Por José Luis
Bethancourt.
Todos tenemos un momento en la
vida en que los caminos se bifurcan, en los que una sola decisión puede afectar
las cientos que aún no se han tomado, como si fueran fichas de dominó.
Aquí estoy, esta mañana, con esa
extraña sensación de no tener raíces ni futuro. No tengo vínculos con mis
padres y mis hermanos, ni amigos entrañables. Pero tampoco estoy cómodo con mi
soledad.
El otoño está próximo y en estos
parajes solo significa más viento, constante, insoportable, crispante. Y polvo,
omnipresente, que se cuela por las rendijas hasta llegar a mi ropa interior.
Definitivamente debo hacer algo.
No puedo seguir en esta inercia con el peso de saber que estos han sido los diez
peores años de mi vida. ¿Vida? Solo es una forma de llamar a mi rutina de
respirar, comer, dormir y recorrer los cerros en espera de alguna señal.
La cápsula realmente está muy bien
diseñada y durante las semanas previas a la catástrofe me felicité por mi
decisión de tomar esta misión un decenio atrás. Porque cuando uno es joven
piensa que lo será siempre y el optimismo corre en sus venas. Somos
invencibles.
Ya no me siento joven, aunque no
soy viejo tampoco. Por lo menos tengo la oportunidad de hacer algo y no
terminar en la cabina de criogenización como ellas. Pobres ilusas.
Cuando cierre la puerta ellas ya
no existirán ni miraré atrás. Solo queda salir al paisaje gris y emprender la marcha. Debo decidir
cuál de los dos caminos tomar y comenzar la partida de dominó.