miércoles, 13 de febrero de 2013

Juan y yo





Por Claudia Medina Castro.

Homenaje a Chuck Palahniuk.

“Descubre qué es aquello que más miedo te da y vete a vivir allí.” 
Monstruos invisibles

¿Un plan? ¿Tendrá un plan? La mera sugerencia ya resultaba irrisoria en un personaje como Juan. Imposible creerle ni la hora. Menos, cuando ponía ese acento afrancesado y neutro. Fue él el que se llevó consigo a sus seres más preciados para que vibren y sufran los bamboleos de su egocéntrica existencia. El mismo. ¿Da? No. No.

Volviendo a unos cuantos días antes, todo parecía relativamente bajo control. Unas casi vacaciones impulsadas más que planeadas por ciertos eventos latosos, como ser algunas denuncias de una mente aparentemente más desquiciada que la suya, ciertos cambios laborales, ciertas ganas de escapar, nada nuevo. Y yo ahí, acompañándolo.
Siento las vibraciones que emanan de esas paredes barrocas, su reino, nuestro reino y me sacan de tema. Porque lo que de verdad, de verdad, de verdad quiero es que Juan esté muerto. Porque mis padres quieren que esté muerto. Porque la vida sería mucho más fácil si Juan estuviera muerto.
Volvamos al principio del fin. Esto fue en la Gran Fiesta de Carnaval, esa que solo él podía armar y a la que todos, todos querían ir. Por supuesto, en su mansión heredada, como todo, de su poderosa y casi desaparecida familia. ¿Mi familia?
Todo lo mejor y en abundancia. Bocados, tragos, drogas, juegos y más.
Pasemos al momento Juan-sorpresa-Juan de la fiesta.
—¿Cómo es posible que no paremos de mutar y al mismo tiempo sigamos siendo el mismo virus mortal?
Lo dijo con la escopeta colgando de su brazo zurdo y obviamente sin esperar respuesta alguna bajó la escalinata pisando fuerte y lento (era su desfile glorioso, privado y personal).

miércoles, 6 de febrero de 2013

El tipo de la mesa de al lado




Por Bibi Pacilio.



"De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro". Roberto Fontanarrosa.


La verdad es que si el Pitufo no me lo decía, nunca me hubiera dado cuenta que el tipo se sentaba ahí, todos los días a la misma hora, medio tapado por la columna con cara de nada y un par de tazas de mate cocido en saquito que siempre dejaba por la mitad, no sé si por la cantidad de azúcar que le ponía, el Zorro se tomó el trabajo de contar los sobrecitos rotos una de esas tardes, o porque andaba con la billetera floja. Vaya uno a saber. Tampoco nos hubiéramos enterado que se la pasaba mirando la punta de sus zapatillas Topper si no fuera porque al Sordo se le puso en la cabeza que lo buscaba a él, “el hombre pierde las mañas pero no las culpas” lo increpó el Peluca y Marcelita volvió a las pistas de los recuerdos mientras los demás le echábamos, muy de vez en cuando, una relojeada al individuo, no porque nos interesara mucho su presencia pero siendo vecinos de mesa y en estos tiempos…
—Fijate que casi ni levanta la vista del suelo —me apuntó Beltrán que siempre fue muy observador y la verdad que el tipo parecía medio escondedor.
—Para mí que está vigilando a alguna minita
—No, muchachos, con esa cara de pelotudo lo único que puede vigilar es la telaraña que le cuelga al mentón del Nano. ¡Cómo les gustan los cuadros a los arácnidos estos!
La cuestión es que el hombre siguió firme en su puesto y nosotros sin escatimar personajes (la mayoría siniestros) ya no teníamos dudas que lo estaba haciendo a propósito. Raro que nunca nos dirigiera una mirada, teniendo en cuenta (humildemente) que siempre fuimos el centro de atención, “galanes al fin” y conste que el título nunca nos resultó pesado pero este tipo que encima se metía la uña en la oreja para escarbar no sé qué cosa, parecía como caído del catre, porque al cielo, doy fe no lo conocía ni de lejos.

miércoles, 23 de enero de 2013

La virgen




Por Laura de la Rosa.




El pasillo tenía la humedad de toda la Mesopotamia junta. Las paredes, que databan de principios del siglo pasado dibujaban historias de años y años. Capas de pintura de diferentes colores, de diferentes dueños, mostraban el transcurso del tiempo, como las paredes del Valle Pintado dibujando el paso de la vida.

Nunca presté atención a lo que me querían contar. El pasillo era turbio y oscuro. Lo veía como parte de un camino a recorrer para llevarme al mundo que me rodeaba. Hasta esa tarde en que las vueltas del destino me dejaron allí, y fue la primera vez que presté atención a todo lo que esas paredes decían.

La imagen que apareció ante mis ojos no me sorprendió al comienzo, solo se veía una mano, pequeña, de niña o quizás una mujer muy joven. Los dedos largos de piel muy blanca daban la sensación de un tersura extrema. Tenía un anillo en el anular y una pulsera de pequeñas piedras. Creí que era una alucinación, algo que formó mi mente luego de estar sentada una hora sin poder abrir la puerta de mi casa, con la mirada fija en las manchas de la pared. Creí que era la percepción de figuras que no existen pero que forman un todo armado, algo así como mirar las nubes y descubrir las imágenes más inverosímiles con forma de algodón de azúcar.


miércoles, 16 de enero de 2013

Los siete enanos






Por William E. Flemming.




Érase que se era, una tierra llamada Sadory. En ella, las gentes eran tan corrientes como lo somos nosotros, pero a diferencia de nuestro mundo, en ella había MAGIA. Un día, una joven morena de curvas sinuosas, Blanca, así es como la llamaba por su piel terriblemente igual a la niebla, iba como todas las mañanas a trabajar.

En Sadory las cosas eran exactas como aquí, por eso todos tenían que trabajar para poder vivir cómodamente como deseaban. Por ello, Blanca consiguió un trabajo en «Los Siete Enanos», uno de los locales más pintorescos y turísticos de la comarca.
Blanca trabajaba en lo que los demás llamaban un peepshow, un lugar donde los enanitos vendían el sexo que era ilegal en otros lugares de Sadory. Todo, ¿por qué?, por el hecho de que sufrieron un ERE en la mina donde trabajaban y no podían sustentarse de otro forma; así que supieron que lo que más dinero les podría dar era EL SEXO. No sabían cómo en todo Sadory a nadie se le había ocurrido; ya que era un invento nuevo. (Recordad que en los cuentos, los niños los trae las cigüeñas...)

miércoles, 9 de enero de 2013

La empresa de Mateo para ganar un corazón




Por Sebastián Elesgaray.


El domingo era el día perfecto para empezar. Para Mateo no habría descanso.

Salió a la calle pensando en Constanza, una idea fija en su mente. ¿Cuánto tiempo había esperado por una señal? Días, meses, años.

En la vereda de su casa vio a su primera víctima. No tenía nada contra él, era su vecino Andrés. Cortaba el pasto con una máquina vieja y ruidosa, en cuero y con la remera atada a la cabeza para protegerse del sol.

Mateo esperó a que pasara una motocicleta y después cruzó la calle. Andrés le daba la espalda, sin saber que estaba a punto de ser atravesado por un cuchillo. El alegre señor de cincuenta y tres años quería terminar cuanto antes su trabajo, para poder entrar y tomarse una cerveza mientras veía el partido por televisión.

Claro que no contaba con su muerte.

miércoles, 2 de enero de 2013

¡Calor!



Por Mauricio Vargas Herrera.



—¡Tenemos que salir de aquí! —dijo la chica, desesperada. Estaba apoyada contra la ventana, mirando la carretera desierta. Sus manos estaban pegajosas y cuando se separó dejó una huella húmeda sobre el vidrio.

—Ya le dije, señorita, que debemos esperar a que se oscurezca —dijo uno de los pasajeros —Es la única manera de salir sin problemas.
—¡Pero apenas son las doce del día, señor Stevens, y las llantas ya están hundiéndose!
—No hay otra opción… a menos que quiera terminar como el conductor. —El hombre miró a través de la ventana y los otros doce pasajeros siguieron su mirada. Afuera, sobre el asfalto ardiente de la carretera recién pavimentada, el cuerpo rechoncho del conductor del trolebús estaba boca arriba, inerte, con su piel rostizada por el sol y embadurnada con restos de alquitrán derretido.
Habían advertido que con la llegada del solsticio demoraría mucho más en oscurecer, pero nadie supuso que el calor se convertiría en aquel inefable fenómeno. Los animales habían enloquecido, ya se reportaban algunas emergencias en los hospitales por gente que se desmayaba y moría del calor y en algunas zonas del país se había declarado una repentina sequía de lagos y abastecimientos de agua. Todo estaba a punto de colapsar bajo aquel solsticio infernal. Y la inauguración de la primera línea de trolebuses interestatal no había escapado a aquella pesadilla. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Travesía


Por José Luis Bethancourt.


No era una vida fácil para el juglar Rodrigo esto de recorrer los polvorientos caminos entre León y Castilla, bajo dominación del Rey Fernando, pero no le quedaba más remedio si quería mantenerse vivo.
Caballero muy admirado en las cortes del anterior Rey Alfonso pasó a la fama no solo por ser un hábil jinete en los torneos extramuros sino por haber sido hallado dentro de la recámara de doña Juana, princesa de Aragón, demostrando su habilidad en tan bella montura. Sus buenos oficios con la espada le sirvieron esa noche para escapar solo con algunos rasguños en su pierna izquierda. Desde entonces su colorido traje y los malabares con los que encantaba a las damas fueron su medio de vida.
Sin embargo su espíritu inquieto no se calmaba con estas artes trashumantes, por lo que, sin pensarlo mucho, estando en Huelva se hizo a la mar el 3 de agosto de 1492 a bordo de una carraca menor conocida como Santa María.
No imaginaba al zarpar que pasarían casi cien días de penurias antes de pisar tierra firme, justo cuando se estaba arrepintiendo de su osadía al emprender este viaje, pero no de haber estado con la hermosa Juana. Fue el recuerdo de ella lo que mantuvo vivo su espíritu y la esperanza de que con su alejamiento temporal aquel episodio quedaría relegado al olvido y podría volver a las cortes.
A poco de desembarcar trabó amistad con varios miembros del pueblo taino sin que el idioma fuera un impedimento ya que el baile, la música y el juego de batú brindaban suficientes momentos para confraternizar.
Rodrigo aprovechaba los momentos de ocio para recorrer las costas y las selvas en compañía de Cayacoá, un amable cacique que tenía gran aprecio por este barbudo extranjero tan alegre. Así fue que con el correr de los meses la barrera del idioma dejó de existir y pasaban cada vez más tiempo conversando y respondiendo mutuos interrogantes sobre la vida de cada uno.
En uno de sus habituales recorridos salió al cruce, desde adentro de una cueva, una criatura, de colores gris y verde con patas cortas y cola larga. La intriga de Rodrigo dio paso a la risa y la sorpresa cuando escucho a Cayacoá decir que era una “Juana”
—¡“Juana”! Igual que la bella dama que espero volver a ver…
—No Juana. “Iwana” —aclaró el cacique.
—¡Iguana! —repitió alegre Rodrigo una y otra vez haciendo caso omiso de los intentos de ser corregido.
Y así fue hasta el día que el juglar regresara a la madre patria y fuera nuevamente acogido en las cortes de Castilla y con el beneplácito real contrajera nupcias con su amada Juana.
Sin embargo nunca olvidó a su amigo de las Indias y deleitaba a su esposa con la historia de la Iguana, ese animalito que se esconde en una cueva, según se lo relatara Cayacoá:

En un pasado muy lejano cuando los animales eran personas, había una niña muy hermosa pero de mal corazón. Por haber sido beneficiada con tanta beldad era soberbia y altanera. Sus manos eran encantadoras y hábiles como nunca se habían visto pero no hacía otro trabajo que tejer y coser ropa para ella misma; sin ayudar en nada a su madre y sus numerosos hermanos y hermanas a quienes trataba con desprecio. Su padre, queriendo darle una lección la despidió de la casa, dejándole solo lo que se había puesto al levantarse.
Conoció lo que era la pobreza, vivía en la selva y dormía sobre la hierba. Pero estos contratiempos no hicieron que cambiara su actitud, sino que se hizo más holgazana  Cada noche al pasar frío prometía levantarse temprano para conseguir materiales y tejer una manta nueva y coser un vestido. Pero por la mañana con el calor de sol se quedaba sentada todo el día calentándose con sus rayos y olvidaba la promesa de la noche anterior.
Al llegar el primer día del invierno buscó refugio en una cueva donde solían dormir otros animales. Poco después la encontraron muerta por el frío, cubierta de escarchas. Su padre acongojado por perderla pidió a los dioses que la convirtieran en un animal. Así fue que con el calor del mediodía salió de la cueva un feo animalito gris a tenderse al sol para calentarse.
Sin embargo  los dioses conservaron algo de su humanidad y por eso tiene manitos como de mujer, recordatorio de que no hay que ser egoísta y holgazana con las habilidades que uno recibió al nacer.




- FIN -




José Luis Bethancourt ha dispuesto que Mauricio Vargas Herrera, para su cuento corto a publicarse el miércoles 02/01, utilice las siguientes palabras: 1) solsticio; 2) edredón; 3) trolebús; y 4) mazorca.


miércoles, 12 de diciembre de 2012

Música y letra




Por Claudia Medina Castro.


Augusto Guerrero estaba cansado.
Veía cómo sus sueños se hacían humo descaradamente en su cara. Humo gris verdoso, como el que sube del mar anunciando un naufragio.
Sueños de algodón…
Envuelto constantemente en días complicados, se sentía invisible para los demás. La nube de su taquipsiquia era impúdicamente pesada. (No podía entender cómo semejante mole pasaba desapercibida.)
¿Cuánto tiempo más llevará?
Pasaba las horas simulando creer en algo (difícil faena...). Lo cual le resultaba como si mil niños lo acosaran con sus chillidos. Como si mil hembras le mintieran al unísono. Como si mil teles estuvieran encendidas en el canal más verborrágico. Demasiada interferencia.
Y no soportaba sus oídos abiertos, su permeabilidad.
¿Qué significa el silencio?
Con gran cuidado tomó los tapones anteriores y los actuales, los despojó de toda pelusa molesta y los sumergió en alcohol.
Me quiero morir mil veces, y una más.
La realidad no era mala. Solo la entendía poco. (Tapones limpios en sus oídos blancos.)
¿Qué significan esas voces?
Y las voces. Esas, que sonaban todo el tiempo y le bloqueaban la respiración hasta acudir una vez más al inhalador de emergencia. Esas, que rebotaban en su cabeza como una bata a lo Rush, pero sin aquella adrenalina.
¿Será la medicación?
Ya no esperaba esos ojos sonrientes que lo aceptaron sin preguntar. Menos, aquel gesto adelantando la caricia.
Y ese dolor constante que insistía, invadía… Y sin el más mínimo pudor se imponía; y lo podía…
¿Qué se me clava en los hombros?
Algo lo mantenía adusto, crispado, incómodo; defendiéndose del aire que los tocaba. No lograba acomodarse en su gabán recién puesto. Aun así, salió a subir.
Escalones aliviadores… ¿cuántos son?
Los trepaba con ardor, con la piel hecha pedazos y los ojos de papel…
¿Cuándo llegaré?
La música giraba en su garganta. Estrofas de otra vida, de otros sueños. Preguntas amontonadas y respuestas sin sentido… (Todo amotinamiento pareciera estar bajo control…)
Llegando a la puerta salvadora, la somnolencia tan ansiada empieza a crecer.
¿Empieza a crecer?
Ya no importa dónde van los manojos de deseos truncos. Apuntan hacia el cielo gris, ciego y sordo de neutralidad.
¿Qué música es esa?
Su alma reconoce los tonos de su estirpe. Y sus alas se rehacen.
¿Qué clase de vuelo es este?
Es el vuelo que vibra en sus ansias, repletas de amor.
¿Adónde debo ir?
Desde aquí, bien derecho a la eternidad.
…

C. M. C.
11.12.12
(…con secuelas de letras y músicas incrustadas en las células…)


- FIN -



Claudia Medina Castro ha dispuesto que Juan Esteban Bassagaisteguy, para su cuento corto a publicarse el miércoles 19/12, utilice las siguientes palabras: 1) descontrol; 2) derrota; 3) dibujo; y 4) donaire.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Resurrección




Por Bibi Pacilio.


Se terminaba noviembre y pensé con toda razón que los adoquines se reían de mí. No podía juzgarlos, su naturaleza los había acostumbrado a la dureza, al taconear, el repiquetear, a las huellas incoloras (algunas verdosas), a mirar en puntas de pie, como en un abismo irrisorio sobre una piedra, un poco más alta, más gruesa o acaso más liviana. El camino no era nuevo, podría contarles miles de recorridos pero ninguno como este que me deja alerta ante un cuerpo desconocido.
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Fue otro el tiempo de los aromas que palpitantes embriagaban la cocina. Isabela había llegado de quién sabe dónde para ocupar el lugar que otra mujer había dejado al marcharse para siempre. Lorenzo se enamoró de sus manos, ninguna de las otras, las habían lamido con placer después de enterrarlas en la humedad de la tierra. Se casó con ella y la huerta creció opacando los rumores que en el pueblo lo habían condenado a la soledad.
Vinieron estaciones de buena cosecha y lujuria, de plegarias y acechos, como los vientos que encandilados por la luna derrochan sus ráfagas en noches de quimeras. Fue una noche, la primera, cuando las habas rodaron por el piso y el hechizo desató la tempestad.
La piel de Isabela enrojeció como los días, mientras el hombre recuperó su empeño. Nadie dijo nada cuando el carro se arrastró de nuevo por el empedrado del pueblo sin prisa y otra vez volvieron las plegarias en la iglesia: “Socórrelo Señor, dale entereza”.
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