miércoles, 22 de mayo de 2013

No sé parar la sangre




Por Sebastián Elesgaray.
(basado en «No sé parar la sangre»)

Me dijo que no lo toque, pero yo le puse un pañuelito descartable sobre la herida.
Es que cuando lo conocí estaba sangrando.
Su mano era un puño, la sangre chorreando por los nudillos y los dedos hasta la muñeca. Le recorría el brazo como si lo acariciara, y caía en gotas lentas que armaban un charco pequeño de un color indescifrable. Las luces destellantes no dejaban notar el rojo.
Una zapatilla blanca pisó el charco, y a partir de ahí las cosas se revolvieron un poquito.
¿Un poquito?
Horrible.
Así es esto.
Creo que la palabra que mejor lo definiría es impotencia. Diríamos que no puedo hacer nada, porque es mi voluntad y a la vez no la es. Yo fui el que lo salvó esa noche, la zapatilla blanca era mía.
Me vuelvo loco, y todo por escucharlo. Se suponía que yo iba a ser parte de algo, una aventura, alguna clase de historia. Pero en cambio me encuentro acá, con una pistola y un vaso casi lleno de vino. Me transpira todo el cuerpo, capaz que por los nervios, o por la frustración. La bebida está tibia y asquerosa, intomable para cualquiera. Le doy un sorbo, para que me ayude a juntar valor. Valor que no necesito, porque la decisión está tomada.
Me voy a suicidar. Voy a apoyar el cañón del arma en mi sien derecha y apretar el gatillo. Todo porque no soy lo suficientemente bueno, o al parecer, no tengo la presteza, el porte o la suficiente valía como para ser parte de algo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Muerte inminente




Por Mauricio Vargas Herrera.
(basado en «Muerte inminente»)

Steve no quiso jugar cuando supo que Harry Sukman sería el contendiente de la semana. Pero no había razón suficiente que hiciera desistir al alcaide de sus decisiones. Era un tipo implacable. Él mandaba y los demás obedecían, punto. Steve no pudo hacer nada para persuadirlo de que buscara a otro jugador porque, además y desgraciadamente, él era uno de los buenos, si no el mejor entre todos los guardias de la prisión. Cada vez que lo elegían se sentía halagado, orgulloso, y enfrentaba a cualquier prisionero con desenvoltura, pero cuando el alcaide lo llamó a la oficina y le dijeron que Harry Sukman sería el próximo a enfrentarse, deseó no saber ni siquiera cómo carajos se movía un peón.
Durante las semanas siguientes a la orden, mientras caminaba por los corredores oscuros de La fortaleza pasando distraídamente su macana por los barrotes, mientras observaba a los reos comer en el casino, mientras paseaba por la zona verde, oyendo el retintín de las pesas del gimnasio, el siseo de los tenis y el rebote del balón en el cemento, acompañado de las exclamaciones eufóricas de los internos, mientras sucedía todo eso, Steve pensó una y otra vez la manera de librarse, pero no había modo posible. El médico de Green Creek era amigo suyo. Podría pedirle una orden médica falsa, algo que dijera que debía revisarlo personalmente o recoger una droga y de paso, quedarse en casa un par de días. Estaba seguro de que se la daría sin problemas. Le debía un par de favores. Pero luego recordó que las líneas telefónicas estaban dañadas y faltaban tres semanas para que pudiera ir al pueblo y visitar el consultorio. Harry Sukman estaba programado para la semana siguiente. Y ni modo de fingir una enfermedad. Iría a parar de inmediato a la enfermería de la cárcel y descubrirían que no tenía absolutamente nada.
Qué maldito problema. Durante años los habían entrenado para no dejarse intimidar ni afectar por nada. Todos los guardias habían freído gente cada semana durante varios años, y desde que los zombis empezaron a invadir las calles, habían logrado acoplarse al nuevo y extraño método de ejecución. Por eso también habían logrado establecer una gran distancia entre ellos y los que estaban tras las rejas. Esos reos eran la escoria de la humanidad, a veces mucho peor que los zombis que deambulaban por todas las ciudades, babeando bilis amarillenta, con sus cabezas torcidas y extremidades rígidas. Pero en ese momento fue consciente, por primera vez, de todo lo que implicaba matar a alguien. Y no solo acabarlo, sino convertir ese proceso en un juego que ahora le parecía retorcido.
Todo ello porque había tejido una inesperada amistad con Harry.
Él servía la comida en el casino. Un día había ayudado a neutralizar una pelea. El negro Duncan le hizo zancadilla a Timothy, el esmirriado que enviaba droga por los sanitarios. Según lo que se comentaba en los pasillos, el negro era un tipo muy quisquilloso con la limpieza y el día anterior había recibido su bolsita de pasta, a la que se le había entrado el agua. Cuando le puso el pie, Timothy se fue de cara contra la silla metálica de una de las mesas y todos lanzaron una estruendosa risotada. Lo que nadie sospechó fue que Timothy se levantara, con su cara sangrante, y le doblara su bandeja metálica en la calva negra y reluciente de Duncan. Todos dejaron de reír y lanzaron una profunda exclamación. Ambos fueron a parar a la enfermería. Antes de que la cosa se pusiera fea, Harry Sukman saltó de su puesto y trató de tranquilizarlos. Nadie se metía con Harry porque sería meterse con la comida. Todos se calmaron y Harry ayudó al negro Duncan a llegar hasta la enfermería, mientras Steve lidiaba con el escandaloso Timothy. Mientras los atendían, Steve conversó con Harry.
Harry no era una escoria como los demás. Según le dijo, era inocente. Había matado a su esposa cuando vio que su hija, convertida en zombi, la mordió en el brazo. Sabía lo que venía después y decidió no esperar. Primero le disparó a la niña en toda la frente y luego a su esposa, por detrás, porque no quiso sufrir la indecisión, ni la despedida, ni las lágrimas de su mujer. Ante la ley, Harry era un asesino hijo de perra, que hubiera podido llevar a su mujer a un centro de atención médica, en la que estaban tratando esas heridas leves. Estaban implementando una vacuna. Pero, la realidad era que para lograr ser inyectado había que tener dinero y mucha paciencia. Las filas eran enormes y muchos morían y resucitaban en la espera. Para Steve, Harry también era inocente. Lo comprendió cuando se lo contó con sus ojos humedecidos y rojos. No había tenido otra salida.
Pero la ley en ese momento era tan implacable como las decisiones del alcaide. Steve también estaba siendo víctima del autoritarismo que se había apoderado de todas las entidades de poder que existían en el país. Tenía que jugar contra Harry y rogar porque supiera mover las fichas mejor que él.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Exodus




Por José Luis Bethancourt.
(basado en «Éxodo»)

Les Éclaireurs, octubre 2 de 2020. El aumento constante de la temperatura en los últimos 130 días aceleró el proceso de descongelamiento de los hielos australes y elevó el nivel del mar. Ya no es posible mantener las instalaciones del faro y el comandante ha dado órdenes de migración hacia el continente.” 
Esta es la última entrada en el diario personal de Martial. Las distracciones que ofrecía el moderno complejo “Proyecto Edén” resultaban más interesantes que llenar el cuaderno de tapas negras como si fuera una bitácora. Aunque para muchos la idea de vivir en un faro de una pequeña isla era un sueño romántico no se podía comparar con este oasis cercano a Cerro Dragón.
El aislamiento natural de la región propició la creación de una comunidad donde las leyes del Estado no eran acatadas ni reconocidas. La Compañía dispuso, con sentido pragmático, la contratación de más mano de obra femenina. Sabido es que el llamado género débil puede resistir condiciones extremas con mayor entereza que los hombres. Y cuando Tatiana y Dalila intuyeron que podían lograr la dominación del “Edén” pusieron en marcha un plan para la formación de una sociedad matriarcal.
Mis tareas me mantenían mucho tiempo fuera del complejo. Tal vez por eso no me afectó igual que a Martial y sus hermanos el estar tanto tiempo rodeados de mujeres hermosas y complacientes. Lo primero que lograron fue una reducción de horas obligatorias de servicio, dejando más tiempo de ocio a la reducida población masculina.
No me interesaba trabajar menos horas, ni estar en ese ambiente de constante jolgorio. Mi interés principal en mi tiempo libre era conectarme a la red y pasar largo rato charlando y compartiendo música con otros cibernautas.
Al terminar el primer mes de reducción horaria y ocio en compañía los rostros de la mayoría no se veían tan felices. Demacrados, y con ojos enrojecidos varios empezaron a hablar sobre la posibilidad de pedir un traslado a otro complejo de la compañía.
Ese fue la primera señal de alerta que tuve. Cuando traté de indagar por qué querían irse rehuían la mirada y cambiaban de tema. Hasta que una tarde decidí seguir a uno de ellos cuando abandonaba los vestuarios.

miércoles, 1 de mayo de 2013

El «Mirko» de Pampa Caliente



Por Juan Esteban Bassagaisteguy.
(basado en «Pasión por ella»)

1
Aristóteles Díaz no solo tuvo muy poca suerte al haber sido anotado por sus padres en el Registro Civil de la ciudad de Pampa Caliente con semejante nombre, sino que, además, la naturaleza fue muy rigurosa con él.
A pesar de ser un bebé al que sus órganos vitales le funcionaban con normalidad, el médico pediatra que participó del parto lo percibió tan pero tan feo, que no se animó a mirarlo a la cara. Mechones de pelo negro en crenchas indomables cayendo sobre su rostro, una nariz puntiaguda y en forma de gancho invertido que hacía recordar al apósito de metal del capitán Garfio, y dos orejas separadas del diminuto cráneo como antenas parabólicas de recepción de señal de televisión.
Pero dos características de su aspecto físico superaban a aquellas.
Una era la sonrisa que brillaba en su carita en la misma sala de partos, llamando la atención de todo el cuerpo médico del hospital —ya que los bebés sonríen por primera vez recién a los dos meses de nacidos—.
Y la otra sus piernitas, que tenían una chuequez mayor que la de la Torre de Pisa.
Lo llevaron junto a su mamá, a quien la fealdad de su hijo le importó poco (el bebé, al lado de su padre, era un adonis que podía trabajar tranquilamente como galán de telenovelas). Aristóteles se prendió a la teta con fruición y avidez, sonriendo junto a su madre, ambos con una felicidad inconmensurable.
Pateaba gozoso al aire con sus piernitas chuecas, así como lo había hecho en el vientre materno.