miércoles, 25 de julio de 2012

Desperdicio




Por José Luis “Pepe” Martinez Vargas.


—Ven —invitó a su acompañante—, la vista desde aquí es preciosa.
—Sin duda lo es, pero no quiero salir, está a punto de llover y no quiero mojarme el traje.
—Si no estás a mi lado, ¿cómo podrás tener todo esto? —dijo Luna mostrándole el nacimiento del busto.

Se habían conocido en la recepción y él ya fantaseaba con los pechos de Luna.

—Pequeños y firmes por toda la eternidad —murmuró saboreándolos.
—¿Dijiste algo? —preguntó Luna.
—Que mi abuelo siempre decía, todo lo que no cabe en la mano es un desperdicio —dijo con una sonrisa lasciva.

La chica soltó una melodiosa carcajada. Lo sentó sobre la cornisa decorada que rodeaba la azotea.

—¿Qué haces?
—No temas —dijo Luna acariciando la nuca del joven—, te haré algo que nunca te han hecho antes.

Al decirlo deslizó sus manos por el cuello del chico hasta llegar a su pecho, no había músculos definidos pero su piel morena la volvía loca. Con delicadeza tomó los pliegues de la camisa oxford y tiró de ella hasta arrancar los botones. Él trató de tocarla, pero Luna evitó sus caricias con una mirada coqueta. Continuó recorriendo delicadamente el abdomen, sintió la respiración agitada del hombre que deseoso de que llegara a la zona movió su pelvis con un ritmo marcado. Por fin Luna liberó a la bestia de su prisión de tela y tomándolo con su mano izquierda dijo:

—¡Tu abuelo tenía razón, todo lo que no cabe en mi mano es desperdicio!

Sin dejar de sonreír cortó de tajo el miembro, apoyó la palma de la mano en el pecho del hombre arrojándolo al vacío. Él sorprendido y horrorizado al unísono, solo distinguió la silueta de Luna en la azotea mientras caía víctima de su lujuria.


FIN


Cuando encontré el amor en ninguna parte




Por William E. Fleming.


Todo sería un juego de una única noche. La misma habitación mugrosa, vieja y descuidada de un motel lejos del pueblo. Tan alejado que el mismo Diablo vendría a pasar las vacaciones. Al terminar, sentiría como sus manos se volverían calladas; acabadas del éxtasis, de las caricias, del deseo, de la lujuria que rompería la puerta o la ropa haciéndole sentir la carne erecta dentro de ella. Volvería a oler esos cigarros que él se hacía con un olor asqueroso. Sentiría los deseos de vergüenza y pena por lo que cada año hacían, para volver a vestirse torpemente afeada de lo que habían hecho en la cama.
Pero ahora dejaría sentir, el recorrer su piel perlada del sudor del cuerpo grande del amante, la lengua, los besos, su sexo pidiendo más; las caricias de las manos por todas sus cavidades en busca de la lujuria que ella dejaría escapar poco a poco. Sentir el cuerpo erizado, las formas abruptas del macho que la posee mientras su mente olvida su vida gris, los hijos, el trabajo, el marido...

—Vendrás a la fiesta de mi hijo —dice él con el cigarrillo en la boca –el humo hace que sus ojos se entornen y llore un poco– mientras se coloca la ropa interior sobre un miembro oculto, cabizbajo y retraído después del ejercicio.
—Claro, podré llevar mi tarta especial —dice ella colocándose el sujetador—. ¿Nos vemos en casa? —pregunta alisándose la falda.
—Sí, en unas horas. Tengo que ir a terminar el trabajo. —Sonríe a su esposa y machaca el cigarrillo sobre un apestoso cenicero de cristal. Ella recibe un beso en la mejilla, nota ese olor nauseabundo. Dejó de fumar esas cosas cuando se casaron.
—Feliz aniversario —dice antes de marcharse.

miércoles, 18 de julio de 2012

Cinco días




Por Clarisa Hernández.


Cinco días, cinco pisos, una azotea para dos.

Entraron a trabajar en la empresa el mismo día. A ambos les asignaron escritorios en la oficina de planta baja del antiguo edificio. Desde el primer momento se observaron sin palabras, varias veces, como imantados.
A las dos semanas, comenzaron un juego… Sin acordarlo, sin reglas explícitas, pero sin confusiones.
Lunes. Ella le dejó una notita “10 hs. 1° Piso. Ventanal norte”. Él fue puntual, y encontró atada la chalina turquesa con que ella lo deslumbró esa mañana. De sólo olerla, su ansiedad fue impostergable.
Martes. Él escribió “10.30. Balcón. 2do. Piso”. Ahí ella descubrió colgada su corbata gris que olía tan seductoramente como él. Eso le provocó un temblor indescriptible.
Miércoles. Ella le pegó en la taza de café una etiqueta: “11 hs. 3°P. Baño”. Cuando él buscó, escondida detrás de una puerta había una prenda de encaje azul. Verla fue lo mismo que desearla.
Jueves. En una grulla hecha en origami que descansaba sobre su carpeta, ella leyó “11.30. Escalera. 4to Piso”. Subió y vio en el rellano una foto color sepia, donde el sol iluminaba su hombro casi desnudo. Lo imaginó enfocándola con su cámara disimuladamente, y luego llegando desde atrás, para descorrerle ese bretel… Se le aceleró el pulso.
Viernes. Ella le escribió con labial en la pantalla de su computadora “12 hs. 5° Piso. Ventana sur”. Al salir del ascensor él leyó escrito en el vidrio (con el mismo color) “¿Dónde? ¿Y cuándo?”
Entonces, exactamente a la una, antes del descanso, ella recibió un mensaje “Azotea. Ya”.
A la sombra del cartel de propaganda sólo hubo una búsqueda frenética de bocas húmedas, un roce incandescente de manos y piel, un tropiezo de cuerpos impacientes... Y respiraciones agitadas que, un rato después, se pacificaron.

Carne




Por Sebastián Elesgaray.


Ahí, dale, tocame ahí.
Me lo susurra al oído con fiereza y casi sin abrir su boca. Yo no puedo creerlo, me siento pleno. A través de su ropa me espera una deliciosa humedad.
Es carne.
Pura carne.
Muevo mi mano más rápido, y ella respira más rápido, y yo respiro más rápido, y ella mueve sus caderas más rápido y aprisiona mi mano con la suya gritando, en un final exacto, premeditado.
Giramos, mordemos y bebemos. Todo en ella es suave, liso. La tomo por las caderas desesperado, hundo mis manos en sus muslos. Me tira del pelo pero no duele. O si duele, no puedo entenderlo. Porque mi boca disfruta un sabor antes desconocido, una poción que volvería loco hasta el más magnífico de los magos.
Y vuelve a gritar, esta vez asfixiándome contra ella. Quiero salir, pero no puedo.
Sigo.
Es toda mía.
No deja de gritar y se mezclan el miedo con el placer, la lujuria con la confusión.
No quiero parar. Es el sabor, la textura, mi necesidad, mi hambre, mi vida.
Me pide que frene, me ordena que siga.
¿Cuánto puedo seguir?
Una eternidad. O dos.
Y después giramos. Ella me toma a mí. Sus manos son pequeñas y exactas. Sus labios dos perfectos abrigos húmedos y calientes. Sube, baja. Me desespera. Todo me inquieta, el placer es inmenso.
Pero de repente sus manos ya no son pequeñas, parecen garras y son hirsutas. No todo es liso y suave.
Sus labios son fauces.
No soy capaz de liberarme; en parte porque no puedo, pero tampoco quiero.
Su lengua me saborea por todos lados.
Luego muerde.
Sufro el éxtasis y soy alimento.
También soy carne.
Pura carne.


miércoles, 11 de julio de 2012

Consuelo mutuo





Por S. D. Vargas Muñoz.


Los dolientes se fueron de la funeraria y mi prima y yo, tristes y aburridos, nos consolamos. Ella sacó un cigarro, me pidió candela. Con suaves caricias y penetrantes palabras le ofrecí el fuego de mis venas. Le sugerí fumar en casa, que no habría problema, que mamá no estaba y la suya descansaba muerta.
Me acerqué, la acaricié sobre la ropa. Encendió el cigarro. Me miraba triste. Fumaba de pie, dispuesta, acalorada.
Nos desnudamos suavemente. Levantó sus brazos para facilitarme la tarea. No tenía sostén. Nuestros pechos desnudos se rozaron mientras la abracé con firmeza por la cintura. Lamí sus pezones rígidos y di pequeños mordiscos; exhalaba fuerte y al tiempo me masajeaba el pene debajo del pantalón. Poco a poco, asegurándome de besarla toda, bajé hasta su cadera, seguía de pie apoyada en la mesa, acaricié un seno, resbalé mi mano por la entrepierna y subí de un tirón su falda negra. No tenía bikini. Acaricié sus muslos, enterré mis uñas en sus nalgas groseras, el olor de su flujo viscoso, delicioso me provocó. No vacilé en pasar mi lengua una y otra vez por sus labios hinchados; lloraba y me pedía no parar. Solo me detuve al oír un gemido nacido de su feminidad más profunda. Me tomó del cabello, sobó apretadamente mi cabeza con apasionado vigor al tiempo en que de su garganta expiraba mi nombre. Al levantarme le deslicé mi palanca dura y carnosa pierna arriba; fuerte, profundo en la fruta húmeda que me ofrecía. Apretó sus dientes, trató de silenciar el sincero placer de su humanidad, mas no pudo; gritó, gimió, me pidió que por detrás mientras me abrazaba con sus piernas la cintura y me tomaba por las orejas como guiando la situación. Así, toda la noche, de mil maneras practicamos hasta consolar nuestra pena.

Ella era una chica plástica, de esas que veo por ahí...





Por Mauricio Vargas Herrera.


Frecuentar esos sitios se había vuelto una afición. Se deleitaba mirando, pero nunca pagaba por algo, pues nada de lo que allí veía justificaba la inversión, hasta ahora.
Con una música estridente retumbando en el lugar, se regocijó observando como siempre, y de repente la vio, con su cabello rubio, piel blanca y labios rojo encendido. Entonces supo que ella era la indicada para satisfacerlo.
Pagó por ella y la llevó a su casa.
Sobre su cama, la tocó palmo a palmo, acarició y apretó sus tetas. Ella apenas gimió. Se masturbó para calentarse, luego metió su miembro en aquella boca que anhelaba su verga tibia, lo empujó y lo sacó una y otra vez y se contuvo. Volvió a sus pezones, los besó y los mordió. Ella apenas gimió. Frotó su pene nuevamente, posó toda su mole sobre ella y la penetró. Su cuerpo, ese montón de lonjas que tantas mujeres habían rechazado, iba adelante y atrás, cada vez más rápido, enardecido de placer, mientras ella, sepultada bajo esa montaña sudorosa, gemía con exhalaciones entrecortadas. Él aceleró, mientras ella se estremecía bajo su cuerpo adiposo, hasta que finalmente se corrió en una explosión húmeda y caliente y ella dejó escapar un fuerte y prolongado resoplido que fue mermando mientras él recobraba el aliento. Luego sintió cómo ella empezaba a desvanecerse.
Se quitó de encima, satisfecho, y la observó sobre la cama. De la robustez que le había llamado la atención horas antes ya no quedaba nada. Confió en que, por primera vez en su vida, su sobrepeso no fuera un problema para tener sexo. Pero se había equivocado. La maldita muñeca estaba en mal estado y se había reventado. Ahora tendría que terminar de desinflarla y tirarla a la basura, porque en el Sex Shop no aceptaban devoluciones.

miércoles, 4 de julio de 2012

Besarla





Por Mauricio Javier Howlin (con la colaboración de Bárbara Ghianda).


Besarla. Despacio. Abrió la puerta. Bajar a su cuello, rozando su espalda suave, mis manos deslizándose por debajo de su ropa. Desabrochó su ropa. De a poco llegar con mi boca a sus pechos, hermosos, tibios, expectantes. Comenzó a tocar su sexo con gula. Lamer sus pezones, apretarlos entre mis labios, mientras los suyos se humedecen. Se excitaba terriblemente, sentía la humedad y la firmeza de su miembro. Apretar esos pechos increíbles contra su cara, llenarse de esa tibieza que tanto deseaba. La firmeza fue demasiado extrema, acompañada de un suspiro ahogado y una imagen desvaneciéndose.
Cuando salió del baño, la vio venir, tan linda con ese escote.
—Hasta mañana —lo saludó mientras le sonreía a su novia, que la fue a buscar al trabajo.
—Hasta mañana —respondió él.
Y en su cabeza, la idea.
Besarla. Cómo me gustaría besarla.

Danza





Por José Luis Bethancourt.


Las rodillas me dolían pero no podía dejar esa posición para atisbar a través de la cerradura. Una referencia en mi clase de literatura más tarde me enseñaría que lo mío era “voyerismo”, pero para mí era una irrefrenable curiosidad que empezaba en mi mente y terminaba en mi sexo púber duro y enhiesto.
Ella se aferraba con las dos manos, volteando su cabeza hacia atrás con los ojos entrecerrados. Su lengua rosada y pálida recorría sus labios temblorosos mientras esperaba algo. Sus pezones se ofrecían a mi vista mientras eran recorridos por sus dedos. En el sur una selva de vellos rubios estaba siendo invadida. Ante cada empuje un gemido de su garganta y un latido en mi verga tras la puerta. 
Bajó una de sus manos para dejar expuesto su clítoris a esa lamida constante, tibia y húmeda mientras se balanceaba en un vaivén lujurioso que poco a poco se estaba convirtiendo en un corcoveo salvaje pero contenido. Cuando empezó a apretar sus labios para acallar su casi grito mi mano ya estaba dentro de mi bragueta para acompañar su danza solitaria bajando y subiendo.
La presión sobre su vagina ahora era mayor, como su excitación y mi descaro. Mientras sacaba mi pija fuera de los pantalones abrí  la puerta. Ella me miró sin mirar y en el instante que liberó su grito orgásmico mi semen brotó manchando la alfombra del baño.
Acercándose lentamente puso su dedo índice sobre mi boca en gesto de “silencio”. Tenía el aroma y sabor de su sexo. Sintió mi pene duro, otra vez, contra su pierna. “No contaré nada a tu madre si tú no lo haces”. Me dio la espalda y agachándose lentamente tomó una de sus nalgas dejando a la vista su culo mientras cerraba los grifos del bidet…