miércoles, 31 de octubre de 2012

Acróstico





Por José Luis Bethancourt.


Encuentra La Silenciosa Azotea Nunca Terminada Observa Obedientemente Cuando Haya Oscuridad

El mensaje fue deslizado por debajo de la puerta del hangar a las 8 de la mañana del 8 de agosto. El día y la hora no resultaron desconocidos a todos los que se hallaban presentes aquella mañana. Años atrás, ocho para ser exactos, Bibi recibió una nota para asistir a ese lugar. Al llegar bien vestida la invitaron a pasar a un cuarto aislado y sin advertencia dos enfermeros la sujetaron mientras era inyectada en el brazo izquierdo. Nunca recibió respuesta a su pregunta “¿por qué?” ni ese año ni los siguientes siete años. Pero tomó muy en serio la advertencia de mantener estricto secreto sobre lo ocurrido y volver a ese lugar cada año. Nunca más fue inoculada pero cada vez un nuevo compañero era introducido en ese cuarto para recibir el mismo tratamiento y partir con una gran duda.

Esta mañana luego de que me inyectaran a la fuerza pude saber por el relato de todos ellos que era la primera vez en ocho años que recibían un indicio, una pista, algo que les daba razón para creer que tendrían una respuesta. Además de la particular misiva en formato circular dejada bajo la puerta había sobre la mesa ocho sobres identificados cada uno con nuestros nombres. Nunca me pareció tenebroso ver “José Luis” escrito hasta que vi el sobre dirigido a mí. Esas letras negras, grandes y de apariencia gótica parecían destilar un mal presagio. Dentro había solamente una llave numerada, al igual que en los sobres de mis compañeros de fortuna.

Tendríamos que salir de ese cuarto para tratar de descubrir qué ocurría... Apoyé mi oído en la puerta y no percibí actividad del otro lado. Sin dudar moví el picaporte y la puerta se abrió sin resistencia. Cautelosamente fuimos saliendo. Decidimos permanecer todos juntos. Nos unía un destino común y sin tener que mencionarlo sabíamos que solo sobreviviríamos a lo que viniera si permanecíamos unidos.

jueves, 18 de octubre de 2012

Ocho al ocho





Por Claudia Medina Castro.


Era sabido que no es fácil acceder a azoteas ajenas.
Eso hacía más complejo cumplir con el acuerdo irrevocable convenido horas antes en lo más alto del edificio de Juan.
Mis manos habían desaparecido un rato antes de llegar. A Mauro le pasó lo mismo. Bibi perdió sus ojos horas atrás, cuando se encontró con Juan en idéntica situación. A pesar de eso, no dudó en darme sus manos para que haga algo.

Mauro me seguía, manco también, incondicionalmente.

Y todo por ese mail anónimo y letal:

“Ya Están Muertos. Todo Lo Que Reciban Es Un Regalo. Todo Lo Que Puedan Hacer, Una Oportunidad.
Los Ocho, El Ocho, A Las Ocho, En Donde Todo Comenzó.”
No teníamos escapatoria. Y lo sabíamos.
∞
A mi me tocó una parte complicada. Trasladarnos a los cuatro hasta el lugar de la cita, que era la azotea más antigua y emblemática de esa ciudad.
Edificio exótico como ninguno. Rodeado de gárgolas amenazantes y habitado por seres que aparentemente vivían de fiesta.
Cada piso tenía un sello diferente. Algunos llenos de antigüedades ignotas; otros vacíos; otros impenetrables.
Las gentes que vivían allí eran registradas y reconocidas por su ADN ancestral. Los ilustres y esporádicos visitantes lo hacían con un código implantado por sus anfitriones en la yema del anular derecho.
Solo para pocos.
Y nadie, NADIE tenía acceso a la última azotea. El motivo primigenio era que las voladizas terrazas privadas que lo circundaban eran demasiado redondas y completas, demasiado bellas para desear ir más allá... (Ni noción de que allá, en lo más alto, se sellaría cierta historia antigua para dar lugar a… bueno, a otra).
∞

miércoles, 10 de octubre de 2012

Camaradas





Por Bibi Pacilio.


Desperté y estaba todo oscuro. Es cierto que para mis ojos  esto no hubiera sido un suceso digno de tener en cuenta, si mis manos hubieran olvidado, solo por una vez, el gesto cotidiano (el primero de la mañana) de golpetear los párpados con los dedos buscando ilusos una señal de luz.
Estaban vacíos y comprobé aterrada que el mensaje que había recibido la noche anterior no era un sueño. Ni siquiera me atreví a lavarme la cara, pensando que esos dos agujeros sin fondo, serían tan capaces de tragarme entera como de ahogar de un solo trago mi respiración. Por un instante las palabras del Dr. Sebastián Elesgaray volvieron a mi mente, “Primero el brillo, después la vacía oscuridad”.
Tardé más tiempo del habitual en colocarme el abrigo y cubrir la mitad de mi rostro con los anteojos negros que nunca había querido usar; encontrarlos en algún cajón de mi departamento me llevó varias horas y algunas manchas violáceas se dejaron sentir sobre la piel acalambrada por el miedo pero la sensación de mis índices hundidos en aquel abismo desató entre mis instintos uno que aún no conocía.
Tenía que hacerlo sola. Si hubiera pedido ayuda, los pocos seres en lo que todavía podía confiar habrían intentado inmovilizarme, llenarme de razones, aferrarme al consuelo de sus brazos sin detenerse en el mensaje, que por alguna inexistente razón, había traspasado mis órganos. Caminé la mañana por primera vez como si esas cavidades que ahora me sostenían me despojaran también,  de aquellos sonidos, de aquellos olores necesarios. Pisé fuerte las sombras, aspiré el perfume de las alcantarillas y me acordé del crepitar del fuego en alguna esquina.
Lo intenté todo, después del bramido del bastón que blanco voló por el azul, los pasos tentativos hacia el hielo perfumado, las lágrimas incoloras volviéndose chasqueares de periódicos, de suelas, de abanicos sin rumbo, aquella vez distinta cuando Sebastián me recordó que existían otros mundos, esos que con la lente alguna vez se olvidan. Tenía que hacerlo sola y cuando la puerta se abrió me sentí como el héroe que había caminado por fin.
El ocho de agosto, con dos agujeros en mis ojos y carente del elixir de mis sentidos llegué por obra de un sueño al primer escalón de una escalera infinita y por primera vez, cuando mi pie izquierdo tanteó la pared que me separaba de ese otro mundo paralelo, me sentí una elegida.
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miércoles, 3 de octubre de 2012

Ocho personas





Por Bibi Pacilio.


“Todas las fuerzas giran sobre la base del Santo Ocho”

Ocho personas, ocho razones y un número infinito que va a marcar el destino de todos.
Ninguno sabía el porqué del mensaje, pero todos debían estar ahí, a la misma hora. En el edificio más antiguo de New York, las pesadas puertas de madera se abrirían nuevamente para volver a cerrarse cuando solo las estrellas iluminaran sus rostros. La duda no estaba permitida, ni siquiera la curiosidad. Ellos, los ocho, sabían que no podían faltar a la cita, porque la voz que los había convocado era la que cada uno debía oír.
Sin presagios ni catástrofes, sin bolas de fuego iluminando el cielo. Esta vez y por alguna misteriosa razón, el día imaginado por el cine, temido por los devotos e idealizado por los fanáticos, había llegado.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Ellas querían ser devoradas





Por Laura de la Rosa.


I

Diario La Nación, 20 de septiembre de 2012
Claudia Medina Castro Condenada a Cadena Perpetua
Leyó Claudia en el titular del diario. Pero lo que realmente decía era que su casi homónimo Claudio Medina Castro era condenado a cadena perpetua.
El Tribunal Oral IV de La Plata lo encontró culpable del triple homicidio agravado por alevosía de Esther Martínez, Irene Welter y Margarita Atkinson. Una sentencia ampliamente fundamentada, que consta de más de 300 carillas en donde se destacan las pruebas aportadas por la policía científica: cuchillos, utensilios de cocina, y muestras de sangre que se encontraron en el suelo de madera de una habitación. El agravante de la pena fue la pluralidad de víctimas y el hecho de que las tres mujeres fueron cocinadas y comidas por el hombre.
El caso no pasaba desapercibido en ningún lugar del mundo. Era un caso de canibalismo, el primer caso de canibalismo de esta índole en Argentina. Y justo, justamente el asesino llevaba prácticamente su mismo nombre.
Los medios de todo el mundo cubrieron el juicio, y en cadena nacional se vio como el otro implicado José Luis Bethancourt,  “El Gourmet”,  era declarado inocente por falta de pruebas.
El pacto de estos dos hombres era tan fuerte, la comunión era tan absoluta que uno solo había cargado con la culpa de ambos, sin embargo la opinión pública los condenaba a los dos. José Luis era el mentor de esta historia, Claudio el ejecutor, ambos estaban en este acuerdo. Pero uno iba a pasar muchos años en prisión y el otro iba a gozar de su libertad.
Claudia se obsesionó con el caso desde el primer día, no era para menos, fantaseó alguna vez que podría haber sido ella la cuarta víctima. No porque gustara de frecuentar talleres literarios sino por las veces que había compartido con José Luis algunos tragos.
Se conocieron en un blog, ambos despuntaban el vicio de las letras virtualmente, y llevaban varios años escribiéndose, comentándose o bromeando en alguna cadena de mail. Se conocieron de casualidad en la feria del libro y se cruzaron en algún evento de amigos en común. Se querían, con ese cariño que sentís por quien compartís un espacio virtual. Siempre le pareció un hombre extraño, demasiado raro para ser bueno, demasiado raro para ser malo.
Hace cosa de dos años, se encontraron a la salida del subte en la estación de Plaza Italia. Palermo estaba fresco. Se abrazaron ya que llevaban bastante tiempo sin verse, ella le comentó que debía esperar un par de horas y Pepe, así le decían cariñosamente, le ofreció esperarla en su casa. Dijo que estaba solo y que podían degustar un buen vino que quedó de la cena de la noche anterior.
Estuvo a punto de decir que sí, pero esa intuición que la acompañaba de niña, respondió por ella. No. Había algo en su mirada, algo distinto, efectivamente no era su mirada habitual. Él insistió pero la firmeza de Claudia en su negativa lo llevó a invitarle un café en el Havanna que estaba ahí cerca.
Estuvieron un rato, hablaron de amigos en común, de proyectos, de libros. Él habló de su separación y la mudanza, ella de la exposición de la cual iba a participar, dijo que estaba pintando poco, él que estaba escribiendo mucho.
Cuando llegó la hora de pagar, José Luis negó con la mano el intento de Claudia por tomar la cuenta y abrió su billetera para sacar los veinticuatro pesos que le salieron los cafés, mientras sin querer cayó sobre la mesa una pequeña pulsera que parecía de plata y que tenía unos pequeños dijes que simbolizaban el horóscopo chino.
—¡Qué precioso! —exclamó Claudia
—¿Te gusta? Quedatelá. No creo en esas cosas, usala, era de una amiga.
—Pero no, cómo voy a aceptártela.
—Quedatelá, ella no la quiere más.
Lo cierto es que Claudia guardó la pulsera en su cartera, porque el ganchito estaba roto, se saludó nuevamente con un abrazo y se fue. Unos días más tarde observaba atónita por televisión cómo su amigo era detenido junto a un cómplice sospechado del asesinato de tres mujeres. La sorpresa creció cuando descubrió que el otro hombre tenía un nombre muy parecido al de ella. Y fue mayor al saber que las mujeres habían sido devoradas por estos dos sujetos. No recordó la pulsera, ni el cuento.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Best seller





Por William E. Fleming.


I

Sus manos no olían a cadáver y muerte sino a una fragancia de rosas frescas. Cuando ella las apartó de sus ojos, con una sonrisa y un «Feliz Retiro» seguido por un coro de sus amigos de la oficina, sintió que podría volver a vivir. Pero siempre se equivocaba con todas las cosas que suponía fuera de las horas de trabajo.
Las risas inundaban toda la sala, los compañeros le vitoreaban, le daban aplausos, sonrisas, silbidos, convirtiéndole en el centro de atención. Nunca le gustó eso.
—Muchas felicidades compañero —los labios de Gladis se le marcaron en la mejilla. De aspecto risueño, labios siempre pintados y uñas perfectas, Gladis, era la secretaria que todo jefe quisiera tener. Eficiente, rápida, y siempre alegre. Casi como la madre de todos. Llevaba unas gafas de estilo cat eye, un poco viejas para la moda actual pero ella era así muy sesentera.
—Hey. —Alberto le puso un gorro de aquellos picudos de cumpleaños en la cabeza—. Dejadle, que tiene que cortar el trozo de pastel. —Todos se apartaron haciendo un pasillo hasta dejar ver una enorme tarta con forma de persona asesinada y el contorno de tiza hecho con fresas—. Vamos compañero, dale un buen aguijonazo. —Y este le tendió un cuchillo para el primer corte. Cuando atravesó, casi con saña, el dibujo de la figura del moribundo, todos gritaron y aplaudieron. Él, únicamente pudo cortar su sonrisa y petrificar una tristeza al recordar a Bibi.
—Yo quiero quedarme con la pierna derecha —dijo una voz desde el fondo. Los demás volvieron a reír.
La música subió. La gente cogía un trozo de cada parte del cuerpo. Gladis le sonrió con un poco de tarta en los dientes tiznándolos ligeramente de negro.
—Es una pena que te jubiles, Sebastian —lanzó un ataque al trozo de tarta que tenía en el plato de plástico desechable. Casi se le cae al suelo, como un bailarín en la cuerda floja, consiguió salir vivo—. Todos te vamos a echar de menos aquí.
—Hey —desde la lejanía Alberto le lanzó una figurita: era un viejo soldado de juguete, emblema de la división. Viejo, quemado y con una sola pierna como en aquel cuento—, Hombre de Hojalata. Parece que ya no vas a necesitar eso —dijo señalando a la identificación. Una reluciente placa dorada y verde. En las partes verdes rezaba: POLICÍA DE COLOMBIA. POLICÍA NACIONAL. DIOS Y PATRIA. Coronando la insignia un cóndor de los Andes con las alas extendidas.
—Ohh, sí —sentenció con una sonrisa despistada—. Los hábitos son difíciles de eliminar. —Hizo el ademán de devolver la identificación pero Alberto le sonrió: «No te preocupes ahora tenemos que celebrar que has terminado sin una bala en tu cráneo» dijo riendo mientras le tocaba la frente con el dedo índice. Las personas alrededor rieron la gracia. Sebastian sintió sus mejillas sonrojarse.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Lo mejor de Laura




Por Sebastián Elesgaray.


Viaje largo. Muy largo. Cómo los detestaba.
Dormir incómoda (si llegaba a dormir algo), las infinitas posibilidades de un compañero de asiento indeseable (en este caso un gordo que ocupaba más de lo normal y roncaba como un motor a punto de reventar), el paisaje austero y casi interminable de ciudades iguales, tan solo reemplazado por las llanuras insulsas a medida que el colectivo se acercaba a la provincia de Buenos Aires.
Pero había una buena razón. La mejor y más intensa de todas las razones. Suficiente para dejar a su hijo con su abuela durante una buena cantidad de días. Suficiente como para pedir licencia en la escuela. Suficiente porque la llenaba.
Literalmente.

Diario “El Día”, 27 de Mayo de 2012

Hoy sale en libertad José Luis Bethancourt, alias “El Gourmet”

Han pasado dos años de los atroces crímenes perpetrados por quienes se han dado en llamar “Los Cocineros”. Pero quien más polémica ha suscitado es José Luis (43), mejor conocido como “El Gourmet”. El apodo le fue dado en innumerables talleres literarios por los que ha pasado, y en los cuales dejaba su huella como un “excelente gastrónomo de historias”.
Y la polémica no es pequeña, ya que en el día de la fecha saldrá en libertad condicional. Será presentado esta mañana en una audiencia de legalización de captura, ante el juez de control de garantías Dr. Mauro Bidondo en el Cámara de Apelación y Garantías en lo Penal. Sin embargo, se conoció que la fiscalía no va a pedir una medida de aseguramiento ni le va a imputar ningún cargo. Al parecer, las pruebas en su contra no tienen la suficiente contundencia.
El detective que lleva el caso, Sebastián Elesgaray, no hizo ningún comentario al respecto con este diario, pero es harto conocido por todo su círculo que no está para nada de acuerdo con el fallo de la fiscalía. El abogado de José Luis Bethancourt manifestó su satisfacción y comentó que su cliente “solo quiere reincorporarse a la sociedad como un ciudadano más”.
Por otra parte, Claudio Medina Castro, su aparente compañero, será imputado por los asesinatos de Esther Martínez, Irene Welter y Margarita Atkinson…

Libertad. Era linda cuando se la tenía. Y hacía falta tan poco.
El amanecer se mostraba imponente. El semicírculo naranja asomaba por el horizonte y bañaba la piel de Laura resaltando sus rasgos finos. El pelo suelto, esparcido en el respaldo como un pequeño manto oscuro.
Bostezó. Se desperezó, hizo sonar las vértebras del cuello y aflojó la espalda. Miró a su acompañante, que seguía roncando como la más grande de las morsas. Le dio un poco de envidia pero no la manifestó.
Ya estaba llegando.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Algunos prefieren matar de noche





Por Mauricio Vargas Herrera.

Se recomienda leer primero el cuento de Juan Esteban: "Un muerto en el ropero".

Los feroces ladridos retumbaban en el bosque y, mientras huía, William recordó la vez que los oyó en la casa de al lado y que fue el inicio del atroz descubrimiento.
Estaba leyendo el último libro de King, que había comprado de inmediato cuando el autor anunció su retirada del mundo literario. El pobre ya estaba viejo y muchos habían considerado la idea como sensata. Su hijo sería el encargado, ahora, de llevar la batuta.
Como prefería la noche para escribir, William Fleming dedicaba la tarde a la lectura. No tenía problemas con el ruido ni nada, pues aquella casa le ofrecía la paz que necesitaba para enfrascarse en sus lecturas. Ni siquiera ahora, fecha en la que algunos salían en los bosquecillos cercanos a cazar, habían molestias. La noche era más tranquila aún, y casi que podía oir a las fantasmales musas susurrándole al oído los microrelatos que escribía como poseído por extrañas fuerzas.
Llevaba un par de años, aproximadamente, viviendo en el barrio de Buenavista, distrito Centro, en el Norte de Toledo y, lo que más provocaba fascinación, era que había adquirido la casa contigua a la de Emilio Ramón, uno de los escritores de terror más enigmáticos desde Howard Philips Lovecraft. Fue un golpe de suerte saber de la casa cuando se puso en venta y con las ganancias que le había dejado su más reciente publicación, William había decidido irse para allá de inmediato.
Si bien su vecino resultaba ser un misterio, su obra literaria no le había llamado lo suficiente la atención. Sí, leía algunas cosas que decían sobre él en la web y conocía su extensa bibliografía, y siempre se decía que ya leería alguna novela de él, pero hasta ahora no lo había hecho. Había visto en la vitrina de una pequeña librería de la zona la más reciente novela del tipo, El tren, que se anunciaba con escándalo por el hecho de que el autor vivía en la zona, y casi entró a comprarla, pero primero estaba el viejo Stevie.
Ahora ya iba por la mitad del tocho de novecientas y pico páginas y estaba completamente absorbido en la lectura, cuando oyó el auto que estacionaba cerca de su casa. Quiso pararse a ver, pero su cuerpo no quiso levantarse y lo agradeció sin despegar los ojos de las páginas. Pero sus oídos seguían atentos. Escuchó una breve conversación y luego al auto arrancar. Después vinieron los ladridos de los dos perros que su vecino tenía sueltos en la casa. Ladraban con fuerza, como si alguien quisiera meterse a robar, y no cesaban ni un segundo. Intrigado, William dejó el libro a un lado de mal humor y se acercó a la ventana de su estudio, que estaba en el segundo piso.
—¿Visitas? —dijo observando por un resquicio de la persiana.
En los dos años que llevaba viviendo allí, jamás había visto a nadie visitar a Emilio Ramón. Bueno, muchas veces llegaban algunos para tomarse la dichosa foto en la verja de metal, como él había logrado hacerlo en Bangor, Maine, pero eso no era una visita propiamente. Ahora sí que lo era.
Los árboles que rodeaban la propiedad de al lado apenas si le dejaron ver al hombre parado en la puerta, viendo atónito a los dos enormes perros que le ladraban. Era un sujeto alto y delgado, y miraba ansiosamente a su alrededor. Cuando dirigió su mirada hacia la ventana de su estudio, William retrocedió, esperó, y volvió a atisbar entre la persiana. Emilio Ramón estaba descendiendo por el sendero empedrado, calmó al par de rottweilers y le dio la bienvenida al otro hombre. Cruzaron unas cuantas palabras y desaparecieron en el interior de la casa.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Sebastián, "El Aceitoso"





Por José Luis Bethancourt.


Sebastián vivió su niñez en un pueblo rodeado de verdes serranías y cultivos, pero nunca desarrolló un espíritu bucólico. Ni bien aprendió las complejidades de la escritura evadía la siesta sacrosanta y oculto bajo las sábanas leía, leía y leía. No importaba si eran cuentos de los hermanos Grimm, la enciclopedia Espasa Calpe, el pasquín del pueblo o las Corín Tellado que su madre guardaba en un viejo baúl de madera y que sacaba a hurtadillas cuando no quedaba otra cosa para leer.
Aquella fue la causa de la primera reprimenda de parte de su padre. Hasta entonces nunca había hecho cuestiones por verlo siempre leyendo en lugar de andar con otros pibes cazando torcazas o destripando ranas. Pero encontrarlo leyendo esas novelitas le generó un gran disgusto. ¡Justo el hijo del comisario no iba a andar con esas mariconadas!
Desde ese día su progenitor empezó a vigilar las lecturas de Seba y comenzó a nutrir la incipiente biblioteca con obras policiales, de suspenso y ciencia ficción que ayudaran a no “desviar” al pequeño. Además no faltaban las visitas de los tíos que, por sugerencia de su padre, trataban de plantar el deseo de que fuera policía como todos los hombres de la familia.
Al llegar a la adolescencia se presentó una clara lucha vocacional. Las presiones para seguir la carrera policial se contraponían con su amor por las letras y el arte. En esta batalla tuvo de aliada a su madre quien, como toda madre, deseaba que él hiciera lo que le hiciera feliz.
Ni bien terminó sus estudios secundarios su madre puso en sus manos todos sus ahorros y convenció a su padre de que lo apoyara en su idea de ir a vivir a La Plata para poder estudiar Comunicación Audiovisual. Y allí se fue, con todos sus sueños en el corazón, y un dejo de nostalgia por dejar atrás los campos de Bragado.
Entremezclados con sus libros de estudio no faltaban obras de Hitchcock, comics de Marvel, y hasta algunos discos de Megadeth que escuchaba mientras daba rienda suelta a sus ansias de escribir, de volcar al papel tantas historias que anidaban en su mente, regadas por cientos de horas de lectura en un decenio.
Fue una tarde lluviosa, poco después de llegar del taller literario, que recibió el fatídico telegrama que adelantaría el tema que sería repetido por los noticieros de la noche una y otra vez. Su padre, el comisario, fue encontrado colgando de un árbol a la vera de la Ruta Nacional 5, cerca de la localidad de 9 de Julio. La presunción de suicidio era la primera hipótesis con la que se manejaban el fiscal y la prensa.
Nunca hubo pruebas concluyentes a pesar de que se usaron los mejores recursos de la fuerza para determinar la causa del fallecimiento. Los días posteriores al sepelio se hicieron semanas, y las semanas meses sin que Sebastián regresara a La Plata a seguir su carrera. En lugar de ello cambió su destino y puso todo su esfuerzo en ingresar a la Escuela de Policía “Juan Vucetich” justo antes de que se venciera la edad máxima de ingreso como cadete.
Su graduación con honores devolvió la sonrisa a su madre y logró que por excepción pudiera elegir donde cumplir sus tareas. La vida le dio así la oportunidad de revancha y cumplir con el deseo de su padre ahora ausente. Gracias a sus excepcionales dotes deductivas, y su incansable dedicación al trabajo policial logró hacer importantes aportes para que se reabriera el caso y encontrar al asesino de su padre.
Esto le valió el ser nombrado detective en tiempo récord. Sus compañeros de armas le decían cariñosamente “Boggie” en alusión a su carácter serio, el cabello rubio y el mentón prominente. A él no le molestaba que le pusieran ese mote de un asesino sin corazón. Les sonreía brevemente al pasar con esa mirada astuta y divertida que bien podría ser la de Arsenio Lupin.
Y sin ser un ladrón de guante blanco como ese personaje de Maurice Leblanc poseía todas sus cualidades y conocía el mundillo oscuro donde se movían ladrones, cafishos, mujeres de la noche y gente de baja calaña con las que trató en misiones encubiertas.
En una de estas misiones llegó a sus oídos la noticia de la desaparición de una prostituta muy hermosa de nombre Esther Martínez de la que sus compañeras de oficio se burlaban porque tenía aspiraciones de escritora. Sería mucha casualidad que fuera esa antigua compañera de facultad que tanto le gustaba. Pero dicen que las casualidades no existen y la foto del archivo policial le devolvía esa sonrisa seductora que volvía loca a unos cuantos.
Solo le llevó un par de semanas completar una línea de tiempo que contara la vida de Esther desde que dejara la facultad en La Plata y su desaparición en San Telmo. La ausencia de un cuerpo y un arma homicida lo llevó a investigar un móvil, una razón por la cual alguien se beneficiara con su ausencia. Esta línea de investigación no lo llevaba a ningún punto hasta que solo él vio la relación con la desaparición de la estudiante de letras Irene Welter.
Fue extraño reencontrarse con sus viejos libros en la preparación para camuflarse como Profesor de Literatura y ocupar el cargo de Director en esa escuela de barrio donde reconocieron las fotos de Irene y Esther como antiguas alumnas. Su corazón se sentía reconfortado otra vez al pasar horas releyendo a Poe, Borges, Shakespeare, García Márquez y Lugones quienes poco a poco desde el papel le devolvieron algo de brillo a su mirada. Seguramente ese brillo nuevo fue lo que intrigó a Margarita Atkinson, una oficial pelirroja y robusta que trabajaba en el depósito de evidencias. La muchacha, hija de irlandeses, había presentado varias veces, sin suerte, una solicitud de cambio de asignación.
A Sebastián le simpatizaba porque era reservada, ordenada y metódica. Nunca hacía preguntas y evitaba hablar de otros. Por eso le llamó la atención el comentario de Margarita ese día que fue a estudiar evidencias, sobre que había un cambio en su mirada. Inesperadamente se sintió halagado y contrario a su forma de manejarse cotidianamente siguió la conversación por un buen rato.
Tratándose de literatura ambos coincidieron en el gusto por las novelas de John Connoly y a esto se sumaron otros intereses comunes, hasta que llegaron a darse cuenta que compartían lo suficiente para trabajar en equipo. Solo bastó una llamada para lograr que el Jefe de División asignara a Margarita a una misión especial bajo la supervisión de Sebastián.
No fue difícil convertir a la porteña Margarita en la irlandesa Margue que asistía al taller literario como una torpe alumna extranjera, a fin de descubrir el nexo que unió en la muerte a Irene y Esther. La preparación incluía el adecuar su acento, aprender a coquetear y a utilizar equipo electrónico de escucha y vigilancia.
Ella descubrió la verdadera naturaleza de los dos alumnos excepcionales del taller. “Suerte de principiante” le dicen. Lástima que se le acabó pronto o, mejor dicho, la tentó demasiado siguiéndoles el juego sin hablarlo con Sebastián.
Chocolate, canela y Margarita fue menú y cena. La última que prepararon “Los Cocineros”.