miércoles, 27 de junio de 2012

Frígida




Por Raúl Omar García.


El lugar era gélido, pero a él no le importó. La mujer desnuda sobre el lecho le proporcionaba el calor corporal suficiente para mantenerse a la temperatura justa. Se acercó hasta ella y le acarició el cabello, el rostro y el cuello y, de forma juguetona, llegó a los pechos. Apretó uno de ellos y comenzó a sobarlo; entonces, su pene se puso duro. Se inclinó y se dedicó a lamer y morder el pezón erecto de la joven.
Deslizó una mano hacia la parte íntima de la muchacha y hundió los dedos en aquella hendidura exquisita; aunque seca.
Se mordió el labio inferior y empezó a desvestirse. Una vez que estuvo sin ropas, se colocó encima de ella, una rodilla a cada lado de sus caderas, y besó otra vez sus duros y firmes pechos, su cuello y debajo de la oreja. Desde allí exploró con la lengua cada centímetro de la pálida piel, hasta llegar al pubis. Una suerte de electricidad atacó al joven en los testículos, y se estremeció.
—No dices nada, ¿eh? —balbuceó, mientras intentaba separar las piernas de ella con las suyas para poder penetrarla—. No te hagas la frígida conmigo. —Pronunció estas últimas palabras con esfuerzo, dado que le costaba consumar la acción a causa de la estrechez que ella ofrecía. Cuando por fin logró «invadirla», e inició el meneo con énfasis, arriba y abajo, apretando las nalgas de su poseída, el intercomunicador sonó.
El joven se bajó de un salto y oprimió el botón para hablar.
—¿Qué?
—No le vayas a acabar adentro —le dijeron del otro lado—, que mañana le hacen la autopsia.
—¿Para eso me interrumpes? —Se volvió hacia el cadáver que había dejado en la camilla y suspiró con fastidio. Ya se sentía tan frío como ella.
    

Rutas patagónicas





Por Juan Esteban Bassagaisteguy.



—¿Otro mate? —preguntó Cecilia.
—No, gracias, amor —contestó Marcos, las manos sobre el volante y la vista fija en la ruta que se unía al horizonte patagónico.
(…Despertador de mierda, una hora tarde…)
Pero no pudo evitar admirar las piernas de su mujer cuando la falda se deslizó al acomodar Cecilia el bolso matero. Acarició la tersa piel.
(…no me han echado de pedo…)
—Cómo estás —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de Marcos.
Él sonrió, tomó la mano de su pareja y la llevó a su entrepierna. Volvió a posar los dedos en aquellos muslos cálidos.
(…Putas refinerías explotadoras de empleados…)
Cecilia notó la dureza y bajó la cremallera. Oscilantes movimientos veloces cobraron vida.
—Peligrosa… —susurró. Las piernas de su mujer se separaron, expectantes; su mano encontró el triángulo prohibido, y deslizando la ropa interior el dedo medio nadó en el paraíso.
(…Y un día de viaje hasta Capital…)
—Peligroso vos… —Cecilia cambió entonces la presión de sus dedos por la de los labios. Marcos entrecerró los ojos, pero los abrió enseguida: el velocímetro marcaba ciento treinta kilómetros por hora. Divisó un punto blanco sobre la ruta. Lejos.
(…con este trasto a paso de tortuga…)
Ella succionó, lamió, mordió… Él encontró el clítoris y todo se humedeció. Volvió a cerrar los ojos, el punto blanco aún distante.
(…¿Y aquel boludo?…)
Ella sintió cómo el orgasmo inundaba sus venas, y Marcos cómo la simiente bullía en su interior pugnando explotar. Se dejaron llevar.
(…¡Tu carril! ¡¡Boludo!! ¡¡¡BOLUDOOO!!!…)
Abrió los ojos en el momento cúlmine y lo vio todo. Las piernas de su mujer, el velocímetro y el camión cisterna blanco de YPF frente a él.



La soledad de la patagonia argentina pinta su paisaje agreste de color amarronado.
Y un hongo de fuego elevándose voraz destroza la postal inmaculada.

miércoles, 20 de junio de 2012

Puta




Por Euge Martinucci.

Amanecí entre botellas vacías y ceniceros llenos, y al lado de tu cuerpo quieto. Empapada de sudores y saliva, borracha de vos, arrinconada, con el rastro de tus manos en toda la extensión de mi cuerpo intoxicado.
No pude otra cosa que intentar rescatarte de tus sueños, y aprisionarte entre mis piernas, como hacía unas pocas horas, ofreciéndote la oscuridad de mis rincones.
Pero fiel a tu estilo, diste vuelta tu cabeza señalándome que el tiempo había expirado, y me dejaste apoyada a tu costado, abrazándote expuesta y entregada.
Te besé sin darte la posibilidad de notarlo, y me deslicé suavemente hasta la ducha, para despojarme de tu olor y tu humedad, dejándote ir un poquito con cada gota de agua.
Y me apuré, con ese apuro de querer quedarme, terminé de vestirme mientras llegaba a la puerta; y antes de apagar la luz, tomé el dinero que prolijamente habías dejado al lado de las llaves de tu auto.


Naturaleza




 Por Claudia Medina Castro.

La naturaleza se impone. Siempre.
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Naturalmente, era un domingo perdido. Perdido de descanso y de actividades compartidas. Una semana más sin esos arreglos, sin esas caricias. Un domingo más de inquietud.
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A él la siesta le caía para el demonio.
A ella también. La de él, claro.
Siempre esperaba el gesto ese que la inundara de presente.
Y se equivocaba.
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Pero un día aprendió.
Luego de un almuerzo abundante en bebidas espirituosas se recostó en su frazada nueva, roja y espumosa. Apenas entornó los ojos apareció Aquello. Nunca supo bien qué era, pero Aquello la tomó por su cadera y le mordió suavemente el cuello perfumado. Sintió el chasquido de sus vértebras al estirarse, seguido de un inesperado placer. Aquello le abrió sus brazos como alas preparándose para un vuelo. Aquello le rozó sus contornos y le lamió sus nalgas, expuestas y vulnerables…
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Él no sabía nada de ella. Ni de su gastritis, ni de su depresión.
Era amo de su ignorancia, y señor de sus mentiras…
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…Sintió que su cara se aplanaba y destellos de oro salían de sus orejas. Sus dientes perlados dieron paso a una lengua que rodeó con destreza eso tan deseado. Y se sintió transformada en una boca completa, llena y reverberante que hizo latir lo que atrapaba al unísono con su sexo más bajo. Y bajaba. Y subía. Y desvergonzadamente se abría para recibir más, para que la vieran más, crispada de placer. Estaba cayendo en la eternidad de un suspiro hecho de totalidad. Sus labios se hincharon de un calor urgente. Y luego el ventarrón. Todo terminó dejándola lisa en cuerpo y alma.
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El puntazo del esófago apareció justo antes de abrir los ojos, como adelantándose a su realidad.
Pero ya todo cambió. No esperaba más.



miércoles, 13 de junio de 2012

De erotismos y escribir




Por Alvaro Urkiza.

No se me levanta. Tengo que escribir un cuento erótico y hace meses que no me la encuentro más que para mear. Supongo que la literatura erótica tiene sentido, puede ser estimulante, una sublimación de la carencia de experiencias personales, un texto de calidad. Hasta puede que un pie de foto de Playboy tenga más valor que las palabras de muchos aspirantes a escritor como yo.
Pero debo concentrarme, buscar la inspiración en recuerdos, en revistas arrugadas, en páginas de internet con nombres sugestivos. O usar el recurso fácil de juntar términos manidos pero infalibles: salitre, volcán, labios, fuego, explosión, deseo, caricia. Puedo volver a espiar tras las cortinas a esas adolescentes jugando en la piscina del vecino, puedo sacar del cajón la ropa que ella dejó y volver a olerla.
Debo ser demasiado primario o todo lo contrario, nunca me ha excitado la literatura erótica. He saltado páginas, aburrido, llenas de descripciones farragosas y autocomplacientes. Siempre me ha parecido que escondían represiones maquilladas de liberación. Veo más erotismo en un documental sobre el apareamiento de los macacos. O en una abeja cargada de polen.
Quizá limito el género, quizá el erotismo y su literatura no se circunscriben a lo físico, al roce humano. Quizá podría contar de aquel náufrago que se folló al mundo haciendo un agujero en la arena de su isla desierta. O de la abuela y el emigrante africano que se encuentran todas las mañanas pegados en el bus, que suspiran con cada bache, que no se bajan hasta que termina el trayecto.
Quizá, pero no se me levanta hace meses, desde que te marchaste.

Micro




Por Bibi Pacilio.

Hacía meses que deseaba anticipado, como si ya no quedara nada nuevo por sentir y los labios hinchados, hubiesen resucitado entre besos deformes y alcalinos fluidos en un instante. Ardía la ruta. Se sintió feliz de que pocos habían decidido viajar a la hora de la siesta, cuando ella necesitaba un preámbulo de amor, una nueva sonrisa en los labios, un deleite solitario antes de fundirse en  el cuerpo de su amante.
Cuando el muchachito se sentó a su lado pensó con fastidio que ese lugar, arriba contra el vidrio, era su reino y ni siquiera respondió al saludo.
Imaginó los ojos de Miguel dentro de los suyos y no se dio cuenta de que todas las cortinas estaban cerradas para que el sol solo goteara. Conocía de memoria cada movimiento pero cuando la ruta se liberó de sus pensamientos, la piel que pegada a su brazo, susurraba como una mariposa, comenzó a formar círculos, pequeños, amplios, ajenos… Necesitaba saber si acaso, los intrusos vaivenes eran tan solo un oasis en medio de sus revueltas hormonas, pero cuando el enjambre se posó un poco más profundo, cerró los ojos y entre caricias se entregó al recorrido de sus pecas. El las contó sin palabras, las besó entre susurros y aunque nunca pudo formar parte de sus dominios, se durmió ahogado como un niño sin culpas. Ella se soñó húmeda.
Despertaron juntos en la última parada. Quisieron mirarse pero no hizo falta, solo bastó ese “Hasta luego” para devolverles las ganas de viajar, en esas horas prohibidas.


miércoles, 6 de junio de 2012

Mi chica




Por Laura de la Rosa.

1

Le han diagnosticado a mi compañera una enfermedad terminal. Hace catorce días que no sé dónde estoy parada. Siempre pensé que la primera que se iba a ir sería yo, ella siempre fue una mujer muy fuerte, no tengo cara para mirarla y verla consumirse.
Hace una vida que estamos juntas, cuarenta años desde el día en que la vi por primera vez. Tendríamos unos diez años cuando se mudó al edificio. Yo vivía en el sexto, ella se mudaba a la planta baja. Fue instantáneo que nos hicimos amigas.
El día que se mudó con su madre, la mía me prohibió que me junte con ella. No quería que fuera amiga de la hija de una separada. Desde siempre la conexión fue especial. Era tremendamente hermosa. Yo en ese entonces no tenía idea de lo que nos iba a deparar la vida, pero creo que desde que la vi me enamoré.
Su melena rubia, sus ojos azules y ese cuerpo perfecto para una belleza clásica. Hasta ahora se la ve bella aunque se encuentre tirada en esa cama.
Me la paso fingiendo, no puedo siquiera llorar frente a ella, pero cuando estoy sola, me siento consumir en un mar de desolación. Es mi mujer, es la mujer por la cual desafié a mi familia, es la mujer por la cual no temí decir soy homosexual. Es mía, mi chica y no puedo creer que pronto estaré sin ella.
—Bonita, subo a la azotea a tender la ropa —le dije y salí con un balde grande y una excusa pequeña ya que lo que quería era fumarme un cigarrillo—. Quedate con Iván, ya vuelvo.