miércoles, 19 de marzo de 2014

Aquella noche calurosa de marzo



Por Laura de la Rosa.

Los primeros grandes fríos llegaban en marzo, eran noches frescas, en que debían dejar las estufas encendidas para calentar el ambiente que amanecía con los vidrios empañados.
Días antes del otoño, los jóvenes más fuertes de la comarca, comenzaban a preparar la madera que habían recolectado durante el verano. Las pilas de leños de tamaño mediano eran colocadas bajo techo cerca de la entrada de las cabañas. El resto de la madera solía guardarse en algún galpón, protegida de las grandes nevadas.
La tarea era ardua, llevaban mucho tiempo recolectando, lo que sería el elemento principal para proveerlos de calor durante los crudos meses que estaban por venir.
Pero ese otoño comenzaba extraño. Los animales, cambiaron su rutina, las gallinas no ponían huevos, las  vacas no daban leche e incluso las abejas abandonaban su colmena. Las aves se congregaban en bandadas y ejecutaban una migración extraordinaria camino de las llanuras. Los ciervos comenzaron a caminar a lo más alto de las montañas. Una siniestra voz de alarma interior los hacía cambiar. Solo los hombres continuaban su rutina haciendo solo lo que saben hacer mejor: quejarse.
—¡Qué calor!
—¡Qué clima de locos!
—¡Es por culpa de la deforestación!
Un calor inusual se sentía desde hacía unas cuantas semanas. Los días pasaron de su temperatura media de 12 ºC a unos sofocantes treinta y dos a finales de febrero, y marzo era aún peor, a pocos días del equinoccio de otoño la temperatura estaba llegando a los 39 ºC.
Nadie advertía la gravedad del hecho. En los últimos años se había registrado un aumento del nivel del mar. Subió entre diez y veinte centímetros durante el siglo pasado, sin embargo estas elevadas temperaturas derritieron grandes cantidades de nieves eternas que generaron un mayor caudal de agua en los cauces naturales.
La situación no era normal y los investigadores no sabían a qué se debía. El calor sofocante que sufrió Europa en 2003 trajo la suma de treinta mil muertos y los científicos esperaban un número similar en la Patagonia este otoño.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Operación «Noche perpetua»




Por Mauricio Vargas Herrera.

Una pequeña gota se desliza buscando la comisura de su boca. En un acto reflejo, saca su lengua y la absorbe. Siente la sal. Le parece curioso no recordar el sabor de su propio sudor, teniendo en cuenta que ha estado empapado de él las veinticuatro horas durante meses.
Se pasa la mano por la cara y se la seca en el pantalón. Repite la operación, esta vez en su cabeza calva. Bueno, no tan calva. Más bien con el pelo muy corto. Se lo había quitado todo hacía un año y medio más o menos. Aquello le provocó sentimientos encontrados, pues aunque lamentó perderlo, sintió el alivio de quitarse ese peso muerto de encima. Ahora sentía el esporádico frescor del aire tibio en su cuero cabelludo. Es que nadie en el mundo —estaba seguro de eso— se atrevía a tener pelo sobre su cabeza. Aquello, en esos calores, era como vivir con un trapo húmedo y chorreante encima. Cuando se levantaba algún vientecillo, disfrutaba sentir el frescor, tanto como beber una gota de agua en pleno desierto. El aire ya no era frío como antes. Dejó de serlo hace algunos años. Sin embargo, aunque tibio, era un breve alivio.
Él los había convocado. Le pareció divertido reunirse y disfrutar una última asoleada. La ocasión lo merecía. Subir y exponerse al sol de manera voluntaria solo acentuaría el alivio cuando la ola de calor fuera erradicada. Es como aguantar hambre y luego devorarse un buen almuerzo, les había dicho. O aguantar las ganas de orinar y luego dejar salir el chorro potente y ver la espuma en el agua del inodoro y sentir ese escalofrío que a uno le recorre la espalda y sentir los ojos llorosos. Es como ese tipo de placer, les explicó a varios vecinos. Primero se sufre, luego se goza. Además, esperar el momento anunciado al aire libre, a pesar de ese maldito sol que ya parecía el escupitajo del mismo Diablo, era mejor que estar encerrados en sus apartamentos, cocinándose vivos. Todos accedieron. Horas antes los vio subir poco a poco. Los residentes de cada apartamento, con sus enormes botellones de agua, sus sillas para presenciar la función, y sus sombrillas para hacerse sombra. Los hombres con sus torsos desnudos. Algunos, con los pelos del pecho húmedos y apelmazados. Otros más osados con camisetas de esqueleto pegadas a la espalda por una enorme mancha de sudor. Las mujeres, con el pelo corto también, vestían sus trajes de baño, que habían dejado de ser prendas vacacionales para convertirse en trajes de vestir habituales. El último en llegar a la reunión fue el sujeto que vivía en el séptimo piso. Se había quedado sin vecinos porque las familias del último piso se habían mudado. Todas afirmaron que seguir viviendo allí era una locura. Vivir en el último piso es como vivir dentro de un horno, decían. El único valiente era él, quien había llegado a la azotea diciendo «¡Hora del asado! ¿Alguien trajo la carne?» Todos estallaron en risas. Hacía mucho que nadie comía nada caliente. Una cucharada de sopa recién hecha parecía como beber lava. «Es en serio», replicó. Solo provocó más risas. Varios coincidían en que era su buen humor el que lo había ayudado a soportar el infierno que debía de ser su apartamento allá arriba.
Todos están felices. Al menos han ignorado el sofocante calor por un momento. En otro tiempo, cualquiera que los hubiera visto a todos allí, en esa azotea sin piscina, hubiera pensado que eran un montón de locos, piensa.
La radio murmura en el centro de la azotea. Todos congregados alrededor de ella. La transmisión había comenzado hacía una hora y media. Ya se acerca el momento anhelado. Se acercan al aparato. Suben el volumen. No dejan de ventearse con los abanicos. El lanzamiento está a punto. Inicia el conteo. Todos lo corean como si celebraran Año Nuevo. Van sacando las gafas antireflejo. Todos las compraron. Las vendían hasta en los semáforos. Nadie iba a perderse detalle. Llega el cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Cero. Miran al cielo.
Un pequeño punto en la distancia aparece tras varios minutos. Asciende lentamente, una mancha diminuta ante la omnipotente luz solar. Luego es engullido por el fulgor incendiario del sol. Todo queda en silencio. Nadie se mueve, solo el sudor que resbala lentamente por la piel. Extraño silencio. Inolvidable silencio. Una vibración en los pies que crece, luego una vaharada caliente, exhalada por el firmamento, que los empuja, los azota mientras el cielo se va oscureciendo. Entonces la luz se apaga. Para siempre.

miércoles, 19 de febrero de 2014

¿El calor o la calor?



Por José Luis Bethancourt.

—Che, viejo, ¿cómo se dice? ¿“El calor” o “La calor”? —gritó Matilde desde su cómoda reposera bajo la sombra del viejo gomero.
En la cocina, Roberto contestó con un gruñido y maldijo la hora en que hizo aquella apuesta.  Casi veinte años de casado le deberían haber bastado para saber que con la Matilde nunca se puede ganar una discusión o una apuesta.
TN otra vez con la “noticia” de que se vaticinaban altas temperaturas en la ciudad de Buenos Aires. “Alerta naranja” rezaba la viñeta roja en el televisor y el pobre Roberto rojo de bronca  le hablaba al televisor como si fuera uno de sus amigos del bar, donde debería estar jugando al truco bajo los ventiladores
—¿No pueden hablar de otra cosa estos periodistas? ¿Qué carajo les importa si seguro que están lo mas fresquitos en ese estudio de televisión y cuando se van a su casa manejan un auto con aire acondicionado y seguro que tienen una acondicionador en cada ambiente de su casa? ¡Qué país generoso!  ¡No sé cuántos años de estudio para que nos digan cosas tan obvias o pregunten estupideces! ¡Y son señores! ¿Cómo no me hice periodista?
Los periodistas. El tema preferido de Roberto para criticar y dejar salir toda su frustración e impotencia por haber sido toda su vida un laburante. Todos sus sueños de grandeza quedaron en el pasado. Lo único grande que tuvo en la vida fue la Matilde. Y grande en sentido literal. Con los años se fue engrosando, por decirlo de alguna manera. En su estado actual parecía más fácil saltar por encima de ella que rodearla.
Sí, es cierto. Es una exageración, pero casi del mismo tipo que la exageración constante del noticiero que eleva a noticia de primer rango el calor. ¿No se dan cuenta que estamos en enero? ¿Qué pretenden? ¿Andar con bufanda? ¿Tanta necesidad de repetir que hace calor?
Y para hacerla mejor “entrevistan” a una pobre vieja en la calle que abanicándose pretende dar una respuesta elaborada y profunda a la sesuda pregunta de la notera “¿Se siente mucho el calor? ¿Cómo se prepara para salir a la calle? Veo que trae su botellita de agua”. Juro que si un día me paran en la calle para preguntarme semejante estupidez le contesto “¿Agua? ¡No! Es vodka, para ponerme en pedo y no tener que soportar a los periodistas como ustedes”.
—¿Me escuchaste gordo? ¿Cómo se dice? ¿“El calor” o “La calor”? —insistió la obesa mujer mientras se secaba el sudor de los pliegues del cuello.
Roberto la miró en silencio por un instante y siguió con su labor. Justo a él que detestaba las visitas y cocinar se le ocurrió apostar el almuerzo para toda la familia de ella ese domingo en que estaba el campeonato de truco. Y no podía ser cualquier comida. ¡Tenía que ser pizza! ¡Y casera! Nada de comprar las prepizzas de oferta en el supermercado chino. No señor.
Las gotas de sudor recorrían su frente y bajaban por su rostro, su cuello y su nariz. Una y otra vez las secaba con su pañuelo infructuosamente. El ventilador de techo estaba puesto  en la velocidad más baja para evitar que el viento afectara el levado de la masa. El horno estaba encendido desde hacía un rato alcanzando la temperatura necesaria para lograr una pizza crujiente. El aroma de la salsa condimentada con ajo llenaba el aire. Pero toda esta mezcla de estímulos no hacía más que aumentar el suplicio de Roberto exacerbado por la repetición del reportaje a la anciana en TN, el alerta naranja y la imagen de Matilde recostada bajo la sombra.
Mientras juraba por enésima vez que no volvería a apostar contra su mujer olvidó secar el sudor y algunas gotas cayeron sobre la masa. Roberto quedó petrificado pensando que tendría que ir de urgencia a lo de los chinos a comprar más harina y empezar todo de vuelta. El grito de Matilde lo sacó de su ensimismamiento.
—¿Me vas a contestar o no? ¿Cómo se dice? ¿“El calor” o “La calor”?
—¡Qué se yo mujer! ¿Por qué no movés el culo y venís a la cocina a ver si este calor es “el” o “la”? —respondió con evidente fastidio.
—Bueno, bueno, no te sulfures tanto que te va a hacer mal y a ver si te apurás un poco que en media hora llega mamá y en una mis hermanos.
Ya el sudor se convirtió en un goteo constante. Ni se preocupaba por evitar que cayera sobre la masa de la pizza. Pasó el reverso de su mano sobre su frente y descargó algunas gotas sobre la salsa. Tomó el bollo y lo restregó por su cuello y su pecho con un gesto de satisfacción maliciosa…
—¡Che gorda! ¿Qué sabor tendrá “el calor” o “la calor"?


miércoles, 5 de febrero de 2014

El Faro



Por Claudia Medina Castro.

Calor.
Tanto calor implica cerebros derretidos. Cicatrices exultantes, articulaciones expuestas. Sumale la creciente humedad ambiental. Días largos y bochornosamente incómodos. Venas a la vista y piel de gelatina. Tremendo fastidio. Hace poco he decidido ver todo como señales. Algunas para seguir, otras para ignorar. Fácil. No hay mucho que hacer. Solo observarse ser. Sin previo aviso y con perfecto timing apareció en mi vida La Torre. El Altillo. El Faro. Cuatro ventanas. Cuatro balcones. Cada uno cara a cada punto cardinal. Un lugar en el mundo. Unos días de vacaciones elegidos sin pensar. Una propuesta inesperada. Señales a seguir. Por las mañanas me asoleaba en el balcón Este, mirando el río y la costa lejana. Mediodía de siesta, luego de comer algo y beber mucho. Señal de hidratación. Mi amigo tenía el departamento bien equipado. Dos pisos justo por debajo del antiguo faro y arriba de otros dieciocho. Pisos, claro. Más tarde en la tarde temprana la reposera del balcón Oeste me llevaba a los altos de la ciudad. Me veía sobrevolando la gente que circulaba. Mucha. Siempre mucha gente. Como termitas buscando problemas a las soluciones. Arenas movedizas brutales. Y el calor. El calor físico, el del carácter, el de las debilidades expuestas y el las perversiones contenidas. El calor es la excusa perfecta para la masacre. Las nubes que ese día iban bajando me trasladaron mecánicamente al balcón Norte. La estrella se dejaba ver. Era buena su compañía. Aunque asomarse se estaba tornando raro en esas horas. Desde allí también se veían nubes bajas como alfombras de algodón. Masas acolchadas en tonos rojizos, separadas por algo entre acuoso y denso. Lagrimeaba. Las gotas se deslizaban por mi cuerpo hasta rebotar en el borde y hacerse trizas al vacío. Sumale a eso una emoción inesperada y aguda. Y que estaba bien oscuro ya. A no ser por la estrella. Mi cable a tierra en el cielo. Qué risa. Las nubes naranjas empezaron a subir y ya casi no la podía ver. A la estrella, claro. Entré al departamento pensando en comer algo y una náusea no me dejó. Pasé por el baño sin éxito. Era exquisito el gusto de mi amigo para decorar. Salí al balcón Sur, no sin antes asomarme por la ventanita que miraba al sudeste. Estaba totalmente empañada de ambos lados. Pero mi cara rebotó en una gota, brillante y desencajada. Mi cara, claro. Y me asusté. No me reconocí. Por un momento pensé que era una señal de algo que mi subconsciente quería expresar. Pero inmediatamente adjudiqué tal cambio a la nube anaranjada, obviamente sin saber que estaba compuesta de entidades de Otra Latitud. Agarré instintivamente mi cartera, y sacando el portacosméticos volví al baño con otro propósito. Mi amigo, el gran decorador. Espejos en todas las paredes, aún en los ángulos imposibles. Del naranja al rojo oscuro todas las tonalidades posibles enmarcaban mi figura. Claro que eso lo noté luego de ver nublosamente las llagas que me cubrían. Lo que un rato atrás creía lágrimas era un humor espeso que salía de mis poros. Sudor de las entrañas, supe después. Hay cosas que no se nos ocurren normalmente. Respirar fuego no es algo fácil de describir. Renombramos sentimientos con el fin de disfrazarlos o extinguirlos. Hasta que las venas nos cuentan otra historia. Paralelamente, imágenes impensadas invaden nuestra mente. Todas las funciones naturales del cuerpo sufren un colapso imparable. Literalmente se derriten nuestros sentidos, mezclándose entre sí. Las ansias de recomponerme solo lograron concientizarme del sofoco letal. La peor parte fue cuando noté que lo que creía alucinaciones eran realidades. El susto transmutó en miedo. El miedo en muerte. Y la muerte en una hoguera infinita. A todo esto, las verdaderas señales eran las que emitía el Faro sobre mi cabeza, avisando, a los que venían del Otro Lado a través del gran río, que llegó la hora de hacerse Ver. Mis pseudovacaciones terminaron abruptamente, ya que lo último que vi desde esas alturas resultó ser una nada en comparación con lo que realmente pasó. Sé que ya no formo parte de esa forma de vida, la humana. Pero agradezco el poder contar los hechos de ese enero en forma telepática gracias a que algunos de los Otros me permitieron usarlos como router. Fue mi última voluntad. Aunque definitivamente a ellos no les importa la trascendencia histórica. Usan el Tiempo solo para perfeccionar su performance. Y está a la vista que no necesitan de ninguna señal para devorarnos. Ni siquiera ya somos su alimento predilecto. Ellos enviaron el Calor para eliminarnos de la faz de la Tierra. Solo a los humanos. Demasiado deteriorados para su gusto. Tienen planeado cultivar una especie mejorada, en cualquier momento. Seguramente cuando se apague el último fuego. Diana G. Febrero 2, 2014.


miércoles, 29 de enero de 2014

El cumpleaños de Carmelo Pipa



Por Bibi Pacilio.

Carmelo Pipa era mi abuelo, un hombre jovial, excesivamente gordo, aunque los rollos de carne que engrosaban su cuello siempre habían sido mi debilidad y sus dedos cortos y húmedos sostuvieron mis idas y venidas al colegio, al quiosco de la esquina y a la casa de mi amiga Matilde, que vivía justo a la vuelta de nuestra casa.
Nunca supe cómo era tener una familia pequeña, tampoco silenciosa, porque con toda la sangre italiana que alborotaba nuestras venas y la situación del país, éramos muchos los que vivíamos bajo el mismo techo. Felices a pesar de los gritos, felices a pesar de las pérdidas que llegaban y se iban obligándonos a volver a empezar.
“Luchía, Luchía” me gritaba Carmelo desde el cuartito del fondo donde se había exiliado aún antes de la muerte de Doña Nicolina, mi abuela paterna. “Luchía, Luchía vení a ver lo que encontré” y sus ojos redondos cobraban vida cuando los míos se agrandaban hasta llegar al cielo. Era su preferida, la única que comía los “suspiros de monja” que bajo cuerda y bien envueltos en papel madera aparecían sobre su mesa de luz todas las mañana. Lo amaba.
Pero aquel enero me preocupaba que ninguno de los miembros de mi familia hubiera dicho nada sobre el festejo, tendría que hablar con papá sobre el asunto antes que se desatara una catástrofe. El cumpleaños del abuelo siempre nos había servido de excusa para reunirnos y guau si alguno se dignaba a faltar o llegar tarde. Todos, hasta los vecinos, esperábamos ansiosos el aniversario que terminaba siempre al amanecer y nunca nos dejaba prever un transcurrir sin sobresaltos.
Faltaba una semana para el 22 de enero y ni siquiera Luciano había dado señales de vida. Supongo que el calor, la falta de luz y las nuevas medidas del gobierno nos tenían a todos preocupados, supongo que ni el abuelo se había dado cuenta que sus ochenta y cuatro años se aproximaban entre esas gotas de sudor que caían desde su calva cabeza cada vez que se agachaba.
Aquel lunes me levanté temprano dispuesta a resolver esta situación. “No estamos para fiesta” me dijo mamá mientras cargaba el fuentón hacia la pileta del patio. “¿Otra vez tenemos que bancar el cumpleaños del viejo?” se quejó Yolanda ojeando  una revista de modas. La tía Carola me insinuó con su voz ronca que podía contar con ella, siempre y cuando hubiera algo fresquito para tomar porque “con esta calor nena…“. Pepe ni siquiera me contestó. No quedó nadie con quien hablar. Me bañé como cuatro veces, aquel día el calor había ganado la batalla.
El martes me levanté temprano, despegándome de las sábanas ardientes que me habían hecho soñar con una fiesta en la playa, aunque no había brisa, ni arena y la voz chillona de mi madre me llevó directo hacia la terraza. Fue justamente ahí, pegada al cemento fogoso, donde una idea reveladora, un “satori”, me nubló la visión y vi el futuro. Era el lugar perfecto. Seguramente correría alguna brisa veraniega, tal vez hasta festejáramos una lluvia de madrugada y hasta podríamos bailar y mirar las estrellas y quedarnos a dormir y festejar y volver a festejar.
Confieso que mi imaginación a veces no condice con la realidad, pero mi deseo era tan intenso que no hubo nada ni nadie que pudiera impedirme organizar el festejo.
Luciano llegó justo a tiempo para ayudar a papá a transportar al abuelo hacia la terraza, donde todo el mundo se abanicaba alrededor de los tablones cubiertos con un fino papel blanco, que ya mostraba alguna que otra mancha y que se adhería como la mejor piel a la ocasión.
Carmelo alzaba los brazos, besaba a los que le habían llevado un regalo y desde la punta de la mesa (lugar que nunca abandonaría) gesticulaba como el mejor anfitrión mientras Don Filomeno de la otra cuadra y sus hijos preparaban los instrumentos para ofrecerle un concierto de acordeón y guitarra que nunca olvidaría.
Sin embargo el calor aumentaba y ninguna de las coloridas banderas que cruzaban la azotea daba signos de vida. Ni siquiera los mosquitos aparecían guardados bajo el tanque de agua que cada vez más hinchado aparecía como única esperanza para nuestros doloridos cuerpos. Porque el calor duele, arrasa con todas nuestras fuerzas, arremete despacio para punzarnos el alma.
La llegada de Manuel, apodado “el cana”, ex policía, ex usurero, ex amigo del abuelo nos sumió a todos en uno de esos instantes de silencio que ninguno reconoce pero todos temen. La música cesó. Los ojos de todos se movían desde uno a otro con la rapidez del rayo. Por un segundo el cielo se oscureció, momento que Luciano aprovechó para desaparecer de la escena. “Mi hermano siempre fue un cobarde” pensé mientras acercaba una bandeja de empanaditas de carne al nuevo invitado.
El abuelo rompió el silencio con un “Bienvenido” que tranquilizó a todos aunque detrás de sus ojos redondos el lince no lograba dormir. Se sentaron cerca preparados para ese duelo silencioso que no acaba con los años y como el calor, se aquieta para volver a explotar. La fiesta continuaba para todos, el vino corría, la renga intentaba bailar con el sobrino del peluquero y papá discutía acaloradamente de política con Jacinto. Nadie parecía darse cuenta que aquel invitado venía a despedir a su adversario.
El único tiro que se escuchó a la madrugada les regaló el oasis milagroso de algún trueno perdido, hasta que el “Luchía, Luchía” resonó en mis oídos y todos corrieron hacia el gordo que tirado de espaldas al piso regaba el cemento caliente con su sangre.
Llovía torrencialmente la mañana que enterramos al abuelo, no quise escuchar las noticias porque todos mentían. “Cayó a los 84 años el jefe narco más peligroso del país” decían porque seguramente ellos no sabían que el gordo en el cuartito del fondo coleccionaba estampillas.


miércoles, 22 de enero de 2014

El arte del buen comer



Por William E. Fleming y Cleopatra Smith.

(basado en la canción «El arte del buen comer»)

I

El olor del café se filtraba por la rejilla de la habitación, el sonido del día daba paso al olvido del sueño. Se sentía en paz, al menos eso podía creer en aquellos minutos antes de despertar.
Ese olor que le traía tantos recuerdos empezó a envolverla, remolona en la cama, se empezó a desperezar como una felina, dulce, sensual, con movimientos gráciles... Casi sonámbula se levantó, estaba preciosa con su pelo revuelto, su camiseta que insinuaba, sus pies descalzos que la condujeron hasta la cocina. Levitaba casi como un mero fantasma en busca de la bola que lo apresaba a las paredes del castillo donde había muerto.
Ya pasó un año. De nuevo, el día sería el más perfecto desde que hace cinco años conociera aquel apuesto joven en la librería. Recordaba aquel momento de ocio, de espera entre clases y matar el tiempo. Ella estaba enfrascada en la sinopsis de una nueva novela de su escritor favorito y no se percató de la presencia a su lado buscando algún otro tipo de libro.
—Vaya, qué casualidad —dijo aquella voz melodiosa—. Justo era el libro que venía a comprar.
Ella movió la mirada entre una sensación de vergüenza e inoportunidad.
—¿Lo quieres comprar? —dijo—. No te recomiendo que lo hagas, me ha parecido insulsa la sinopsis —sentenció.
—Vaya, debería decir a mis editores que la cambien. —Acercó la mano y se presentó. Ella se puso tan roja como un mismo tomate y se quiso disculpar, pero la sonrisa del autor del libro apareció en su rostro y se asombró de que le gustara. Unas horas después, tomando café en su sitio preferido, ella no dejaba de disculparse por aquel tremendo error; la metida de pata más monumental de la historia. Él lo dejó a un lado y se interesó en qué le desagradaba de la obra. Las horas pasaron, descubrieron mucho en común y dos años después se estaban casando.

miércoles, 15 de enero de 2014

Vine por ti, perra



Por Mauricio Vargas Herrera y Juan Camilo Suárez Galindo.

(Basado en el tema «Masacre en el puticlub»)

¿Es bella no? Es hermosísima. Creo que ya te cansaste de escucharlo, ¿no, amigo? Por eso sigo viniendo. Por eso es que me ves aquí todos los viernes. Desde aquí todo se ve perfectamente. Cuando sale, envuelta en ese ondeante traje blanco. Te lo digo, nunca he visto una chica así en toda mi vida, y créeme, he visto un montón de chicas. Me he acostado con buena parte de ese montón. Pero ninguna se compara a ella. Nadie tiene lo suficiente para pararse en ese escenario, amigo. Sírveme otra. Eso, gracias. Pura ambrosía para el hígado. Aaahhh, otra. Necesito tomarme mis pastillas. Llénalo. Gracias. Aaahhh, entra derecho. ¿Qué hora tienes? ¡Vaya, se pasa el tiempo volando! Ya casi sale. Cuestión de minutos. Me encanta el preámbulo, cuando apagan las luces y ella va saliendo. Me fascina. Aunque ella no debería estar clavada en este antro lleno de alimañas. No es por ti, amigo. No tienes la culpa, al fin y al cabo. Pero no puedes negar que esto es un maldito hueco pestilente. Y mira a todos esos hijos de perra que están allá. Escorias. Aguardando a que ella les roce la mejilla con su mano. Como si tuvieran alguna oportunidad. No, ella no está para eso. Merece más. ¿Sabes? He venido todos estos días analizando la cuestión. Quiero llevármela. ¿Has observado cómo me mira? Le he estado enviando a su casa algunos detallitos. Sabe que me gusta lo que hace, aunque me gustaría más que lo hiciera en mi habitación jejejejeje. Por eso no tengo necesidad de irme a parar allá adelante. Ya me conoce. Quiero sacarla de aquí. Es una perra, lo sé. Una maldita zorra, pero es una zorra inmaculada a la que quiero hacérselo todos los días, mañana, tarde y noche jejejeje. Es una tontería enamorarse de una chica de esas. Pero vale la pena intentarlo, ¿no? Recuerdo una película, de unos soldados que encontraban un dinero ilegal enterrado en el campo. ¿La viste? Sí, que uno de ellos se enamoraba de la puta del club ese, le ofreció todo, quería irse a vivir con ella, se la durmió esa noche y al siguiente día lo dejó en la ruina, se escapó con los billetes jajajajaja. ¡Vaya infeliz de mierda ese! A mí no me pasará eso. Quiero sacarla de aquí y lo haré cueste lo que cueste. Qué dices, chico, ¿te parece una buena idea? Sí, ya sé que es hija del dueño de toda esta cueva asquerosa. Pero hoy tengo a mis aliadas aquí conmigo. Ya armé un plan. ¿Trajiste pantalones de repuesto? Porque en breve te vas a cagar, literalmente. Shhh, shhh, mira, ahí sale. Oh, sí, bella como siempre. Mira qué porte, qué sensualidad. Quiero ser ese traje blanco. Debe de oler delicioso. Nunca me canso de verla, ¿tú sí? No lo creo, amigo. Detrás de esa barra tienes lugar privilegiado. Oh, mira, mira como nos observa. Me está buscando a mí, jejejeje, lo sabe, soy su salvador. Vaya perra esa. Mi perra. La amo, maldita sea. Oye la música, es esclava de sus movimientos. Que le suban, ¡que le suban a ese rock! Sí, oh sí, dame otro, quiero mi pastilla. Llénalo para pasarla. Aaahhh, delicioso. Mira, mira ese pobre sujeto. Se derrite al verla allí agachada frente a su rostro. Vaya idiota. Y pensar que ahora tendrá que llegar a casa a ver a su esposa. Ve como me mira desde allá. ¡Muack! ¿Lo sentiste, preciosa? ¡Mucak! ¡Muack! Hoy es tu día de jubilación. Mañana bailarás sobre mi cama. Solo tu último movimiento. Eso. Lléname otro, chico, para la pastilla, ya sabes. Eso sí. Ahhhh. Toma, quédate con el cambio. No, no abras los ojos así, es solo una retribución por refrescarme el pescuezo y oír mis tonterías. Aprovéchalo, chico, vete de este moridero también. Ahí te doy suficiente. Ahora saca tu culo de aquí, a menos que quieras ensuciar tus pantalones. Y ahora, que comience la verdadera función. Nena, voy por ti. 

¡BANG!

¡BANG!

¡BANG!


miércoles, 8 de enero de 2014

Jijiji



Por José Luis Bethancourt y Florencia Saade.

(basado en la canción «Jijiji»)

Estaba sentada con las manos sobre las rodillas y el cuerpo muy rígido. A su lado, el oficial Rivarola leía unos expedientes. Ana estaba hundida en un letargo, lejana y perdida, hasta que se puso de pie de un salto.
Miró con ojos desorbitados al hombre que, asustado, se incorporó también.
—Pude recordar —dijo ella en un susurro inaudible. Levantó la mirada, y sus fríos ojos denotaban terror. Tomó por el brazo al detective que la miraba atónito, y comenzó a relatar.
—Por favor señorita, toma asiento y comience otra vez desde el comienzo.
—Sí, lo intentaré. —La chica se sentó, con la vista fija en la mesa, y comenzó a relatar—. Recuerdo con claridad cuando Sofía conoció a ese tipo en un club de salsa. Morocho, alto. Tenía buen cuerpo. Salieron un par de meses, ella parecía estar feliz. De él no podría decirse con claridad; parecía estar siempre de buen humor, pero nunca hablaba de sus cuestiones personales.
»Ese día de julio, hacía un frío terrible, Sofía insistía en que quería darle una sorpresa. Le preparó trufas de chocolate para llevarle a la academia, donde Mike —así decía llamarse— daba clases hasta bien entrada la noche.
—Le voy a pedir que por favor me narre primero qué fue, concretamente, lo que sucedió esa noche. Luego me contará sobre esta persona que usted considera como sospechoso.
La chica lo miró a los ojos, y suspiró profundo. Puso sus manos en las rodillas y continuó.
—Había quedado con mis compañeras del Call Center en ir a comer algo, hasta temprano nomás, porque también trabajo los sábados. Invité a Sofía, pero me dijo que prefería quedarse en el departamento y dormir temprano.
—¿A qué hora salió del departamento?
—A las nueve y media. Y cuarenta y cinco, a más tardar.
—Ajam. Siga. —El oficial anotaba todo en una libreta negra.
—Salí y me encontré con dos amigas. Tomamos por avenida Santa Fe. Habremos hechos cuatro cuadras, no recuerdo bien, cuando recordé que una de las chicas me había pedido prestado un vestido. Me había comprometido, entonces le pedí a las otras dos que me acompañen de nuevo al departamento.
—¿Ellas accedieron rápidamente?
—Creo que sí. No recuerdo. La cuestión es que volvimos.
—¿Cuánto tiempo considera que transcurrió entre que salió y volvió? —El oficial levantó la mirada y la clavó en los ojos de Ana. Era el dato más importante para dar con el asesino.
—Media hora. No más de eso.
—¿Sus amigas subieron?
—No, les pedí que esperen abajo para ir más rápido. Tampoco quería hacer ruido y despertar a Sofía si estaba durmiendo.
En ese momento la puerta de la sala de interrogación se abrió y desde afuera una mujer hizo gestos al oficial Rivarola para que se acercara. Hablaron brevemente y el oficial se retiró del interrogatorio, mientas la mujer entraba y se sentaba frente a Marcela.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Como si se tratara del destino




Por Laura de la Rosa y Darío Cuda.

(basado en la canción «Luzbelito y las sirenas»)


“Y dijo el Señor a Satán: ¿De dónde vienes tú?
Y respondió Satán: He dado la vuelta por la tierra”


1-

Nacer en este día, justo en este día, un día de festejos. Como tantas otras cosas que no elegí, yo no elegí esto. Ni ser el Goliath de este falso David, ni tus miradas de reojo, ni los festejos de un nacimiento que no es el mío, ni ser el hijo de mi padre, ni recibir este nombre que me condena desde la naturaleza misma de mi concepción.
Y el mundo me teme, y sus miedos me dan risa... Su llanto desesperado al solo verme me da risa; jamás se posaron un segundo sobre sus propias vidas, antes de juzgar mi nacimiento, mi instinto depredador, mi herencia.
Soy quien soy... aunque no te guste y esta soledad heredada va a acompañarme el resto de mis días. La eternidad. No la quiero, no la necesito ni la deseo soportar. Pero es, existe y ella también es quien hizo que sea quien soy. Esta parece una de esas veces en las que no tenés más remedio que leer las reglas, aceptarlas y jugar.
Como si se tratara de una ruleta rusa en la que sabés que nunca te va a tocar la bala en el tambor (Recordá mi nombre, nací para quedarme y no para desaparecer, aunque supliques, aunque ruegues y aunque hoy tu mañana se haya teñido de festejos que sencillamente olvidás los otros 364 días del año).
Podría pasarme el día escribiéndote mis deseos, diciéndote cómo tenés que hacer para evitarme, para evitar que mi nombre, además de la mía, sea tu condena... pero hoy festejás un nacimiento y entonces... tal vez esa tarea, tengas que aprenderla solito...