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miércoles, 8 de enero de 2014

Jijiji



Por José Luis Bethancourt y Florencia Saade.

(basado en la canción «Jijiji»)

Estaba sentada con las manos sobre las rodillas y el cuerpo muy rígido. A su lado, el oficial Rivarola leía unos expedientes. Ana estaba hundida en un letargo, lejana y perdida, hasta que se puso de pie de un salto.
Miró con ojos desorbitados al hombre que, asustado, se incorporó también.
—Pude recordar —dijo ella en un susurro inaudible. Levantó la mirada, y sus fríos ojos denotaban terror. Tomó por el brazo al detective que la miraba atónito, y comenzó a relatar.
—Por favor señorita, toma asiento y comience otra vez desde el comienzo.
—Sí, lo intentaré. —La chica se sentó, con la vista fija en la mesa, y comenzó a relatar—. Recuerdo con claridad cuando Sofía conoció a ese tipo en un club de salsa. Morocho, alto. Tenía buen cuerpo. Salieron un par de meses, ella parecía estar feliz. De él no podría decirse con claridad; parecía estar siempre de buen humor, pero nunca hablaba de sus cuestiones personales.
»Ese día de julio, hacía un frío terrible, Sofía insistía en que quería darle una sorpresa. Le preparó trufas de chocolate para llevarle a la academia, donde Mike —así decía llamarse— daba clases hasta bien entrada la noche.
—Le voy a pedir que por favor me narre primero qué fue, concretamente, lo que sucedió esa noche. Luego me contará sobre esta persona que usted considera como sospechoso.
La chica lo miró a los ojos, y suspiró profundo. Puso sus manos en las rodillas y continuó.
—Había quedado con mis compañeras del Call Center en ir a comer algo, hasta temprano nomás, porque también trabajo los sábados. Invité a Sofía, pero me dijo que prefería quedarse en el departamento y dormir temprano.
—¿A qué hora salió del departamento?
—A las nueve y media. Y cuarenta y cinco, a más tardar.
—Ajam. Siga. —El oficial anotaba todo en una libreta negra.
—Salí y me encontré con dos amigas. Tomamos por avenida Santa Fe. Habremos hechos cuatro cuadras, no recuerdo bien, cuando recordé que una de las chicas me había pedido prestado un vestido. Me había comprometido, entonces le pedí a las otras dos que me acompañen de nuevo al departamento.
—¿Ellas accedieron rápidamente?
—Creo que sí. No recuerdo. La cuestión es que volvimos.
—¿Cuánto tiempo considera que transcurrió entre que salió y volvió? —El oficial levantó la mirada y la clavó en los ojos de Ana. Era el dato más importante para dar con el asesino.
—Media hora. No más de eso.
—¿Sus amigas subieron?
—No, les pedí que esperen abajo para ir más rápido. Tampoco quería hacer ruido y despertar a Sofía si estaba durmiendo.
En ese momento la puerta de la sala de interrogación se abrió y desde afuera una mujer hizo gestos al oficial Rivarola para que se acercara. Hablaron brevemente y el oficial se retiró del interrogatorio, mientas la mujer entraba y se sentaba frente a Marcela.