miércoles, 13 de agosto de 2014

María de los Ángeles tiene calor




Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Te observo bailar y te odio todavía más.
Girás al ritmo del vals que suena en el salón, con él tomándote de la cintura. Todos los invitados te observan brillar y aplauden, acompañando tu alegría. Estás bellísima, con un vestido blanco que deja tus hombros al descubierto. Y él, de impecable traje negro, está más hermoso que nunca.
Federico, que era mío y me lo robaste.
Hija de puta.


Sentada en el primer banco de la fila, María de los Ángeles está atenta a lo que dice la profesora de Historia. Le encanta la materia y se destaca en clase sin esfuerzo alguno; solo repasa en su casa media hora el día anterior a cada evaluación, y con eso le alcanza para lograr otro de sus diez habituales. Y no solo logra tales calificaciones en Historia, sino que se destaca en todas las del plan de estudios, nunca obteniendo notas inferiores a nueve.
Su cabello rubio, lacio, le llega a la mitad de la espalda. Y su cara angelical siempre esboza una sonrisa —las veinticuatro horas del día—. No tiene maldad, no sabe ni siquiera lo que es hacer una broma a una amiga o a un compañero del salón.
La profesora de Historia está escribiendo en el pizarrón cuando un trocito de papel mojado vuela desde cuatro bancos más atrás y le da a María de los Ángeles justo en medio de la cabeza. Pero la joven le resta importancia y sigue con los ojos fijos en la carpeta con los apuntes de clase.
Otro trocito de papel mojado impacta en el mismo lugar. Entonces se da vuelta. Y Griselda le clava la mirada, agitando en su mano derecha una cerbatana casera hecha con el tubo vacío de una lapicera.
María de los Ángeles, pese a todo, mantiene la calma. Nunca la han enojado esas cosas. Y, además, dos bancos detrás de Griselda, alguien más la mira y le sonríe. Se ruboriza cuando esos profundos ojos celestes escrutan su interior y, de inmediato, gira la cabeza y se enfoca nuevamente en lo que dice la profe.
El dueño de la mirada penetrante también se concentra en el dictado de la clase.
La única que no lo hace es Griselda. No solo porque le importa un comino lo que diga «la vieja de Historia», sino por otra razón: vio las miraditas de sus compañeros e intuye que algo está pasando allí.
Algo gordo.


Que la fiesta de tu casamiento se desarrolle en el primer piso del salón de la Sociedad Rural de la ciudad es otra de tus excentricidades. Y una manera de decirle a tu abuelo «Vos no entrás»: imposible que don Armando pueda subir tantos escalones con noventa y dos años cumplidos. Claro, no te bancás que el tipo se haya vuelto a casar una vez que enviudó; y con una mina mucho más joven que él, que recién cumplió cincuenta años y que podría ser tu madre.
Aunque creo que, en realidad, lo que más te disgusta es que tu abuelo no es ningún gil, y sabe quién es quién en este mundo. Y la manera en que lo ninguneás hace años. No te va a dejar de herencia ni una mísera hectárea de las mil quinientas que tiene, boluda.
Me río de vos con todas las ganas, aunque aún no me hayas visto: las cortinas frenan tu mirada hacia el exterior. Y el balcón del salón es un buen lugar para cualquiera que quiera colarse en la fiesta —me incluyo—. ¿Sabés? En todos estos años de encierro forzado desarrollé la capacidad de vencer cualquier obstáculo que la vida me imponga; y eso incluye trepar muros valiéndome solo de mis brazos y mis piernas.
Estamos en pleno verano y una brisa cálida acompaña mi soledad. El mismo clima de anoche, cuando hui del loquero —«Hospital para enfermos mentales» le dice mi médica, ¿podés creer?— trepando la pared de cinco metros de alto.
Una noche ideal para vestirse de gala; y si es de rojo, mejor, ¿no te parece? A pesar de que transcurrieron diez años, no he perdido mis formas y cualquier vestido ceñido al cuerpo —este, regalo de la directora del psiquiátrico cuando cumplí diez años internada: según ella, para premiarme por mi buena conducta, ja— me queda mejor que nunca.


La luz negra ilumina apenas a los cuerpos que, en medio de la pista del único local bailable de la ciudad, danzan pegados uno al otro al ritmo cadencioso de los lentos.
Entre todas las parejas hay una que se destaca en la oscuridad. Él rodea con sus manos la cintura de ella, atrayendo contra sí —en una mezcla rara de firmeza y suavidad— el cuerpo de la joven que, engalanado con un vestido rojo, realza la perfección de sus medidas; ella tiene sus brazos entrelazados en la nuca de él y descansa su cabeza en su pecho duro y perfumado.
Presentía que algún día Federico la sacaría a bailar lento y, por eso, ha sabido esperar la oportunidad. Derretirse en los brazos del dueño de los ojos celestes más lindos de la escuela secundaria es algo que anhela desde que lo vio por primera vez, en el lejano primer año. Y hoy se está cumpliendo su sueño.
De improviso, en medio de una canción, el joven deja de bailar. Ella levanta la cabeza y lo mira. Ve el brillo de su mirada y la sonrisa capaz de vencer cualquier tipo de resistencia. «Toy soldiers», de Martika, es testigo del primer beso de María de los Ángeles.


El calor se hace insoportable dentro del salón y, por ello, ordenás abrir todas las ventanas y la puerta de vidrio de doble hoja que da al balcón. Aunque sigo oculta porque nadie sale a este último: hace cinco minutos que suena el «Pe, péee, pe, pe, pe, pe… pe, péee, pe, pe, pe…» y la fiesta está en su fase más divertida. El carnaval carioca, sumado al alcohol que corre, en exceso y voraz, por las venas de la gran mayoría de los invitados, desinhiben hasta al más tímido de ellos.
Y se imponen los antifaces, las guirnaldas al cuello, las vinchas de colores, las matracas, el crap blanco y la nieve artificial que nos baña a todos.
Sí, nos, porque alguien, en pleno baile, ha pateado una máscara hacia el balcón. Y, ni lerda ni perezosa, me la he colocado para luego salir de mi escondite y entrar a tu fiesta.
Que ahora será mía.


En el reservado del local bailable los besos apasionados se transforman en manos que vienen y van, dedos curiosos que exploran el más allá, y suspiros entrecortados devenidos de las mil y una sensaciones de placer.
Todavía se escuchan los lentos, y los mullidos sillones blancos —iluminados por algunas luces muy tenues— están todos ocupados. Sin embargo esto no detiene a Griselda. Se escabulle en la oscuridad hasta el fondo del lugar y observa, a escondidas, una por una a todas las parejas.
En la anteúltima fila de sillones los ve. Ella, con las piernas cruzadas y los brazos alrededor del cuello de Federico; él, con una mano haciendo de las suyas bajo el vestido rojo, y con la otra acariciando con suavidad uno de los pechos generosos de María de los Ángeles. Los dos con los ojos cerrados, unidos sus labios en un beso pletórico de humedad y de lenguas que exploran, deseosas, paladares hasta hace un instante desconocidos. «Ideal», piensa Griselda.
Se acerca por detrás y se agacha bajo el sillón. No transpira ni le tiemblan las manos: lo ha planeado todo más que bien y no es momento de frenarse. La llama del encendedor refulge solo dos segundos en la oscuridad.
Y después se desata el caos.
El fuego comienza en los reservados y arrasa con el local bailable en menos que canta un gallo. Todos corren desesperados buscando la salida. Federico y María de los Ángeles también, él adelante haciéndose lugar a fuerza de codazos y sujetándola con fuerza de una de sus manos. Están al borde de la asfixia por el humo negro —el ahora dueño del lugar—y muertos de calor por las llamas voraces que se acercan a sus espaldas.
Logran salir del lugar a duras penas, en medio de llamaradas violentas que se elevan hacia el cielo como si fueran a conquistar el último piso de la Torre de Babel.
Federico cae de rodillas sobre la vereda y tose sin parar, ahogado por el humo. Sin embargo, cuando siente los brazos rodeándolo por detrás, saca fuerzas de donde no tiene, se levanta y se da vuelta.
La dueña del abrazo no es María de los Ángeles, sino Griselda. Y los ojos de la joven se encuentran anegados de lágrimas.
—Gra… gracias —dice entre sollozos—. Me salvaste la vida. —E instantáneamente lo cubre de besos. Federico, empujándola, se separa de ella.
—¿Y María de los Ángeles? —pregunta, al borde del pánico.
—Quedó adentro —responde Griselda sin dejar de llorar. El joven, entonces, corre hacia el local bailable y, cuando está a punto de reingresar, la entrada del lugar se desploma con un ruido infernal impidiéndole avanzar.
El ulular de las autobombas, de las ambulancias del Hospital Municipal y de los móviles de la policía llena el aire viciado de la noche; quienes se salvaron del incendio son atendidos en el lugar por el personal del hospital y, mientras los bomberos hacen su trabajo con maestría, los efectivos policiales dispersan del lugar a los curiosos que nunca faltan.
Al día siguiente, el único diario local publica la crónica de lo sucedido. Veintinueve jóvenes pierden su vida en el incendio, y más de sesenta se intoxican por el humo y presentan heridas de diversa consideración. La mayor tragedia de toda la historia de la pequeña localidad.
Pasan los años y, a pesar del enorme esfuerzo de la justicia, no se logra identificar al culpable del incendio —aunque sí se logra precisar, a través de distintos peritajes, que el foco ígneo se inició en la zona de los reservados—. Los dueños del local bailable —que ya no viven en la ciudad— quedan libres de culpa y cargo, y esto genera un rechazo unánime de los familiares, amigos y vecinos de las víctimas.
Y jamás encuentran el cuerpo de María de los Ángeles.


Encabezás el trencito carioca moviendo tu cuerpo vestido de blanco al ritmo de la música brasileña. Tenés puesto un antifaz de color violeta, con plumas negras que salen de él como si se tratara de las de un pavo real empetrolado.
Federico va detrás tuyo, tomándote de la cintura, con una peluca de cabellos largos blanquinegros, como los de Morticia Addams. Debo decir que el hecho de que tenga sus manos justo ahí me da un poco de celos; pero no importa: yo voy detrás de él —mi careta es la de un demonio rojo de enorme sonrisa y cuernos puntiagudos—, también tomándolo de la cintura y palpando con mis manos los músculos duros que dan inicio a sus glúteos. Los que tendría que haber acariciado yo, y no vos, el día que me hiciera el amor por primera vez. Te aborrezco, puta de mierda… con toda mi alma.
Guías el trencito entre las mesas, directo hacia el balcón. Me gusta eso. Estás muerta de calor. Como lo estuve yo hace unos años, en medio del incendio.
Todos vuelven al salón, pero es Federico quien encabeza la fila danzante. Vos te quedás un par de segundos más en el balcón. Sola.
Sola no, porque yo te acompaño.
—¿Hace calor, no? —te pregunto acercándome, mientas mirás hacia la calle desierta apoyada en la baranda de hierro del balcón. Girás la cabeza y me observás con indiferencia.
—Sí —respondés. Y enseguida noto en tus ojos la duda—. Perdoname —decís, siempre con el antifaz puesto—, no te ubico entre los invitados. Tu máscara es buenísima —acotás, sin sacarte del rostro la incertidumbre que lo afea.
Entonces me quito la careta de Lucifer y, cuando veo el horror asomar en tu mirada, te abrazo con todas mis fuerzas y con una mano te tapo la boca, impidiéndote gritar.
—Sí, soy yo, hija de puta —digo. No sonrío, ni siquiera cuando veo tus ojos girar enloquecidos en sus cuencas pero fijando su atención de mi mejilla izquierda. Te entiendo, no debe ser sencillo mirar a un fantasma y que este, además, tenga las marcas indelebles del fuego en su rostro, incluyendo la ausencia del globo ocular de ese lado de la cara—. Veo que te acordás de mí. Y de todo lo demás. —Antes de que reacciones, te levanto en el aire y me deslizo hacia el rincón más oscuro del balcón. Solo somos vos, la noche y yo.
Y luego quedamos solo la noche y yo, cuando volás sin alas y caés como una bolsa de cemento sobre la cinta asfáltica.
Huyo de allí bajando del balcón de la misma manera en que subí, usando solo mis brazos y mis piernas. Paso a tu lado sin mirarte y corro hacia la zona suburbana de la ciudad, a solo cuatro cuadras. Todavía resuena en mis oídos la melodía celestial interpretada por los huesos de tu cráneo rompiéndose en mil pedazos, que musicalizan los recuerdos de aquella noche lejana repleta de fuego y calor.
Federico tomándome de la mano y ayudándome a escapar del boliche; vos apareciendo de la nada, empujándome y ocupando mi lugar; tu sonrisa demencial al hacerlo, enseñándome el encendedor y señalando los reservados; mi caída al piso; el fuego quemándome…
Y luego un paréntesis de tiempo donde todo, incluyendo mi mente, es de color blanco.
Cuando la luz regresa a mi ser me encuentra corriendo como nunca lo hice en mi vida, la mitad de mi cara hecha jirones y el vestido prendido fuego y pegado como una estampilla a mi piel. Noches enteras (¿días, semanas, meses…?) vagando por el campo, comiendo raíces y tomando agua llovida, hasta desfallecer sobre una ruta. Alguien se apiada de mí. Un hospital de algún lugar que no es mi ciudad. Y mis gritos. Y la violencia de las enfermeras. Y mi internación en el loquero.
Ahora sí me río, je. Y no puedo parar de hacerlo, je, je.
¡Ja, ja, ja! ¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!!!


El fuego consume el local bailable de punta a punta. Hace calor, mucho calor, y se escuchan gritos agónicos que atraviesan como puñaladas de hielo el sonido atronador de los derrumbes de la construcción.
María de los Ángeles está tendida boca arriba en medio de la pista. Sabe que va a morir.
Recuerda las caricias y los besos recientes de su hombre, y una lágrima cae de su ojo sano, escociéndole la mejilla ardiente —el otro ojo brilla por su ausencia: el fuego se ha hecho carne en la restante mitad de su cara—.
Pero también recuerda a Griselda. Y el empujón y la burla al mostrarle el encendedor.
Entonces saca fuerzas de donde no tiene y, gritando de dolor hasta casi romperse las cuerdas vocales, se levanta del suelo ardiente. Tiene su ojo sano completamente blanco y esgrime una sonrisa brutal, enorme, las filas de dientes separados, e hilos de baba cayéndole por las comisuras labiales.
Su vestido rojo se le pega a la piel y la quema.
Pero corre. Pisa cadáveres humeantes y, en medio del caos y a fuerza de empellones y gritos, escapa del lugar junto a otros cinco jóvenes.
Y sigue corriendo. Hacia la oscuridad del campo. Hacia el agua del arroyo. Hacia la venganza que en su mente atribulada comienza a tomar forma.
Corre como un guepardo persiguiendo una gacela.
Sin dejar de sonreír.



2 comentarios:

  1. Tremendo relato! La locura por amor es la más irracional

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    1. Sin ninguna duda.
      Muchísimas gracias por tu lectura y tus palabras, José, me alegro mucho que el relato te haya gustado.
      ¡Saludos!

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