miércoles, 10 de julio de 2013

El peor de los Santos



Por José Luis Bethancourt.

"Rostros de ángeles que ocultan almas de panteras"
Dr. Félix Martí Ibánez

La patria vivía las últimas fiestas de su primer Centenario en la orgullosa y moderna Buenos Aires. Mientras tanto, al sur de la “pequeña París”, millares de inmigrantes luchaban por salir de la pobreza o tan solo sobrevivir atestados en conventillos malolientes, tomando trabajos mal pagos y procreando sin cesar. Aquel diciembre transcurría como siempre: húmedo y bochornoso. Llegaba a su fin un año fértil para la prensa. El hundimiento del Titanic y los crímenes de niños atribuidos a La Mano Negra llenaron titulares por mucho tiempo.
Ya había comenzado el receso escolar pero no tenía importancia, hacía mucho tiempo que se había ido de la escuela y no durando mucho en ningún empleo se dedicaba a recorrer su coto de caza. El calor de esa mañana agravaba los dolores producto de la paliza matinal que le propinó su padre borracho y una voz gutural y potente taladraba su cabeza persistentemente.
Sabía que solo una cosa iba a callar esos gritos en su mente. Los recuerdos se agolpaban mientras veía imágenes acumuladas en tantos años: canarios, palomas, rocas ensangrentadas, un vestido en llamas, la yegua moribunda por la puñalada, los párpados quemados de ese niño.
No pudo evitar que se le produjera una potente erección y apuró el paso. En el almacén de la esquina de Av. Jujuy gastó una moneda para comprar caramelos. Durante varios años habían sido un señuelo efectivo para lograr que los niños fueran con él.
Le sudaban las manos y el dolor de cabeza era más intenso. Ya había recorrido seis calles sin encontrar ninguna posible víctima. Al llegar a calle Urquiza la balanza de la suerte se inclinó. Unos niños jugaban en la calle y no había ningún adulto con ellos. Se acercó con rostro inocente y le ofreció caramelos a la única niña del grupo. “¿Cómo te llamas?” le preguntó mientras acariciaba su cabello. “Marta” contestó con voz temerosa y salió corriendo. Otro de los niños se lo quedó mirando mientras el resto lo ignoraba.
Le mostró los caramelos y le hizo un gesto para que lo acompañara. El pequeño Gesualdo tenía solo tres años y comenzaba a cansarse de caminar. Dejó caer su pelota roja. Cuando quiso detenerse su captor lo obligaba a los empujones. Habían recorrido varias calles y estaban frente a la quinta de Pancho Moreno. En la entrada hubo un pequeño forcejeo y fue la última vez que el niño vio la calle.
Contra uno de los muros de la antigua fábrica de ladrillos de La Americana el monstruo llevó a cabo su acto macabro. Tumbó a Gesualdo y puso su rodilla sobre el pecho. Tomó la soga que utilizaba para sujetar sus pantalones y lo enrolló en el cuello del pequeño dándole trece vueltas antes de asfixiarlo hasta la muerte.
Los gritos en su cabeza no cesaban. Una sed atroz lo ahogaba. Camino a su pieza en el conventillo un hombre lo detuvo preguntando si había visto a un niño. Sabía que era el padre de su última víctima. “No, no le he visto. Vaya a la comisaría” le respondió.
Nuevamente su miembro se puso erecto. Volvió a la quinta y revolvió entre la basura buscando algo para tapar el pequeño cuerpo. Entonces vio unos clavos largos y oxidados. Tomó uno y usando una roca martillo atravesó la cabeza ya sin vida. Tomó una chapa de zinc, cubrió el cuerpo con esta y se masturbó recordando su obra.
“Horripilante, hiena, monstruo, bestia. Idiota, imbécil, inhumano, fiera. Repugnante, degenerado, morboso, horroroso, abominable, macabro”. Estas son solo algunos de los calificativos que utilizó la prensa 111 años atrás para referirse a Cayetano Santos Godino. Los habitantes del actual barrio Parque Patricios y en especial los alumnos del Colegio Bernasconi, construido sobre los terrenos de aquella Quinta Moreno no pueden olvidar al “petiso orejudo”.
Si tienes la posibilidad de ir al teatro del Colegio y miras detrás del telón de fondo del escenario verás tallada unas crípticas iniciales, atribuidas al "petiso oreja". Pensar que los huesos de Godino no estaban en su sepultura cuando cerró el penal de Ushuaia da escalofríos a más de uno que piensa que el macabro personaje escapó de su prisión. O si conversando con el personal del Hospital Materno Infantil Ramón Sardá, frente al Bernasconi, te cuentan que encontraron gatos muertos con una piola alrededor de su cuello, antes de asustarte piensa que Godino no podría estar vivo ya que tendría 117 años. Y eso es imposible, ¿o no?

El que lucha con monstruos debe cuidar que en el proceso no se convierta en uno de ellos,
 cuando miras dentro del abismo, el abismo también mira dentro de ti.
F. Nietsche




miércoles, 3 de julio de 2013

La Maldonado


Por Claudia Medina Castro.


Yo nací del otro lado. Del lado de las fieras.
Y nadie conocía como yo esas tierras…


Allá por los mil quinientos, en estas pampas había gente nueva traída de distintos lugares. Como por ejemplo de las Europas, repletas de gente para descartar. Se las quería fuera de ese siempre viejo primer mundo.
Resulta ser que esta gente, ansiosa por tener una nueva vida en una nueva tierra, se encontraba con mil salvajes injusticias. Tal vez, creo, peores que las que ya conocían.
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Un grupo de chozas rodeadas por una empalizada para protegerse de los dueños reales de esas tierras, llamados indios, fieras o alimañas, era lo que hacíase llamar la tierra prometida, el nuevo mundo.
Claro que prontamente se instaló la hambruna, y virus y bacterias se encontraron a sus anchas. Foto atroz. De esas que no se quieren ver.
Con el hambre, antes que la muerte llega la locura. Pero evidentemente, en ese tiempo como en muchos otros, había algunos innombrables con poder que permanecían a salvo. Estos, decidieron que los que intentaban salir de la ciudadela serían ejecutados, como así también los que osaran invadirlos (llámense Querandíes).
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En ese tiempo feroz, una mujer, enloquecida ante tanto horror, corrió hacia la empalizada, abrió la tranquera y se fue. Había sido una de las recogidas del atracadero de Sanlúcar de Barrameda.
Nadie en ese entonces sabía que era una Medina, perteneciente a la Casa de Medina Sidonia de la vieja Andalucía, que con la valentía propia de su estirpe anduvo sin dudar hasta llegar a aquel arroyo lejano del asentamiento. Y ahí quedó. Inconsciente y más viva que nunca. 
Dicen las leyendas que una puma la alimentó. Y luego ella la ayudó a parir dos gatos hermosos. Por suerte, su nueva familia pudo defenderla de los locales infradotados que insistían en someterla (ser mujer ha sido difícil en todos los tiempos).
La historia sigue diciendo que un día, los “señores” del chozaje la encuentran y la ajustician por haberse escapado, dejándola ultrajada y casi muerta para que terminen la labor las “fieras” que habitaban esos parajes desolados más allá de aquel arroyo mal llevado.
Desconociendo la verdadera naturaleza de ese ser, no imaginaron que sus amigos, las “fieras”, la cuidarían y acompañarían durante mil vidas, en las que fue libre y feliz.
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Todo ese lugar cambió. El arroyo desacatado fue entubado y las bestias extinguidas.
Pero yo, que nací cerca de ahí unos años (cientos) después de todo aquello, percibo el fulgor de esas auras a diario cuando traspaso esa zona en tren o como sea.
Una barrera invisible separa Belgrano del centro de Buenos Aires. Y una parte de mí ve a la que llamaban “La Maldonado” y a sus amigos pumas recorriendo el lugar con esplendor.
Es un allá y acá. Un antes y un después. Y siempre lo será.
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El arroyo sigue haciéndose notar. Sobre todo en las tormentas.
Tal vez, algún día, la Maldonado logre perdonar a las verdaderas bestias de esta historia y entonces, solo entonces, las aguas se encaucen solas.
  
  

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Enlaces:


miércoles, 19 de junio de 2013

El beso


"Los amantes", de René Magritte

Por Bibi Pacilio.
Dedicado a mi amiga Ebe Cané,
que me hizo conocer su obra.

La última vez que la besó le tapó la cara con un lienzo, sin embargo estaba húmedo todavía.
Dicen que sus labios desaparecieron para siempre, que en noches de luna llena sus ojos se vuelven rojos y un raro suspiro invade las calles de la ciudad de los malditos. Pocos la vieron transformarse en eso que nunca quiso ser pero cuando le taparon el rostro también aniquilaron aquello que la amparaba: su deseo.
No sé su nombre ni me importa, pero escribo lo que vi con mis propios ojos y no lo que me contaron aquellas otras lenguas, las que mientras se relamen, olvidan.
Aquella mañana yo estaba sentado en un banco de la Terminal, raro en mí que solo viajaba en avión y el mate de una desconocida, como un presagio, había acaparado en un solo sorbo,  la deformidad de un paisaje también deformado. No sé si fue el agua verde corriendo por mi cuerpo por primera vez o ese palo que a propósito contaminó mi garganta, pero lo cierto es que me ahogué y mientras el color azul teñía mis venas aún vírgenes, sentí la falta de aire y me acostumbré al abismo.
Gemía. No sé si de dolor o de tristeza (a veces la tristeza bulle ligera y no se acostumbra a los sentidos). Imaginé una montaña, como esas que miramos lejos pero que nunca nos atrevemos a escalar y la boca se me llenó de tierra, se me hizo espuma, se olvidó de los fluidos eternos y se secó. No me gustó el sabor del silencio pero aunque intenté exterminarlo con todas mis papilas gustativas había perdido también el sabor. Quise levantarme, una pierna, luego la otra, con los pies oxidados me puse de pie y ni siquiera caminar me quitó el desatino de su imagen. Al principio la vi de espaldas y me hubiera gustado sacar una fotografía que pudiera dar cuenta de su existencia pero todo pasó muy rápido y me quedé con la leyenda, siempre fue más cómodo creer lo que otros creen. Tonto yo, aún profesando que existen los fantasmas.
Cuando me dijeron que algunas veces se la veía subir a un tren, no les creí. Estábamos en el lugar equivocado, no había trenes, ni estaciones con paredes de cal, ni siquiera la presencia de un rostro  conocido en busca de otro rostro, apenas un maldito palo verde que sin querer se había enredado en mi garganta para permanecer quién sabe hasta cuándo. Sus ojos tenían el color de un río desconocido, ese que sin invitarme a entrar había anclado entre la piel y la carne solo para soñarlo. Era ella la pequeña figura de alguien me había hablado alguna vez y que ahora respondía a mi sonrisa socarrona con un suspiro. La mujer que en otra vida, en otro lugar (perdón si mi memoria se hace débil), en otro tiempo, había azotado mi morada.
Me besó por última vez y se desvaneció entre las sombras. Ya sé que otra vez en una mañana de junio, volví a perder mi cordura pero sentado en ese banco, mientras deseaba ser otro, cuando la vi con un lienzo tapando su bello rostro y sin poder decir “adiós”, solo lloré como lloran las noches de luna llena cuando una mujer busca en el rostro tapado de su amante un nuevo amanecer.
Fue un beso húmedo, el último sabor a mar que se enredó en mi pelo.


sábado, 8 de junio de 2013

Casa de muñecas



Por William E. Fleming.
(basado en «Ojos rojos»)

1
Pasaba todos los domingos de descanso fuera de mi casa todo el día. Iba de un lado al otro viendo la gente pasar, jugando en el parque… La verdad es que estar todo el tiempo en mi casa, por el trabajo de diseño, me había convertido en una persona que disfrutaba los domingos con la apenas interactuación de la gente. Me sentía con mi ojo analítico como un científico mirando un laberinto lleno de ratones o un aburrido Dios en su día de descanso.
En uno de aquellos paseos, llegué hasta aquellos mercadillos que la gente saca fuera de las casas, para poder vender todo lo que tienen. La casa colonial en cuyo jardín reposaban todos los trastos y cosas para vender era una excelente vivienda de principios de siglo. Pocas de esas casas debían seguir en pie desde hace tantos años. Magníficamente cuidada y en perfecto estado de conservación. Viendo todo lo que ponían a la vente auguré que sería una mudanza o un intento de pagar la hipoteca.
Empezando a curiosear di con una preciosa casa de muñecas de estilo colonial. Era increíble como los detalles tan perfectos en sí, hacían que el valor de aquella pieza fuera incalculable. «Disculpe, por cuánto vende este casita» le dije a la joven que vigilaba y cobraba a la gente. Su rostro risueño se tornó triste y asustadizo cuando señalé el objeto. «No está en venta» dijo una mujer mayor supongo la madre. «¿Qué van a hacer con ella?  —pregunté curioso—. «Vamos a quemarla después de vender todo —dijo sin inmutarse acariciando el hombro de su hija. Ante la negativa a su venta rebusqué entre los trastos de la familia sin apartar los ojos de aquella obra maestra. Siempre me habían fascinado las obras hechas en madera, para mí eran como los antiguos diseñadores. Mientras estuvieron ocupadas las dos mujeres con otras personas, sin poder esperar más, cargué sobre el hombro la casa y dejé algunos billetes, mucho más de su supuesto valor en la misma zona donde esta reposaba.       

miércoles, 22 de mayo de 2013

No sé parar la sangre




Por Sebastián Elesgaray.
(basado en «No sé parar la sangre»)

Me dijo que no lo toque, pero yo le puse un pañuelito descartable sobre la herida.
Es que cuando lo conocí estaba sangrando.
Su mano era un puño, la sangre chorreando por los nudillos y los dedos hasta la muñeca. Le recorría el brazo como si lo acariciara, y caía en gotas lentas que armaban un charco pequeño de un color indescifrable. Las luces destellantes no dejaban notar el rojo.
Una zapatilla blanca pisó el charco, y a partir de ahí las cosas se revolvieron un poquito.
¿Un poquito?
Horrible.
Así es esto.
Creo que la palabra que mejor lo definiría es impotencia. Diríamos que no puedo hacer nada, porque es mi voluntad y a la vez no la es. Yo fui el que lo salvó esa noche, la zapatilla blanca era mía.
Me vuelvo loco, y todo por escucharlo. Se suponía que yo iba a ser parte de algo, una aventura, alguna clase de historia. Pero en cambio me encuentro acá, con una pistola y un vaso casi lleno de vino. Me transpira todo el cuerpo, capaz que por los nervios, o por la frustración. La bebida está tibia y asquerosa, intomable para cualquiera. Le doy un sorbo, para que me ayude a juntar valor. Valor que no necesito, porque la decisión está tomada.
Me voy a suicidar. Voy a apoyar el cañón del arma en mi sien derecha y apretar el gatillo. Todo porque no soy lo suficientemente bueno, o al parecer, no tengo la presteza, el porte o la suficiente valía como para ser parte de algo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Muerte inminente




Por Mauricio Vargas Herrera.
(basado en «Muerte inminente»)

Steve no quiso jugar cuando supo que Harry Sukman sería el contendiente de la semana. Pero no había razón suficiente que hiciera desistir al alcaide de sus decisiones. Era un tipo implacable. Él mandaba y los demás obedecían, punto. Steve no pudo hacer nada para persuadirlo de que buscara a otro jugador porque, además y desgraciadamente, él era uno de los buenos, si no el mejor entre todos los guardias de la prisión. Cada vez que lo elegían se sentía halagado, orgulloso, y enfrentaba a cualquier prisionero con desenvoltura, pero cuando el alcaide lo llamó a la oficina y le dijeron que Harry Sukman sería el próximo a enfrentarse, deseó no saber ni siquiera cómo carajos se movía un peón.
Durante las semanas siguientes a la orden, mientras caminaba por los corredores oscuros de La fortaleza pasando distraídamente su macana por los barrotes, mientras observaba a los reos comer en el casino, mientras paseaba por la zona verde, oyendo el retintín de las pesas del gimnasio, el siseo de los tenis y el rebote del balón en el cemento, acompañado de las exclamaciones eufóricas de los internos, mientras sucedía todo eso, Steve pensó una y otra vez la manera de librarse, pero no había modo posible. El médico de Green Creek era amigo suyo. Podría pedirle una orden médica falsa, algo que dijera que debía revisarlo personalmente o recoger una droga y de paso, quedarse en casa un par de días. Estaba seguro de que se la daría sin problemas. Le debía un par de favores. Pero luego recordó que las líneas telefónicas estaban dañadas y faltaban tres semanas para que pudiera ir al pueblo y visitar el consultorio. Harry Sukman estaba programado para la semana siguiente. Y ni modo de fingir una enfermedad. Iría a parar de inmediato a la enfermería de la cárcel y descubrirían que no tenía absolutamente nada.
Qué maldito problema. Durante años los habían entrenado para no dejarse intimidar ni afectar por nada. Todos los guardias habían freído gente cada semana durante varios años, y desde que los zombis empezaron a invadir las calles, habían logrado acoplarse al nuevo y extraño método de ejecución. Por eso también habían logrado establecer una gran distancia entre ellos y los que estaban tras las rejas. Esos reos eran la escoria de la humanidad, a veces mucho peor que los zombis que deambulaban por todas las ciudades, babeando bilis amarillenta, con sus cabezas torcidas y extremidades rígidas. Pero en ese momento fue consciente, por primera vez, de todo lo que implicaba matar a alguien. Y no solo acabarlo, sino convertir ese proceso en un juego que ahora le parecía retorcido.
Todo ello porque había tejido una inesperada amistad con Harry.
Él servía la comida en el casino. Un día había ayudado a neutralizar una pelea. El negro Duncan le hizo zancadilla a Timothy, el esmirriado que enviaba droga por los sanitarios. Según lo que se comentaba en los pasillos, el negro era un tipo muy quisquilloso con la limpieza y el día anterior había recibido su bolsita de pasta, a la que se le había entrado el agua. Cuando le puso el pie, Timothy se fue de cara contra la silla metálica de una de las mesas y todos lanzaron una estruendosa risotada. Lo que nadie sospechó fue que Timothy se levantara, con su cara sangrante, y le doblara su bandeja metálica en la calva negra y reluciente de Duncan. Todos dejaron de reír y lanzaron una profunda exclamación. Ambos fueron a parar a la enfermería. Antes de que la cosa se pusiera fea, Harry Sukman saltó de su puesto y trató de tranquilizarlos. Nadie se metía con Harry porque sería meterse con la comida. Todos se calmaron y Harry ayudó al negro Duncan a llegar hasta la enfermería, mientras Steve lidiaba con el escandaloso Timothy. Mientras los atendían, Steve conversó con Harry.
Harry no era una escoria como los demás. Según le dijo, era inocente. Había matado a su esposa cuando vio que su hija, convertida en zombi, la mordió en el brazo. Sabía lo que venía después y decidió no esperar. Primero le disparó a la niña en toda la frente y luego a su esposa, por detrás, porque no quiso sufrir la indecisión, ni la despedida, ni las lágrimas de su mujer. Ante la ley, Harry era un asesino hijo de perra, que hubiera podido llevar a su mujer a un centro de atención médica, en la que estaban tratando esas heridas leves. Estaban implementando una vacuna. Pero, la realidad era que para lograr ser inyectado había que tener dinero y mucha paciencia. Las filas eran enormes y muchos morían y resucitaban en la espera. Para Steve, Harry también era inocente. Lo comprendió cuando se lo contó con sus ojos humedecidos y rojos. No había tenido otra salida.
Pero la ley en ese momento era tan implacable como las decisiones del alcaide. Steve también estaba siendo víctima del autoritarismo que se había apoderado de todas las entidades de poder que existían en el país. Tenía que jugar contra Harry y rogar porque supiera mover las fichas mejor que él.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Exodus




Por José Luis Bethancourt.
(basado en «Éxodo»)

“Les Éclaireurs, octubre 2 de 2020. El aumento constante de la temperatura en los últimos 130 días aceleró el proceso de descongelamiento de los hielos australes y elevó el nivel del mar. Ya no es posible mantener las instalaciones del faro y el comandante ha dado órdenes de migración hacia el continente.” 
Esta es la última entrada en el diario personal de Martial. Las distracciones que ofrecía el moderno complejo “Proyecto Edén” resultaban más interesantes que llenar el cuaderno de tapas negras como si fuera una bitácora. Aunque para muchos la idea de vivir en un faro de una pequeña isla era un sueño romántico no se podía comparar con este oasis cercano a Cerro Dragón.
El aislamiento natural de la región propició la creación de una comunidad donde las leyes del Estado no eran acatadas ni reconocidas. La Compañía dispuso, con sentido pragmático, la contratación de más mano de obra femenina. Sabido es que el llamado género débil puede resistir condiciones extremas con mayor entereza que los hombres. Y cuando Tatiana y Dalila intuyeron que podían lograr la dominación del “Edén” pusieron en marcha un plan para la formación de una sociedad matriarcal.
Mis tareas me mantenían mucho tiempo fuera del complejo. Tal vez por eso no me afectó igual que a Martial y sus hermanos el estar tanto tiempo rodeados de mujeres hermosas y complacientes. Lo primero que lograron fue una reducción de horas obligatorias de servicio, dejando más tiempo de ocio a la reducida población masculina.
No me interesaba trabajar menos horas, ni estar en ese ambiente de constante jolgorio. Mi interés principal en mi tiempo libre era conectarme a la red y pasar largo rato charlando y compartiendo música con otros cibernautas.
Al terminar el primer mes de reducción horaria y ocio en compañía los rostros de la mayoría no se veían tan felices. Demacrados, y con ojos enrojecidos varios empezaron a hablar sobre la posibilidad de pedir un traslado a otro complejo de la compañía.
Ese fue la primera señal de alerta que tuve. Cuando traté de indagar por qué querían irse rehuían la mirada y cambiaban de tema. Hasta que una tarde decidí seguir a uno de ellos cuando abandonaba los vestuarios.

miércoles, 24 de abril de 2013

Mara




Por Claudia Medina Castro.
(basado en «Mara»)

Guerra.
El fin del mundo.
El Apocalipsis.
El fin de los tiempos.
¿Otra vez?

Mara recorría los ambientes en busca de silencio total.
Hasta en el living octogonal que estaba justo en el centro del departamento oía voces lejanas que parecían venir de la alfombra añil, o tal vez de sus propias paredes.
¿No alcanzó con la última masacre, en la que se mutilaron sin piedad  entre vecinos? ¿Entre familia?
Ya quedaban pocos y aislados. Pero todavía quedaban. No eran gente. Eran aglomerados de genes estancados, ingrávidos e inmutables, capaces de cualquier cosa para apoderarse del espacio y de las ideas ajenas.
De las ideas principalmente.
Esa compulsión esquizoide no pudo erradicarse con el Apocalipsis. Continuó esparciéndose por contagio y los afectados andaban diseminados por lo poco que quedaba de la ciudad.
Luego, el agua salada. Todo el mar y sus Dioses implacables alrededor de la enorme isla de cemento, verdosa de humedad.
Entonces Mara se encerró en los altos. Quería conservar ciertas ideas que la inspiraban para seguir viviendo.
Con el afán de olvidar el horror que sus propios ojos atestiguaron, cultivó ideas de Amor y Tolerancia, ideas de Generosidad y Comprensión.
Sabía que serían envidiadas hasta el crimen, obviamente incluyendo sus estadios anteriores; léase maltrato, agresión, calumnia, insultos y demás degradaciones.
Envidia que ya hacía rato era moneda corriente. Tan corriente como los riachuelos de sangre en los que los animales resbalaban, hasta que el tiempo los fue secando y convirtiendo en unos fósiles más.
Hasta la serenidad era perseguida. Y ni hablar del silencio, o la creatividad…
Lo que pocos llegaron a saber, es que esas ideas que ella protegía y alimentaba con pasión eran inspiradas por esos ojos grises que el viento le traía cada noche…

miércoles, 17 de abril de 2013

El último destello




Por Bibi Pacilio.
(basado en «Elúltimo destello»)

Sherezada no respondió a los requerimientos del Sultán. Durante mil y una noches, su voz memoriosa se había adueñado de los pensamientos de su futuro asesino, mas aunque su mudez cambiaría el rumbo de los acontecimientos, se sumió en un profundo y peligroso silencio.
—Gentil sultana —le dijo antes que el rayo entrara por la ventana— tiempo hace que vuestras narraciones me divierten y han ido apaciguando mi cólera pero no puedo renunciar a la ley cruel que me impusiera, si tus dulces labios no me entregan el final de tan atrayente historia…
La doncella solo lo miró y cayendo con la fuerza del viento sobre la cama esperó con los labios entreabiertos que el último beso que su boca derramada poseyera el poderío de sus palabras.
Lo amaba sin saber que aquella noche sellaría el destino de los hombres que vendrían.
Schahriar, así se llamaba él, no esperó la claridad del día, tampoco ordenó  su ejecución como cuentan las crónicas de los Sasanidas, solo la tomó en sus brazos y con los últimos vestigios de la ira consumida le arrancó el corazón con sus propias manos. Después ordenó colocarlo en un cofre de cristal  que acompañó su tristeza hasta el fin de sus días.
Hacía mucho que no llovía en Buenos Aires pero para una mujer enamorada el agua que corre por las ventanas se desliza lenta entre los ojos hasta caer y renacer, sonar y merodear lejos del tiempo, para caer muy lejos de efímeros instantes.

Abrió la puerta y lo vio como nunca lo había imaginado, tantas veces imaginado. Estaba helado como el hielo de sus ojos, azules por supuesto, sin embargo sus manos de mujer no se negaron a tocarlo. Aquella noche tormentosa, la que nunca fue, ella supo de sus miedos y él solo esperó el momento para sonreír triste y largamente.
Brindaron por los días que vendrían, por las manos que al pegarse, una a una, completaban el encanto de las pieles, entonces él le pidió una historia… “Contame un cuento que nunca le hayas contado a nadie”, le dijo.
Tal vez si Sherezada le hubiera dicho al Sultán que  los descendientes de Alí Babá nunca encontraron la cueva, ella hubiera podido vivir un día más y otro y otro… Pero aquella mariposa que sobrevoló Oriente cambió el destino de los amantes de Occidente y entonces antes de irse para siempre él la mató. Tomo su corbata percudida y apretó con fuerzas sobre el cuello de la mujer que amaba, no emitió sonido alguno  y solo cerró la puerta después de verla inerte sobre la alfombra. La misma que había elegido para hacerle el amor alguna vez, cuando un rayo entró por la ventana.