miércoles, 25 de septiembre de 2013

Dejad a los niños



Por José Luis Bethancourt.


El sigue mirándome.
Hoy estuvo observándome. Me observa cuando yo juego en el prado. Mi padre hoy trató de hacerme daño.
Me gustaría que se marchara. Me gustaría que mi padre se marchara. Mamá también quiere que se marche.
Hoy trató nuevamente de hacerme daño. ¿Por qué papaíto quiere hacerme daño?
Había más, pero Elizabeth no pudo descifrarlo. Pasó lentamente las páginas del viejo diario y después lo cerró. Volvió a abrirlo en la primera página, y leyó la inscripción que allí había. Estaba escrita por una mano fuerte y masculina, y no se había borrado. Las iniciales de abajo eran las mismas de su padre: “J.C”. El diario debió ser regalado a la niñita por su padre.
Dejó el diario y alzó la vista hacia el retrato. Era tu diario, pensó. Era tuyo, ¿verdad?
En ese momento Cecil, el viejo gato, entró en la habitación y se restregó contra sus piernas. Ella lo levantó y lo puso sobre su regazo. Acarició suavemente al viejo gato y siguió mirando fijamente el retrato.
Tal vez por las palabras del diario, o la soledad de la casa, o las dos copas de brandy que tomó sintió que la niña del cuadro le sonrió maléficamente.
—Tonterías —dijo por fin—. Mejor me voy a dormir.
Mientras subía las escaleras hacia su dormitorio, la extraña inscripción de la primera página del diario volvía una y otra vez a su mente:
—Dejad a los niños... —decía—... que vengan a mí.
Sabía que había leído esa expresión en otra parte, pero no pudo recordar dónde. Mientras pensaba en esto el sueño la venció poco antes de la medianoche.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

A la deriva



Por Juan Esteban Bassagaisteguy.


El Cocinero
Ay, qué dolor, por favor, no doy más con estas punzadas, la puta madre…
Yo le dije al capitán, «dejémonos de joder con andar parando en puertos africanos», andá a saber qué alimentos de mierda nos vendieron esos negros del puerto de Durban, en Sudáfrica. El segundo oficial es el único que posee algunos conocimientos médicos; pero, a pesar de los brebajes que nos ha metido encima, no ha podido con todos. Varios han muerto aullándole al cielo, sangrando por el culo y con terribles revoltijos en sus bajos vientres hinchados de putrefacción y dolor.
La debacle no cesa. Muertos y más muertos por doquier. Y unos pocos sobrevivientes que se disputan, frenéticos, la última gota de agua; el alimento bueno se terminó hace rato.
Sé que varios de los que todavía siguen vivos me acusan de ser el responsable de todo. Creen que la culpa es mía porque, como cocinero, debería haberme dado cuenta de lo de la comida en mal estado. Pero no. El responsable —el único responsable— es el capitán. Tremendo pelotudo que nos metió en esta. Sin comida, sin agua, y a la deriva.
¡Ay! La concha de la lora, no doy más. ¡Dios, cómo duele! El orto… Ay… Me toco atrás y me miro los dedos: todos manchados de rojo y marrón. Siento que algo cae de mis labios y llevo la otra mano allí. Más sangre. No doy más… ¡¡Diooos!!
Entonces lo veo claro. La única salida.
Con las últimas fuerzas que me quedan corro a estribor, me subo a las barandas del barco y salto hacia el océano.
El agua fría me recibe con una mansedumbre inusual —no se distinguen olas en la cercanía—, calma mis dolores más intensos y me da paz.
Mucha paz.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Der Zauber



Por Claudia Medina Castro.


Lucía dormida. Dormida y desnuda.
Acurrucada, escondida en su brazo, quería ser invisible. Sus ojos apretados deseaban no pensar más. Intentaba apagar su mente forzándose al sueño. Al menos un rato de silencio, hasta el ocaso implacable.
Ya no se preguntaba cómo llegó a eso. Ya no. Pero el tiempo y el olvido no siempre llegan juntos. En su caso, había pasado mucho tiempo, y muchas cosas había para no olvidar.
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Su costado dolorido bramaba silenciosa clemencia. Se decía a sí misma - todo pasará. Pero los años formaban un círculo infinito, diferenciados solo por las diferentes heridas en su cuerpo entumecido.
Heridas que inmediatamente sanaban, dejando una indeleble cicatriz en la memoria de Lucía. Sabía muy bien que eran señales. Marcas de su arriesgada decisión.
Entonces, sumisa y obediente, volvía a su noche cotidiana. Una y otra vez retornaba deliberadamente a ese infierno extraño y ensordecedor.
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La época no ayudaba. Las mujeres existían para cosas muy puntuales; el mundo era para otros.
Tiempo atrás, cuando la ciudad entera lucía empedrada, Lucía era una luz. Todo se iluminaba a su paso altanero. Sus vestidos relucían como espejos, reflejando los verdores más verdes que nunca. Todo parecía florecer, despertar. Y el asombro se instalaba en el aire como una brisa mágica que obligaba a sonreír.
Los labios de Lucía lograban que las miradas más rústicas destellaran de luminosidad.
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Pero junto con el asfalto, llegó la decadencia. Eso fue algo más que nunca olvidaría.
Como tampoco olvidaría ese cálido día de sol en la plaza, cuando aparecieron, mientras disfrutaba del perfume rojo de esas rosas, esos ojos verdosos que la hechizaron para siempre, llevándola a un lugar que jamás imaginó.
Un laberinto embriagador, excitante, ambiguo. Irresistible.
Y más oscuro que la soledad de la muerte.
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Extasiada, se entregó. Sin la menor resistencia.
El placer y la euforia se fueron tornando en dolor. Agudo, en la sien, en su cuello, para luego derramarse en todo el cuerpo.
Miles de colmillos rasgándole las múltiples capas de seda, brocato y piel al correr por los pasillos húmedos de ese encierro.
Estaba viviendo su propio, personal y ansiado fin del mundo. Y aprendió a no correr más.
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Su alma pura la llevó a ese día para hacer una causa, cargando sobre sí la injusticia del deseo como forma de amor.
En el fondo sabía que aquello no era vivir. Con tanta mugre alrededor, no se sentía con derecho a brillar.
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Entregó su sangre gota a gota.
Su intención casi visceral fue librar a muchas del padecimiento de moda, la cual resultó tan sincera como imprudente. Y solo logró agitar las aguas. Los pescadores se regodearon por varios siglos más.
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No hay mucho más que contar.
Los abusos continuaron y Lucía siguió con su alma dolorida por toda la eternidad.
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Y aunque la ansiedad le devoraba cada suspiro, guardó entre ellos el callado anhelo de ser besada, algún día, por la boca dulce de la muerte. Y así sentir, aunque sea por un instante, el amor verdadero, condicional, de una única y valiosa vida, que marque el fin del Hechizo.
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