miércoles, 5 de marzo de 2014

Rock en la Terraza



Por Sebastián Elesgaray.

1
Los sábados a la noche suelo hacer cagadas. Eso implica emborracharme, gritar como un loco, manosear alguna chica fácil, manosear alguna chica difícil, tratar de conseguir merca aunque nunca tengo un mango, subirme al auto de un amigo hecho esa misma noche.
Pero también hay cosas buenas.
Por ejemplo, está mi banda de rock. Soy el cantante y toco la guitarra en algunos temas, aunque El Zurdo es un genio para llenar los espacios que yo dejo huecos. La batería corre a cargo del Charly, que es más gordo que habilidoso, pero igual toca bien. En el bajo se apoya Ivana, que con el culo que tiene a nadie le importa si pega alguna nota o tiene el instrumento desafinado. La cuestión es que si escribo esto es porque me mandé una cagada grande.
Voy a repasar el sábado anterior.

2
Todos los años, y en conmemoración de su llegada a este mundo, El Zurdo hace una fiesta terrible, de esas que guardan recuerdos por años.
Pero no la hace en cualquier lado. Resulta que su tío tiene un piso en el centro y media terraza comprada para hacer lo que quiera, aunque el tipo vivió casi cuatro años en España y le dice azotea. Lo último no viene al caso.
Lo que sí destaco es que se junta gente de toda la ciudad, llevando botellas abajo del brazo y una expectativa por emborracharse tan grande como el edificio que sostiene la fiesta. Hay algún disc jokey amigo que trabaja por las especias, y se arma una tarima en un rincón donde nos presentamos nosotros. Por lo general tocamos en mitad de la fiesta, cuando hay más multitud y están en ese estado previo a la ebriedad extrema. Esa noche estábamos emocionados: presentábamos primer disco con ocho tracks, Ivana estrenaba bajo nuevo, y Charly venía de una tendinitis que lo había tenido parado dos meses.
Pero yo tenía un punto más. Sabía por buena fuente que iba a ir Leila. Tenía dos años menos que yo, el pelo negro teñido de violeta en algunos lugares, un piercing en la lengua con el que jugaba todo el tiempo, y se corría el rumor de que estaba por publicar un libro. La verdad que lo último no tenía mucha relevancia, pero para esa noche me había instruido con Juan, gran lector y amigo que me había pasado referencias de lo que le gustaba a Leila según su Facebook. Yo no había leído nada en mi vida salvo algo obligatorio del colegio; y ni siquiera, porque prefería bajar los resúmenes de internet.
Haciendo a un lado los detalles, me gustaría decir que si el Diablo hiciera corte y confección, le hubiera hecho el vestido de esa noche. Era negro, todo negro. Y le poseía el cuerpo con la delicadeza de una buena caricia. Creo, me arriesgo a dejar por escrito, que no llevaba ropa interior. Eso fue lo más desesperante en el momento en que llegó. El saberla desnuda para alguien ahí abajo, dispuesta a todo y más.
Me gustaría adelantarme, decir que nos miramos, charlamos y nos besamos. Pero “la noche te trae sorpresas”, decía Arjona. Y por más pelotudo que sea, en parte tiene razón.

3
Llegó el momento de subirnos al escenario. Vi que Leila llegaba con amigos, pero nunca me iba a imaginar que el rubio alto era su pareja de esa noche. Eso me iba a generar el primer problema.
Estaba con algunos vodkas encima, me sentía entre flotando y volando, esa cualidad que tiene el alcohol antes de derrumbarte. Agarré el micrófono con la soltura de siempre, ya estaba acostumbrado a todo eso. Pregunté al público cómo estaba y hubo un rugido eufórico que se pareció a un sí. La terraza albergaba record de gente, El Zurdo sonreía con la satisfacción del éxito conseguido.
Empezamos con “Der Zauber”, un rocanrol fuerte y potente, digno de abrir cualquier recital. Ahí nomás enganchamos con “Bakeneko”, nuestro primer videoclip que ya sonaba en YouTube. Para el tercer tema la gente estaba con los brazos arriba y transpirada de saltar y bailar. Eufórico, sin creerme bien lo que pasaba, me movía con una gracia que no me conocía. Sonaba muy bien, sentía las miradas de todos encima de mí, estaba dispuesto a dar un espectáculo. Hubo covers, más temas nuestros, adrenalina, un vaso de vodka que me alcanzaba una mano anónima, y el Charly repiqueteando los palillos uno contra el otro para arrancar el séptimo tema.
Todavía me acuerdo de la sensación de verla entre la gente. Se movía despacio, alejada un poco del tumulto general. El vestido negro la acariciaba, no puedo describirlo de otra forma. Y lo mejor de todo era que me miraba. Se guardaba la sonrisa de la boca, pero la de los ojos era obvia. Cuando sonó “Ocho al ocho”, Ivana se me acercó, y en medio de un solo devastador de El Zurdo, me dijo:
Che, hay más público además de la morocha.
Me reí con naturalidad fingida, como si ya lo supiera de antemano, pero la verdad que me importaba poco. De todas formas aumenté mi campo de visión para no ser tan obvio. Ivana era viva y no se le escapaba una, esperaba que el público no lo hubiera notado.
Fue el mejor recital de la banda. Si les pregunto, creo que estarían de acuerdo.
Aunque nunca lo haga.
Gente, buenas noches, nos vamos con un tema más y los dejamos seguir disfrutando de la azotea del Zurdo que está que arde.
Esas fueron las palabras de despedida.
Ni puta idea por qué dije azotea en lugar de terraza.
Yo no sabía que media hora después, iba a arder todo en serio.

4
“Un Muerto en el Ropero” fue el cierre, pero la gente pidió otra casi sin dejarnos saludar. Obvio que íbamos preparados, y teníamos “Beautiful Disaster” de Europe lista para salir al ruedo. Ese tema nos gustaba a los cuatro, y por más que no fuera muy conocido, disfrutábamos a pleno de tocarlo.
Explicar la letra no tiene relevancia para lo que quiero contar, pero la segunda vez que canté: You're a disaster, baby. But a beautiful one, la señalé a ella. Abrió un poco los ojos y las comisuras se le curvaron en una sonrisa hermosa, toda para mí. Yo le respondí de la misma forma y seguí cantando. Caminé a un costado, levanté una mano, y cuando quise acordar el tema estaba terminado.
El recital fue espectacular. Bajamos del escenario/tarima, recibimos abrazos, felicitaciones y choques de manos. Saludé con el cuerpo todo flojo, perdido entre tanta gente a la que le había gustado lo que hacíamos. Me crucé con un par de chicas lindas, con una par que querían acostarse conmigo, con otras dos que se hubieran acostado juntas en mi cama. Escapé de lo último muy a mi pesar y pude llegar a la barra. No quería mezclar y terminar vomitando todo, así que pedí vodka con hielo en un vaso de vidrio, porque detestaba los de plástico. Cuando me giré para buscar a Leila, me encontré con el Charly muy serio.
Me parece que te quieren hablar me dijo.
Y era cierto. Esquivando gente se acercaba el rubio alto. Tenía una camisa escocesa de tonos rojos y negros, un jean desgastado y zapatillas tan blancas que resaltaban entre el mar de pies. Caminaba erguido. Me había fichado a lo lejos y venía directo hacia mí.
¿Vos decís qué me la quiere dar?
Charly no contestó. Se acomodó a un costado y le dio un sorbo largo a su cerveza. Me pregunté si contaba con él en el caso de que se armara rosca, pero no tuve tiempo de contestarme porque tuve que levantar la vista para encontrar los ojos del rubio. Le faltaban unos anteojos negros para parecerse a un actor de telenovelas.
¿Qué onda vos? me preguntó con voz seca.
¿Qué onda con qué? contesté como si no supiera.
El rubio miró alrededor, sonriendo. Tenía los dientes tan blancos como las zapatillas, perfectos, en una alineación que pondría orgulloso a cualquier odontólogo.
Leila vino conmigo, y vos te andás haciendo el vivo señalándola mientras te hacés el rockerito.
No quiero decir nada en mi defensa porque eso sería mentir. No traté de negociar o imponer una tregua. Se me subió el vodka a la cabeza y contesté con ironía.
Para chabón, ni que la hubiera co… —me di cuenta lo que estaba por decir y cambié el rumbo—, besado adelante tuyo.
El rubio ladeó la cabeza y frunció el ceño. Se le formó una arruga entre los ojos que simulaba a un perro gruñendo. Dejé despacio el vaso en la barra, no quería romperlo ni perderlo.
—Es mi novia, infeliz. ¿Qué te pensás?
—Fran, todo bien, pero no soy tu novia.
Leila habló a su espalda. Su tono era suave y moderado, la clase de tono que se usa para aplacar a un loco. El rubio giró medio cuerpo y dejó ver marcas de transpiración en las axilas, pero no por haber saltado o bailado. Estaba nervioso y furioso, una mala combinación.
—¿Cómo?
—Que no somos novios. Estamos saliendo, y ni siquiera nos acostamos.
Se acomodó el pelo con un gesto rápido, como si no le importara su alisado o el mundo en general. Yo no pude más que sonreír ante semejante gesto. Ese fue el error que me hizo ganarme una piña en medio de la trompa. Sentí cómo se me aplastaban los labios contra los dientes y la sangre me invadía la boca. El rubio apretaba las muelas mientras preparaba la zurda, pero Charly se metió a tiempo para empujarlo lejos de mí. Me agarré a la barra y aguanté parado.
—Concha de tu madre —susurré. Igual me estaba riendo. No podía negar que Leila era divertida y bastante jodida. Decirle así que no eran novios, con la tranquilidad de un médico diagnosticando una gripe, me generaba una simpatía que iba más allá de querer besarla o desnudarla.
Levanté mis puños, que eran chicos y algo temblorosos por el alcohol, pero si hay algo que no se le puede negar a un frontman de banda de rock es meterse en una buena pelea. Cuando quise acordar, el Zurdo y algunos otros trataban de parar un encuentro multitudinario, una batalla que hubiera sido épica si no fuera por los borrachos y los torpes.
Sentado encima del estómago del rubio creo que le dejé un buen par de marcas de por vida, por más alto y grandote que fuera.
—¡Tomá, pelotudo! —le gritaba con cada trompada.
Pero en mitad de mi golpiza, entre cuatro y seis manos aparecieron de la nada para sacarme de mi ímpetu.
—Te va a caber por gil —me gritaron a la espalda.
Y así fue como me tuve que acostar en el piso y hacerme un bollo, tratando de sobrevivir a patadas, piñas y hasta escupidas.
Si pensaron que la cagada de la noche había sido provocar al rubio, se equivocan.
Pude ponerme en cuatro, gatear desesperado hasta la barra y esconderme atrás. Lo primero que cruzó mi mano fue una botella. “Tequila El Paisano”, decía la etiqueta.
Este fue el Charly, pensé. Solo a él se le ocurría comprar semejante cosa barata.
Me levanté de un salto con la botella sobre la cabeza y se la tiré al primero que vi. Resultó ser el rubio, que tenía reflejos mejores a los de un actor de telenovelas. Se agachó, se rió con una carcajada ronca que lo hizo escupir sangre y se limitó a caminar hacia mí.
Pero yo seguí la trayectoria de mi tiro con la vista. La botella fue a parar contra la consola de sonido. El estallido resultó inaccesible a cualquier oído sobre el bullicio, pero yo la escuché perfecto. Fue el pie inicial para hacerme saber que se nos iba la fiesta de las manos y que había que salir corriendo.
El fuego trascendió como una serpiente por los cables. Agarró la tarima y la batería del Charly como si fuera una película adelantándose. Los que se estaban peleando miraron a todos lados, tratando de entender por qué la gente escapaba en lugar de ver el espectáculo pendenciero. Para cuando vieron las llamas sobar la barra y las botellas, junto a una alfombra enorme que había servido de pista de baile, la puerta de salida estaba abarrotada.
La gente corrió a los gritos, el calor no se hizo esperar, y por suerte, por la única suerte que junté esa noche, no murió nadie. Solo un par de quemaduras sin importancia, daños materiales y daños psicológicos por el boludo que había provocado una pelea y después un incendio.
Digan lo que digan, la mejor publicidad que podía tener nuestra banda.

5
Escribo esto antes de salir al escenario.
Obras está repleto, nos gritan que salgamos ya.
La gira del disco es un éxito, y la semana que viene entramos a grabar el segundo.
¿Leila? Está acá al lado mío. Publicó su libro, aunque yo no lo leí. De poco importó mi instrucción de aquella noche. Lo que sí era cierto era que no llevaba ropa interior.
Lo dicho: la mejor publicidad para nuestra banda.


1 comentario:

  1. ¡Excelente, Maestro!
    Imposible despegarse de la pantalla cuando uno lee "Rock en la Terraza". Una muestra más de tu genialidad a la hora de escribir, transmitiendo de la mejor manera el suspenso y la comedia que empapa la trama.
    Me encantó, Sebastián, y me pongo de pie para aplaudirte. ¡Bravo!
    Un abrazo...

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