miércoles, 17 de junio de 2015

La textura del cielo




Por Sebastián Elesgaray.

El parecido entre ellos pasaba inadvertido. A simple vista cada uno conservaba su autonomía. Pero si se los miraba bien de cerca, tan cerca que se metía uno adentro, parecían salidos de la cadena de montaje de una fábrica.
Así eran de parecidos.
Un grupo que a veces se ampliaba y a veces se reducía. Todo dependía del día, los ánimos, los períodos. No había acuerdo en su juntada, era tácita por el empeño de ir hacia un lugar distinto. Se movían despacio, midiendo las distancias, pero con el nervio de quien a cada paso consume una vida pequeña. Si tenían nombre no lo decían. Si tenían objetivo, no lo explicaban.
Pero buscaban, eso sí.
Miraban al suelo, a las baldosas que el sol calentaba día a día con calor implacable. Fijaban sus ojos al frente, por ahí buscando un punto de llegada más allá de los edificios y las casas y el cemento. Miraban arriba, como si esperaran alguna clase de indicación. Muchas veces era ahí donde trataban de buscar alguna pista, a pesar del aire viciado y las paredes interminables. Porque la ciudad era así, libre pero cerrada, casi tan abierta como una cueva.
La corriente de gente iba siempre hacia el centro, en dirección contraria a ellos. Marchaba apurada cargando portafolios de cuero, billeteras con innumerables plásticos de colores, celulares estridentes y perfumes que no transmitían lo que costaban. Sus miradas variaban del puro desconcierto al ceño más recio. A veces sus voces quedaban aplacadas por un colectivo que frenaba con la fuerza de un monstruo. Otras, al tratar de pensar, un llamado innecesario los anestesiaba otra vez. Como si ver algo fuera de los carteles o las luces fuera un pecado.
Los que buscaban y caminaban en su contra no cargaban nada más que su ropa, su calzado y el aire que respiraban. A veces alguno desistía y se incorporaba a ese grupo gigante e incontable que iba hacia el centro. No decía nada, no gritaba ni declaraba su deseo de seguir a la corriente. Su acción era tan simple como girar e incorporarse a la mayoría. Y a cada momento el grupo se reducía más.
Un día llegaron frente a un edificio. Alto, enorme, inmortal. De ahí salían personas todo el tiempo; algunas apuradas, otras más que apuradas, y otras simplemente corrían. No miraban a su alrededor, ni notaban la torre de la que surgían.
El grupo no dejó de caminar, pero muchos decidieron que no valía la pena entrar. Ya habían andado demasiado y estaban cansados. Si no habían encontrado nada hasta ahora, ¿por qué seguir? Dieron media vuelta y se incorporaron a la corriente de gente que marcaba el ritmo de la ciudad. Lo hicieron sin entusiasmo.
Pero otros se quedaron.
Entraron al ascensor. Cuando estuvieron todos, subieron apretados como en un envase. Los espejos de la cabina no ayudaban a dejar de lado el efecto de opresión. Las puertas de acero se abrieron en un piso que no tenía número. Se miraron entre todos, desconcertados. Siguieron por las escaleras. Unos pocos no salieron del ascensor, volvieron a la planta baja.
Al principio cada escalón era lo que era: unos centímetros más de altura. Pero mientras pasaban las horas, se volvían más altos, más largos, más tediosos. Al final de ese día resultaron desgastantes y colosales. El grupo quedaba cada vez más reducido con la esperanza de llegar al día siguiente.
Durmieron en el suelo, en un sueño incómodo pero sueño al fin.
Al otro día continuaron su ascenso. Pero no sabían que los dueños de la torre reían y daban falsas ovaciones. Se regocijaban en la tarea imposible que esas personas querían lograr, y mientras ellos dormían habían mandado a construir más y más pisos, para que nunca pudieran alcanzar la cima.
Día a día, las cosas se complicaron. El cansancio, la incertidumbre y la falta de comprensión obligaron a desistir a la mayoría.
Pero uno siguió. No estaba consciente. Nada más quería llegar a la terraza, observar la ciudad y por ahí, entrever su límite para saber qué había más allá. Nunca había visto nada más que lo que lo rodeaba; hormigón y acero, vidrio y plástico. Después quería girar el cuello para ayudar a los ojos a ver el cielo.
Daba cada paso con seguridad, pero con eso no le daba energías a su cuerpo. Cada piso al que llegaba era un aglomerado de ladrillos y cemento sin ninguna vista al exterior. Los progresos que hacía eran derrumbados por el desprecio de los dueños. Estos, si lo consideraban divertido, ya no se reían.
Llegó la noche y en lugar de tirarse a dormir, decidió seguir. No quería perder más tiempo: era llegar o caerse desmayado. Si el edificio tenía fin, lo conocería.
Los dueños se dieron cuenta de que no valía la pena ponerle más trabas. El hombre había probado cuánto valía y lo dejaron subir. No se lo hicieron más fácil: nadie le alcanzó agua o un nuevo calzado. Pero dejaron de hacérselo difícil.
Al final, el hombre pisó un último escalón, abrió una última puerta, y llegó a lo más alto.
El viento le dio en la cara y le secó la transpiración. La luz del sol le llenó de lágrimas los ojos. Abrió la boca para inspirar y sintió un gusto dulce, de miles de sabores mezclados.
Se acercó al borde de la terraza. Vio techos, antenas y cables entrecruzados. Se tapó la luz del sol con una mano en la frente, tratando de divisar el final, pero no lo encontró. Giró, y en todas direcciones vio lo mismo: construcciones interminables. Quiso gritar, pero se dio cuenta de que estaba muy cansado. Amagó una sonrisa triste, pero tampoco pudo.
Después miró hacia arriba. Se preguntó si el cielo siempre tenía ese color tan fuerte, tan vivo. Se preguntó cómo sería al tacto. Se lo imaginó suave como una sábana usada. El cuello empezó a dolerle por el esfuerzo de mantener alzada la mirada. Levantó una mano, después otra. Sonrió.
Y como quiso saber la textura del cielo, siguió subiendo.


miércoles, 10 de junio de 2015

Cuando se activa la magia




Por Mauricio Vargas Herrera.

Terminé la novela y viajé ese mismo día. Lo hice en bus, por la noche. Disfruto el trayecto por tierra cuando regreso a mi ciudad natal cada diciembre. Es como volver a casa luego de una larga y extenuante temporada por fuera, llena de lecturas, ensayos, presiones y trasnochos ambientados con el frío que azota las primeras horas de la madrugada capitalina. Además, fueron ocho horas en solitario para pensar en que había alcanzado una meta que años atrás resultaba intimidante y casi que imposible: sacar de mi cabeza una historia de largo aliento. Aquella era mi trabajo de grado, era la demostración de una disciplina asumida tal y como los escritores que admiro lo aconsejaban, pero sobre todo ¡era una maldita novela! De repente ese viaje nocturno que había hecho por los últimos doce años desde que me mudé a Bogotá adquirió un nuevo matiz de satisfacción y ansiedad, pues mi llegada implicaba la última etapa de aquel trabajo: investigar las historias que habían nutrido buena parte de la novela y recorrer los parajes que había descrito en busca de nuevos elementos que pudieran incluirse cuando debiera enfrentarme a la inevitable corrección.
Entré al Valle del Cauca a primeras horas del amanecer. Presencié el descenso de la cordillera hasta las inabarcables explanadas del departamento. Me gusta viajar en la primera fila: la vista que el enorme parabrisas ofrece es privilegiada y hasta las conversaciones de los conductores resultan la mar de entretenidas. Cuando el sol comenzó a asomarse, el viaje fue en línea recta y a toda velocidad. La región apenas se despertaba. Las plantaciones de caña por los alrededores anunciaban la proximidad de mi destino. Llegué a Cali una hora después del amanecer, con un incipiente calor dándome la bienvenida.
Iba a quedarme toda la temporada en el apartamento de una tía. Allí me esperaba mi mamá, quien había viajado meses antes a propósito del nacimiento de una nueva integrante de la familia. Lo primero que hice, luego de contar el obligado itinerario del viaje, fue que había puesto el punto final a mi trabajo horas antes.
Pasé los días sin pensar en cualquier cosa que tuviera que ver con literatura. Vi televisión hasta la saciedad, comí hasta quedar ahíto y salí cada vez que se me presentó la oportunidad. Sin embargo, estaba ansioso por registrar las insólitas anécdotas de algunos familiares sobre las leyendas de la región. Iba armado con cámara y grabadora de voz en mano.
Todo comenzó la última semana del año. Mi tía pasaría las fiestas en otra ciudad y en su casa de campo me quedaría solo con mi mamá. Era lo ideal: esa propiedad y esa misma región era donde yo había situado mi novela. Tendría el tiempo suficiente para pasar revista a los escenarios recreados y explorar las historias que allí habitaban.
La casa está a una hora de Cali. Viajamos por la tarde. En la noche, mi tía se despidió de nosotros y se marchó. Yo comencé a planear mi investigación. Mientras mi mamá preparaba la cena, tomé algunas fotografías de la zona en la oscuridad: esa misma propiedad y otra casa que alquilaban al frente eran los sitios en que los protagonistas vivían sus desventuras. A un extremo hay una casa más pequeña y es allí donde cada fin de semana se hospedan algunos familiares, entre ellos Camila y María Paula López, quienes inspiraron mi historia por las experiencias paranormales que habían tenido en sus primeros años. Su madre, Gloria Elsy, había relatado vagamente la historia en repetidas ocasiones. Esta vez quería registrarla con todos los detalles. Pero Gloria Elsy no suele acompañar a sus dos hijas, pues van en compañía de sus abuelos, y el próximo fin de semana en que las vería sería el primero del nuevo año, así que debía esperar.
Libre de responsabilidades y de computador e internet, esa última semana del año las dediqué a holgazanear, pero ante la presencia de algunos libros en la casa, fue inevitable retomar la lectura. Intenté, en vano, darle una segunda oportunidad a Gabriel García Márquez. Ni Ojos de perro azul, ni El general en su laberinto, ni Crónica de una muerte anunciada fueron suficientes para convencerme de su prosa despojada de diálogos. Entonces encontré alivio en un viejo ejemplar de Selecciones en el que aprendí todo sobre las cualidades olfativas de los sabuesos, la importancia de las flores en Oriente, la experiencia maternal de Shirley Jackson con sus tres hijos y las vistosas recomendaciones de los anuncios de mediados de década, cuando fumar era socialmente aceptado e incluso recomendado y cuando la cuarta velocidad en los autos era toda una novedad.
El 31 de diciembre llegó rápido y transcurrió con total sobriedad. Mi mamá, acostumbrada a los festejos familiares, tuvo que adecuarse a la indiferencia con la que yo recibo aquellas fechas, costumbre rápidamente adoptada en esos años que pasé las fiestas en compañía de mi papá, solos en Bogotá. Caminamos hasta Santa Elena, el pueblo más cercano, aproveché para conectarme en un cibercafé y responder algunos saludos en medio de la agitación que Facebook vive el último día del año, dimos una vuelta por el lugar y regresamos. Vimos los fuegos artificiales de una finca cercana estallando en el cielo nocturno. La casa del frente ya había recibido a sus ocupantes y mientras escuchábamos la música sabrosa que estaban poniendo, conversamos en el corredor exterior hasta que comenzó a ventear frío.
Los primeros días del año transcurrieron con normalidad. Visité a un personaje local que había incluido en mi novela. Se llama Walter Belalcázar, pero le dicen Chuchú. Tiene una fantástica casa museo llena de objetos antiguos. Aquella tarde lo encontré atareado con los visitantes, así que me dijo que regresara al día siguiente, que me invitaba a almorzar. Así lo hice. Estuvimos conversando hasta la noche. Me contó un montón de historias de tintes costumbristas, entre ellas, una que me llamó la atención: la de un cazador de la región que había atrapado y enjaulado a un pavo y que al amanecer, lo que halló dentro de la jaula fue una hermosa mujer desnuda. Era una bruja, indudablemente. En muchas regiones del país aseguran que las brujas se convierten en pavos o gallinazos.
Llegó el fin de semana y, con él, la entrevista. Luego de un suculento almuerzo hablé con Gloria Elsy, quien me relató el episodio que sus dos hijas habían sufrido cuando estaban muy pequeñas con una entidad a la que asociaron con El duende. Hace algunos meses escribí para este sitio un cuento al respecto de la leyenda. Camila y María Paula estuvieron presentes en la conversación y anotaron algunos detalles. Y como es inevitable cuando se tratan estos temas, fueron surgiendo anécdotas del mismo tinte, entre ellas el asunto de las brujas. Entonces Camila nos dijo que la mujer que vendía empanadas en un puesto callejero, diagonal a la iglesia de Santa Elena, era una bruja y que si uno quería comprobarlo solo bastaba mirarla desde lejos y decir «Si sos bruja, mirame» y la anciana obedecería. Su terrible naturaleza era de conocimiento público. Según decían algunos residentes, hace años los policías del pueblo vieron a un pavo deambulando por el parque central y decidieron atraparlo para comérselo al otro día. Lo encerraron en una celda. Al otro día, cuando fueron a ver, encontraron a aquella mujer, desnuda, tirada en el suelo. La coincidencia con la historia de Chuchú fue innegable. E inquietante.
Esa misma noche estábamos solos de nuevo. Acompañé a mi mamá a la tienda mientras sacábamos a pasear al perro de mi tía. Compramos algunos víveres y le preguntamos a la señora que atendía si sabía algo sobre el duende. Llevaba casi toda su vida viviendo en esa vereda. Ella dijo no saber nada. Sin embargo, un sujeto que estaba sentado tomándose una cerveza aseguró que conocía a unas muchachas a quienes las había asustado el duende y con inesperada amabilidad dijo que iba a llamarlas para que habláramos con ellas. Se puso de pie, montó en su bicicleta y se alejó. Regresé a la casa con el perro y la compra. Cuando regresé a la tienda, ya las muchachas esperaban para contarnos sus anécdotas. Me presenté, encendí mi grabadora, hice algunas preguntas y luego dejé que se explayaran en sus historias. Confirmaron, además, lo que se decía de la bruja que vendía empanadas en el pueblo, lo que acrecentó mi interés en ir a verla.
Mi tía regresó el jueves de esa semana en compañía de Juan Esteban, el sobrino del novio de mi prima. El chico tiene nueve años y una mente inquieta. Iba a quedarse con nosotros los próximos días para luego regresar juntos a la ciudad. Le relaté mi visita a Chuchú y las entrevistas que había grabado. Por la noche bajamos a Santa Elena. Quería conocer a la famosa bruja de las empanadas. El puesto ambulante estaba, en efecto, diagonal a la iglesia, como una especie de desafío ante Dios. Al frente estaba la panadería. Allí nos sentamos a comer mientras todos mirábamos con curiosidad a la anciana fritando las empanadas en un enorme pailón puesto sobre brasas ardientes. Era una anciana raquítica, con brazos tan delgados que se me antojaron a los de un pájaro, quizá evidencia de su oscura metamorfosis. Le dije a mi tía que me prestara su celular y le tomé varias fotos con disimulo. No me atreví a desafiarla diciéndole «Si sos bruja mirame» porque, además de temer a que respondiera a mi llamado, si la cosa no resultaba la magia de la historia se arruinaría.
El viernes mi tía decidió invitar, para el domingo, a algunos familiares a almorzar. Esa tarde salimos a hacer las compras. Al volver, las dos mujeres organizaron los ingredientes, Juan Esteban se puso a jugar por la casa mientras yo volvía a mi deshojado ejemplar de Selecciones. En la noche estuve conversando con mi tía y mi mamá en el corredor. Al frente, la casa de alquiler estaba encendida con nuevos visitantes. La música que estaban poniendo era mejor que la de familias anteriores. Había algarabía. Eran casi las doce. Me levanté a echar un vistazo y descubrí que la puerta trasera del carro estaba abierta. Lo hice notar, aunque hubo un detalle que en ese momento pareció sin importancia: la luz interior del carro estaba apagada. Mi tía y mi mamá se levantaron a ver la puerta abierta de par en par. Mi tía se preocupó y culpó a Juan Esteban.
—Seguro la dejó mal cerrada cuando se bajó —dijo ella. Entró en la casa a llamarle la atención, regresó con las llaves, cerró la puerta y puso la alarma.
El sábado, Camila, María Paula y sus abuelos regresaron a la casita de al lado, como de costumbre. Entre tema y tema de conversación salió el suceso de la puerta. Fue algo banal. Al llegar la noche bromeamos al respecto y me asomé a verificar si las puertas estaban bien aseguradas. No pareció haber nada fuera de lugar. Además, el auto estaba mojado. Mi tía lo había rociado con agua cuando regó las plantas que tenía en el corredor lateral. Ella llamó al señor que le cortaba el césped y lo citó antes de las siete de la mañana para que lo podara antes de que llegara la visita. 
Nos fuimos a dormir.
En ese lugar, cuando las luces se apagan, no se ve nada. No sé a qué hora me desperté con el estruendoso crepitar de la lluvia sobre las tejas. Supuse que era de madrugada. Todo estaba en silencio. Mi tía dormía en su cuarto y yo con mi mamá y Juan Esteban en el otro. Nadie se despertó. Yo, sin embargo, permanecí con los ojos abiertos hasta que la lluvia comenzó a amainar. Sentí que una mano me aferró el brazo. Supuse que se trataba de Juan Esteban en la cama contigua. Si la lluvia me había sacado del sueño con tanto impacto, el niño sin duda se habría asustado también. Intenté buscarlo con la mirada, pero la oscuridad era total. Mi mente divagó por muchos asuntos, tomé nota del impacto que generaba la lluvia a esas horas para una posible descripción en la novela y, no sé por qué, imaginé la puerta del carro abierta y el agua mojando todo el interior. «Qué tal si estuviera abierta», pensé. Luego me dormí.
El intempestivo ingreso de mi tía a la habitación fue lo que me despertó al amanecer. Estaba pálida del susto.
—Ve, mirá que la puerta del carro estaba otra vez abierta.
Al oírlo me incorporé. El sueño se esfumó.
Don Edinson había llegado faltando un cuarto para las siete, guadaña en mano, y había notado que la puerta estaba abierta y el agua se había alcanzado a entrar. Lo primero que mi tía pensó fue que se habían entrado a robar. Sin embargo, en el interior del auto todo estaba en su lugar. Lo segundo que pensó fue que había quedado mal cerrada, pero era imposible: yo mismo había verificado que todo estuviera asegurado y ella misma dijo que sería incapaz de rociarle agua al carro con las puertas mal cerradas. Además, la luz interior estaba, de nuevo, apagada. Si la puerta se hubiera abierto accidentalmente en medio de la noche, la luz habría agotado la batería, pero nada de eso había ocurrido. Alguien o algo habían abierto la puerta.
Mi tía fue a contarle a Jorge, quien cuidaba la casa del frente, aferrada a la posibilidad de que alguno de sus visitantes fuera el responsable, aunque las probabilidades eran pocas. Jorge le dio una explicación para nada tranquilizadora: según él, una bruja rondaba el lugar. Él mismo la había escuchado.
—O es el duende —le dijo—. ¿Usted sabe por qué las ramas de su palo de mango están tan bajitas? Es porque al duende le gusta columpiarse en ellas.
La ausencia de explicación nos dejó pasmados a todos. Mi tía lo relató durante todo el día tanto a los familiares que estaban en la casita de al lado como a los que llegaron desde Cali esa tarde para almorzar. Al caer la noche, mi tía me exigió que borrara de su celular las fotos de la bruja y estuvo convencida que había sido esa misma señora la que abrió las puertas del auto porque todos habíamos estado comentando sobre ella. Yo, por supuesto, no las eliminé; las pasé a mi correo electrónico.
Nada extraño volvió a suceder, quizá porque estuvimos precavidos esa noche.
Mi tía decidió protegerse. El lunes, muy temprano, empacamos todo y fuimos a Buga, una ciudad que queda a una hora de Santa Elena, famosa por su basílica del Señor de los milagros. Allí mi tía compró una estatuilla de la Virgen para el carro, una botella de agua y las hizo bendecir en la última ceremonia de la tarde. Cuando oscureció emprendimos el regreso a Cali.
Fue un extraño acontecimiento que no me dejó de intrigar hasta que, finalizando enero, estuve de vuelta en Bogotá. Les relaté el asunto a mi tutora de tesis y a mi amigo de la librería. Ella me hizo notar que todos los que estábamos en ese lugar pensábamos en función de mi investigación sobre leyendas y experiencias paranormales; todos estábamos en función de temas sobrenaturales y cuando uno está metido con tanto ímpetu en esos asuntos, la magia se activa y suceden cosas inexplicables. Alejandro, mi amigo librero, me dijo que la mente puede lograr cosas inimaginables y recordé que lo que había imaginado al despertarme con la lluvia aquella noche se había materializado. ¿Acaso yo había ocasionado lo de la puerta del carro con el poder de mi mente? Quisiera pensarlo, porque la idea de que la bruja haya sido la responsable me inquieta más. Si fue capaz de seguirnos hasta la casa de mi tía, ¿qué le impediría venir hasta Bogotá y tocar a mi ventana? Al fin de cuentas sigo pensando en ella, sigo contando su historia y conservo las fotos en mi computadora.
He leído historias de terror desde que tengo memoria y jamás llegué a experimentar tal incertidumbre como aquella vez. Puede que una noche descubras una luz encendida en tu casa y no sepas si fuiste tú el que la prendió y no recuerdas o fue algún fantasma. O quizá pongas tu celular en un lugar y aparezca, misteriosamente, en otro, y no se trate de otra cosa que un simple descuido. Pero situaciones como estas, que no ofrecen explicación racional a la cual aferrarse, son las que ponen en vilo nuestra realidad y demuestran que estamos a merced de fuerzas extrañas que hacen de la absoluta comprensión de nuestro mundo algo imposible.