miércoles, 3 de julio de 2013

La Maldonado


Por Claudia Medina Castro.


Yo nací del otro lado. Del lado de las fieras.
Y nadie conocía como yo esas tierras…


Allá por los mil quinientos, en estas pampas había gente nueva traída de distintos lugares. Como por ejemplo de las Europas, repletas de gente para descartar. Se las quería fuera de ese siempre viejo primer mundo.
Resulta ser que esta gente, ansiosa por tener una nueva vida en una nueva tierra, se encontraba con mil salvajes injusticias. Tal vez, creo, peores que las que ya conocían.
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Un grupo de chozas rodeadas por una empalizada para protegerse de los dueños reales de esas tierras, llamados indios, fieras o alimañas, era lo que hacíase llamar la tierra prometida, el nuevo mundo.
Claro que prontamente se instaló la hambruna, y virus y bacterias se encontraron a sus anchas. Foto atroz. De esas que no se quieren ver.
Con el hambre, antes que la muerte llega la locura. Pero evidentemente, en ese tiempo como en muchos otros, había algunos innombrables con poder que permanecían a salvo. Estos, decidieron que los que intentaban salir de la ciudadela serían ejecutados, como así también los que osaran invadirlos (llámense Querandíes).
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En ese tiempo feroz, una mujer, enloquecida ante tanto horror, corrió hacia la empalizada, abrió la tranquera y se fue. Había sido una de las recogidas del atracadero de Sanlúcar de Barrameda.
Nadie en ese entonces sabía que era una Medina, perteneciente a la Casa de Medina Sidonia de la vieja Andalucía, que con la valentía propia de su estirpe anduvo sin dudar hasta llegar a aquel arroyo lejano del asentamiento. Y ahí quedó. Inconsciente y más viva que nunca. 
Dicen las leyendas que una puma la alimentó. Y luego ella la ayudó a parir dos gatos hermosos. Por suerte, su nueva familia pudo defenderla de los locales infradotados que insistían en someterla (ser mujer ha sido difícil en todos los tiempos).
La historia sigue diciendo que un día, los “señores” del chozaje la encuentran y la ajustician por haberse escapado, dejándola ultrajada y casi muerta para que terminen la labor las “fieras” que habitaban esos parajes desolados más allá de aquel arroyo mal llevado.
Desconociendo la verdadera naturaleza de ese ser, no imaginaron que sus amigos, las “fieras”, la cuidarían y acompañarían durante mil vidas, en las que fue libre y feliz.
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Todo ese lugar cambió. El arroyo desacatado fue entubado y las bestias extinguidas.
Pero yo, que nací cerca de ahí unos años (cientos) después de todo aquello, percibo el fulgor de esas auras a diario cuando traspaso esa zona en tren o como sea.
Una barrera invisible separa Belgrano del centro de Buenos Aires. Y una parte de mí ve a la que llamaban “La Maldonado” y a sus amigos pumas recorriendo el lugar con esplendor.
Es un allá y acá. Un antes y un después. Y siempre lo será.
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El arroyo sigue haciéndose notar. Sobre todo en las tormentas.
Tal vez, algún día, la Maldonado logre perdonar a las verdaderas bestias de esta historia y entonces, solo entonces, las aguas se encaucen solas.
  
  

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8 comentarios:

  1. Brillante, Claudia.
    Esa manera tan particular que tenés de contarnos tus historias, con una cadencia en las letras casi musical, hace que uno llegue al final del relato sin darse cuenta, disfrutándolo de principio a fin.
    Como me pasó con "La Maldonado", ideal manera de conocer más sobre los porqué de las inundaciones en Baires.
    ¡Saludos!

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  2. gracias por tus hermosas palabras juan!!! un placer.
    en cuanto al porqué de esos asuntos, es una versión mía, y me hago cargo :) . una forma de cambiar un poco la historia...
    gracias mil!!!

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  3. Claudia, la magia de tu relato me envolvió. Un placer recorrer tus letras :)

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  4. Y es que el estilo de Claudia es así, muy claro y melodioso a la vez. Cálido, aún cuando cuenta un invierno :D
    ¡Genial, un beso grande!

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