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(fotografía de José Luis Bethancourt) |
Por Noemí Mayoral.
Cuando
la fina nieve caía sobre el impermeable azul de Juan, el frío parecía más
intenso, en pleno invierno, la oscuridad de la noche tenía un sutil encanto y a
pesar de las bajas temperaturas, que desde hacia varios días sitiaban la ciudad
marítima del sur donde vivía, los autos y peatones se negaban a buscar refugio
muy temprano.
A Juan lo mantenía obsesionado la tarea
inconclusa de conseguir un regalo para
aquel amor adolescente, que como una astilla, había quedado clavado en su mente
y corazón hasta quitarle varias noches el sueño.
Ese mediodía, luego del almuerzo,
había tomado la decisión de comprarle un obsequio a Leonor. No podía imaginar
“qué”, tenía una confusa idea, pero el ese día era el indicado para ponerle el
punto final a esa ansiedad que se tornaba infinita.
Le habían comentado que en una de las
calles laterales a la avenida principal de la ciudad, podía encontrar alguno de
esos negocios que ofrecían regalos de todo tipo y que se apreciaban desde sus
escaparates.
Caminó un largo rato, mirando y
mirando, sin poder encontrar algo que le gustase y entonces la angustia, ante
la búsqueda fallida, empezó a ser su aliada.
—Otra vez perdiendo el tiempo —dijo en
voz alta y una señora que lo escuchó, no pudo evitar una sonrisa.
—No
me preocupo, porque todos hablamos solos y en voz alta cada tanto —dijo Juan,
ahora casi en un susurro.
Al doblar en una esquina le llamó la
atención la luz de una vidriera sobre la vereda de enfrente. No se había
equivocado; había visto una vieja armadura medieval a lo lejos y ahora lo
confirmaba, una lechuza disecada, algunas monedas y estampillas antiguas, un
viejo fonógrafo y una máquina de escribir, además de la armadura, algunas de
las piezas que ocupaban los estantes del escaparate.
Como en el tango había apoyado la ñata
contra el vidrio sin darse cuenta, interesado en lo que estaba mirando.
Dudó un poco al entrar, pero como si
un imán lo estuviese atrayendo hacia el interior de la tienda, abrió la puerta
y entró.
Una campanilla colocada sobre la parte
superior de la puerta, tintineó, anunciando su entrada, dio unos pasos y no vio
a nadie, mientras se hallaba de espalda, sintió el saludo y la voz de un
hombre, que parecía haber aparecido de la nada, al darse vuelta, vio a un
hombrecillo de baja estatura, canoso, de hablar pausado y mirada tranquila.
—Buenas noches. ¿En qué puedo
ayudarlo? —le dijo el hombre, de manera afable y esbozando una amigable
sonrisa; se hallaba detrás del mostrador y tenía en su voz, una fuerza que se
contradecía con su aspecto frágil.