miércoles, 19 de marzo de 2014

Aquella noche calurosa de marzo



Por Laura de la Rosa.

Los primeros grandes fríos llegaban en marzo, eran noches frescas, en que debían dejar las estufas encendidas para calentar el ambiente que amanecía con los vidrios empañados.
Días antes del otoño, los jóvenes más fuertes de la comarca, comenzaban a preparar la madera que habían recolectado durante el verano. Las pilas de leños de tamaño mediano eran colocadas bajo techo cerca de la entrada de las cabañas. El resto de la madera solía guardarse en algún galpón, protegida de las grandes nevadas.
La tarea era ardua, llevaban mucho tiempo recolectando, lo que sería el elemento principal para proveerlos de calor durante los crudos meses que estaban por venir.
Pero ese otoño comenzaba extraño. Los animales, cambiaron su rutina, las gallinas no ponían huevos, las  vacas no daban leche e incluso las abejas abandonaban su colmena. Las aves se congregaban en bandadas y ejecutaban una migración extraordinaria camino de las llanuras. Los ciervos comenzaron a caminar a lo más alto de las montañas. Una siniestra voz de alarma interior los hacía cambiar. Solo los hombres continuaban su rutina haciendo solo lo que saben hacer mejor: quejarse.
—¡Qué calor!
—¡Qué clima de locos!
—¡Es por culpa de la deforestación!
Un calor inusual se sentía desde hacía unas cuantas semanas. Los días pasaron de su temperatura media de 12 ºC a unos sofocantes treinta y dos a finales de febrero, y marzo era aún peor, a pocos días del equinoccio de otoño la temperatura estaba llegando a los 39 ºC.
Nadie advertía la gravedad del hecho. En los últimos años se había registrado un aumento del nivel del mar. Subió entre diez y veinte centímetros durante el siglo pasado, sin embargo estas elevadas temperaturas derritieron grandes cantidades de nieves eternas que generaron un mayor caudal de agua en los cauces naturales.
La situación no era normal y los investigadores no sabían a qué se debía. El calor sofocante que sufrió Europa en 2003 trajo la suma de treinta mil muertos y los científicos esperaban un número similar en la Patagonia este otoño.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Rock en la Terraza



Por Sebastián Elesgaray.

1
Los sábados a la noche suelo hacer cagadas. Eso implica emborracharme, gritar como un loco, manosear alguna chica fácil, manosear alguna chica difícil, tratar de conseguir merca aunque nunca tengo un mango, subirme al auto de un amigo hecho esa misma noche.
Pero también hay cosas buenas.
Por ejemplo, está mi banda de rock. Soy el cantante y toco la guitarra en algunos temas, aunque El Zurdo es un genio para llenar los espacios que yo dejo huecos. La batería corre a cargo del Charly, que es más gordo que habilidoso, pero igual toca bien. En el bajo se apoya Ivana, que con el culo que tiene a nadie le importa si pega alguna nota o tiene el instrumento desafinado. La cuestión es que si escribo esto es porque me mandé una cagada grande.
Voy a repasar el sábado anterior.

2
Todos los años, y en conmemoración de su llegada a este mundo, El Zurdo hace una fiesta terrible, de esas que guardan recuerdos por años.
Pero no la hace en cualquier lado. Resulta que su tío tiene un piso en el centro y media terraza comprada para hacer lo que quiera, aunque el tipo vivió casi cuatro años en España y le dice azotea. Lo último no viene al caso.
Lo que sí destaco es que se junta gente de toda la ciudad, llevando botellas abajo del brazo y una expectativa por emborracharse tan grande como el edificio que sostiene la fiesta. Hay algún disc jokey amigo que trabaja por las especias, y se arma una tarima en un rincón donde nos presentamos nosotros. Por lo general tocamos en mitad de la fiesta, cuando hay más multitud y están en ese estado previo a la ebriedad extrema. Esa noche estábamos emocionados: presentábamos primer disco con ocho tracks, Ivana estrenaba bajo nuevo, y Charly venía de una tendinitis que lo había tenido parado dos meses.
Pero yo tenía un punto más. Sabía por buena fuente que iba a ir Leila. Tenía dos años menos que yo, el pelo negro teñido de violeta en algunos lugares, un piercing en la lengua con el que jugaba todo el tiempo, y se corría el rumor de que estaba por publicar un libro. La verdad que lo último no tenía mucha relevancia, pero para esa noche me había instruido con Juan, gran lector y amigo que me había pasado referencias de lo que le gustaba a Leila según su Facebook. Yo no había leído nada en mi vida salvo algo obligatorio del colegio; y ni siquiera, porque prefería bajar los resúmenes de internet.
Haciendo a un lado los detalles, me gustaría decir que si el Diablo hiciera corte y confección, le hubiera hecho el vestido de esa noche. Era negro, todo negro. Y le poseía el cuerpo con la delicadeza de una buena caricia. Creo, me arriesgo a dejar por escrito, que no llevaba ropa interior. Eso fue lo más desesperante en el momento en que llegó. El saberla desnuda para alguien ahí abajo, dispuesta a todo y más.
Me gustaría adelantarme, decir que nos miramos, charlamos y nos besamos. Pero “la noche te trae sorpresas”, decía Arjona. Y por más pelotudo que sea, en parte tiene razón.