miércoles, 14 de mayo de 2014

El último reflejo




Por Mauricio Vargas Herrera.

¡Bang!
El tipo cayó muerto en el suelo del baño. Lo había persuadido de que se suicidara y, por fin, se sentía real. Solo que seguía atrapado detrás del cristal.

viernes, 9 de mayo de 2014

Viajeras




Por José Luis Bethancourt.

—¿Ves? ¡Por eso mismo tenemos que irnos! Ni siquiera hay buenos hombres para poder formar una familia. Tengo una idea. Escuché que la Luisa Soleri tiene fama de solucionar cualquier problema que uno tenga.
—¿Luisa Soleri? ¿esa bruja? Me estás hablando en broma ¿no?
—¡Para nada! Y antes de quedarnos de brazos cruzados prefiero ir a verla. Y si no quieres acompañarme me voy sola —dijo mientras tomaba su cartera y se ponía de pie.
—¡Espera! Te acompaño. Pero tenemos que volver antes que nuestros padres despierten de la siesta.
La casa de Soleri estaba a la vuelta de la esquina. Era una de las más viejas del pueblo y tenía un aspecto deslucido y abandonado. Un cartel ruinoso sobre el marco de la puerta rezaba “Arreglo de ropa”.
Amalia golpeó tomó tímidamente el llamador de bronce con forma de puño y dio tres golpes suaves. Segundos después la puerta fue abierta por una extraña mujer. Alta pero encorvada, con el cabello canoso suelto y desprolijo. Su ropa olía a fogón y comida.
Con un gesto de su mano las invitó a pasar. María Inés dudaba, con cierto temor. Pero su amiga la tomó del brazo y casi la arrastró hacia el interior del zaguán.
Momentos después las tres mujeres estaban de pie en una sala pequeña y recargada de adornos, cuadros, relojes y espejos. Su aspecto no era lúgubre pero sí inquietante. No había allí ningún mueble, ni ventanas. Desperdigados por el suelo se veían almohadones de distintos tamaños y colores.
La payesera tomó un almohadón y se sentó. Las jóvenes visitantes la imitaron y se sentaron muy cerca una de otra. El silencio era intenso como la mirada inquisidora de Luisa. Lo incómodo de la situación para María Inés hizo que fuera la primera en hablar y le contara a la pitonisa el motivo de su visita, el deseo de viajar, la gran oposición de sus padres, y todo lo que habían leído y escuchado de la gran ciudad.
Soleri las escuchó y sin mediar palabra tomó una libreta que tenía entre sus ropas. Se puso de pie y caminó hasta la pared que estaba a su espalda. Descolgó uno de los espejos, de marco dorado y con forma de trébol de cuatro hojas. Arrancó una de las hojas de la libreta y escribió sus nombres “Amalia Gauna y María Inés Acuña”. Dobló el papel y lo colocó detrás de un espejo idéntico que estaba colgado en la pared opuesta.
Acercó el espejo a las mujeres y les pidió que echaran su aliento sobre él. Luego dibujó con su dedo un triángulo sobre el vidrio empañado y les entregó el espejo mientras les decía con voz ronca y baja:
—En el monte que está al sur de la laguna hay una piedra grande y oscura cerca de un paraíso ya muerto y quemado por un rayo. Tomen este espejo y párense donde la sombra de la roca toca las raíces del paraíso. Enciendan una vela y pónganla frente al espejo, sosteniéndola entre ustedes. Cierren sus ojos y pidan en voz alta viajar a donde deseen. Sus deseos se cumplirán si hacen lo que les digo, pero si llegan a revelar el secreto del espejo o a romperlo un gran perjuicio les acaecerá a ustedes y sus familias.
Dicho esto se dirigió a la puerta y la abrió de par en par indicando con su mirada que se fueran. Amalia y Maria Inés estaban pálidas. Tomadas de la mano se miraron y vieron mutuamente en sus ojos la decisión de ir al monte. Faltaba aún una hora para que terminara la siesta. Volvieron a la casa de Amalia, que estaba más cerca, y tomaron una vela. Luego rodearon la laguna por el sur y al llegar al monte corrieron entre los árboles hasta hallar la gran piedra tal cual le dijera la pitonisa.
Amalia tomó el espejo y María Inés encendió la vela.
—Cuando diga tres gritamos “quiero ir a Buenos Aires” ¿estamos?
—Sí, estamos.
—Cerremos los ojos… A la una, a la dos, y a las tres… ¡¡Quiero ir a Buenos Aires!!
Al abrir los ojos se sintieron aturdidas. A pesar de todo lo que habían leído y escuchado nunca pensaron que sería tan extraño el aroma del aire, los ruidos, la cantidad de gente y de vehículos que encontraron.
Cuando llegó la noche en la ciudad decidieron volver. Buscaron un rincón apartado de Plaza San Martín y repitieron el ritual con la vela y el espejo. “¡Queremos volver a San Cosme!” exclamaron al unísono.
Y en instantes estaban otra vez bajo la sombra de los árboles del montecito correntino. No podían salir de su asombro ya que parecía que solo había pasado una hora desde que se fueron. El sol estaba alto y el silencio de la siesta inundaba el pueblo.
Las teletransportaciones eran frecuentes y cada vez por mayor tiempo. Comenzaron a regresar a la casa al final de la siesta primero y luego al atardecer. Esto alertó a los padres quienes al indagar obtuvieron como respuesta: “Nos vamos todos los días a Buenos Aires viajando con un espejo mágico”. Tan extraña respuesta fue la comidilla de las comadronas y pronto provocó la risa y burlas de todo el pueblo.
Fue inevitable que llegara a oídos de Luisa Soleri. Cuando esta se presentó una mañana en la puerta de casa de los Gauna recordó Amalia el vaticinio de la pitonisa “Sus deseos se cumplirán si hacen lo que les digo, pero si llegan a revelar el secreto del espejo o a romperlo un gran perjuicio les acaecerá a ustedes y sus familias”.
Esa noche una gran tormenta se desató sobre San Cosme y al amainar solo dos casas habían sido destrozadas por el viento: las de Acuña y Gauna. En la primera María Inés revolvía como loca los escombros buscando el espejo. Pero había desaparecido.
Las dos familias se instalaron provisionalmente en el único Hotel, frente a la plaza y la Iglesia. Una semana después las dos amigas empezaron a tener náuseas y mareos. La visita al viejo doctor en Corrientes Capital dio como resultado el más insospechado diagnóstico: estaban embarazadas.
Esa fue la última vez que supo algo de las familias. Contrataron un servicio de mudanzas y se fueron prácticamente huyendo del pueblo envueltos en una nube de chismorreo y vergüenza.
La Soleri dejó sus artes adivinatorias, limpió su casa de artilugios y volvió a su antiguo oficio de costurera. ¿Y el espejo? Se dice que lo encontró el loquito del pueblo, un tal Huevo Martinez, pero eso es otra historia…


viernes, 25 de abril de 2014

Espejos




Por Claudia Medina Castro.

Pájaro cantando antes del amanecer.

Espejo del baño maquillándonos para salir.
Espejos de los lugares donde nos gustaba bailar.
Espejos retrovisores de Bob, el auto que nos llevaba.
Espejitos de la gente que nos cruzaba.
Espejismos.
Lentes espejados.
Espejos ausentes. Mente ausente.
(Hemos vivido tantas vidas sin querer... Casi tantas como las que vivimos queriendo, a propósito.)

Y si. Gracias a ellos el ambiente parecía enorme.
Nos sentíamos nadar en agua cristalina, riéndonos de todo.

Los demás nos seguían la corriente.
Decían lo que creían que queríamos escuchar.
Y todo resultaba en un tremendo aburrimiento.
Espejos opacos que reflejan lo harto conocido.
(Son mayoría. No reflejan nada. Nada vuelve. Como agujeros negros en una sección seca del universo. Difícil de digerir.)

Seguimos adelante, calculando que la flexibilidad tiene que ver con el reflejo.
Si resulta en la mente, resulta en el cuerpo.
Deducimos que la materia flexible tiene menos posibilidades de ser reflejada, de ser encontrada. O de desintegrase en una copa de cristal vacía.

Atestadas de gente, las paredes del bar apenas mostraban su color.
Claro que había varios (colores), dependiendo de nada en especial.
Espejos repartidos en cuatro de las cinco paredes reflejaban desde casi cualquier ángulo más gente. Más caras.
Todo se multiplicaba.
Uno de ellos, particularmente, contenía a su vez cinco formas diferentes de espejos en un mismo marco.
Otros dos, más grandes y oblicuos se enfrentaban armando un enfrentamiento absurdo.
Uno ovalado miraba fijo a la pared más libre, que en realidad no liberaba nada.

Y sí. Así la vida parecía más grande.
Pero el Mal ya estaba por ahí.
(Siempre estuvo, aunque solo mostraba sus dientes en una sonrisa de foto.)

Lo más notable fue cuando nos alcanzó.
Comenzó por los talones, que empezaron a abrirse en gajos dolorosos y chorreantes, y ya no podíamos caminar normalmente.
Sabíamos que el paso siguiente serían las manos. Y luego el resto de la piel, esa piel que logramos broncear en esos días intensos.
Inmediatamente supimos que la misma situación se produciría en nuestras articulaciones. Ahí nomás empezamos a sentirlas desintegrándose más rápido que nuestro pensamiento.
Cuando nuestros órganos internos, ya casi expuestos, se cubrieron de un vapor denso y amarillo, nos percatamos que estábamos al borde del colapso.
Creíamos que estábamos solas.
Que un mar de incomprensión nos separaba del resto del océano.
Pero no era tan así.
Miles de aguavivas vinieron a reunir nuestros pedazos.
Nos rearmaron con dolor. Mucho dolor. Y tremenda precisión.
Después de mucho tiempo lograron ponernos de pie en un mundo de gelatina, de flan, de arenas movedizas, de incertidumbre.

Somos y seremos sobrevivientes.
Ese mal nos salvó la vida. Nos puso a tono con la eternidad.

El pájaro sigue cantando al fin de la noche.
Y, en sus silencios, balancea su espíritu,
soñando con espejismos
y aguavivas.
.
.


miércoles, 9 de abril de 2014

La otra



Por Bibi Pacilio.

El encargado de la mudanza se lo dijo muy claro, tal vez porque las gotas de sudor habían enrarecido la habitación o porque había llegado el momento de enfrentar la realidad. Lo cierto es que el ropero de roble, había desaparecido de su vida.
Cornelia no se conformó, tampoco derramó ninguna lágrima ni se humilló. Solo le pidió cortésmente a aquel hombre incierto, que al desarmar aquella parte de su vida tuviera sumo cuidado de no romper los cristales. Se llevaría la puerta labrada para que alguna pared de su nueva casa tuviera algún indicio sobre el pasado de su dueña.

Eligió el dormitorio, muy a pesar de que el sueño nunca fue aliado de los espejos. Lo apoyó con cuidado sobre el piso de madera clara que contrastaba con la oscuridad de su marco y cuando estuvo segura que ningún peligro los acechaba, se conformó a pesar de las manchas amarillas que contaminaban la piel de su posesión. Amelia le había recomendado cambiar los cristales. Ilusa ella si pensaba que cometería semejante asesinato.
Aquella noche se sumió en un largo ensueño, sabía que la claridad a veces llega de improviso pero ahora no necesitaba cruzar el horizonte para volver a verse con el cabello desordenado por el viento, imaginando que aquel campito era la ruta perfecta para su bicicleta roja. Estuvo a punto de cortar algunas flores amarillas pero no hubo tiempo porque una voz desconocida interrumpió su letargo. Fue una extraña mañana, una mañana luminosa que de a ratos le parecía interminable. Cornelia sintió ganas de viajar.
Cuando apoyó la cabeza en la almohada se sintió caer, la habitación se pobló de estrellas y su cuerpo se apropió del ave Fénix que había llegado desde muy lejos para revelarle el secreto rojo de sus alas, tan enteras, tan fuertes como su deseo. Fue un largo vuelo.
Noche tras noche Cornelia crecía para volver a sumergirse en esos otros lugares, donde el reflejo de la noche se convertía en el secreto de su nueva vida. Ya no extrañaba la sonrisa ancha que su boca dibujaba ante la sorprendida mirada de sus pares. Hasta las lágrimas parecían haber sucumbido a la alquimia de los colores y se dejaban ver sin transgredir la tristeza ni la risa.
—Nunca te lo dije pero cuando te vi con ese pelo rubio y los labios pintados de rojo me hiciste acordar a la mujer de mi padre —le dijo una vez a Amelia mientras desayunaban—. Ese día te odié.
—Debe ser por eso que nos hicimos amigas —le contestó la rubia con cara de preocupación.
No valía la pena contarle que ya no importaba, que hasta le gustaba el helado de chocolate, que tenía ganas de aprender a bailar.
Cuando le tocó el turno al amor, la habitación se volvió roja como el planeta desconocido. Sus pechos crecieron y sus caderas se bambolearon en la cama como si lo estuviera esperando desde siempre. Por primera vez después de tantas noches el olfato cobró vida y el aroma de una piel conocida se adhirió a su piel. El río sucumbió al mar en aquellos otros ojos que adentro de los suyos estallaron en una melodía infinita. Los labios apretados, que en vano intentaron atrapar la noche para que dure solo un poco mas. Las sábanas revueltas y ella, vulnerable por primera vez.
El café le trajo el sabor de los infieles y por primera vez después de tantas noches, tuvo miedo. Miedo de que los ángeles vuelen hacia atrás, de que todo sea como real. Miedo a que el destiempo ganara la batalla.
Cornelia avanzó sigilosamente hacia su habitación, respiró hondo con la vista fija en el atrapasueños que ondulante parecía conocer a la perfección su travesía, se acostó sobre la cama como si sus músculos antes tan volátiles, se hubieran entumecido de repente y esperó.
Cuando la mujer de cabellos blancos le tendió su mano, no rehusó. Escuchó el viento que soplaba desde la ventana, cerró los ojos y se entregó.
El espejo apoyado sobre el piso de madera clara la devolvió a la vida.


miércoles, 19 de marzo de 2014

Aquella noche calurosa de marzo



Por Laura de la Rosa.

Los primeros grandes fríos llegaban en marzo, eran noches frescas, en que debían dejar las estufas encendidas para calentar el ambiente que amanecía con los vidrios empañados.
Días antes del otoño, los jóvenes más fuertes de la comarca, comenzaban a preparar la madera que habían recolectado durante el verano. Las pilas de leños de tamaño mediano eran colocadas bajo techo cerca de la entrada de las cabañas. El resto de la madera solía guardarse en algún galpón, protegida de las grandes nevadas.
La tarea era ardua, llevaban mucho tiempo recolectando, lo que sería el elemento principal para proveerlos de calor durante los crudos meses que estaban por venir.
Pero ese otoño comenzaba extraño. Los animales, cambiaron su rutina, las gallinas no ponían huevos, las  vacas no daban leche e incluso las abejas abandonaban su colmena. Las aves se congregaban en bandadas y ejecutaban una migración extraordinaria camino de las llanuras. Los ciervos comenzaron a caminar a lo más alto de las montañas. Una siniestra voz de alarma interior los hacía cambiar. Solo los hombres continuaban su rutina haciendo solo lo que saben hacer mejor: quejarse.
—¡Qué calor!
—¡Qué clima de locos!
—¡Es por culpa de la deforestación!
Un calor inusual se sentía desde hacía unas cuantas semanas. Los días pasaron de su temperatura media de 12 ºC a unos sofocantes treinta y dos a finales de febrero, y marzo era aún peor, a pocos días del equinoccio de otoño la temperatura estaba llegando a los 39 ºC.
Nadie advertía la gravedad del hecho. En los últimos años se había registrado un aumento del nivel del mar. Subió entre diez y veinte centímetros durante el siglo pasado, sin embargo estas elevadas temperaturas derritieron grandes cantidades de nieves eternas que generaron un mayor caudal de agua en los cauces naturales.
La situación no era normal y los investigadores no sabían a qué se debía. El calor sofocante que sufrió Europa en 2003 trajo la suma de treinta mil muertos y los científicos esperaban un número similar en la Patagonia este otoño.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Operación «Noche perpetua»




Por Mauricio Vargas Herrera.

Una pequeña gota se desliza buscando la comisura de su boca. En un acto reflejo, saca su lengua y la absorbe. Siente la sal. Le parece curioso no recordar el sabor de su propio sudor, teniendo en cuenta que ha estado empapado de él las veinticuatro horas durante meses.
Se pasa la mano por la cara y se la seca en el pantalón. Repite la operación, esta vez en su cabeza calva. Bueno, no tan calva. Más bien con el pelo muy corto. Se lo había quitado todo hacía un año y medio más o menos. Aquello le provocó sentimientos encontrados, pues aunque lamentó perderlo, sintió el alivio de quitarse ese peso muerto de encima. Ahora sentía el esporádico frescor del aire tibio en su cuero cabelludo. Es que nadie en el mundo —estaba seguro de eso— se atrevía a tener pelo sobre su cabeza. Aquello, en esos calores, era como vivir con un trapo húmedo y chorreante encima. Cuando se levantaba algún vientecillo, disfrutaba sentir el frescor, tanto como beber una gota de agua en pleno desierto. El aire ya no era frío como antes. Dejó de serlo hace algunos años. Sin embargo, aunque tibio, era un breve alivio.
Él los había convocado. Le pareció divertido reunirse y disfrutar una última asoleada. La ocasión lo merecía. Subir y exponerse al sol de manera voluntaria solo acentuaría el alivio cuando la ola de calor fuera erradicada. Es como aguantar hambre y luego devorarse un buen almuerzo, les había dicho. O aguantar las ganas de orinar y luego dejar salir el chorro potente y ver la espuma en el agua del inodoro y sentir ese escalofrío que a uno le recorre la espalda y sentir los ojos llorosos. Es como ese tipo de placer, les explicó a varios vecinos. Primero se sufre, luego se goza. Además, esperar el momento anunciado al aire libre, a pesar de ese maldito sol que ya parecía el escupitajo del mismo Diablo, era mejor que estar encerrados en sus apartamentos, cocinándose vivos. Todos accedieron. Horas antes los vio subir poco a poco. Los residentes de cada apartamento, con sus enormes botellones de agua, sus sillas para presenciar la función, y sus sombrillas para hacerse sombra. Los hombres con sus torsos desnudos. Algunos, con los pelos del pecho húmedos y apelmazados. Otros más osados con camisetas de esqueleto pegadas a la espalda por una enorme mancha de sudor. Las mujeres, con el pelo corto también, vestían sus trajes de baño, que habían dejado de ser prendas vacacionales para convertirse en trajes de vestir habituales. El último en llegar a la reunión fue el sujeto que vivía en el séptimo piso. Se había quedado sin vecinos porque las familias del último piso se habían mudado. Todas afirmaron que seguir viviendo allí era una locura. Vivir en el último piso es como vivir dentro de un horno, decían. El único valiente era él, quien había llegado a la azotea diciendo «¡Hora del asado! ¿Alguien trajo la carne?» Todos estallaron en risas. Hacía mucho que nadie comía nada caliente. Una cucharada de sopa recién hecha parecía como beber lava. «Es en serio», replicó. Solo provocó más risas. Varios coincidían en que era su buen humor el que lo había ayudado a soportar el infierno que debía de ser su apartamento allá arriba.
Todos están felices. Al menos han ignorado el sofocante calor por un momento. En otro tiempo, cualquiera que los hubiera visto a todos allí, en esa azotea sin piscina, hubiera pensado que eran un montón de locos, piensa.
La radio murmura en el centro de la azotea. Todos congregados alrededor de ella. La transmisión había comenzado hacía una hora y media. Ya se acerca el momento anhelado. Se acercan al aparato. Suben el volumen. No dejan de ventearse con los abanicos. El lanzamiento está a punto. Inicia el conteo. Todos lo corean como si celebraran Año Nuevo. Van sacando las gafas antireflejo. Todos las compraron. Las vendían hasta en los semáforos. Nadie iba a perderse detalle. Llega el cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Cero. Miran al cielo.
Un pequeño punto en la distancia aparece tras varios minutos. Asciende lentamente, una mancha diminuta ante la omnipotente luz solar. Luego es engullido por el fulgor incendiario del sol. Todo queda en silencio. Nadie se mueve, solo el sudor que resbala lentamente por la piel. Extraño silencio. Inolvidable silencio. Una vibración en los pies que crece, luego una vaharada caliente, exhalada por el firmamento, que los empuja, los azota mientras el cielo se va oscureciendo. Entonces la luz se apaga. Para siempre.

miércoles, 19 de febrero de 2014

¿El calor o la calor?



Por José Luis Bethancourt.

—Che, viejo, ¿cómo se dice? ¿“El calor” o “La calor”? —gritó Matilde desde su cómoda reposera bajo la sombra del viejo gomero.
En la cocina, Roberto contestó con un gruñido y maldijo la hora en que hizo aquella apuesta.  Casi veinte años de casado le deberían haber bastado para saber que con la Matilde nunca se puede ganar una discusión o una apuesta.
TN otra vez con la “noticia” de que se vaticinaban altas temperaturas en la ciudad de Buenos Aires. “Alerta naranja” rezaba la viñeta roja en el televisor y el pobre Roberto rojo de bronca  le hablaba al televisor como si fuera uno de sus amigos del bar, donde debería estar jugando al truco bajo los ventiladores
—¿No pueden hablar de otra cosa estos periodistas? ¿Qué carajo les importa si seguro que están lo mas fresquitos en ese estudio de televisión y cuando se van a su casa manejan un auto con aire acondicionado y seguro que tienen una acondicionador en cada ambiente de su casa? ¡Qué país generoso!  ¡No sé cuántos años de estudio para que nos digan cosas tan obvias o pregunten estupideces! ¡Y son señores! ¿Cómo no me hice periodista?
Los periodistas. El tema preferido de Roberto para criticar y dejar salir toda su frustración e impotencia por haber sido toda su vida un laburante. Todos sus sueños de grandeza quedaron en el pasado. Lo único grande que tuvo en la vida fue la Matilde. Y grande en sentido literal. Con los años se fue engrosando, por decirlo de alguna manera. En su estado actual parecía más fácil saltar por encima de ella que rodearla.
Sí, es cierto. Es una exageración, pero casi del mismo tipo que la exageración constante del noticiero que eleva a noticia de primer rango el calor. ¿No se dan cuenta que estamos en enero? ¿Qué pretenden? ¿Andar con bufanda? ¿Tanta necesidad de repetir que hace calor?
Y para hacerla mejor “entrevistan” a una pobre vieja en la calle que abanicándose pretende dar una respuesta elaborada y profunda a la sesuda pregunta de la notera “¿Se siente mucho el calor? ¿Cómo se prepara para salir a la calle? Veo que trae su botellita de agua”. Juro que si un día me paran en la calle para preguntarme semejante estupidez le contesto “¿Agua? ¡No! Es vodka, para ponerme en pedo y no tener que soportar a los periodistas como ustedes”.
—¿Me escuchaste gordo? ¿Cómo se dice? ¿“El calor” o “La calor”? —insistió la obesa mujer mientras se secaba el sudor de los pliegues del cuello.
Roberto la miró en silencio por un instante y siguió con su labor. Justo a él que detestaba las visitas y cocinar se le ocurrió apostar el almuerzo para toda la familia de ella ese domingo en que estaba el campeonato de truco. Y no podía ser cualquier comida. ¡Tenía que ser pizza! ¡Y casera! Nada de comprar las prepizzas de oferta en el supermercado chino. No señor.
Las gotas de sudor recorrían su frente y bajaban por su rostro, su cuello y su nariz. Una y otra vez las secaba con su pañuelo infructuosamente. El ventilador de techo estaba puesto  en la velocidad más baja para evitar que el viento afectara el levado de la masa. El horno estaba encendido desde hacía un rato alcanzando la temperatura necesaria para lograr una pizza crujiente. El aroma de la salsa condimentada con ajo llenaba el aire. Pero toda esta mezcla de estímulos no hacía más que aumentar el suplicio de Roberto exacerbado por la repetición del reportaje a la anciana en TN, el alerta naranja y la imagen de Matilde recostada bajo la sombra.
Mientras juraba por enésima vez que no volvería a apostar contra su mujer olvidó secar el sudor y algunas gotas cayeron sobre la masa. Roberto quedó petrificado pensando que tendría que ir de urgencia a lo de los chinos a comprar más harina y empezar todo de vuelta. El grito de Matilde lo sacó de su ensimismamiento.
—¿Me vas a contestar o no? ¿Cómo se dice? ¿“El calor” o “La calor”?
—¡Qué se yo mujer! ¿Por qué no movés el culo y venís a la cocina a ver si este calor es “el” o “la”? —respondió con evidente fastidio.
—Bueno, bueno, no te sulfures tanto que te va a hacer mal y a ver si te apurás un poco que en media hora llega mamá y en una mis hermanos.
Ya el sudor se convirtió en un goteo constante. Ni se preocupaba por evitar que cayera sobre la masa de la pizza. Pasó el reverso de su mano sobre su frente y descargó algunas gotas sobre la salsa. Tomó el bollo y lo restregó por su cuello y su pecho con un gesto de satisfacción maliciosa…
—¡Che gorda! ¿Qué sabor tendrá “el calor” o “la calor"?


miércoles, 5 de febrero de 2014

El Faro



Por Claudia Medina Castro.

Calor.
Tanto calor implica cerebros derretidos. Cicatrices exultantes, articulaciones expuestas. Sumale la creciente humedad ambiental. Días largos y bochornosamente incómodos. Venas a la vista y piel de gelatina. Tremendo fastidio. Hace poco he decidido ver todo como señales. Algunas para seguir, otras para ignorar. Fácil. No hay mucho que hacer. Solo observarse ser. Sin previo aviso y con perfecto timing apareció en mi vida La Torre. El Altillo. El Faro. Cuatro ventanas. Cuatro balcones. Cada uno cara a cada punto cardinal. Un lugar en el mundo. Unos días de vacaciones elegidos sin pensar. Una propuesta inesperada. Señales a seguir. Por las mañanas me asoleaba en el balcón Este, mirando el río y la costa lejana. Mediodía de siesta, luego de comer algo y beber mucho. Señal de hidratación. Mi amigo tenía el departamento bien equipado. Dos pisos justo por debajo del antiguo faro y arriba de otros dieciocho. Pisos, claro. Más tarde en la tarde temprana la reposera del balcón Oeste me llevaba a los altos de la ciudad. Me veía sobrevolando la gente que circulaba. Mucha. Siempre mucha gente. Como termitas buscando problemas a las soluciones. Arenas movedizas brutales. Y el calor. El calor físico, el del carácter, el de las debilidades expuestas y el las perversiones contenidas. El calor es la excusa perfecta para la masacre. Las nubes que ese día iban bajando me trasladaron mecánicamente al balcón Norte. La estrella se dejaba ver. Era buena su compañía. Aunque asomarse se estaba tornando raro en esas horas. Desde allí también se veían nubes bajas como alfombras de algodón. Masas acolchadas en tonos rojizos, separadas por algo entre acuoso y denso. Lagrimeaba. Las gotas se deslizaban por mi cuerpo hasta rebotar en el borde y hacerse trizas al vacío. Sumale a eso una emoción inesperada y aguda. Y que estaba bien oscuro ya. A no ser por la estrella. Mi cable a tierra en el cielo. Qué risa. Las nubes naranjas empezaron a subir y ya casi no la podía ver. A la estrella, claro. Entré al departamento pensando en comer algo y una náusea no me dejó. Pasé por el baño sin éxito. Era exquisito el gusto de mi amigo para decorar. Salí al balcón Sur, no sin antes asomarme por la ventanita que miraba al sudeste. Estaba totalmente empañada de ambos lados. Pero mi cara rebotó en una gota, brillante y desencajada. Mi cara, claro. Y me asusté. No me reconocí. Por un momento pensé que era una señal de algo que mi subconsciente quería expresar. Pero inmediatamente adjudiqué tal cambio a la nube anaranjada, obviamente sin saber que estaba compuesta de entidades de Otra Latitud. Agarré instintivamente mi cartera, y sacando el portacosméticos volví al baño con otro propósito. Mi amigo, el gran decorador. Espejos en todas las paredes, aún en los ángulos imposibles. Del naranja al rojo oscuro todas las tonalidades posibles enmarcaban mi figura. Claro que eso lo noté luego de ver nublosamente las llagas que me cubrían. Lo que un rato atrás creía lágrimas era un humor espeso que salía de mis poros. Sudor de las entrañas, supe después. Hay cosas que no se nos ocurren normalmente. Respirar fuego no es algo fácil de describir. Renombramos sentimientos con el fin de disfrazarlos o extinguirlos. Hasta que las venas nos cuentan otra historia. Paralelamente, imágenes impensadas invaden nuestra mente. Todas las funciones naturales del cuerpo sufren un colapso imparable. Literalmente se derriten nuestros sentidos, mezclándose entre sí. Las ansias de recomponerme solo lograron concientizarme del sofoco letal. La peor parte fue cuando noté que lo que creía alucinaciones eran realidades. El susto transmutó en miedo. El miedo en muerte. Y la muerte en una hoguera infinita. A todo esto, las verdaderas señales eran las que emitía el Faro sobre mi cabeza, avisando, a los que venían del Otro Lado a través del gran río, que llegó la hora de hacerse Ver. Mis pseudovacaciones terminaron abruptamente, ya que lo último que vi desde esas alturas resultó ser una nada en comparación con lo que realmente pasó. Sé que ya no formo parte de esa forma de vida, la humana. Pero agradezco el poder contar los hechos de ese enero en forma telepática gracias a que algunos de los Otros me permitieron usarlos como router. Fue mi última voluntad. Aunque definitivamente a ellos no les importa la trascendencia histórica. Usan el Tiempo solo para perfeccionar su performance. Y está a la vista que no necesitan de ninguna señal para devorarnos. Ni siquiera ya somos su alimento predilecto. Ellos enviaron el Calor para eliminarnos de la faz de la Tierra. Solo a los humanos. Demasiado deteriorados para su gusto. Tienen planeado cultivar una especie mejorada, en cualquier momento. Seguramente cuando se apague el último fuego. Diana G. Febrero 2, 2014.


miércoles, 29 de enero de 2014

El cumpleaños de Carmelo Pipa



Por Bibi Pacilio.

Carmelo Pipa era mi abuelo, un hombre jovial, excesivamente gordo, aunque los rollos de carne que engrosaban su cuello siempre habían sido mi debilidad y sus dedos cortos y húmedos sostuvieron mis idas y venidas al colegio, al quiosco de la esquina y a la casa de mi amiga Matilde, que vivía justo a la vuelta de nuestra casa.
Nunca supe cómo era tener una familia pequeña, tampoco silenciosa, porque con toda la sangre italiana que alborotaba nuestras venas y la situación del país, éramos muchos los que vivíamos bajo el mismo techo. Felices a pesar de los gritos, felices a pesar de las pérdidas que llegaban y se iban obligándonos a volver a empezar.
“Luchía, Luchía” me gritaba Carmelo desde el cuartito del fondo donde se había exiliado aún antes de la muerte de Doña Nicolina, mi abuela paterna. “Luchía, Luchía vení a ver lo que encontré” y sus ojos redondos cobraban vida cuando los míos se agrandaban hasta llegar al cielo. Era su preferida, la única que comía los “suspiros de monja” que bajo cuerda y bien envueltos en papel madera aparecían sobre su mesa de luz todas las mañana. Lo amaba.
Pero aquel enero me preocupaba que ninguno de los miembros de mi familia hubiera dicho nada sobre el festejo, tendría que hablar con papá sobre el asunto antes que se desatara una catástrofe. El cumpleaños del abuelo siempre nos había servido de excusa para reunirnos y guau si alguno se dignaba a faltar o llegar tarde. Todos, hasta los vecinos, esperábamos ansiosos el aniversario que terminaba siempre al amanecer y nunca nos dejaba prever un transcurrir sin sobresaltos.
Faltaba una semana para el 22 de enero y ni siquiera Luciano había dado señales de vida. Supongo que el calor, la falta de luz y las nuevas medidas del gobierno nos tenían a todos preocupados, supongo que ni el abuelo se había dado cuenta que sus ochenta y cuatro años se aproximaban entre esas gotas de sudor que caían desde su calva cabeza cada vez que se agachaba.
Aquel lunes me levanté temprano dispuesta a resolver esta situación. “No estamos para fiesta” me dijo mamá mientras cargaba el fuentón hacia la pileta del patio. “¿Otra vez tenemos que bancar el cumpleaños del viejo?” se quejó Yolanda ojeando  una revista de modas. La tía Carola me insinuó con su voz ronca que podía contar con ella, siempre y cuando hubiera algo fresquito para tomar porque “con esta calor nena…“. Pepe ni siquiera me contestó. No quedó nadie con quien hablar. Me bañé como cuatro veces, aquel día el calor había ganado la batalla.
El martes me levanté temprano, despegándome de las sábanas ardientes que me habían hecho soñar con una fiesta en la playa, aunque no había brisa, ni arena y la voz chillona de mi madre me llevó directo hacia la terraza. Fue justamente ahí, pegada al cemento fogoso, donde una idea reveladora, un “satori”, me nubló la visión y vi el futuro. Era el lugar perfecto. Seguramente correría alguna brisa veraniega, tal vez hasta festejáramos una lluvia de madrugada y hasta podríamos bailar y mirar las estrellas y quedarnos a dormir y festejar y volver a festejar.
Confieso que mi imaginación a veces no condice con la realidad, pero mi deseo era tan intenso que no hubo nada ni nadie que pudiera impedirme organizar el festejo.
Luciano llegó justo a tiempo para ayudar a papá a transportar al abuelo hacia la terraza, donde todo el mundo se abanicaba alrededor de los tablones cubiertos con un fino papel blanco, que ya mostraba alguna que otra mancha y que se adhería como la mejor piel a la ocasión.
Carmelo alzaba los brazos, besaba a los que le habían llevado un regalo y desde la punta de la mesa (lugar que nunca abandonaría) gesticulaba como el mejor anfitrión mientras Don Filomeno de la otra cuadra y sus hijos preparaban los instrumentos para ofrecerle un concierto de acordeón y guitarra que nunca olvidaría.
Sin embargo el calor aumentaba y ninguna de las coloridas banderas que cruzaban la azotea daba signos de vida. Ni siquiera los mosquitos aparecían guardados bajo el tanque de agua que cada vez más hinchado aparecía como única esperanza para nuestros doloridos cuerpos. Porque el calor duele, arrasa con todas nuestras fuerzas, arremete despacio para punzarnos el alma.
La llegada de Manuel, apodado “el cana”, ex policía, ex usurero, ex amigo del abuelo nos sumió a todos en uno de esos instantes de silencio que ninguno reconoce pero todos temen. La música cesó. Los ojos de todos se movían desde uno a otro con la rapidez del rayo. Por un segundo el cielo se oscureció, momento que Luciano aprovechó para desaparecer de la escena. “Mi hermano siempre fue un cobarde” pensé mientras acercaba una bandeja de empanaditas de carne al nuevo invitado.
El abuelo rompió el silencio con un “Bienvenido” que tranquilizó a todos aunque detrás de sus ojos redondos el lince no lograba dormir. Se sentaron cerca preparados para ese duelo silencioso que no acaba con los años y como el calor, se aquieta para volver a explotar. La fiesta continuaba para todos, el vino corría, la renga intentaba bailar con el sobrino del peluquero y papá discutía acaloradamente de política con Jacinto. Nadie parecía darse cuenta que aquel invitado venía a despedir a su adversario.
El único tiro que se escuchó a la madrugada les regaló el oasis milagroso de algún trueno perdido, hasta que el “Luchía, Luchía” resonó en mis oídos y todos corrieron hacia el gordo que tirado de espaldas al piso regaba el cemento caliente con su sangre.
Llovía torrencialmente la mañana que enterramos al abuelo, no quise escuchar las noticias porque todos mentían. “Cayó a los 84 años el jefe narco más peligroso del país” decían porque seguramente ellos no sabían que el gordo en el cuartito del fondo coleccionaba estampillas.