miércoles, 12 de febrero de 2014

¡Run, Abelardo, run!



Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Prólogo
Eran las dos de la tarde del domingo más caluroso de los últimos cincuenta eneros y, desde su sitial preferencial en el cielo completamente límpido y celeste, el sol lanzaba sus rayos tórridos quemando el asfalto de la única avenida de Pampa Caliente.
La sensación térmica era de 51° C a la sombra.
Y Abelardo Gorriti corría por su vida.

1
Todos los diciembres ―y hasta mediados o fines de febrero―, Pampa Caliente se veía asaltada por los estudiantes universitarios que volvían a su pequeño terruño natal luego de pasar nueve o diez meses quemándose las pestañas en las Universidades del Litoral o de Buenos Aires. La algarabía de aquellos chicos y chicas llenaba cada rinconcito de la ciudad, y sus risas eran la música que alegraba cada verano.
El lugar obligado para encontrarse y compartir las calurosas tardes estivales era el balneario de la localidad, ubicado a la vera del arroyo «El Escaso» (llamado así porque su máxima profundidad era de sesenta centímetros), al norte de la misma. Mate va, mate viene, chicas y muchachos cruzaban miradas y palabras que decían mucho más de lo que insinuaban.
Y quien se llevaba consigo todos los suspiros mal contenidos por la platea femenina que cursaba los últimos años de la Escuela Secundaria Básica (y por las universitarias vueltas al pago, más algunas maduritas treintañeras y cuarentonas) era Abelardo Gorriti.
De un metro noventa de altura, pelo negro y ojos verdes, su piel cetrina brillaba sudorosa mientras jugaba al básquet en la canchita del balneario. Sus brazos marcados terminaban en un par de manos enormes que manejaban el balón con una presteza inusitada; y Abelardo sabía que los ojos de las féminas del balneario estaban puestos en él y que, cuando tomaba la pelota, la imaginación de las adolescentes y jóvenes ―y no tanto― volaba en sueños eróticos conjeturando lo que semejantes manos serían capaces de hacer en un encuentro cercano piel contra piel (a pesar de contar con solo veinticinco años de edad, en esto era un verdadero experto: más de veinte mujeres habían pasado por sus brazos en solo diez años, y todas habían alcanzado un cenit de satisfacción sexual nunca logrado ni antes ni después de los escarceos amorosos con Abelardo ―ni siquiera por aquellas que tenían pareja estable cuando se rindieron ante los ojos verdes del joven―).
Estudiaba Ciencias Veterinarias en la UBA y, habiendo terminado de cursar el último año, solo le quedaban seis finales para recibirse de médico veterinario. Y los pensaba rendir todos durante el año que estaba a punto de comenzar.
Para Abelardo Gorriti este sería el último diciembre como estudiante universitario. Y estaba dispuesto a disfrutar al máximo las minivacaciones.
Aunque para esto último le faltaba algo que para él era fundamental: la presencia en el balneario de Delfina de las Mercedes Pérez Ithurrat.


2
A punto de cumplir los dieciocho años, Delfina de las Mercedes Pérez Ithurrat destilaba belleza hacia los cuatro puntos cardinales desde su metro setenta, sus medidas perfectas, su cabello rubio como el trigo dorándose al sol, y sus ojos celestes del color del cielo.
Delfina no concurría al balneario de Pampa Caliente, sino que se quedaba en la casona de dos pisos que sus padres (ella abogada, él propietario de mil quinientas hectáreas de campo en la zona rural más rica de los alrededores) tenían en el centro de la ciudad, disfrutando el verano con sus amigas del alma, Brenda, Ludmila y Penélope, absorbiendo con ellas todo el sol posible y disfrutando de la pileta que tenían en la azotea de su hogar, la única en más de doscientos kilómetros a la redonda. Sus charlas, siempre acompañadas por mates sin azúcar, masitas sin sal y los inefables celulares con sus mensajitos a cuestas, versaban sobre los temas más relevantes: los chicos, las salidas a bailar a «Calypso» ―el único boliche bailable de Pampa Caliente―, quién se transaba a quién, quién le metía los cuernos a quién, y quién había bailado lento con quién.
Los amigos y compañeros varones de la joven tenían vedado el ingreso a la  pileta de la terraza de los Pérez Ithurrat. No porque ella y sus amigas así lo hubieran mandado (qué mejor que admirar los torsos desnudos y mojados por el agua de la pileta de aquellos representantes del sexo masculino en pleno estado de ebullición), sino porque Belisario Ezequiel Pérez Ithurrat, el hermano de Delfina de las Mercedes ―dos años mayor―, no quería saber nada con la cercanía de ellos a su hermanita. Sabía de lo que eran capaces de hacerle a Delfina y no soportaba que le tocaran ni un cabello; pero, sobre todo, tenía terror de que los hombres le rompieran el corazón (hacia solo seis meses él lo había hecho con Walkiria, ex compañera suya de la escuela, y aún se sentía ―aunque cada vez menos…― la basura más grande del planeta).
Belisario era el único varón ―además de su padre― que subía a la pileta de su casa, aun a pesar de la mala cara que ponía Delfina cada vez que lo veía aparecer por allí. Había una razón por la que la joven no protestaba más de lo debido: su amiga Penélope estaba, en secreto, enamorada de su hermano.
Flaco y espigado, Belisario medía casi un metro ochenta de altura y, debido a la práctica deportiva que lo tenía como número 5 estrella del equipo de fútbol «Estudiantes de Pampa Caliente», el desarrollo muscular de aquel pecho duro y lampiño lograba que los ojos de Penélope se clavaran en él, lascivos y lujuriosos, cada vez que lo veía entrar a la pileta (instante en que, asimismo, la joven perdía su habitual locuacidad, quedándose muda de terror como un sapo ante una famélica serpiente que está a punto de engullirlo).
Y Belisario se daba cuenta de ello, claro, pero no le daba ni cinco de bolilla.

3
Como todos los fines de semana del verano, «Calypso» hervía de gente. Además, era el primer sábado de febrero y entre el domingo y el lunes siguiente el éxodo de los estudiantes universitarios desde Pampa Caliente a las grandes urbes dejaría a la ciudad sin estos y su natural algarabía, sumiéndola en la monotonía y quietud habituales.
Era la última oportunidad para Abelardo Gorriti de tener una chance con Delfina de las Mercedes Pérez Ithurrat. No había podido bailar con ella ni en las fiestas organizadas por el boliche para Navidad y Año Nuevo, ni tampoco en ninguno de los fines de semana de enero. Y el domingo se volvía a Buenos Aires para retomar los estudios.
Había conseguido el número de celular de la joven a través de su primo hermano Renato Gorriti ―compañero de la E.S.B. de Delfina―, y le había mandado decenas de mensajitos. Pero ella no había respondido ninguno, ni siquiera con un escueto «ok» o un simple «J».
Pero Abelardo no era un hombre de rendirse así nomás. La había contactado a través del facebook y, a pesar de que ella tampoco le contestaba sus mensajes por allí, por lo menos había aceptado su solicitud de amistad. Eso ya era algo. Y sobre ese madero en el medio del océano se aferraría para evitar naufragar en la tempestad que podía significar un rotundo «¡No!».
Delfina brillaba con luz propia en el centro de la pista, danzando al ritmo del punchi punchi infernal. Llevaba un vestido strapless que dejaba sus hombros al descubierto y que apenas sobrepasaba la línea de sus glúteos. En cada saltito, en cada giro inocente acompañando la música, lo prohibido a los ojos se dejaba apenas entrever, arrancando suspiros a la platea masculina. Junto a ella bailaban Ludmila, Penélope y Brenda; pero aunque las tres eran más bellísimas, no le llegaban ni a los talones a la hermana de Belisario.
Este, desde el primer piso del lugar y junto a sus amigos del club Estudiantes, tomaba un fernet con Coca y relojeaba a su hermana.
Y Abelardo, en la planta baja y tomándose una cerveza en la barra, también tenía la vista fija en Delfina de las Mercedes, como un cazador esperando el momento preciso.
La luz negra invadió el lugar anunciando la hora de los lentos, y el joven, vislumbrando quizás su última chance, corrió frenético hacia la pista.
Apenas sintió la presión delicada de aquella mano enorme en su brazo, Delfina giró la cabeza dispuesta al «no» de siempre, cortante y secante, con el que daba por sentado que ni en pedo bailaría lento con nadie ―y menos estando Belisario en el lugar―. Pero no esperaba encontrarse con los ojos verdes de Abelardo Gorriti. Y su resistencia flaqueó, encaminándose a un derrumbe inevitable y definitivo.
―No me contestaste ningún mensajito ―dijo él, haciendo pucheritos y con un mínimo tono de reproche en su voz―. ¿Tan feo soy?
―No… quiero decir… eeeh… sí… o sea, no, no sos feo, pero… mi… mi hermano… los… los mensa…
―¿Bailás? ―la interrumpió Abelardo, sonriendo.
Ella no respondió con palabras, sino con gestos. Venciendo a duras penas el huracán interior que le pedía a gritos prenderse a aquel adonis como un saguaipé a quien osa refrescarse en un molino en medio del campo, puso sus manos en los hombros del joven y se dejó llevar. Sus amigas, pícaras, abandonaron la pista. El DJ de «Calypso», fanático de los 80 y los 90, hacía vibrar las paredes del boliche ―y también las pieles sensibles de las parejas pegadas como abrojos― con los lentos de aquella época. Sonaba Phil Collins con One more night cuando Abelardo, sus dos manos entrelazadas en la cinturita de avispa de Delfina, preguntó:
―¿Qué pasa, linda, te comieron la lengua los ratones?
―No ―respondió ella, a la vez que juntaba sus manos en la nuca del joven y, atrevida, dibujaba allí circulitos con sus dedos; al instante sintió cómo algo latía, potente, en el bajo vientre de Abelardo, rozando el suyo propio. Eso le encantó. Dio dos pasos hacia atrás con su cuerpo de doncella y su espalda quedó a centímetros de la pared de la pista―. Los ratones me dicen que la saque a pasear. ―La sonrisa de Delfina, acompañante ideal de la canción Slave to love, de Bryan Ferry, fue el preámbulo a un erotismo húmedo y caliente como el mismo verano, sin prisas pero sin pausas. La oscuridad de la pista hizo lo suyo y los jóvenes desaparecieron entre el resto de las parejas.
Belisario Ezequiel Pérez Ithurrat había perdido de vista a su hermana en el mismo momento en que la los lentos se transformaron en protagonistas. Desesperado, comenzó a bajar la escalera desde el primer piso hacia la pista; pero le fue imposible avanzar: una marea humana venía en contramano, ascendiendo escalón tras escalón. Refunfuñó, pataleó, puteó en silencio, y también a viva voz cuando un codazo desprevenido volcó lo que le quedaba del fernet con Coca en su camisa blanca. Y cuando a duras penas había llegado a la mitad de la escalera, un brazo en su cintura frenó su descenso.
―¿Bailás, precioso?
Belisario tardó diez segundos en identificar a Penélope ―la amiga de su hermana― como la dueña de la voz. No solo porque un aliento etílico a cerveza acompañó, vaho mediante, a aquellas dos palabras, sino porque nunca en su vida la había oído hablar.
―No. ―Penélope oprimió con sus uñas largas y filosas el abdomen del joven, rasguñándolo hasta casi hacerlo sangrar; y lo miró con sus ojos rojos que destilaban una furia repentina amenazando con escupir un río de lava de cada uno de ellos. Belisario divisó, entonces, que Penélope deslizaba su cabeza hacia atrás e inflaba sus mofletes en el típico gesto previo a la erupción volcánica en forma de gargajo―. Bueno… sí ―protestó contra su propia voluntad. El semblante de la joven se aflojó―. Pero bajemos rápido.
Tardaron casi cinco minutos en llegar a la pista (fue imposible quitar las manos de Penélope de su cuerpo: la amiga de su hermana estaba completamente fuera de sí y lo acariciaba de manera impúdica en medio de la lata de sardinas a la que se asemejaba aquella escalera demoníaca) y cuando lo hicieron no pudo evitar que un temblor frío lo invadiera.
Delfina de las Mercedes no estaba allí.

―Dale, no seas mala, sé que te gusto. Y vos también me gustás.
―Sí ―respondió ella, derretida en los brazos de Abelardo―. Pero en cualquier momento puede llegar mi hermano. Y no sabés cómo es el tarado: un cuida terrible. Te va a matar si te ve conmigo.
―¿Y qué hacemos? ―preguntó él, sonriendo. Ella tuvo que desviar la vista un segundo para no perderse aún más en la profundidad de aquel par de esmeraldas―. Mañana a las dos y diez de la tarde me vuelvo en micro a Buenos Aires. ¿Me vas a dejar así, rendido ante tu belleza y temblando como una hoja?
Delfina sonrió.
―Papá y mamá se van mañana al campo, tempranito, y me dieron permiso para quedarme. Y Belisario, como siempre, va a dormir hasta las tres o cuatro de la tarde. Te espero a la una, después de comer, así tenemos un ratito para meternos a la pileta, ¿te parece?
―Me parece perfecto ―respondió él, y fundió su boca con la de ella en un beso interminable, incrementando de a poco la pasión. La pared del zaguán de la casona de los Pérez Ithurrat casi se derrumbó con el peso de los dos jóvenes estampillándose contra ella en un frenesí de manos, lenguas y cuerpos pletóricos de deseo sexual libre sin frenos. Un par de minutos después ella se separó de él (pero no tanto).
―Mañana ―sonrió.
―Mañana ―dijo él, y amagó un beso que, en lugar de endulzar los labios de Delfina, picó suave en su nariz―. Chau, linda.
―Chau, bonito.
A duras penas reprimió la joven el impulso de abrazarlo una vez más e impedir que se fuera de su casa. Pero Belisario iba a llegar en cualquier momento.
La noche calurosa se devoró el cuerpo de Abelardo Gorriti, y Delfina, suspirando como nunca antes, entró por fin a la casona.

4
A la una de la tarde del domingo, el día más caluroso de los últimos cincuenta eneros en Pampa Caliente ―la sensación térmica superaba los 50° C―, Abelardo estaba en la puerta de la casona de los Pérez Ithurrat (se había despedido de su madre hacía quince minutos, luego de almorzar). Llevaba colgado de uno de sus hombros el bolso con su ropa y demás pertenencias que llevaba a Buenos Aires en el micro que salía en una hora y diez minutos. No tocó timbre, sino que envió al celular de Defina de las Mercedes un mensajito: «Estoy».
La puerta se abrió enseguida. Ataviada con una microbiquini negra que apenas cubría sus partes íntimas, la joven le sonrió, lo abrazó con fuerza de su cuello y lo besó con intensidad, recorriendo con su lengua sedienta la boca de Abelardo. Él, sorprendido, intentó devolverse el beso; pero ella retiró sus labios y lo miró directo a los ojos.
―Esta me la debías de ayer, malote ―dijo, divertida―. No se le hace eso a una chica, dejarla con los labios ardiendo besándola solo en la puntita de la nariz.
―Bueno ―dijo él, y la atrajo hacia sí. Sus manos rozaron la minúscula tanga que la cubría de la cintura para abajo y Delfina sintió el calor que emanaba del cuerpo del joven (y más precisamente de una porción específica del mismo)―, lo que pasa es que… ―Delfina lo interrumpió con un beso dulce justo en medio de los labios.
―No digas más, a ver si mi hermano nos escucha. ―La joven señaló con un gesto el primer piso―. Vení, acompañame. Arriba están nuestros dormitorios y Beli está durmiendo como un lirón. Y papá y mamá se fueron temprano al campo. Subimos sin hacer ruido, y seguimos por la escalera hasta la azotea, derechito a la pileta.
Delfina tomó de la mano a Abelardo y comenzó a ascender; pero este frenó su subida, impactado por el paisaje femenino que se presentaba ante sus ojos. Ella también se detuvo, y cuando giró su cabeza vio que el joven tenía sus ojos clavados en los noventa finales de sus 90-60-90.
―¿Qué mirás? ―preguntó ella, sonriendo.
―No, meditaba.
―¿Meditabas sobre qué? ¿Sobre mi cola? ¿No te gusta?
―No. ―Ella abrió grande los ojos, sorprendida―. Eh, sí, quiero decir… sí, cómo no me va a gustar, preciosa. Sos perfecta. ―Ella se relajó―. Me quedé pensando en por qué decís azotea y no terraza ―explicó, guiñándole un ojo.
―Mentira, tonto ―dijo Delfina sin dejar de sonreír, y recomenzó la subida―. Vamos. En silencio, eh.
Él le hizo caso y llegaron hasta la puerta de la azotea. Abrazándola por detrás e hincándole los labios en aquel cuello empalagoso todo para él (el bolso seguía colgando del hombro del joven, pero este había perdido toda noción sobre el mismo), Abelardo llegó al lugar prohibido para todos los hombres de Pampa Caliente ―a excepción del padre y el hermano de Delfina de las Mercedes―: la pileta de los Pérez Ithurrat.
Y también a las puertas del mismo infierno.
Porque nunca vio que Belisario Ezequiel, asomando un ojo desde la puerta de su habitación ―con sus pupilas dilatadas más de lo normal y una enigmática sonrisa mefistofélica―, los observaba entrar a la pileta.

―¿Tiburcio? Sí, soy yo. Dale, venite, que el hijo de puta ya está en la pileta. ―Cortó su celular y volvió a marcar―. ¿Darío? Sí, boludo, soy yo. Apurate, que ya está en la pileta.
Lo sabía todo desde la noche anterior. Después de no divisar a su hermana en la pista de «Calypso», se había sacado de encima a la pesada de Penélope en menos que canta un gallo y había corrido hacia su casa. Entró al lugar, comprobó que Delfina aún no había llegado, apagó la luz y cerró la puerta. Se quedó tras ella escuchando como un enajenado hasta el sonido de la suave brisa soplando entre los tréboles del parquecito de entrada. Cuando los oyó llegar preparó sus puños. Si Abelardo entraba a la casa con su hermana, la iba a pasar muy mal. Pero eso no ocurrió, sino que, luego de quedar en encontrarse en la pileta a la una de la tarde ―lo oyó todo―, se despidieron (la sangre le hirvió como el fuego del averno cuando los escuchó meta chuponearse) y Delfina entró a la casona. Y no lo vio: luego de escucharlos despedirse, Belisario corrió a esconderse debajo de la mesa de la cocina. Su hermana no apareció por allí, sino que fue directo a su habitación.
Escuchó que Delfina cerraba la puerta de su dormitorio y, entonces, subió hasta el suyo y llamó por el celular a Tiburcio y Darío, el 2 y el 6 de Estudiantes de Pampa Caliente (amigos suyos desde la infancia, su rusticidad como defensores del equipo de fútbol no tenía límites: en su haber contaban con cientos de esguinces y lesiones de meniscos y ligamentos sobre delanteros rivales, más una decena de roturas de maxilares por codazos arteros dados en el momento de disputar el balón en el aire, y un par de quebraduras expuestas de tibia y peroné a dos fulanos que se habían atrevido a tirarles un caño). Planeó con ellos atrapar a Abelardo al mediodía, en la pileta, y darle una lección pugilística que no olvidara en toda su vida.
Excitado por lo que vendría, y lleno de un odio que corría por sus venas reemplazando a la sangre, no pudo pegar un ojo en toda la noche.
Y ahora el momento había llegado.

Los cuerpos de Abelardo Gorriti y Delfina de las Mercedes Pérez Ithurrat danzaron un erótico vals en la pileta, un ir y venir lento, muy lento, repleto de caricias, besos y roces prohibidos.
Diez minutos después, yacían pegados el uno al otro sobre una lona junto a la pileta. El agua se escurría perezosa de sus cuerpos. Y la intro al momento cúlmine estaba llegando a su fin.
Delfina estaba acostada mirando el sol con los ojos cerrados, y Abelardo acariciaba su vientre terso con delicadeza extrema. Junto a la lona, el bolso con sus pertenencias era testigo del encuentro húmedo de labios, lenguas y paladares ajenos en besos cada vez más apasionados.
La mano de Abelardo subió, traviesa, hasta uno de los pechos de Delfina; el joven deslizó con suavidad el sostén de la microbiquini y acarició con experiencia el pezón erecto. Ella separó sus labios de los de Abelardo y dejó caer su cabeza hacia atrás, gozando como nunca; medio segundo después, tomó con una de sus manos la cabeza del joven y la guio hacia al lugar donde sus dedos hacían maravillas. Abelardo succionó, lamió y rozó apenas con sus dientes aquella pequeña y dulce porción de la anatomía de Delfina. Y esta, ni lerda ni perezosa, introdujo su otra mano dentro de las bermudas del joven hasta encontrar su miembro duro como una piedra. Lo oprimió y comenzó a menearlo aumentando la velocidad en la búsqueda de sobrepasar el límite máximo. Se sintió humedecer toda y, lentamente, separó sus muslos. Abelardo unió de nuevo sus labios con los de la joven y se echó sobre ella, dispuesto a todo.
Fue allí cuando escucharon el grito:
―¡¡¡Hijo de putaaa!!! ¡¡Te voy a matar!!
Abelardo se acuclilló sobre Delfina y ella, sin levantarse de la lona, giró su cuerpo ciento ochenta grados. Miraron hacia la entrada a la pileta, perplejos e incrédulos. Fue entonces cuando Belisario Ezequiel y dos mastodontes más (los reconoció ―cómo no hacerlo con semejante par de titánicas estructuras óseas y musculares―: Tiburcio y Darío, amigotes de Belisario) corrieron hacia ellos escupiendo rabia por sus poros.
Con rapidez inusitada, Abelardo volvió a echarse sobre Delfina ―los glúteos de ella se plegaron de manera ideal al dueño de las emociones del joven, todavía rígido, como si hubieran sido hechos los unos para el otro―, le dio un beso atrevido detrás de una de sus orejas, y saltó hacia atrás como una gacela. Tenía a Tiburcio encima, los dos puños de este cerrados como mazas. Se agachó en el último instante, esquivó el jab directo a su cara y se lanzó a la pileta. El gigantón no pudo frenar su corrida y siguió de largo hasta dar con la estructura metálica que hacía las veces de balcón de la terraza; medio cuerpo le quedó flotando a más de seis metros de altura, pero no cayó.
Al ver al objeto de su furia incontrolable en la piscina, Belisario se lanzó de cabeza a ella. Abelardo nadó hacia el extremo de la pileta y, cuando salía de la misma impulsándose con sus brazos, sintió que las manos de Belisario jalaban una de sus piernas hacia el fondo del agua. Se sintió hundir en un remolino feroz pero, sin embargo, se dejó llevar. Bajo el agua, sin resistencia alguna de su contrincante, Belisario aflojó la presión; y entonces Abelardo lanzó una mawashi geri submarina a la cara de su rival. Fue solo la lógica lentitud de la patada bajo el agua lo que salvó a Belisario de quedar inconsciente y perder sus dientes incisivos superiores.
Abelardo aprovechó el momento y nadó hacia la orilla donde estaba Delfina. Sentada sobre la lona ―y con el sostén de la microbiquini de nuevo en su lugar de origen―, esta se tomaba la cara con las dos manos, ahogando grititos que, a la vez, parecían ser de pánico atroz y euforia desmedida. Llegó hasta allí y, cuando se disponía a salir de la pileta, Darío lo tomó de sus cabellos y colocó su nariz junto a la del adonis.
―Se acabó lo que se daba ―dijo el gigante. Y tuvo razón. Delfina de las Mercedes salió de su letargo, se incorporó, y con un empujón certero apoyando sus dos manos en los glúteos del urso, lo echó al agua cálida de la pileta. Belisario, que nadaba hacia ellos ya recuperado de la patada de Abelardo, se frenó justo a tiempo y logró esquivar el cuerpo de Darío cayendo directo sobre su humanidad.
Abelardo salió por fin de la pileta, se calzó las ojotas, tomó su bolso, abrazó a Delfina con ternura, corrió con ella hasta la puerta de ingreso a la pileta y la besó por última vez.
―Vas a tener noticias mías, linda. No me extrañes. ―No alcanzó a decir esto cuando divisó por el rabillo del ojo cómo Belisario y Darío salían de la pileta y se unían a Tiburcio, ya recuperado del miedo terrible que había sentido al casi caer de cabeza a la calle. Los tres le sonrieron mostrando sus dientes de pitbulls predispuestos al ataque final.
Abelardo huyó del lugar echando putas ―como cabaret en quiebra―, con el hermano de la joven y los otros dos pisándole los talones.
Delfina de las Mercedes Pérez Ithurrat suspiró, se abrazó a sí misma y dejó escapar un par de lágrimas incontenibles. Sabía que Abelardo no tenía ninguna chance frente a esos tres, y que lo harían papilla ni bien lo alcanzaran.

5
Abelardo Gorriti corría por su vida, y el bolso que colgaba sobre su hombro derecho parecía pesar una tonelada.
Miró su reloj. Las dos menos cinco de la tarde. El micro rumbo a Buenos Aires salía de la terminal de ómnibus de Pampa Caliente en quince minutos exactos.
Sin dejar de correr, agitado y transpirado hasta las pestañas, miró hacia atrás. Belisario, Tiburcio y Darío venían tras él a menos de una cuadra. Y así como a Abelardo se le iba terminando la reserva de energía, a ellos también.
Llevaban corriendo casi quince minutos. Y la distancia entre perseguidores y perseguido permanecía invariable. «Debemos llevar ya como tres kilómetros recorridos», dedujo, y exhaló un suspiro largo intentando regular la respiración.
En todo momento los había tenido a cincuenta metros de distancia en una maratónica carrera que ya llevaba dos vueltas completas al perímetro de la ciudad. Y estaban por comenzar la tercera.
Sabía que si lo atrapaban no solo perdería el micro rumbo a Capital Federal, sino también gran parte de su dentadura cuando esta chocara contra los puños graníticos de Belisario y compañía. Y, quizás, la virginidad de cierta parte recóndita de su cuerpo.
Entonces lo vio, justo al girar en una de las esquinas del centro de la ciudad.
El colectivo ya estaba estacionado en la terminal de ómnibus.
Pero si corría hacia él e intentaba subir, el Trío Gallleta le daría alcance ―«y luego me darían masa», concluyó, sin poder evitar sonreír―. Y eso sería catastrófico. No. Tenía que pensar en otra salida. Y que la misma incluyera el viaje a Buenos Aires.
Pensaba, corría, pensaba, corría, pensaba... Y no paraba de correr.
El punto más importante a su favor era que podía subir directamente al ómnibus sin necesidad de andar haciendo cola para adquirir un pasaje, ya que lo tenía comprado desde el viernes.
Y cuando se dio cuenta, por fin, de cuál era la llave que abriría la única puerta de salida de la laberíntica huida, se dio un golpecito con el canto de la mano sobre la frente. No podía ser más sencillo.
Miró el reloj una vez más. Las dos y cinco de la tarde. Cinco minutos más y el micro partiría de la terminal. Y entonces sus piernas, en el último esfuerzo muscular, respondieron a la orden directa de su cerebro febril.

Puntual, a las dos y diez de la tarde el ómnibus salió de la terminal de Pampa Caliente con destino a Buenos Aires. Tomó por la avenida y se dirigió hacia el cruce de la arteria con la ruta nacional 16, en el ingreso a la ciudad.
Pero tuvo que detenerse en el único semáforo de Pampa Caliente, a tres cuadras del cruce. La luz roja del mismo brillaba intensa y reflejaba los rayos del sol. El chofer del micro puteó para sus adentros; parecía que lo perseguía una versión muy particular de la Ley de Murphy, ya que siempre le pasaba lo mismo al salir de la pequeña ciudad a esa hora de la tarde: hacía un calor de la gran puta, no andaba ni el gato, y el semáforo nunca lo dejaba avanzar.
Mientras esperaba que regresara el añorad color verde, sintió el grito y miró hacia su derecha. Por la ventanilla del ómnibus pudo divisar a un joven que corría hacia él, con el torso desnudo y agitando una de sus manos con frenesí. Muy cerca, tres muchachones estaban a punto de darle alcance.
Cuando distinguió que lo que el joven llevaba en la mano era un pasaje de la empresa a la que él pertenecía, volvió a mirar el semáforo y, al cambiar este primero al amarillo y luego al verde, una sombra de duda le veló los ojos.
―¡Chofer! ¿No ve que el semáforo se puso en verde? ―protestó una mujer desde uno de los asientos del micro.
―Sí, señora ―respondió. Pero no arrancó, sino que abrió la puerta lateral justo en el mismo instante en que el joven parecía que chocaría de frente contra ella.
El muchacho subió y el chofer, con uno de sus ojos relojeando que el semáforo volvía al amarillo y con el otro mirando al joven que había quedado despatarrado en la pequeña escalera de ascensión al colectivo, cerró la puerta del ómnibus y aceleró.
Pasó el semáforo en rojo y esa fue la única infracción de tránsito que tuvo en toda su vida: no podía aceptar que su Ley-de-Murphy-del-semáforo-cuantiúnico-de-Pampa-Caliente-siempre-en-rojo-la-puta-madre-que-lo-parió se repitiera más de una vez por viaje. Miró por el espejo retrovisor de uno de los laterales de su unidad y divisó cómo los tres perseguidores del joven se empujaban unos a otros recriminándose vaya uno a saber qué.
―Gracias ―dijo el muchacho, incorporándose―, me salvó la vida. Aquí tiene el pasaje. ―El chofer lo tomó, lo ojeó sin quitar la vista del cruce con la ruta 16 y, cuando giraba a la derecha para subir a esta, le devolvió al joven el troquel correspondiente.
―¿Qué querían esos tres?
―Darme la biaba más grande de la historia de la humanidad.
Alguien aplaudió desde atrás.
―¡A ver si se callan, che, que quiero dormir! ―La mujer que alzaba la voz era la misma que lo había interpelado en el semáforo.
―Perdón, señora ―dijeron al unísono. El joven fue hasta su asiento y el chofer enfocó todos sus sentidos en la ruta. Lo esperaba un viaje largo y lo peor que podía hacer era ponerse a discutir con los pasajeros.

Abelardo había viajado en micro desde Pampa Caliente a Buenos Aires cerca de una treintena de veces, y siempre el ómnibus se detenía en el semáforo de la salida de la ciudad, como un pececillo inquieto atraído por la luz escarlata de la antena de un depredador de los oscuros mares abisales.
Y en la huida de su propio trío de depredadores había apostado a todo o nada a que el colectivo volviera a tropezar con la misma piedra. Había regulado sus fuerzas para llegar a las dos y doce minutos exactos a la esquina del semáforo y, cuando estaba a una cuadra del mismo y vio la unidad, corrió como alma que lleva el diablo.
La apuesta le había resultado. Pero había estado muy cerca de fallar. Todavía le parecía oír los resuellos de Belisario, Tiburcio y Darío detrás de él, como búfalos en estampida.
Se sentó en el asiento que le correspondía, abrió su bolso y sacó una remera. Cuando se la ponía ―la otra quedó abandonada en la pileta de los Pérez Ithurrat―, sonó el ring tone de su celular. Lo buscó dentro del bolso y, al encontrarlo, sonrió. Mensaje de Delfina: «Beli llegó a casa. Puteaba como un condenado y ni me miró. ¿Estás bien?». «Estoy bien, cansadísimo, pero a salvo. ¡Qué manera de correr! Aunque todavía no me puede escapar de algo» escribió. Envió el mensaje y la respuesta no se hizo esperar. «¿De qué?». «De las garras de tu belleza, linda».
Sonrió al recibir otro mensaje. «¡¡¡Ay, me enamorás!!!! Nos hablamos. ¡Besitos!».
Se relajó en el asiento y cerró los ojos.
Entonces sintió el pinchazo en los gemelos. Fue como si diez mil cuchillas se clavaran punzantes y aguijonearan hambrientas su interior muscular. Nunca había sufrido un calambre tan feroz como ese. Y todavía tenía casi once horas de viaje por delante. Puteó para sus adentros como un condenado, y Dios, la Virgen María y varios santos temblaron en sus pedestales celestiales
A pesar del agotamiento que tenía encima, le iba a ser difícil poder conciliar el sueño.

6
Abelardo Gorriti nunca regresó a Pampa Caliente. Belisario Ezequiel Pérez Ithurrat no era el único que se la tenía jurada: más de una decena de maridos y novios, engañados por sus parejas en infidelidades donde el joven había sido partícipe necesario, sacaban número para romperle la cara ―y algo más―.
Luego del larguísimo viaje que siguió a la huida de las zarpas violentas de Belisario y compañía, arribó a la terminal de Retiro cansado hasta la médula. Pero feliz.
Durante el viaje habló con Delfina de las Mercedes, y ella le prometió que el último fin de semana de febrero se escaparía a Buenos Aires, como pudiera, para estar junto a él.
Esperar casi un mes resultó una quimera para Abelardo, pero logró resistir a lo insistía el diablito que llevaba sobre su hombro izquierdo: la conquista de veinteañeras que, encandiladas por sus ojos verdes, se le ofrecían por doquier.
Delfina arribó a Retiro en la fecha y horarios acordados (había tenido que mentirle a sus padres, diciéndoles que pasaría el fin de semana en la casa de su amiga Penélope para estudiar con ella la materia que ambas se habían llevado a marzo; y con la complicidad de su amiga del alma en la mentira ―más la promesa de Delfina de que le haría gancho con Belisario, su hermano y amor imposible―, se había subido el viernes al micro de las dos y diez de la tarde rumbo a Buenos Aires. Y todo a pesar de que Belisario casi había convencido a sus progenitores de que su hermana no pensaba estudiar Historia con Penélope, sino Anatomía con alguien más. Ninguno de los dos sospechó nada: confiaban en su hija a rajatabla) y, cuando bajó del ómnibus, el abrazo y el beso que se dieron con Abelardo hizo estremecer los cimientos de la terminal.
Ese fin de semana fue inolvidable para los dos. Y la despedida los dejó con un sabor amargo en la garganta, y con el deseo de volver a unirse a la brevedad en idénticos y explosivos vuelos de placer.
Durante el transcurso del año, Delfina de las Mercedes viajó a Buenos Aires en cinco ocasiones más a visitar a su amado, siempre con la excusa de quedarse a estudiar el fin de semana en casa de Penélope. Y en las cinco oportunidades creyó tocar el cielo con las manos.
A pesar de que las estadísticas le jugaban en contra, Abelardo logró mantenerse célibe desde su vuelta a Buenos Aires en febrero hasta la última vez que sus ojos se posaron en los de Delfina.
La despedida final fue la más dolorosa: el joven se había enamorado. Y sabía, en el fondo más profundo de su corazón, que terminaría metiendo la pata y engañando a la joven: estaba en su naturaleza ―como en la del escorpión de la fábula de Esopo―. Las lágrimas de Delfina cuando él le dijo, de forma inesperada y cuando ella estaba a punto de subir al micro de regreso a Pampa Caliente, que no la amaba y que no la quería ver nunca más, le rompieron el corazón. Habían pasado el fin de semana más caliente e intenso de los seis que habían compartido, y sus palabras tomaron por sorpresa a la joven. Lo puteó, lo escupió y lo golpeó. Y luego le suplicó y le lloró. Pero él se mantuvo en sus trece.
Mejor un corazón roto de joven —y que puede volver a curarse— que uno destruido cuando la vida ya no te ofrece revancha.

Abelardo se recibió de Médico Veterinario en diciembre de ese mismo año. Y, luego de convencer a su madre jubilada de que vendiera la casa que tenían en Pampa Caliente, hizo lo propio para que viviera con él en Tandil, una de las ciudades más importantes del sudeste de la provincia de Buenos Aires, donde pensaba radicarse para ejercer su profesión.
Su madre compró una casita en un barrio en las afueras de la ciudad serrana, y ambos se instalaron allí para siempre.
Abelardo consiguió trabajo enseguida: siempre hacen falta médicos veterinarios en ciudades donde la actividad pecuaria es una de las bases de la economía local. Su profesionalidad y contracción al trabajo eran notables: cuando los productores lo llamaban al celular, él tomaba su camioneta y concurría a cada establecimiento agropecuario dispuesto a solucionar las dolencias de los animales, sin importar distancia ni horario.
En Tandil volvió a recorrer la ruta archiconocida de la conquista femenina. Pero jamás pudo olvidar a Delfina de las Mercedes Pérez Ithurrat.
Y nunca se volvió a enamorar.

Luego de la rotura sentimental con Abelardo, Delfina volvió a Pampa Caliente con el corazón resquebrajado en mil pedazos. Sus amigas fueron el apoyo fundamental que le permitió terminar el secundario y rehacer su vida. Y también la compañía incondicional de su hermano Belisario. Pensaba que él se reiría de ella y la señalaría con el dedo de por vida, pero ocurrió exactamente lo contrario: la contuvo, y junto a su padre fueron el sostén masculino del verano más triste que recordara.
Al año siguiente se fue a estudiar Ciencias Económicas a la Universidad de Buenos Aires junto a su amiga Ludmila (Penélope no las acompañó: su meta era abrochar a Belisario Ezequiel Pérez Ithurrat para siempre, ahora que la celestinada de su amiga Delfina había comenzado a rendir sus frutos). Vivió los cinco años que le demandó finalizar sus estudios universitarios en un departamento alquilado con Ludmila. Y aunque buscó a Abelardo por todos los lugares que el joven solía frecuentar (el departamento en donde había compartido aquellos fines de semana de locura estaba alquilado por una pareja de ancianos), no lo pudo encontrar. Parecía que al más lindo de Pampa Caliente se lo había tragado la Tierra.
Se consoló en relaciones sentimentales de ocasión, pero nunca pudo olvidar a Abelardo. Y jamás volvió a enamorarse.
Ambas amigas se recibieron como contadoras públicas nacionales el mismo día. Aunque decidieron desarrollar su profesión en distintas geografías. Ludmila volvió a Pampa Caliente y comenzó a ejercer como profesional en el estudio contable de su padre. Delfina, por el contrario, no quiso saber nada con instalarse en su ciudad natal: cada esquina, cada árbol y, en especial, la pileta de la azotea de su casona, le recordaban a Abelardo. Y el corazón se le estrujaba en un puño.
Por eso decidió radicarse en una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires que, según le contaron dos chicas nativas de allí que estudiaban Medicina en la UBA ―y que vivían en el mismo edificio en donde ella vivía con Ludmila―, aparecía como muy pujante tanto en el aspecto económico como en el social y cultural.
Sus padres acompañaron la decisión, tanto en el apoyo moral como en el financiero. Y Delfina de las Mercedes instaló un estudio contable en el centro de aquella ciudad, sencillo a la vista, pero con todas las comodidades necesarias para que el cliente se sintiera cómodo y bien atendido.
La tonada especial al hablar, la inteligencia pocas veces vista, y la belleza incalculable, enseguida se hicieron notar en una profesión dominada mayoritariamente por hombres.
Tandil tenía una nueva profesional en Ciencias Económicas.
La contadora más linda de la comarca.

Epílogo
El joven camina por la calle 9 de Julio, en pleno centro tandilense. Lleva una gorra de vasco, camisa escocesa, bombachas batarazas y alpargatas negras ―según su opinión y la de algunos colegas médicos veterinarios, la ropa más cómoda que existe para trabajar en el campo―.
Su cabeza hierve no solo por el calor que azota Tandil en pleno mes de enero ―hecho que le recuerda a Pampa Caliente, su ciudad natal―, sino también por los nervios que lo corroen por dentro. Nunca le dio importancia a los impuestos y siempre trabajó en negro, sin darle una factura a nadie. Y de alguna manera que no alcanza a comprender, la AFIP se ha dado cuenta de ello: la intimación que recibió hace solo un par de horas parece una invitación especial a sentarse en la silla eléctrica.
Hilario Cóppola, colega y amigo desde que se radicó en Tandil hace seis años ―junto a su madre― le ha recomendado que vea a su propia contadora para que lo ayude con la AFIP. El joven desconfía horrores de esos profesionales que ven pasar la vida buceando entre números y sentados detrás de un escritorio, pero no vislumbra otra solución que la consulta inminente. «Está más buena que comer pollo con la mano», le ha comentado su amigo, sabedor de la principal debilidad de su socio. «Y no tiene pareja», ha rubricado enseguida con una sonrisa.
Dobla en la calle 25 de Mayo. A media cuadra tendría que estar el estudio contable, según las indicaciones de Hilario.
Camina unos metros y, al ver la chapa reluciente y brillante junto a la puerta de ingreso a una sencilla pero moderna oficina, siente cómo todos sus músculos se aflojan a la vez en una gelatinosa rebelión contra el cuerpo que los contiene.
«Delfina de las Mercedes Pérez Ithurrat», reza el letrero dorado, y más abajo «Contadora Pública».
Un frío gélido, que contrasta con el calor asfixiante del verano, le recorre de punta a punta la columna vertebral. Se mira las manos. Le tiemblan pero también le sudan, producto de una conjunción indescifrable de emociones que explotan en su interior.
Y entonces deja que el corazón ―que le galopa irrefrenable en el pecho― gobierne la escena y decida su destino. Sin pensarlo más, el médico veterinario Abelardo Gorriti toca el timbre e ingresa en el lugar.
La puerta de la oficina personal de la contadora se abre, y el perfume de la joven mujer inunda el hall de entrada del pequeño estudio contable, embriagándolo y transportándolo a un pasado no tan lejano.
Sus ojos encuentran los de ella y, un segundo después, los sentimientos entrecruzados de aquellas dos almas gemelas sacuden la superficie de ambos cuerpos encandilando a la mismísima luz del sol.
Y el resto… el resto es historia.

2 comentarios:

  1. ahhhhhhhh.... qué hermooso y romaaanticooo, juan.........
    me encantó. y súper bien contado, como siempre!!!!
    quien no se sienta identificado con alguna de sus partes, que tire la primera piedra!
    salud!

    ResponderEliminar
  2. ¡Gracias por tus palabras, Claudia!
    Salió una comedia romántica, poco habitual en mi haber. La verdad es que disfruté mucho con su redacción, me sonreí bastante en varios pasajes, je.
    Por supuesto que no voy a arrojar ninguna piedra: creo que todos, inconscientemente, cuando escribimos ponemos algo de lo nuestro en las letras que surgen sin que nos demos cuenta (y como los hombres no tenemos memoria, jamás saldrá de mi boca nada más, ja).
    ¡Saludos y gracias por leer un texto taaan largo!

    ResponderEliminar