quiere más.
Lo cierto es que Claudia guardó la pulsera en su cartera, porque el ganchito estaba roto, se saludó nuevamente con un abrazo y se fue. Unos días más tarde observaba atónita por televisión cómo su amigo era detenido junto a un cómplice sospechado del asesinato de tres mujeres. La sorpresa creció cuando descubrió que el otro hombre tenía un nombre muy parecido al de ella. Y fue mayor al saber que las mujeres habían sido devoradas por estos dos sujetos. No recordó la pulsera, ni el cuento.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Best seller





Por William E. Fleming.


I

Sus manos no olían a cadáver y muerte sino a una fragancia de rosas frescas. Cuando ella las apartó de sus ojos, con una sonrisa y un «Feliz Retiro» seguido por un coro de sus amigos de la oficina, sintió que podría volver a vivir. Pero siempre se equivocaba con todas las cosas que suponía fuera de las horas de trabajo.
Las risas inundaban toda la sala, los compañeros le vitoreaban, le daban aplausos, sonrisas, silbidos, convirtiéndole en el centro de atención. Nunca le gustó eso.
—Muchas felicidades compañero —los labios de Gladis se le marcaron en la mejilla. De aspecto risueño, labios siempre pintados y uñas perfectas, Gladis, era la secretaria que todo jefe quisiera tener. Eficiente, rápida, y siempre alegre. Casi como la madre de todos. Llevaba unas gafas de estilo cat eye, un poco viejas para la moda actual pero ella era así muy sesentera.
—Hey. —Alberto le puso un gorro de aquellos picudos de cumpleaños en la cabeza—. Dejadle, que tiene que cortar el trozo de pastel. —Todos se apartaron haciendo un pasillo hasta dejar ver una enorme tarta con forma de persona asesinada y el contorno de tiza hecho con fresas—. Vamos compañero, dale un buen aguijonazo. —Y este le tendió un cuchillo para el primer corte. Cuando atravesó, casi con saña, el dibujo de la figura del moribundo, todos gritaron y aplaudieron. Él, únicamente pudo cortar su sonrisa y petrificar una tristeza al recordar a Bibi.
—Yo quiero quedarme con la pierna derecha —dijo una voz desde el fondo. Los demás volvieron a reír.
La música subió. La gente cogía un trozo de cada parte del cuerpo. Gladis le sonrió con un poco de tarta en los dientes tiznándolos ligeramente de negro.
—Es una pena que te jubiles, Sebastian —lanzó un ataque al trozo de tarta que tenía en el plato de plástico desechable. Casi se le cae al suelo, como un bailarín en la cuerda floja, consiguió salir vivo—. Todos te vamos a echar de menos aquí.
—Hey —desde la lejanía Alberto le lanzó una figurita: era un viejo soldado de juguete, emblema de la división. Viejo, quemado y con una sola pierna como en aquel cuento—, Hombre de Hojalata. Parece que ya no vas a necesitar eso —dijo señalando a la identificación. Una reluciente placa dorada y verde. En las partes verdes rezaba: POLICÍA DE COLOMBIA. POLICÍA NACIONAL. DIOS Y PATRIA. Coronando la insignia un cóndor de los Andes con las alas extendidas.
—Ohh, sí —sentenció con una sonrisa despistada—. Los hábitos son difíciles de eliminar. —Hizo el ademán de devolver la identificación pero Alberto le sonrió: «No te preocupes ahora tenemos que celebrar que has terminado sin una bala en tu cráneo» dijo riendo mientras le tocaba la frente con el dedo índice. Las personas alrededor rieron la gracia. Sebastian sintió sus mejillas sonrojarse.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Lo mejor de Laura




Por Sebastián Elesgaray.


Viaje largo. Muy largo. Cómo los detestaba.
Dormir incómoda (si llegaba a dormir algo), las infinitas posibilidades de un compañero de asiento indeseable (en este caso un gordo que ocupaba más de lo normal y roncaba como un motor a punto de reventar), el paisaje austero y casi interminable de ciudades iguales, tan solo reemplazado por las llanuras insulsas a medida que el colectivo se acercaba a la provincia de Buenos Aires.
Pero había una buena razón. La mejor y más intensa de todas las razones. Suficiente para dejar a su hijo con su abuela durante una buena cantidad de días. Suficiente como para pedir licencia en la escuela. Suficiente porque la llenaba.
Literalmente.

Diario “El Día”, 27 de Mayo de 2012

Hoy sale en libertad José Luis Bethancourt, alias “El Gourmet”

Han pasado dos años de los atroces crímenes perpetrados por quienes se han dado en llamar “Los Cocineros”. Pero quien más polémica ha suscitado es José Luis (43), mejor conocido como “El Gourmet”. El apodo le fue dado en innumerables talleres literarios por los que ha pasado, y en los cuales dejaba su huella como un “excelente gastrónomo de historias”.
Y la polémica no es pequeña, ya que en el día de la fecha saldrá en libertad condicional. Será presentado esta mañana en una audiencia de legalización de captura, ante el juez de control de garantías Dr. Mauro Bidondo en el Cámara de Apelación y Garantías en lo Penal. Sin embargo, se conoció que la fiscalía no va a pedir una medida de aseguramiento ni le va a imputar ningún cargo. Al parecer, las pruebas en su contra no tienen la suficiente contundencia.
El detective que lleva el caso, Sebastián Elesgaray, no hizo ningún comentario al respecto con este diario, pero es harto conocido por todo su círculo que no está para nada de acuerdo con el fallo de la fiscalía. El abogado de José Luis Bethancourt manifestó su satisfacción y comentó que su cliente “solo quiere reincorporarse a la sociedad como un ciudadano más”.
Por otra parte, Claudio Medina Castro, su aparente compañero, será imputado por los asesinatos de Esther Martínez, Irene Welter y Margarita Atkinson…

Libertad. Era linda cuando se la tenía. Y hacía falta tan poco.
El amanecer se mostraba imponente. El semicírculo naranja asomaba por el horizonte y bañaba la piel de Laura resaltando sus rasgos finos. El pelo suelto, esparcido en el respaldo como un pequeño manto oscuro.
Bostezó. Se desperezó, hizo sonar las vértebras del cuello y aflojó la espalda. Miró a su acompañante, que seguía roncando como la más grande de las morsas. Le dio un poco de envidia pero no la manifestó.
Ya estaba llegando.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Algunos prefieren matar de noche





Por Mauricio Vargas Herrera.

Se recomienda leer primero el cuento de Juan Esteban: "Un muerto en el ropero".

Los feroces ladridos retumbaban en el bosque y, mientras huía, William recordó la vez que los oyó en la casa de al lado y que fue el inicio del atroz descubrimiento.
Estaba leyendo el último libro de King, que había comprado de inmediato cuando el autor anunció su retirada del mundo literario. El pobre ya estaba viejo y muchos habían considerado la idea como sensata. Su hijo sería el encargado, ahora, de llevar la batuta.
Como prefería la noche para escribir, William Fleming dedicaba la tarde a la lectura. No tenía problemas con el ruido ni nada, pues aquella casa le ofrecía la paz que necesitaba para enfrascarse en sus lecturas. Ni siquiera ahora, fecha en la que algunos salían en los bosquecillos cercanos a cazar, habían molestias. La noche era más tranquila aún, y casi que podía oir a las fantasmales musas susurrándole al oído los microrelatos que escribía como poseído por extrañas fuerzas.
Llevaba un par de años, aproximadamente, viviendo en el barrio de Buenavista, distrito Centro, en el Norte de Toledo y, lo que más provocaba fascinación, era que había adquirido la casa contigua a la de Emilio Ramón, uno de los escritores de terror más enigmáticos desde Howard Philips Lovecraft. Fue un golpe de suerte saber de la casa cuando se puso en venta y con las ganancias que le había dejado su más reciente publicación, William había decidido irse para allá de inmediato.
Si bien su vecino resultaba ser un misterio, su obra literaria no le había llamado lo suficiente la atención. Sí, leía algunas cosas que decían sobre él en la web y conocía su extensa bibliografía, y siempre se decía que ya leería alguna novela de él, pero hasta ahora no lo había hecho. Había visto en la vitrina de una pequeña librería de la zona la más reciente novela del tipo, El tren, que se anunciaba con escándalo por el hecho de que el autor vivía en la zona, y casi entró a comprarla, pero primero estaba el viejo Stevie.
Ahora ya iba por la mitad del tocho de novecientas y pico páginas y estaba completamente absorbido en la lectura, cuando oyó el auto que estacionaba cerca de su casa. Quiso pararse a ver, pero su cuerpo no quiso levantarse y lo agradeció sin despegar los ojos de las páginas. Pero sus oídos seguían atentos. Escuchó una breve conversación y luego al auto arrancar. Después vinieron los ladridos de los dos perros que su vecino tenía sueltos en la casa. Ladraban con fuerza, como si alguien quisiera meterse a robar, y no cesaban ni un segundo. Intrigado, William dejó el libro a un lado de mal humor y se acercó a la ventana de su estudio, que estaba en el segundo piso.
—¿Visitas? —dijo observando por un resquicio de la persiana.
En los dos años que llevaba viviendo allí, jamás había visto a nadie visitar a Emilio Ramón. Bueno, muchas veces llegaban algunos para tomarse la dichosa foto en la verja de metal, como él había logrado hacerlo en Bangor, Maine, pero eso no era una visita propiamente. Ahora sí que lo era.
Los árboles que rodeaban la propiedad de al lado apenas si le dejaron ver al hombre parado en la puerta, viendo atónito a los dos enormes perros que le ladraban. Era un sujeto alto y delgado, y miraba ansiosamente a su alrededor. Cuando dirigió su mirada hacia la ventana de su estudio, William retrocedió, esperó, y volvió a atisbar entre la persiana. Emilio Ramón estaba descendiendo por el sendero empedrado, calmó al par de rottweilers y le dio la bienvenida al otro hombre. Cruzaron unas cuantas palabras y desaparecieron en el interior de la casa.