miércoles, 12 de diciembre de 2012

Música y letra




Por Claudia Medina Castro.


Augusto Guerrero estaba cansado.
Veía cómo sus sueños se hacían humo descaradamente en su cara. Humo gris verdoso, como el que sube del mar anunciando un naufragio.
Sueños de algodón…
Envuelto constantemente en días complicados, se sentía invisible para los demás. La nube de su taquipsiquia era impúdicamente pesada. (No podía entender cómo semejante mole pasaba desapercibida.)
¿Cuánto tiempo más llevará?
Pasaba las horas simulando creer en algo (difícil faena...). Lo cual le resultaba como si mil niños lo acosaran con sus chillidos. Como si mil hembras le mintieran al unísono. Como si mil teles estuvieran encendidas en el canal más verborrágico. Demasiada interferencia.
Y no soportaba sus oídos abiertos, su permeabilidad.
¿Qué significa el silencio?
Con gran cuidado tomó los tapones anteriores y los actuales, los despojó de toda pelusa molesta y los sumergió en alcohol.
Me quiero morir mil veces, y una más.
La realidad no era mala. Solo la entendía poco. (Tapones limpios en sus oídos blancos.)
¿Qué significan esas voces?
Y las voces. Esas, que sonaban todo el tiempo y le bloqueaban la respiración hasta acudir una vez más al inhalador de emergencia. Esas, que rebotaban en su cabeza como una bata a lo Rush, pero sin aquella adrenalina.
¿Será la medicación?
Ya no esperaba esos ojos sonrientes que lo aceptaron sin preguntar. Menos, aquel gesto adelantando la caricia.
Y ese dolor constante que insistía, invadía… Y sin el más mínimo pudor se imponía; y lo podía…
¿Qué se me clava en los hombros?
Algo lo mantenía adusto, crispado, incómodo; defendiéndose del aire que los tocaba. No lograba acomodarse en su gabán recién puesto. Aun así, salió a subir.
Escalones aliviadores… ¿cuántos son?
Los trepaba con ardor, con la piel hecha pedazos y los ojos de papel…
¿Cuándo llegaré?
La música giraba en su garganta. Estrofas de otra vida, de otros sueños. Preguntas amontonadas y respuestas sin sentido… (Todo amotinamiento pareciera estar bajo control…)
Llegando a la puerta salvadora, la somnolencia tan ansiada empieza a crecer.
¿Empieza a crecer?
Ya no importa dónde van los manojos de deseos truncos. Apuntan hacia el cielo gris, ciego y sordo de neutralidad.
¿Qué música es esa?
Su alma reconoce los tonos de su estirpe. Y sus alas se rehacen.
¿Qué clase de vuelo es este?
Es el vuelo que vibra en sus ansias, repletas de amor.
¿Adónde debo ir?
Desde aquí, bien derecho a la eternidad.
…

C. M. C.
11.12.12
(…con secuelas de letras y músicas incrustadas en las células…)


- FIN -



Claudia Medina Castro ha dispuesto que Juan Esteban Bassagaisteguy, para su cuento corto a publicarse el miércoles 19/12, utilice las siguientes palabras: 1) descontrol; 2) derrota; 3) dibujo; y 4) donaire.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Resurrección




Por Bibi Pacilio.


Se terminaba noviembre y pensé con toda razón que los adoquines se reían de mí. No podía juzgarlos, su naturaleza los había acostumbrado a la dureza, al taconear, el repiquetear, a las huellas incoloras (algunas verdosas), a mirar en puntas de pie, como en un abismo irrisorio sobre una piedra, un poco más alta, más gruesa o acaso más liviana. El camino no era nuevo, podría contarles miles de recorridos pero ninguno como este que me deja alerta ante un cuerpo desconocido.
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Fue otro el tiempo de los aromas que palpitantes embriagaban la cocina. Isabela había llegado de quién sabe dónde para ocupar el lugar que otra mujer había dejado al marcharse para siempre. Lorenzo se enamoró de sus manos, ninguna de las otras, las habían lamido con placer después de enterrarlas en la humedad de la tierra. Se casó con ella y la huerta creció opacando los rumores que en el pueblo lo habían condenado a la soledad.
Vinieron estaciones de buena cosecha y lujuria, de plegarias y acechos, como los vientos que encandilados por la luna derrochan sus ráfagas en noches de quimeras. Fue una noche, la primera, cuando las habas rodaron por el piso y el hechizo desató la tempestad.
La piel de Isabela enrojeció como los días, mientras el hombre recuperó su empeño. Nadie dijo nada cuando el carro se arrastró de nuevo por el empedrado del pueblo sin prisa y otra vez volvieron las plegarias en la iglesia: “Socórrelo Señor, dale entereza”.
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miércoles, 28 de noviembre de 2012

Santo Ocho




Por Laura de la Rosa.


Tengo una buena cámara y además tengo un excelente ojo. La capacidad que pueda tener el último de los modelos de una cámara de calidad es diminuta si la mirada del fotógrafo no encuentra la imagen que está buscando.
No veo cosas. No veo personas. Veo solamente fotos.
Fotógrafa tiempo completo en el New York Times, amante de esas redacciones como laberintos donde cientos de amigos y colegas dejan su vida por obtener un Pulitzer. Mi equipo de trabajo es una Nikon D800, un aparato que me permite captar lo que quiera. No voy a ponerme con especificaciones técnicas, sino que voy a resumirlo así, mi cámara es como el chico de mis sueños, el aparato perfecto.
Vivo en New York desde hace dos años, costó adaptarme al estilo de vida de este lugar, tan bizarro algunas veces, tan estructurado otras y sin embargo por primera vez en mucho tiempo me siento casi como en casa.
The Yossi Milo Galery, ubicada en West Chelsea, me propuso exponer a principios de octubre, la idea es entregar una foto por día, ocho días consecutivos, imágenes que expresen lo que siento o sentí durante esos días, la última foto la debo enviar el mismo día de la exposición. La oportunidad es única, solo tengo que encontrar la foto indicada.
Laura de la Rosa
“Todas las fuerzas giran sobre la base del Santo Ocho”
Yossi Milo Gallery is pleased to announce All the forces revolve around the holy eight, an exhibition of color photographs by Laura de la Rosa. The exhibition will open on Wednesday, August 8.
El nombre no surgió de manera casual, cuando el director de la galería propuso esta exposición me dijo que pronto recibiría un mail con algunas indicaciones, ese día entre la correspondencia que habían dejado en la puerta del departamento encontré un sobre gris que adentro tenía escrito lo que daría nombre a mi obra. Claro que ese no fue el mail que yo debía recibir, y tampoco esas indicaciones las seguí, mi exposición tenía que estar vinculada a lo que decía ese sobre, todas las fuerzas giran sobre la base del Santo Ocho, ¿cómo llegó a mí, quién lo envió? eran preguntas que comenzaba a hacerme pero aún no tenían explicación.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El juego del ocho



Por William E. Fleming.


Al final solo quedamos ocho: Juan, Bibi, Claudia, Mauro, Sebastian, José Luis, Laura y yo. Todos alrededor de una mesa con un tapete verde en lo alto de un edificio. La ciudad sitiada y desierta bajo nuestros pies.
Juan zarandeó en su mano el cubilete, el sonido de los dados jugaba con el eco sordo. Lanzó su interior sobre el pasto, y las cinco figuras bailaron en un vals loco hasta pararse en una de sus caras: todas extrañamente tenían un ojo. Juan nos miró a todos y en su ojo derecho, el único que le quedaba, pudimos ver la resignación.
Con el turno de Bibiana, que le costaba poder mover los cubiletes con el único brazo y apenas tres dedos de su mano izquierda, Juan se despidió y saludó a los presentes en un arqueamiento de cabeza. Los dados bailaron y las figuras que salieron fueron una pierna y lo que parecía el dibujo de un hígado. Al fondo Juan se perdió por la inmensidad oscura de la puerta.
Bibi carraspeó y soltó un pequeño alarido de angustia. Intentó marcharse pero se cayó de la silla y todos pudimos verla cómo se movía en el suelo como un pez coleando fuera del agua, con una sola pierna. Mientras Mauro la recogía del suelo el turno de Claudia se formuló rápidamente, con pericia, sin pestañear, lanzó los dados sobre la mesa. Su resultado hizo que el silencio se apoderara de todos. Su boca inexistente no pronunció palabras, y su ojo de cristal no lloró cuando los dados enseñaron un rojo corazón.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Excusas para matar




Por Sebastián Elesgaray.


Estábamos en el cielo. Todos.
Bueno, en realidad llegamos hasta la azotea.
—En Argentina le decimos terraza —comentó Juan con una sonrisa.
El editor asintió y devolvió el gesto. Era gordo, bajito, con una pelada que le estaba ganando terreno sin discriminar ninguna parte de la cabeza. Un anillo de oro decoraba su anular derecho. Un prendedor de oro sobresalía de la solapa de su saco. Prendió un habano con un encendedor de oro. Y cuando sonrió, un diente de oro brilló al sol. No supe bien qué pensar, pero sentí un poco de asco. ¿Era necesaria tanta parafernalia? ¿Sería así todos los días o nada más cuando se juntaba por reuniones de trabajo?
—Lo que queremos de ustedes —dijo en un español atravesado—, es que publiquen con nosotros todos sus próximos cuentos. Los que están en el blog ya no sirven, no son inéditos. Pero a partir de ahora nos gustaría que trabajen para nosotros.
Nos miramos entre todos. William se pasó la mano por la barba y levantó las cejas. Sus ojos francos estaban fijos en el editor.
—¿Y eso por qué?
Siempre me causó gracia el acento de los españoles y cuando William habló no pude evitar sonreír. Vi que a Laura también le causaba y asentimos en silencio.
—Buscamos nuevos talentos. Escritores que rompan un poco el esquema. Estamos un poco cansados de los multimillonarios pedantes que rebalsan el mercado con los palabreríos típicos de quien busca ganar dinero.
Mauro levantó la mano despacio. Temblaba un poco, expresando que no disfrutaba el frío de Nueva York.
—Eh… ¿Cómo nos encontró?
—Yo no los encontré. Tenemos gente que se dedica a navegar por la web en busca de ustedes.
Pasaje de avión. Alojamiento. Movilidad. Todos los gastos pagos. Era demasiado bueno para ser verdad.
Al lado mío, Juan fruncía el ceño. Parecía concentrado, incluso ido. No lo conocía mucho. En realidad no conocía mucho a nadie, salvo por Facebook. Bibi, Claudia, Laura, Juan, José y yo, todos los argentinos, nos habíamos conocido un poco en el avión. Había compartido asiento con Juan, pero el muy jodido había dormido todo el viaje como si estuviera muy pancho, mientras que yo no podía dejar de morderme las uñas como una colegiala nerviosa por una primera cita.
—Che, ¿y por qué una reunión acá arriba? —dije.
Juan me miró. Había hecho la pregunta que él quería hacer.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Acróstico





Por José Luis Bethancourt.


Encuentra La Silenciosa Azotea Nunca Terminada Observa Obedientemente Cuando Haya Oscuridad

El mensaje fue deslizado por debajo de la puerta del hangar a las 8 de la mañana del 8 de agosto. El día y la hora no resultaron desconocidos a todos los que se hallaban presentes aquella mañana. Años atrás, ocho para ser exactos, Bibi recibió una nota para asistir a ese lugar. Al llegar bien vestida la invitaron a pasar a un cuarto aislado y sin advertencia dos enfermeros la sujetaron mientras era inyectada en el brazo izquierdo. Nunca recibió respuesta a su pregunta “¿por qué?” ni ese año ni los siguientes siete años. Pero tomó muy en serio la advertencia de mantener estricto secreto sobre lo ocurrido y volver a ese lugar cada año. Nunca más fue inoculada pero cada vez un nuevo compañero era introducido en ese cuarto para recibir el mismo tratamiento y partir con una gran duda.

Esta mañana luego de que me inyectaran a la fuerza pude saber por el relato de todos ellos que era la primera vez en ocho años que recibían un indicio, una pista, algo que les daba razón para creer que tendrían una respuesta. Además de la particular misiva en formato circular dejada bajo la puerta había sobre la mesa ocho sobres identificados cada uno con nuestros nombres. Nunca me pareció tenebroso ver “José Luis” escrito hasta que vi el sobre dirigido a mí. Esas letras negras, grandes y de apariencia gótica parecían destilar un mal presagio. Dentro había solamente una llave numerada, al igual que en los sobres de mis compañeros de fortuna.

Tendríamos que salir de ese cuarto para tratar de descubrir qué ocurría... Apoyé mi oído en la puerta y no percibí actividad del otro lado. Sin dudar moví el picaporte y la puerta se abrió sin resistencia. Cautelosamente fuimos saliendo. Decidimos permanecer todos juntos. Nos unía un destino común y sin tener que mencionarlo sabíamos que solo sobreviviríamos a lo que viniera si permanecíamos unidos.

jueves, 18 de octubre de 2012

Ocho al ocho





Por Claudia Medina Castro.


Era sabido que no es fácil acceder a azoteas ajenas.
Eso hacía más complejo cumplir con el acuerdo irrevocable convenido horas antes en lo más alto del edificio de Juan.
Mis manos habían desaparecido un rato antes de llegar. A Mauro le pasó lo mismo. Bibi perdió sus ojos horas atrás, cuando se encontró con Juan en idéntica situación. A pesar de eso, no dudó en darme sus manos para que haga algo.

Mauro me seguía, manco también, incondicionalmente.

Y todo por ese mail anónimo y letal:

“Ya Están Muertos. Todo Lo Que Reciban Es Un Regalo. Todo Lo Que Puedan Hacer, Una Oportunidad.
Los Ocho, El Ocho, A Las Ocho, En Donde Todo Comenzó.”
No teníamos escapatoria. Y lo sabíamos.
∞
A mi me tocó una parte complicada. Trasladarnos a los cuatro hasta el lugar de la cita, que era la azotea más antigua y emblemática de esa ciudad.
Edificio exótico como ninguno. Rodeado de gárgolas amenazantes y habitado por seres que aparentemente vivían de fiesta.
Cada piso tenía un sello diferente. Algunos llenos de antigüedades ignotas; otros vacíos; otros impenetrables.
Las gentes que vivían allí eran registradas y reconocidas por su ADN ancestral. Los ilustres y esporádicos visitantes lo hacían con un código implantado por sus anfitriones en la yema del anular derecho.
Solo para pocos.
Y nadie, NADIE tenía acceso a la última azotea. El motivo primigenio era que las voladizas terrazas privadas que lo circundaban eran demasiado redondas y completas, demasiado bellas para desear ir más allá... (Ni noción de que allá, en lo más alto, se sellaría cierta historia antigua para dar lugar a… bueno, a otra).
∞

miércoles, 10 de octubre de 2012

Camaradas





Por Bibi Pacilio.


Desperté y estaba todo oscuro. Es cierto que para mis ojos  esto no hubiera sido un suceso digno de tener en cuenta, si mis manos hubieran olvidado, solo por una vez, el gesto cotidiano (el primero de la mañana) de golpetear los párpados con los dedos buscando ilusos una señal de luz.
Estaban vacíos y comprobé aterrada que el mensaje que había recibido la noche anterior no era un sueño. Ni siquiera me atreví a lavarme la cara, pensando que esos dos agujeros sin fondo, serían tan capaces de tragarme entera como de ahogar de un solo trago mi respiración. Por un instante las palabras del Dr. Sebastián Elesgaray volvieron a mi mente, “Primero el brillo, después la vacía oscuridad”.
Tardé más tiempo del habitual en colocarme el abrigo y cubrir la mitad de mi rostro con los anteojos negros que nunca había querido usar; encontrarlos en algún cajón de mi departamento me llevó varias horas y algunas manchas violáceas se dejaron sentir sobre la piel acalambrada por el miedo pero la sensación de mis índices hundidos en aquel abismo desató entre mis instintos uno que aún no conocía.
Tenía que hacerlo sola. Si hubiera pedido ayuda, los pocos seres en lo que todavía podía confiar habrían intentado inmovilizarme, llenarme de razones, aferrarme al consuelo de sus brazos sin detenerse en el mensaje, que por alguna inexistente razón, había traspasado mis órganos. Caminé la mañana por primera vez como si esas cavidades que ahora me sostenían me despojaran también,  de aquellos sonidos, de aquellos olores necesarios. Pisé fuerte las sombras, aspiré el perfume de las alcantarillas y me acordé del crepitar del fuego en alguna esquina.
Lo intenté todo, después del bramido del bastón que blanco voló por el azul, los pasos tentativos hacia el hielo perfumado, las lágrimas incoloras volviéndose chasqueares de periódicos, de suelas, de abanicos sin rumbo, aquella vez distinta cuando Sebastián me recordó que existían otros mundos, esos que con la lente alguna vez se olvidan. Tenía que hacerlo sola y cuando la puerta se abrió me sentí como el héroe que había caminado por fin.
El ocho de agosto, con dos agujeros en mis ojos y carente del elixir de mis sentidos llegué por obra de un sueño al primer escalón de una escalera infinita y por primera vez, cuando mi pie izquierdo tanteó la pared que me separaba de ese otro mundo paralelo, me sentí una elegida.
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miércoles, 3 de octubre de 2012

Ocho personas





Por Bibi Pacilio.


“Todas las fuerzas giran sobre la base del Santo Ocho”

Ocho personas, ocho razones y un número infinito que va a marcar el destino de todos.
Ninguno sabía el porqué del mensaje, pero todos debían estar ahí, a la misma hora. En el edificio más antiguo de New York, las pesadas puertas de madera se abrirían nuevamente para volver a cerrarse cuando solo las estrellas iluminaran sus rostros. La duda no estaba permitida, ni siquiera la curiosidad. Ellos, los ocho, sabían que no podían faltar a la cita, porque la voz que los había convocado era la que cada uno debía oír.
Sin presagios ni catástrofes, sin bolas de fuego iluminando el cielo. Esta vez y por alguna misteriosa razón, el día imaginado por el cine, temido por los devotos e idealizado por los fanáticos, había llegado.