miércoles, 28 de agosto de 2013

Renesmee



Por Bibi Pacilio.


Después de ofrecerme la última gota de sangre, mi madre salió volando por la ventana de la habitación antes que el sol devorara sus ojos.
Seguir las reglas del juego no fue un capricho para ella, ni siquiera la remota posibilidad de que la obsesión se apoderara de sus movimientos. “Ningún peón es tan tonto como para querer ser rey” me dijo sin palabras, antes de que su piel se volviera lisa y reflectante como el cristal.
Por eso estaba allí, en medio de una guerra interminable de familias. Los Cullen y Volturis me habían convertido en la más codiciada de sus piezas, y mi aparente inmortalidad, en mi peor enemiga.
Aún así,  conociendo la fatalidad que se cierne sobre mí, soy consecuencia del amor; como el único ser capaz de atravesar el fuego y el hielo, sin pestañear, hasta alcanzar la otra orilla.
El tiempo que me mantuve dentro fue demasiado corto, hubiera preferido que nueve lunas me acunaran, pero cuando mis manos rozaron sus entrañas escuché los primeros pensamientos de mi padre y comprendí que pronto debería cuidarme de la luz. Bella, así se llamaba ella, me entregó su aliento y a pesar de estar inmóvil, sus latidos se transformaron en una danza interminable contra la incertidumbre.
Me enamoré de él enseguida, mi padre, y supe apenas me tuvo entre sus brazos que sacrificar sus miedos lo había cambiado para siempre. Por eso, mordiendo mi cuello aquella primera noche en busca de la sangre, que solo a él le pertenecía, reviví el instante de fluidos que me habían dado vida en aquella isla lejana y supe quién había sido dueña de su fortaleza.
Aprendí a cazar y huir de la manada de lobos que olieron mi regreso. Dibujé crepúsculos y lunas nuevas en las paredes de mi cuarto, y cuando lograba que por pequeños instantes me dejaran sola, soñé con el hombre que me imprimó al verme por primera vez.
Jacob Black olía a bosque y a pesar de ser un licántropo, millones de hilos de acero nos unían tan fuerte, que hubiera sido imposible sucumbir a su sonrisa. Nunca le temí y en las diferencias con mi padre encontré las causas de mi encantamiento. Los tenía a los dos y a la edad de ocho años podía entender por qué mi madre los había elegido con un amor tan incomparable como necesario.
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—Nunca me sentí feliz al perder una partida que creía ganada desde el comienzo —me dijo Jacob a punto de alejarse—. Pero hoy…
—Han sido las cinco jugadas más bellas y se lo debo a un gran jugador —le contesté con una sonrisa.
—Se lo debes a ella —me susurró al oído mientras me abrazaba.
—¿Tu también crees que es inmortal?
—Ya eres una reina, Nessie, una reina helada y llena de fuego a la que nunca dejaré sola —me dijo mientras guardaba el peón rojo en el bolsillo de su chaqueta y se alejaba con pasos largos y seguros.


miércoles, 7 de agosto de 2013

Cuidar al Camarada



Por Laura de la Rosa.


Es cierto, pese al más silencioso de los secretos, o al más rumoroso de los mismos. Lo cierto es que ha sido real. Pasó. Y voy a contar la historia. Es hora que asuma el riesgo que este secreto conlleva y pueda ponerlo en palabras.
La historia oficial cuenta que se suicidó el 30 de abril de 1945. En su bunker de Berlín. Estaba junto a su esposa, quien también terminó con el mismo destino.

Llegaron a América a bordo de un submarino que desembarcó luego en las costas de Mar del Plata. De ahí fue llevado por tierra a Córdoba y más tarde a Río Negro.
Esto formaba parte de un plan perfectamente orquestado, elaborado minuciosamente dos años antes de perder la guerra. Consistía nada más y nada menos en un plan de evacuación de recursos humanos, técnicos y científicos. 
Trabajaron con mucha anticipación y organización. Su salida era la parte más importante del plan. Velar por él y su seguridad el principal objetivo. Había que llevarlo, si fuera necesario, al fin del mundo. Y así fue como llegó a esta tierra helada.

Stalin siempre lo sostuvo. Él no murió, él viajó a España y luego a Argentina. Repetía que la muerte había sido inventada. No hubo cuerpo identificado, no hubo autopsia, ni siquiera un acta de defunción. Unos soldados que llegaron al lugar gritaron que se había suicidado, quemaron los cadáveres y así se mantuvo la historia. Es más, hasta el mismo Eisenhower había aceptado el hecho que él había huido y ofrecía recompensa por su captura.

Llegó a América protegido, cuidado como el más preciado de los tesoros. Eso era. Él le devolvió la dignidad a Alemania, hoy le tocaba a los camaradas devolver su propia dignidad.
Decían que jamás toleró la idea de que el mundo creyera que se había suicidado. El cobarde hecho de perder la vida por su voluntad. 
Otra parte del plan era brindarle un lugar para vivir. Digno y a la altura de las circunstancias. 
Se le compró un terreno alejado de las zonas más pobladas y construyeron una casa. Se encargó de los planos de la misma el famoso arquitecto Alejandro Bustillo. Las indicaciones fueron precisas. La casa debía ser similar a la de Berghor de los Alpes y así lo fue, seis habitaciones y tres baños en la planta alta, tres habitaciones y tres baños en la planta baja y una cocina, y una gran sala de estar que daba al majestuoso parque y al lago Nahuel Huapi. Cuatrocientas cincuenta hectáreas a la orilla más escondida del lago le dieron intimidad y tranquilidad.

Tenía cincuenta y seis años, un nombre falso. Ya no usaba más el bigote tradicional y su cabello estaba rapado. Eva había tenido que teñir su pelo, negro azabache lo llevaba y se hacía llamar Paula.
El primer lugar en que se afincó fue La Falda, estuvo allí hasta que la casa de Bariloche estuvo lista. Luego partió al sur.
Argentina les ofreció la infraestructura perfecta, un lugar lejano y perdido, lejos de la Europa de la post guerra. El submarino fue recibido por una comitiva alemana, muy bien posicionada económicamente en la región.
No hay lugar en el mundo que se parezca más a los Alpes que Bariloche y sus lagos. Y qué mejor que vivir rodeado de camaradas.

La vida fue tranquila en América, no debió trabajar, vivía de los cánones que le daban mensualmente sus compatriotas. Tuvo dos hijas. Pasaba sus días descansando, pescaba truchas en su propio muelle y las cocinaba en una cocina a leña que le fascinaba.
Era frecuente recibir visitas en su casa, todos hombres que lo habían acompañado en los años más importantes de su gobierno y que también habían formado parte de la comitiva que partió de Alemania.
No salía nunca de su hogar. Su exilio fue en el paraíso, pero fue su exilio al fin. 

Por las noches no dormía. Sus sueños lo atormentaban.
Bajo su almohada siempre había un arma, temía ser asesinado por las noches.
Solía despertarse ahogado, al grito de «…no puedo respirar…». Sufría de alergias, sentía que el agua le quemaba las entrañas. No bebía nada que no fuera probado antes por otra persona.
Cuando bebía cantaba canciones de su patria y confesaba oír el ruido de cadenas y sombras que lo amenazaban. Sabía que eran los fantasmas de su pasado.
Temía volverse loco o quizás temía haber recuperado la cordura.
Murió en 1962 a los setenta y tres años, junto a su mujer y sus hijas. 
Ese día en Bariloche, muchos lloraron al Führer.


Más información:


jueves, 1 de agosto de 2013

Bakeneko



Por William E. Fleming.


ESCENA UNO

El pequeño pueblo de Kanegishima se caracterizaba por su lentitud. En aquella época todo era lentitud, ir despacio quizás disfrutando de la vida y la naturaleza, si no fuera por las guerras o el hambre hubiera sido la época más perfecta. Pero en aquellos veranos, en el viejo pueblo, todo iba lento con el sonido de las cigarras o el contoneo de las geishas en los establecimientos. Las noches veraniegas se perlaban del sonido de los tambores y el fuego. Los grillos acompañaban con su canto al calor de la noche y las pequeñas fuentes y pozos hechos con bambú, daban tamborileos cuando se llenaban de agua. Un seco golpe que apagaba el sonido durmiente del campo.
La tarde había sido vencida pero su calor persistía. La plaza central del pueblo se empezaba a llenar de gente que descansaba de las horas de calor, o los ancianos discutían alguna idea loca del mundo moderno. Era el año dos de la nueva era Meiji, las guerras fratricidas habían quedado atrás y los pueblos volvían a respirar tranquilos.
La noche encendió algunas casas, los faroles de la posada y el local del alcalde Shatoichi, como luciérnagas dispuestas a empezar un baile de cortejo para el cliente. El murmullo se expandía en el mercado por la gente que paseaba al frescor o comía ramen caliente. Pero todo cambió, un tsunami, una gran ola de calma se acercaba desde el principio del pueblo. El tropel de gente que disfrutaba en la calle, dejaba paso y callaba ante lo que iba viendo…
                           
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miércoles, 10 de julio de 2013

El peor de los Santos



Por José Luis Bethancourt.

"Rostros de ángeles que ocultan almas de panteras"
Dr. Félix Martí Ibánez

La patria vivía las últimas fiestas de su primer Centenario en la orgullosa y moderna Buenos Aires. Mientras tanto, al sur de la “pequeña París”, millares de inmigrantes luchaban por salir de la pobreza o tan solo sobrevivir atestados en conventillos malolientes, tomando trabajos mal pagos y procreando sin cesar. Aquel diciembre transcurría como siempre: húmedo y bochornoso. Llegaba a su fin un año fértil para la prensa. El hundimiento del Titanic y los crímenes de niños atribuidos a La Mano Negra llenaron titulares por mucho tiempo.
Ya había comenzado el receso escolar pero no tenía importancia, hacía mucho tiempo que se había ido de la escuela y no durando mucho en ningún empleo se dedicaba a recorrer su coto de caza. El calor de esa mañana agravaba los dolores producto de la paliza matinal que le propinó su padre borracho y una voz gutural y potente taladraba su cabeza persistentemente.
Sabía que solo una cosa iba a callar esos gritos en su mente. Los recuerdos se agolpaban mientras veía imágenes acumuladas en tantos años: canarios, palomas, rocas ensangrentadas, un vestido en llamas, la yegua moribunda por la puñalada, los párpados quemados de ese niño.
No pudo evitar que se le produjera una potente erección y apuró el paso. En el almacén de la esquina de Av. Jujuy gastó una moneda para comprar caramelos. Durante varios años habían sido un señuelo efectivo para lograr que los niños fueran con él.
Le sudaban las manos y el dolor de cabeza era más intenso. Ya había recorrido seis calles sin encontrar ninguna posible víctima. Al llegar a calle Urquiza la balanza de la suerte se inclinó. Unos niños jugaban en la calle y no había ningún adulto con ellos. Se acercó con rostro inocente y le ofreció caramelos a la única niña del grupo. “¿Cómo te llamas?” le preguntó mientras acariciaba su cabello. “Marta” contestó con voz temerosa y salió corriendo. Otro de los niños se lo quedó mirando mientras el resto lo ignoraba.
Le mostró los caramelos y le hizo un gesto para que lo acompañara. El pequeño Gesualdo tenía solo tres años y comenzaba a cansarse de caminar. Dejó caer su pelota roja. Cuando quiso detenerse su captor lo obligaba a los empujones. Habían recorrido varias calles y estaban frente a la quinta de Pancho Moreno. En la entrada hubo un pequeño forcejeo y fue la última vez que el niño vio la calle.
Contra uno de los muros de la antigua fábrica de ladrillos de La Americana el monstruo llevó a cabo su acto macabro. Tumbó a Gesualdo y puso su rodilla sobre el pecho. Tomó la soga que utilizaba para sujetar sus pantalones y lo enrolló en el cuello del pequeño dándole trece vueltas antes de asfixiarlo hasta la muerte.
Los gritos en su cabeza no cesaban. Una sed atroz lo ahogaba. Camino a su pieza en el conventillo un hombre lo detuvo preguntando si había visto a un niño. Sabía que era el padre de su última víctima. “No, no le he visto. Vaya a la comisaría” le respondió.
Nuevamente su miembro se puso erecto. Volvió a la quinta y revolvió entre la basura buscando algo para tapar el pequeño cuerpo. Entonces vio unos clavos largos y oxidados. Tomó uno y usando una roca martillo atravesó la cabeza ya sin vida. Tomó una chapa de zinc, cubrió el cuerpo con esta y se masturbó recordando su obra.
“Horripilante, hiena, monstruo, bestia. Idiota, imbécil, inhumano, fiera. Repugnante, degenerado, morboso, horroroso, abominable, macabro”. Estas son solo algunos de los calificativos que utilizó la prensa 111 años atrás para referirse a Cayetano Santos Godino. Los habitantes del actual barrio Parque Patricios y en especial los alumnos del Colegio Bernasconi, construido sobre los terrenos de aquella Quinta Moreno no pueden olvidar al “petiso orejudo”.
Si tienes la posibilidad de ir al teatro del Colegio y miras detrás del telón de fondo del escenario verás tallada unas crípticas iniciales, atribuidas al "petiso oreja". Pensar que los huesos de Godino no estaban en su sepultura cuando cerró el penal de Ushuaia da escalofríos a más de uno que piensa que el macabro personaje escapó de su prisión. O si conversando con el personal del Hospital Materno Infantil Ramón Sardá, frente al Bernasconi, te cuentan que encontraron gatos muertos con una piola alrededor de su cuello, antes de asustarte piensa que Godino no podría estar vivo ya que tendría 117 años. Y eso es imposible, ¿o no?

El que lucha con monstruos debe cuidar que en el proceso no se convierta en uno de ellos,
 cuando miras dentro del abismo, el abismo también mira dentro de ti.
F. Nietsche




miércoles, 3 de julio de 2013

La Maldonado


Por Claudia Medina Castro.


Yo nací del otro lado. Del lado de las fieras.
Y nadie conocía como yo esas tierras…


Allá por los mil quinientos, en estas pampas había gente nueva traída de distintos lugares. Como por ejemplo de las Europas, repletas de gente para descartar. Se las quería fuera de ese siempre viejo primer mundo.
Resulta ser que esta gente, ansiosa por tener una nueva vida en una nueva tierra, se encontraba con mil salvajes injusticias. Tal vez, creo, peores que las que ya conocían.
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Un grupo de chozas rodeadas por una empalizada para protegerse de los dueños reales de esas tierras, llamados indios, fieras o alimañas, era lo que hacíase llamar la tierra prometida, el nuevo mundo.
Claro que prontamente se instaló la hambruna, y virus y bacterias se encontraron a sus anchas. Foto atroz. De esas que no se quieren ver.
Con el hambre, antes que la muerte llega la locura. Pero evidentemente, en ese tiempo como en muchos otros, había algunos innombrables con poder que permanecían a salvo. Estos, decidieron que los que intentaban salir de la ciudadela serían ejecutados, como así también los que osaran invadirlos (llámense Querandíes).
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En ese tiempo feroz, una mujer, enloquecida ante tanto horror, corrió hacia la empalizada, abrió la tranquera y se fue. Había sido una de las recogidas del atracadero de Sanlúcar de Barrameda.
Nadie en ese entonces sabía que era una Medina, perteneciente a la Casa de Medina Sidonia de la vieja Andalucía, que con la valentía propia de su estirpe anduvo sin dudar hasta llegar a aquel arroyo lejano del asentamiento. Y ahí quedó. Inconsciente y más viva que nunca. 
Dicen las leyendas que una puma la alimentó. Y luego ella la ayudó a parir dos gatos hermosos. Por suerte, su nueva familia pudo defenderla de los locales infradotados que insistían en someterla (ser mujer ha sido difícil en todos los tiempos).
La historia sigue diciendo que un día, los “señores” del chozaje la encuentran y la ajustician por haberse escapado, dejándola ultrajada y casi muerta para que terminen la labor las “fieras” que habitaban esos parajes desolados más allá de aquel arroyo mal llevado.
Desconociendo la verdadera naturaleza de ese ser, no imaginaron que sus amigos, las “fieras”, la cuidarían y acompañarían durante mil vidas, en las que fue libre y feliz.
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Todo ese lugar cambió. El arroyo desacatado fue entubado y las bestias extinguidas.
Pero yo, que nací cerca de ahí unos años (cientos) después de todo aquello, percibo el fulgor de esas auras a diario cuando traspaso esa zona en tren o como sea.
Una barrera invisible separa Belgrano del centro de Buenos Aires. Y una parte de mí ve a la que llamaban “La Maldonado” y a sus amigos pumas recorriendo el lugar con esplendor.
Es un allá y acá. Un antes y un después. Y siempre lo será.
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El arroyo sigue haciéndose notar. Sobre todo en las tormentas.
Tal vez, algún día, la Maldonado logre perdonar a las verdaderas bestias de esta historia y entonces, solo entonces, las aguas se encaucen solas.
  
  

Enlaces:


miércoles, 19 de junio de 2013

El beso


"Los amantes", de René Magritte

Por Bibi Pacilio.
Dedicado a mi amiga Ebe Cané,
que me hizo conocer su obra.

La última vez que la besó le tapó la cara con un lienzo, sin embargo estaba húmedo todavía.
Dicen que sus labios desaparecieron para siempre, que en noches de luna llena sus ojos se vuelven rojos y un raro suspiro invade las calles de la ciudad de los malditos. Pocos la vieron transformarse en eso que nunca quiso ser pero cuando le taparon el rostro también aniquilaron aquello que la amparaba: su deseo.
No sé su nombre ni me importa, pero escribo lo que vi con mis propios ojos y no lo que me contaron aquellas otras lenguas, las que mientras se relamen, olvidan.
Aquella mañana yo estaba sentado en un banco de la Terminal, raro en mí que solo viajaba en avión y el mate de una desconocida, como un presagio, había acaparado en un solo sorbo,  la deformidad de un paisaje también deformado. No sé si fue el agua verde corriendo por mi cuerpo por primera vez o ese palo que a propósito contaminó mi garganta, pero lo cierto es que me ahogué y mientras el color azul teñía mis venas aún vírgenes, sentí la falta de aire y me acostumbré al abismo.
Gemía. No sé si de dolor o de tristeza (a veces la tristeza bulle ligera y no se acostumbra a los sentidos). Imaginé una montaña, como esas que miramos lejos pero que nunca nos atrevemos a escalar y la boca se me llenó de tierra, se me hizo espuma, se olvidó de los fluidos eternos y se secó. No me gustó el sabor del silencio pero aunque intenté exterminarlo con todas mis papilas gustativas había perdido también el sabor. Quise levantarme, una pierna, luego la otra, con los pies oxidados me puse de pie y ni siquiera caminar me quitó el desatino de su imagen. Al principio la vi de espaldas y me hubiera gustado sacar una fotografía que pudiera dar cuenta de su existencia pero todo pasó muy rápido y me quedé con la leyenda, siempre fue más cómodo creer lo que otros creen. Tonto yo, aún profesando que existen los fantasmas.
Cuando me dijeron que algunas veces se la veía subir a un tren, no les creí. Estábamos en el lugar equivocado, no había trenes, ni estaciones con paredes de cal, ni siquiera la presencia de un rostro  conocido en busca de otro rostro, apenas un maldito palo verde que sin querer se había enredado en mi garganta para permanecer quién sabe hasta cuándo. Sus ojos tenían el color de un río desconocido, ese que sin invitarme a entrar había anclado entre la piel y la carne solo para soñarlo. Era ella la pequeña figura de alguien me había hablado alguna vez y que ahora respondía a mi sonrisa socarrona con un suspiro. La mujer que en otra vida, en otro lugar (perdón si mi memoria se hace débil), en otro tiempo, había azotado mi morada.
Me besó por última vez y se desvaneció entre las sombras. Ya sé que otra vez en una mañana de junio, volví a perder mi cordura pero sentado en ese banco, mientras deseaba ser otro, cuando la vi con un lienzo tapando su bello rostro y sin poder decir “adiós”, solo lloré como lloran las noches de luna llena cuando una mujer busca en el rostro tapado de su amante un nuevo amanecer.
Fue un beso húmedo, el último sabor a mar que se enredó en mi pelo.


sábado, 8 de junio de 2013

Casa de muñecas



Por William E. Fleming.
(basado en «Ojos rojos»)

1
Pasaba todos los domingos de descanso fuera de mi casa todo el día. Iba de un lado al otro viendo la gente pasar, jugando en el parque… La verdad es que estar todo el tiempo en mi casa, por el trabajo de diseño, me había convertido en una persona que disfrutaba los domingos con la apenas interactuación de la gente. Me sentía con mi ojo analítico como un científico mirando un laberinto lleno de ratones o un aburrido Dios en su día de descanso.
En uno de aquellos paseos, llegué hasta aquellos mercadillos que la gente saca fuera de las casas, para poder vender todo lo que tienen. La casa colonial en cuyo jardín reposaban todos los trastos y cosas para vender era una excelente vivienda de principios de siglo. Pocas de esas casas debían seguir en pie desde hace tantos años. Magníficamente cuidada y en perfecto estado de conservación. Viendo todo lo que ponían a la vente auguré que sería una mudanza o un intento de pagar la hipoteca.
Empezando a curiosear di con una preciosa casa de muñecas de estilo colonial. Era increíble como los detalles tan perfectos en sí, hacían que el valor de aquella pieza fuera incalculable. «Disculpe, por cuánto vende este casita» le dije a la joven que vigilaba y cobraba a la gente. Su rostro risueño se tornó triste y asustadizo cuando señalé el objeto. «No está en venta» dijo una mujer mayor supongo la madre. «¿Qué van a hacer con ella?  —pregunté curioso—. «Vamos a quemarla después de vender todo —dijo sin inmutarse acariciando el hombro de su hija. Ante la negativa a su venta rebusqué entre los trastos de la familia sin apartar los ojos de aquella obra maestra. Siempre me habían fascinado las obras hechas en madera, para mí eran como los antiguos diseñadores. Mientras estuvieron ocupadas las dos mujeres con otras personas, sin poder esperar más, cargué sobre el hombro la casa y dejé algunos billetes, mucho más de su supuesto valor en la misma zona donde esta reposaba.       

miércoles, 22 de mayo de 2013

No sé parar la sangre




Por Sebastián Elesgaray.
(basado en «No sé parar la sangre»)

Me dijo que no lo toque, pero yo le puse un pañuelito descartable sobre la herida.
Es que cuando lo conocí estaba sangrando.
Su mano era un puño, la sangre chorreando por los nudillos y los dedos hasta la muñeca. Le recorría el brazo como si lo acariciara, y caía en gotas lentas que armaban un charco pequeño de un color indescifrable. Las luces destellantes no dejaban notar el rojo.
Una zapatilla blanca pisó el charco, y a partir de ahí las cosas se revolvieron un poquito.
¿Un poquito?
Horrible.
Así es esto.
Creo que la palabra que mejor lo definiría es impotencia. Diríamos que no puedo hacer nada, porque es mi voluntad y a la vez no la es. Yo fui el que lo salvó esa noche, la zapatilla blanca era mía.
Me vuelvo loco, y todo por escucharlo. Se suponía que yo iba a ser parte de algo, una aventura, alguna clase de historia. Pero en cambio me encuentro acá, con una pistola y un vaso casi lleno de vino. Me transpira todo el cuerpo, capaz que por los nervios, o por la frustración. La bebida está tibia y asquerosa, intomable para cualquiera. Le doy un sorbo, para que me ayude a juntar valor. Valor que no necesito, porque la decisión está tomada.
Me voy a suicidar. Voy a apoyar el cañón del arma en mi sien derecha y apretar el gatillo. Todo porque no soy lo suficientemente bueno, o al parecer, no tengo la presteza, el porte o la suficiente valía como para ser parte de algo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Muerte inminente




Por Mauricio Vargas Herrera.
(basado en «Muerte inminente»)

Steve no quiso jugar cuando supo que Harry Sukman sería el contendiente de la semana. Pero no había razón suficiente que hiciera desistir al alcaide de sus decisiones. Era un tipo implacable. Él mandaba y los demás obedecían, punto. Steve no pudo hacer nada para persuadirlo de que buscara a otro jugador porque, además y desgraciadamente, él era uno de los buenos, si no el mejor entre todos los guardias de la prisión. Cada vez que lo elegían se sentía halagado, orgulloso, y enfrentaba a cualquier prisionero con desenvoltura, pero cuando el alcaide lo llamó a la oficina y le dijeron que Harry Sukman sería el próximo a enfrentarse, deseó no saber ni siquiera cómo carajos se movía un peón.
Durante las semanas siguientes a la orden, mientras caminaba por los corredores oscuros de La fortaleza pasando distraídamente su macana por los barrotes, mientras observaba a los reos comer en el casino, mientras paseaba por la zona verde, oyendo el retintín de las pesas del gimnasio, el siseo de los tenis y el rebote del balón en el cemento, acompañado de las exclamaciones eufóricas de los internos, mientras sucedía todo eso, Steve pensó una y otra vez la manera de librarse, pero no había modo posible. El médico de Green Creek era amigo suyo. Podría pedirle una orden médica falsa, algo que dijera que debía revisarlo personalmente o recoger una droga y de paso, quedarse en casa un par de días. Estaba seguro de que se la daría sin problemas. Le debía un par de favores. Pero luego recordó que las líneas telefónicas estaban dañadas y faltaban tres semanas para que pudiera ir al pueblo y visitar el consultorio. Harry Sukman estaba programado para la semana siguiente. Y ni modo de fingir una enfermedad. Iría a parar de inmediato a la enfermería de la cárcel y descubrirían que no tenía absolutamente nada.
Qué maldito problema. Durante años los habían entrenado para no dejarse intimidar ni afectar por nada. Todos los guardias habían freído gente cada semana durante varios años, y desde que los zombis empezaron a invadir las calles, habían logrado acoplarse al nuevo y extraño método de ejecución. Por eso también habían logrado establecer una gran distancia entre ellos y los que estaban tras las rejas. Esos reos eran la escoria de la humanidad, a veces mucho peor que los zombis que deambulaban por todas las ciudades, babeando bilis amarillenta, con sus cabezas torcidas y extremidades rígidas. Pero en ese momento fue consciente, por primera vez, de todo lo que implicaba matar a alguien. Y no solo acabarlo, sino convertir ese proceso en un juego que ahora le parecía retorcido.
Todo ello porque había tejido una inesperada amistad con Harry.
Él servía la comida en el casino. Un día había ayudado a neutralizar una pelea. El negro Duncan le hizo zancadilla a Timothy, el esmirriado que enviaba droga por los sanitarios. Según lo que se comentaba en los pasillos, el negro era un tipo muy quisquilloso con la limpieza y el día anterior había recibido su bolsita de pasta, a la que se le había entrado el agua. Cuando le puso el pie, Timothy se fue de cara contra la silla metálica de una de las mesas y todos lanzaron una estruendosa risotada. Lo que nadie sospechó fue que Timothy se levantara, con su cara sangrante, y le doblara su bandeja metálica en la calva negra y reluciente de Duncan. Todos dejaron de reír y lanzaron una profunda exclamación. Ambos fueron a parar a la enfermería. Antes de que la cosa se pusiera fea, Harry Sukman saltó de su puesto y trató de tranquilizarlos. Nadie se metía con Harry porque sería meterse con la comida. Todos se calmaron y Harry ayudó al negro Duncan a llegar hasta la enfermería, mientras Steve lidiaba con el escandaloso Timothy. Mientras los atendían, Steve conversó con Harry.
Harry no era una escoria como los demás. Según le dijo, era inocente. Había matado a su esposa cuando vio que su hija, convertida en zombi, la mordió en el brazo. Sabía lo que venía después y decidió no esperar. Primero le disparó a la niña en toda la frente y luego a su esposa, por detrás, porque no quiso sufrir la indecisión, ni la despedida, ni las lágrimas de su mujer. Ante la ley, Harry era un asesino hijo de perra, que hubiera podido llevar a su mujer a un centro de atención médica, en la que estaban tratando esas heridas leves. Estaban implementando una vacuna. Pero, la realidad era que para lograr ser inyectado había que tener dinero y mucha paciencia. Las filas eran enormes y muchos morían y resucitaban en la espera. Para Steve, Harry también era inocente. Lo comprendió cuando se lo contó con sus ojos humedecidos y rojos. No había tenido otra salida.
Pero la ley en ese momento era tan implacable como las decisiones del alcaide. Steve también estaba siendo víctima del autoritarismo que se había apoderado de todas las entidades de poder que existían en el país. Tenía que jugar contra Harry y rogar porque supiera mover las fichas mejor que él.