martes, 9 de abril de 2013

Ojos rojos


Por William E. Fleming

Sí, ahí lo vi.
Al despertar en la noche con sus ojos rojos mirándome en la soledad. El miedo paralizaba mi cuerpo, que sin poder apartar mis ojos de aquellos rubíes –danzando en la noche– hice lo imposible para no ser devorado. Saqué mi revólver de la mesa y disparé a la oscuridad perlada. Para comprobar entre los fogonazos de luz, la sonrisa marchita de un niño. Mi hijo, su traje de Halloween y una careta de luces en los ojos.

lunes, 8 de abril de 2013

No sé parar la sangre



Por Sebastián Elesgaray.


Me dijo que no lo toque, pero yo le puse un pañuelito descartable sobre la herida.
Es que cuando lo conocí estaba sangrando.
Su mano transformada en un puño, la sangre chorreando por los nudillos y los dedos hasta la muñeca. Le recorría el brazo como si lo acariciara, y caía en gotas lentas que armaban un charco pequeño de un color indescifrable. Las luces destellantes no dejaban notar el rojo.
Una zapatilla blanca pisó el charco, y a partir de ahí las cosas se revolvieron un poquito.
¿Un poquito?

domingo, 7 de abril de 2013

Muerte inminente



Por Mauricio Vargas Herrera.


—Te llegó tu hora. Te lo advertí cuando insististe enfrentarte conmigo.
—Deme otra chance. Deje que le muestre mis habilidades. Una vez más. Por favor.
—Solo era una oportunidad, lo sabías bien, y fallaste. No eres el oponente que busco.
—Entonces perdóneme la vida, por esta vecesita.
—¡Estaría traicionando mi condición!
—Solo una excepción y ya. Se lo pido.
—Está bien. —Lo meditó un momento. Luego dijo—: Organiza las fichas. Aquí no ha pasado nada.

sábado, 6 de abril de 2013

Éxodo



Por José Luis Bethancourt.


Todos tenemos un momento en la vida en que los caminos se bifurcan, en los que una sola decisión puede afectar las cientos que aún no se han tomado, como si fueran fichas de dominó.
Aquí estoy, esta mañana, con esa extraña sensación de no tener raíces ni futuro. No tengo vínculos con mis padres y mis hermanos, ni amigos entrañables. Pero tampoco estoy cómodo con mi soledad.
El otoño está próximo y en estos parajes solo significa más viento, constante, insoportable, crispante. Y polvo, omnipresente, que se cuela por las rendijas hasta llegar a mi ropa interior.
Definitivamente debo hacer algo. No puedo seguir en esta inercia con el peso de saber que estos han sido los diez peores años de mi vida. ¿Vida? Solo es una forma de llamar a mi rutina de respirar, comer, dormir y recorrer los cerros en espera de alguna señal.
La cápsula realmente está muy bien diseñada y durante las semanas previas a la catástrofe me felicité por mi decisión de tomar esta misión un decenio atrás. Porque cuando uno es joven piensa que lo será siempre y el optimismo corre en sus venas. Somos invencibles.
Ya no me siento joven, aunque no soy viejo tampoco. Por lo menos tengo la oportunidad de hacer algo y no terminar en la cabina de criogenización como ellas. Pobres ilusas.
Cuando cierre la puerta ellas ya no existirán ni miraré atrás. Solo queda salir al paisaje gris y emprender la marcha. Debo decidir cuál de los dos caminos tomar y comenzar la partida de dominó.

jueves, 4 de abril de 2013

Mara




Por Claudia Medina Castro.


Mara rezaba para que no fuera cierto.
Esos ruidos y rumores nuevos no podían indicar otra cosa más que vecinos nuevos.
En esos días se acordó de sus rezos de antaño, los que desempolvó y revivió con fuerzas, impregnando las paredes empapeladas con su voz.
No estaba lista para eso. Nunca lo estuvo.
Hacía años que disfrutaba su solitaria vida en el Edificio conocido como “…el del Viento Maldito”, vaya a saber por qué. «Tal vez por su color», pensaba. «Grises son los ojos del diablo,  grises como tu olor», cantaba.
Como heredera de una familia demasiado tradicional y ya demasiado muerta, lo eligió entre varias de sus propiedades sin atisbos de duda. Jamás imaginó que a esa altura tendría que soportar una guerra…

miércoles, 3 de abril de 2013

El último destello



Por Bibi Pacilio.


Al principio lo confundió con un ladrón, pero nada parecía faltarle; pensó entonces que aquel hombre que había entrado por la ventana después que un rayo se posara sobre su oído izquierdo, era apenas un intruso, no se conformó y lo vistió de mago.
Cuando le arrancó el corazón no gritó, solo se arriesgó a un susurro que aletea a veces los días perdidos y en noches de tormenta, infinito lamento, sobrevuela el cielo con alas de viento.
Desde aquella noche, en la que un extraño asesinó con sus manos la última mariposa que habitaba el oriente, una mujer alada busca el amor perdido en Occidente.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Sombras



Por William E. Fleming.

Homenaje a Edgar Allan Poe.

—Hola, cariño. Buenos días. ¿Qué tal has dormido? —Paul no esperó a que su mujer contestara. Tras la puerta imaginaba que ella estaría despertando y alisándose el pelo después de la ducha—. No te preocupes amor, estaré abajo haciendo café —sonrió a la hoja de la puerta y se marchó decidido. Su sonrisa era muy trabajada, había pasado horas delante de espejos poniendo un gesto que inspirara total confianza y completa serenidad. Era importante para él y para su trabajo.
Alistair Crow era el esposo perfecto. Demasiado atento dirían algunas personas. Acaparador y despótico con aquellos a los que «amaba», de incipiente calvicie, dientes perfectos y un leve atractivo todavía no perdido —algo conseguido a fuerza de tiempo y sobretodo deseo— le catapultaban como uno de los personajes más prósperos de la urbanización. En su trabajo era el mejor, se lo había trabajado para así fuera —la competencia se tiene que dinamitar desde el primer momento— decía sin problemas.
       
La taza humeaba con el café recién hecho. Sonriente, Alistair se comía sus tostadas mientras leía el periódico esperando que su mujer bajara enseguida. El sol entraba por la ventana tachonando de rayos de luz los vasos de cristal y convirtiendo una de las paredes en una fiesta de colores desintonizados.
Quizás si hubiera estado atento, podría sentir el suave tintineo de una de las ventanas abiertas. Cuchicheos que silenciados en la mañana parecían convertir las estancias de la vieja casa en un lugar de fantasmas, asesinatos y rocambolescos maleficios. Alistair obviaba cada vez más lo extraño. Cuando él y su mujer fueron a vivir a aquella casa. Las historias se convertían en casi la enseña del terror victoriano. Pero nunca hicieron caso a nada de ello pues el precio de compra era terriblemente bajo. Les convenían si deseaban formar, pronto, una familia.
Pasaba las hojas despreocupado. A tal velocidad cerraba el periódico y lo volvía a abrir, que las imágenes enfrente suya parecían un zootropo. No se percataba de la sombra que se acercaba impelida por cada movimiento. Como un viejo precursor del cinematógrafo. Aquella cosa tenía la forma de una persona pero era como un gran «esfumatto», una sombra en cuyos bordes alguien intentaba borrarla deshaciendo los contornos precisos y pulcros.
Crow escuchó el maullido de un gato tras su periódico. Lento, levantó la mirada por encima del territorio de las hojas para encontrar la figura negra y tranquila de un minino mirándole con unos ojos suplicantes.
—Hey, pequeño. ¿Qué estás haciendo aquí? —Se levantó despacio sin hacer movimientos bruscos y cogió entre sus manos al gato negro. Sentándose de nuevo en la silla, partió algunos trozos de tostada con una de las manos y le puso los trocitos en la mesa. Este, solícito, se abalanzó entre maullidos de agradecimiento sobre las migajas—. Gatito, gatito… —le acarició; con un movimiento y una sonrisa en su rostro le partió el cuello sin ningún miramiento.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Puzzle




Por Mauricio Vargas Herrera.

Homenaje a Augusto Monterroso.

Ahora estaban unidas todas sus piezas. Después de tantos años de ausencia, la tenía recostada a mi lado nuevamente. Besé su frente blanca y reluciente y me dormí, exhausto, entre sus brazos delgados. Cerré mis ojos. Sus cuencas permanecieron abiertas y vacías.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Sin retorno



Por José Luis Bethancourt.

Homenaje a Horacio Quiroga.

Con la ayuda de sus compadres aquel hombre alto, fornido y de tupida barba negra construyó una amplia cabaña sobre el recodo del río. Su carácter taciturno y apacible contrastaba con sus ayudantes que siempre hablaban alto, como si el trabajo duro bajo el calor sofocante y lo húmedo de la selva no les afectara.
Cuando estuvo terminada trajo a su mujer. Era, mucho más joven, de piel blanca y aspecto frágil como de una niña extraviada. A pesar de lo extraño que era verlos juntos había en ellos una armonía como si se conocieran de toda la vida. Pero en la intimidad que ofrecía aquel lejano paraje ella solía pasar varias horas del día llorando y mirando hacia el cerco de cañas.
Mas allá, la selva. Ese rumbo que él tomaba, transitando un sendero que dibujaba una tenue cicatriz sobre la enmarañada red de tacuarembó y se perdía finalmente bajo la húmeda oscuridad selvática.
Cuando el sol estaba aún alto emergía del cañaveral con su parquedad que parecía acompañar el suave arrullo del río durante la hora más calurosa del día y ella sonreía aliviada por la vuelta de su hombre.
Bajo la tenue luz de las velas Prudencio hacía torpes intentos de mitigar la soledad de Gina con palabras llenas de promesas y a la madrugada, en la oscuridad total eran sus manos vehementes las que hablaban y transformaban esa tristeza en un éxtasis breve acompañado por los gritos de los monos capuchinos y la algarabía de las urracas.
No solo la soledad oprimía el corazón de Gina. Su temor más profundo se hizo realidad tal cual lo soñara muchas veces. El no regresó al caer el sol ni en la siguiente tarde. La ansiedad no la dejaba comer, ni dormir. Al tercer día se plantó en el comienzo del sendero y lo llamaba a los gritos: “Prudennnciooo… Prudennnciooo”. Pero solo la selva parecía murmurarle. En la siguiente mañana se aventuró un centenar de metros por el camino buscándolo. Su corazón casi se detuvo cuando halló su brújula apoyada sobre una roca.
Se dejó caer de rodillas sollozando amargamente hasta que poco a poco llegó la calma. El grito lastimoso del guacamayo la sacó de su estupor. Frente a ella un viejo y gordo yaguarundí tenía entre sus garras a la incauta ave. Sin pensarlo le arrojó la brújula atinándole en el lomo al felino que huyó dejando al maltrecho guacamayo.
Regresó a la casa cargada con su angustia y el ave herida. La inesperada tarea de enfermera veterinaria fue algo a lo que aferrarse mientras luchaba para conservar las esperanzas. Y las necesitaba más que nunca desde que las náuseas le dieron la certeza de que una nueva vida crecía dentro de ella.
 Recogía larvas e insectos para alimentar al pájaro herido. Una vieja caja llena de pasto seco sirvió para acostarla mientras fabricaba una rústica jaula con ramas. Una vez que estuvo lista llevaba a su paciente dentro de ella cuando recorría la picada.
No pasó mucho tiempo sin que el colorido parlanchín la imitara y voceara el nombre de él constantemente. Su mejoría era notable y al tercer día Gina decidió dejarlo en libertad. Puso la jaula con la puerta abierta bajo el alero y observó cómo el ave salía y emprendía vuelo hacia la selva mientras gritaba “Prudencio, Prudencio”.
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