miércoles, 20 de mayo de 2015

Matar a Sebastián




Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Matar a Sebastián, matar a Sebastián, matar a Sebastián…
(El hombre camina por las calles internas de la Feria del Libro de Buenos Aires. A un costado y a otro brillan los stands de las editoriales y librerías más representativas. Mira fijo al frente, los ojos rojos, lacrimosos).
Hijo de puta. Y la puta que lo parió. ¡Y la puta madre que lo recontra parió!
(Masculla para sus adentros mientras acelera el paso. Aunque la multitud, que abarrota el predio ferial de Palermo, le impide llegar a su destino con la celeridad que le gustaría. Es viernes 1 de mayo de 2015, feriado en Argentina, y la concurrencia a la Feria es la mayor de los últimos quince años).
El de 2015 venía siendo un enero de descanso estival inmejorable. Pero, por mi culpa,  todo giró ciento ochenta grados de un día para el otro: fui yo el que llevó el libro a las vacaciones. Lo tendría que haber dejado en casa, criando telarañas y sepultado en la biblioteca. Qué boludo que fui. ¡Qué boludo! Si estábamos al pelo con Mariana y los pibes, pasándola de diez… Al pedo me puse a leer «Tierra de Nadie» habiendo tantas novelas para disfrutar. ¡Boludooo! ¡Sebastián Elesgaray, y la concha de tu hermana!
Si algo tiene Mar del Plata es su oferta de librerías. Libros, libros y más libros, por doquier y a diestra y siniestra. Tendría que haber leído otra cosa —Fontanarrosa, ponele— y no la novela de mierda esa. ¿Por qué? Y… porque es demasiado genial.
(Gotas de sudor caen por sus mejillas, y dos aros oscuros se forman bajo su camisa celeste, a la altura de los sobacos. Es alto, de unos cuarenta años, barba candado y anteojos. Y lleva una mochila negra).
Lo conocí en 2011 a través de las redes sociales. En realidad, conocí sus letras, su estilo de redacción. Y enseguida me deslumbró. Quería escribir como él, llegar al lector como llega él; suspenso, violencia, drama, todo lo maneja de manera impecable. Un escritor de puta madre.
Y parecía que lo iba a lograr. Y más cuando me uní con él y otros seis escritores (los argentinos Bibiana Pacilio, Claudia Medina Castro, Laura de la Rosa y José Luis Bethancourt, el colombiano Mauricio Vargas Herrera y el español William Fleming) en «Historias En La Azotea», un blog para compartir nuestros relatos. Ya lo tenía, ya casi era como él. Y al tipo se le ocurre editar una novela. ¡Nooo! ¡Una novela! Mi sueño, mi gran sueño.
Que él me robó. No tenía derecho a editar primero que yo. No tenía derecho. Yo quería ser el primero en ver reflejadas mis historias en papel. No tenía que ser él. Yo soy mejor. ¡Yo soy mejor! ¡¡¡YO SOY MEJOR!!!
(Dos bibliotecarias afiliadas a la CONABIP, que acarrean sendos carritos de metal con cajas repletas de libros recién adquiridos —y que entorpecen el andar de toda la gente—, miran al hombre que, diciendo en voz alta «¡¡¡Yo soy mejor!!!», las acaba de cruzar. La más joven se toca con el dedo índice la sien derecha y gira su mano en el inequívoco signo que identifica a de la locura. La otra asiente en silencio).
Leí «Tierra de Nadie» en solo tres días. Setenta y dos horas del verano marplatense destinadas a la novela. Qué hijo de puta Sebastián: se mandó una historia impresionante, destinada a ser punta de lanza en las novelas de suspenso y horror de nuestro país (un género al que las editoriales chotas de Argentina no le dan ni cinco de pelota).
Y, cuando cerré el libro luego de la última página, vi mi única salida. ¿Quería ser mejor que Sebastián? Sí. Pero con ese nivel que tenía el escritor platense me iba a ser imposible. Salvo… salvo que el tipo desapareciera de la faz de la Tierra. No le dije nada a Mariana —tan boludo no soy—, pero el plan se me vino a la mente con una lucidez que ni yo mismo pensaba que tenía.
¿Me gustaba matar a los personajes de mis cuentos? Sí, me encantaba. Bueno, ahora lo iba a llevar a la realidad: tenía que matar a Sebastián Elesgaray.
(Gira por un corredor y frena de golpe: a solo diez metros ve la enorme «B» color gris que identifica a la editorial que se ha transformado en su peor enemiga. Ediciones B, que llevó adelante, bajo su sello «B de Blok» la publicación de «Tierra de Nadie» con rotundo éxito.
Palpa con su mano izquierda la mochila negra que cuelga de su hombro derecho. Se tranquiliza al comprobar que lo que lleva en su interior sigue ahí.
Mira su reloj de pulsera. Las 15:45. La firma de ejemplares ya ha comenzado. Sonríe. Y renueva la marcha).
Lo mejor para que Sebastián no se diera cuenta de nada, era dorarle la píldora. Y por eso me comuniqué con él a través de Facebook, felicitándolo por «Tierra de Nadie»; y di a conocer su novela por todos los sitios web que pude. Face, G+, Blogger… —publiqué una entrada en mi blog con una reseña que ni te cuento. Sebastián quedó fascinado con ella, ja—.
Y, mientras tanto, empecé a operativizar la estrategia. Busqué por internet y vi su foto en la página de Ediciones B. Iba a estar en la Feria del Libro el 1 de mayo; primero, presentando «Tierra de Nadie» en la Sala Adolfo Reyes a las 14:30; y luego, firmando ejemplares en el stand de la editorial a las 15:30. Bien, bien, muy bien. Ya tenía fecha y hora para matarlo.
Ahora faltaba organizar el viaje de Rauch a Buenos Aires. Eso no fue problema: convencí a Mariana, docente, de viajar ese día a la Feria del Libro; y ella, a través del gremio al que pertenece, juntó a un grupo de colegas y, conmigo como único representante masculino, llenamos una combi de una empresa local de viajes (nuestros hijos se quedaron con una de sus abuelas).
¿Y el arma? Un revólver calibre .45, que era de mi viejo y que tomé de la casa de mi vieja el domingo anterior al viaje, en un momento en que desaparecí del tradicional almuerzo familiar, mintiendo que iba al baño, para ir a su habitación y tomar el arma —y seis balas— que papá guardaba en el ropero. Me la puse en la cintura, bajo el pulóver (las balas, al bolsillo); nadie lo notó.
Y llegó el día.
En la noche previa al viaje, esperé a que Mariana se durmiera y, entonces, me levanté, cargué el tambor del revólver y guardé el arma al fondo de la mochila (que no regresaría llena de libros), debajo de una agenda. Ella nunca se dio cuenta de que llevaba conmigo un elemento extra. Y fundamental.
Los de seguridad de la Feria tampoco notaron nada. Es impresionante: podés entrar al predio cargando una bazuca, que los tipos ni pelota. Nunca me revisaron la mochila. Yo, feliz.
Y, bueno, acá estoy. Son las 15:45 del viernes 1 de mayo de 2015, la Feria del Libro está hasta las verijas de gente, Mariana se me perdió en un stand de libros de educación junto a tres de sus colegas, y tengo a la editorial de mierda ahí nomás.
Ya es hora. Chau, gente.
(El hombre camina hacia el stand de Ediciones B. El lugar está lleno de gente, pero puede ver a Sebastián firmando ejemplares de «Tierra de Nadie». En un momento, el escritor levanta la cabeza y hace una seña a la multitud que espera por sus autógrafos. Cuatro personas se acercan, se funden con él en un abrazo y, luego, miran hacia una mujer que se dispone a sacar la fotografía para rubricar el momento.
Distingue a todos ellos: son los argentinos que comparten con él el blog «Historias En La Azotea». Bibiana Pacilio, que ha venido a la Feria del Libro desde Rosario para estar con Sebastián; Laura de la Rosa, que se ha hecho tremendo viaje desde Bariloche por el mismo motivo —odia a las dos por igual: nunca habrían hecho lo mismo si hubiera sido él quien hubiera publicado su primera novela—; Claudia Medina Castro y José Luis Bethancourt, porteños los dos, con la Feria a la vuelta de la esquina. Quien saca la foto es la esposa de Bethancourt.
«Manga de hijos de puta», insulta para sus adentros, «no me avisaron que venían. Me dejaron afuera los forros de mierda».
Lo que sigue a continuación dura menos de veinte segundos.
A puro empujón, el hombre avanza entre la gente que curiosea el evento de firma de ejemplares; mientras lo hace, descuelga de su hombro la mochila, la abre y saca el revólver.
Sebastián Elesgaray y los cuatro escritores que lo abrazan mutan su sonrisa por una mueca de pánico.
Es lo último que hacen.
Con extraordinaria puntería, el hombre descerraja cinco tiros, cada uno de ellos en medio de la frente de sus (ex) colegas —«como el tío “Romanito” cuando cazaba perdices en el campo», piensa mientras dispara: «siempre a la cabeza»—.
La última bala es para él. Apoya el cañón del .45 contra su sien derecha y dispara.
Y su calvario concluye.
*****
El gentío huía del predio ferial de Palermo, desbandado y aterrorizado por las detonaciones que acaban de producirse en uno de los pabellones. En sentido contrario avanzaban las fuerzas de seguridad de la Feria del Libro, corriendo junto a los agentes de salud contratados para cualquier eventualidad. Cientos y cientos de personas se agolpaban en las dos entradas a la Rural y, entre codazos y apretujones, se escabullían como podían.
Entre ellos, un calvo de barba candado y anteojos —que recuerda a Walter White, el protagonista de Breaking Bad—, quien, luego de abandonar el lugar a las corridas, se metió en el primer locutorio que encontró. Pidió una cabina y realizó una llamada.
—¿Sí? —preguntó una voz masculina del otro lado de la línea.
—Ya está hecho.
—Bien.
—Pero no fui yo. —Hizo una pausa y continuó—: Un fulano se me adelantó.
—¿Quién?
—No lo sé. El tipo enloqueció: mató a los cinco y después se suicidó. Un flaco alto, pelirrojo, de anteojos y con una barba entrecana, de pocos días.
«Bassagaisteguy», dedujo el otro antes de hablar.
—No se preocupe. Usted igual recibirá lo suyo. —Cortó la comunicación y arrojó el celular (un viejo Nokia 1100 que usa solo para estos casos) al sillón del living del departamento que habitaba, en pleno centro porteño.
Caminó hacia el ventanal de la sala, que daba a una de las principales avenidas de la gran ciudad, y encendió un cigarrillo. Aspiró el humo con ganas y lo exhaló con un profundo suspiro. Y meditó.
De Bassagaisteguy pensaba encargarse él en persona. Iba a ser el último eslabón a romper de la cadena «Azotea». Lo había notado al leer los cuentos publicados en el blog donde los ocho compartían sus relatos: el tipo era un escritor sanguinario. Como a él le gustaban. Y se notaban a la legua sus ganas de publicar en papel. Sabía que no hubiera podido resistirse a la entrevista que él, como gerente editorial de Ediciones B, le ofrecería; y, ya a solas, el paso de la vida a la muerte del escritor bonaerense —y luego la desaparición del cadáver— sería un trámite.
Con Sebastián Elesgaray había firmado un contrato según el cual, si el escritor fallecía antes de transcurridos dos años de la publicación de «Tierra de Nadie» —la novela había visto la luz a mediados de 2014—, todos los derechos reservados pasaban a su nombre, como único representante legal de Ediciones B.
Y no había escatimado en gastos para cumplir con su propósito: pasajes gratis en avión para las escritoras Pacilio y de la Rosa, residentes en el interior del país e invitadas especialmente a la firma de ejemplares de Elesgaray, más otro par de invitaciones personalizadas para Medina Castro y Bethancourt. Sonrió ante la facilidad con que había convencido a todos de reunirse en el evento para tenerlos a su merced.
En Buenos Aires abundaban sicarios, y solo había que encontrar al correcto. Él lo había hecho. Y, cuando venía todo encaminado, Bassagaisteguy había metido la pata.
Dio una profunda calada a su cigarrillo y reflexionó. No importaba. Lo esencial era que seis de los ocho escritores del blog «Historias en la Azotea» estaban muertos. Y su plan para quedarse con los derechos de autor de las obras publicadas allí continuaba vigente, gozando de buena salud.
Era increíble. Todos los cuentos de ese blog eran excelentes. Estaba claro que había que pulirlos en cuestiones gramaticales —para eso él era editor—, pero la calidad de los relatos era innegable. Y, según había podido averiguar en la Dirección Nacional de Derechos de Autor, ninguno de ellos estaba registrado.
Y la codicia había podido más. Si los ocho escritores morían, él podría inscribir como propias todas esas historias. O a través de algún escritor que le prestara su nombre. Sí, eso sería lo mejor: un contrato bien leonino con algún escritor capaz de vender su alma al diablo por publicar por primera vez.
Apagó el cigarrillo en el cenicero justo cuando sonaba el ringtone del Nokia. Cerró los ojos antes de observar la pantalla. ¿Llamarían de España o Colombia? Apostaba todo a que llamaban de la península ibérica. Los sicarios contratados para asesinar al toledano William Fleming y al bogotano Mauricio Vargas Herrera, los últimos escritores vivos de la «Azotea», ya deberían haber cumplido con su tarea. Y los derechos de autor que ansiaba serían suyos a la brevedad.
Abrió los ojos y miró la pantalla del celular.
Y, sonriendo, contestó.


3 comentarios:

  1. Enero en Mar del Plata y Mayo en La Rural, si no nos cruzamos fue de purísima casualidad Juan.
    Tremendo, tremendo, TREMEEEENDO, relato.
    En algún momento leí comentarios de antiguas entradas de tu blog personal donde decías el pudor que te daba incluír "malas palabras" en tus cuentos, y me río al pensar en todas las que en este cuento leí.

    Inmejorable combinación de ficción con realidad, lo manejaste con una naturalidad casi casi terrorífica.

    ¡Cuidate Sebastián! (Por las dudas)

    ¡Un fuerte abrazo y que el éxito los acompañe a cada uno de ustedes por igual!
    Nos estamos leyendo :)

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    1. Gracias por tus palabras, Elliott, siempre tan amables.
      Mirá vos, che, es verdad, no nos hemos cruzado de casualidad, je.
      Sí, es como vos decís: cuando pude vencer esa resistencia mental a escribir palabras subidas de tono (ello, fundamentalmente, gracias a mi participación en los ejercicios del Taller Literario de «El Edén De Los Novelistas Brutos»), me liberé de una mochila enorme; y, creo, los diálogos y contextos donde se desarrollan las tramas de mis historias mejoraron bastante.
      ¡Saludos!

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    2. Crees bien, aunque más que decir "mejoraron" - ya que son habitualmente bastante buenos - diría "alcanzaron una mayor verosimilitud con la vida cotidiana; llevando al lector a niveles de identificación altísimos.

      Estaré más atento en playas y ferias por venir jaja

      ¡Saludete!

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