miércoles, 18 de septiembre de 2013

A la deriva



Por Juan Esteban Bassagaisteguy.


El Cocinero
Ay, qué dolor, por favor, no doy más con estas punzadas, la puta madre…
Yo le dije al capitán, «dejémonos de joder con andar parando en puertos africanos», andá a saber qué alimentos de mierda nos vendieron esos negros del puerto de Durban, en Sudáfrica. El segundo oficial es el único que posee algunos conocimientos médicos; pero, a pesar de los brebajes que nos ha metido encima, no ha podido con todos. Varios han muerto aullándole al cielo, sangrando por el culo y con terribles revoltijos en sus bajos vientres hinchados de putrefacción y dolor.
La debacle no cesa. Muertos y más muertos por doquier. Y unos pocos sobrevivientes que se disputan, frenéticos, la última gota de agua; el alimento bueno se terminó hace rato.
Sé que varios de los que todavía siguen vivos me acusan de ser el responsable de todo. Creen que la culpa es mía porque, como cocinero, debería haberme dado cuenta de lo de la comida en mal estado. Pero no. El responsable —el único responsable— es el capitán. Tremendo pelotudo que nos metió en esta. Sin comida, sin agua, y a la deriva.
¡Ay! La concha de la lora, no doy más. ¡Dios, cómo duele! El orto… Ay… Me toco atrás y me miro los dedos: todos manchados de rojo y marrón. Siento que algo cae de mis labios y llevo la otra mano allí. Más sangre. No doy más… ¡¡Diooos!!
Entonces lo veo claro. La única salida.
Con las últimas fuerzas que me quedan corro a estribor, me subo a las barandas del barco y salto hacia el océano.
El agua fría me recibe con una mansedumbre inusual —no se distinguen olas en la cercanía—, calma mis dolores más intensos y me da paz.
Mucha paz.

El Oficial de Comunicaciones
Je, je, je… Ji, ji, ji. ¡¡Ja, ja, ja, ja!!
Pedazos de boludos. Mátense, idiotas, qué mejor para mí. ¡Ja, ja, ja!
Búrlense ahora de mi gordura, hijos-de-re-mil-putas. Con las reservas de grasa que tengo, cómo voy a disfrutar cuando los vea morir de hambre. Bah, si queda alguno: se están matando entre ellos, pura locura desenfrenada, uno contra todos y todos contra uno, ensartados como churrasco e’ croto. De acá arriba se ve lindo, je.
Agua… agua… Eso es lo que necesito…
No consigo comunicarme con ningún puerto ni con ninguna embarcación cercana. ¿Qué mierda hay en la atmósfera? No lo sé, pero no debe ser nada bueno. Hace como veinte días que estamos así, incomunicados con todos, con una humedad en el ambiente que pesa como mil toneladas y en medio de una neblina roja en la que no se distingue nada, ni de día ni de noche. Ni me acuerdo cómo era la luna. ¡Ja, ja, ja! Redonda era, y la puta que la parió…
Agua… agua… ¡¡Aguaaa!!
¡Allá!
Corro como poseído y llego antes que nadie. El bidón es mío, me pertenece.
Ahhh… Siento caer el agua en el garguero y cierro los ojos, pleno, feliz. Todo, todo, todo, hasta la última gota… Increíble, ahhh, qué placer…
¡¡El demonio!! ¡¡Quiere mi agua!! ¡No! ¡No! ¡¡Jamás será tuya, hijo de puta!!
Intento escapar de él, pero me toma de las botas y caigo sobre la cubierta, desmayándome. No está mal: quizás, cuando despierte, la pesadilla haya concluido.
O quizás no…
Prrrrrr,  zzzzzz, prrrrrr, zzzzzz, prrrrrr, zzzzzz…

El Primer Oficial
Hijo de puta. Hijo de puta, hijo de puta, ¡hijo de putaaa! Cómo nos cagó a todos el gordo mugriento de mierda. Y sin importarle un choto.
Ah, pero me las va a pagar. Se la voy a cobrar bien cobrada. Mirá que tomarse el último bidón de agua él solo, sin avisar, sin compartir… Eso no se hace.
Allá lo veo. Sonríe en lo más alto de la proa con la vista fija en los cadáveres de diez de mis compañeros, que yacen junto a sus pies. ¿Por qué sonríe? El boludo no se ha dado cuenta de que él también se quedó sin agua.
¿Cómo mierda consiguió el cargo de oficial de comunicaciones? Si hace como un mes que no nos podemos comunicar con nadie, ni puertos ni embarcaciones.
Me acerco hacia él reptando entre los muertos que abundan en cubierta, mimetizándome con ellos. Llego a su lado, lo tomo de las piernas y lo hago trastabillar. Sorprendido, cae con toda su obesa humanidad, golpeándose el cráneo contra el piso y quedando inconsciente.
Eso me facilita las cosas. Sin resistencia de su parte, con el cuchillo que robé de la cocina lo degüello en un tris. Su sangre me mancha las manos, pero no me importa.
Ahora voy por el máximo responsable de este caos. Otro hijo de puta, inservible como no hay dos. Se cree el mejor solo por tener el cargo de capitán, pero no sirve ni pa’ ver quién viene. Tiene quien lo defienda: Ordoñez, uno de los marineros —seguro que se lo coge, además, maricón de mierda—, del que veo su silueta recostada contra la puerta del camarote del mandamás. Igual, eso no es problema. En un rato van a ser dos más que nunca volverán a respirar.
Lo prometo. Como que me llamo Mario.

El Segundo Oficial
He intentado todo, pero lo mío no es la medicina. Nunca lo fue, y lo poco que sé es de verlo a mi padre, médico él, curando a sus pacientes.
Algún brebaje me enseñó a elaborar cuando le vine con esto de que lo mío era laburar en el mar —tenía solo dieciocho años cumplidos, de esto hace más de veinte—. Todavía recuerdo sus palabras, siempre tratándome de usted: «Pibe, nunca van a estar de más los conocimientos sobre medicina; aunque a usted le parezca que no le sirven para nada, le van a servir. Y más si se va a pasar seis meses o más embarcado en alta mar sin volver a su hogar».
Y ahora es la hora de la verdad. La tripulación, intoxicada en su totalidad, ha sufrido varias bajas desde que salimos de Durban; sin agua, sin alimentos, pero todavía con un dejo de esperanza, que es lo último que se pierde.
Como segundo oficial mi función primordial es la de diagramar el derrotero marítimo. Y sé que la costa argentina está ahí nomás, en medio de la neblina, a trescientas millas náuticas. Si los que quedamos en pie colaboramos entre todos, podemos llegar a destino, podemos…
¡¡Aaay!! ¡Ay! ¡Por Diooos!
Un tremendo dolor… Ay… ay… sube… sube desde uno de mis riñones hasta la nuca… quemándome la columna vertebral. Ay… Caigo de rodillas sobre la cubierta y me toco la espalda. Humedad. Calor.
El tormento continúa cuando alguien, desde atrás, me hala del cabello. Miro al cielo y su rostro me tapa el sol. Hugo, el jefe de máquinas, sonriéndome feroz. Sostiene un cuchillo cuya hoja está totalmente manchada de sangre —mi sangre…—.
Luego la tortura indescriptible de la carne que se desgarra cuando el herrumbre filoso me penetra el cuello y lo rasga de lado a lado.
Caigo de bruces contra la cubierta, rompiéndome la nariz.
Respirando a duras penas sobre un charco sanguinolento que huele a madera podrida, intento con ambas manos tapar la herida de mi cuello cercenado.
Pero no puedo.
Y todo se vuelve noche.

El Marinero
Le debo entera fidelidad. Fue él quien me sacó de la miseria y me consiguió este laburo cuando todavía era un pibe de la calle. Me enseñó todo, desde leer y escribir hasta realizar los trabajos más arduos a bordo. Y aunque hayan sucumbido casi todos mis compañeros en un motín sin antecedentes en la marina mercante argentina, debo estar con mi capitán. Sostenerlo en este momento difícil, no dejar que cometa ninguna locura, ninguna acción sin asidero que nos lleve aún más a la deriva. Lo mejor es quedarme acá, junto a la puerta de su camarote, vigilándolo todo en medio del caos creciente.
Dos marineros se acercan corriendo hacia el camarote que vigilo, babeando sangre y gritando incoherencias. Portan sendos cuchillos de larga hoja que, con toda probabilidad, han robado de la cocina.
El más rápido de los dos llega a mi lado y se me tira encima; esquivo la puntada mortal, lo tomo del antebrazo que porta el facón con todas mis fuerzas, lo giro ciento ochenta grados y utilizo su propio brazo como arma. El otro marinero, ciego de rabia, no alcanza a frenar su embestida y la hoja afilada penetra con violencia en su bajo vientre, atravesándolo de lado a lado. Sin pausa, presiono con mi otro brazo la glotis del primer marinero; la potencia bestial que imprimo a toda la acción, en defensa de mi capitán, da sus frutos: en menos de treinta segundos, los dos atacantes caen sobre cubierta muertos, uno desangrado y el otro sin aire en sus pulmones.
Y entonces es cuando veo la punta de otro cuchillo asomando por debajo de mi ombligo; algo se despedaza por dentro y el dolor supera todos los límites imaginables. Caigo de rodillas tomándome con ambas manos el bajo vientre, sin poder detener la hemorragia que no para de crecer. Sorprendido, giro mi cabeza y distingo al agresor: Mario, el primer oficial. Con una de sus botas me empuja y me derrumbo sobre el piso; siento cómo cae sobre mí y hunde la hoja del cuchillo aún más, girándola en mi interior. El martirio se vuelve insoportable. Sin embargo, puedo percibir que Mario ya no está montado en mi espalda.
Entonces, giro sobre mi cuerpo y lo veo. El primer oficial golpea frenético la puerta del camarote del capitán cuando Hugo, el jefe de máquinas, se le acerca por detrás y le clava algo que no distingo bien
                    (un destornillador)
             en su cráneo. El cuerpo de Mario se desploma sin vida y, sintiendo que las fuerzas me abandonan, no puedo, sin embargo, dejar de sonreír.
Aunque la sangre me manche las comisuras labiales.
Y sea lo último que haga.

El Capitán
Desde la pequeña escotilla que hay en la parte superior de la puerta de mi camarote observo todo. La hecatombe avanza a pasos agigantados pero no tengo el valor para salir a cubierta. Los alaridos alcanzan decibles imposibles y taladran los oídos de cualquiera. Todos contra todos; y es a cuchillo la cosa, o con cualquier elemento punzante: ya no quedan balas. Bah, en realidad, todavía queda una. Pero me la reservo para mí.
El barco navega sin rumbo, pero tengo una a favor dentro de todo el caos: el último parte meteorológico recibido desde Buenos Aires por la radio —¿Cuándo fue? ¿Ayer? ¿O el día anterior? ¿Hace una semana, cuando se acabó el agua potable? ¿O hace veinte días, cuando se terminaron los alimentos en buen estado? No lo sé…— aseguraba que no se avecinaban tormentas en esta zona del Atlántico en el transcurso de, por lo menos, tres semanas.
El fuerte golpe contra la puerta me saca de mi ensimismamiento y miro hacia allí. Los ojos de Mario, el primer oficial, me miran inyectados en sangre a través de la ventanilla que hay en ella; es lo último que hacen ya que, con lentitud, su cabeza se desliza hacia abajo. Veo, horrorizado, que lleva un destornillador clavado hasta su empuñadura en pleno cráneo. La sangre mancha el pequeño vidrio y me impide seguir observando la macabra escena.
Pero solo por un instante.
El dorso de una mano huesuda la limpia del líquido escarlata. Haciendo visera, el dueño de la misma mira hacia el interior y distingue mi rostro asustado en la oscuridad.
Es Hugo, el jefe de máquinas. Sonríe demencial del otro lado, mostrando una irregular fila de dientes. Pero lo peor es su único ojo (cubre la cuenca vacía que contenía el otro con un parche negro): distingo en él que ha perdido la razón y ya nada le importa.
Y que viene por mí.

El Jefe de Máquinas
Matar para sobrevivir. La ley de la selva, pero en alta mar.
Todo lo que aprendí en la cárcel de Ushuaia me viene al pelo. En ese penal, cualquier flojera te transformaba en la mujer del capo de los internos, y por eso había que ser fuerte y no tenerle miedo a nada. Me llevé mis buenas heridas de guerra peleándome con otros reos —la más grave, claro, el ojo que me falta; ahora, no pregunten cómo le fue al otro, ja. O sí, pregunten: barre los pisos en el mismo infierno el hijo de puta. Pero sin las pelotas: se las corte al ras antes de degollarlo, la sangre cayéndome de la cuenca vaciada segundos antes—, pero todo sirvió.
Aprendí a mandar, a no dejarme pisotear por nadie. Y aprendí a matar.
Ya no hay alimentos a bordo y se nos está acabando el agua. Los pocos que quedan vivos aúllan como señoritas por las punzadas en las tripas. Es cierto, yo también he cagado sangre y me duele una barbaridad el bajo vientre. Pero no me quejo y sigo adelante. Peor —mucho peor— la pasé en mi época de preso.
Varios han muerto por la infección derivada de ingerir alimentos en mal estado. La locura nos ha invadido —quién no está un poco loco en estos días, ja— y nos estamos matando unos a otros. Mejor, me gusta. Sobrevivir es la cuestión. Y si quedamos menos a bordo siempre tendré más chances de hacerlo.
De los que todavía quedan vivos, aquel es el que tiene que caer primero. El segundo oficial. Lógico, es el único que sabe algo de medicina, el que intentó —no pudo…— curarnos de la intoxicación. Y siempre con esa esperanza de que todo mejorará, cuestión que me exaspera.
Ensimismado en sus pensamientos (andá a saber qué nueva solución a la debacle en que estamos inmersos está pasando por su cabeza) no me ve llegar. Me acerco por detrás y saco el cuchillo que siempre llevo en mi cinturón de herramientas. Con violencia y en movimiento ascendente —como aprendí en el penal—, lo clavo en el costado de su cuerpo hasta el mango, a la altura de su riñón izquierdo. Cae de rodillas. Lo tomo de sus cabellos y atraigo su cabeza hacia mí; sin más, extraigo el cuchillo sangrante de su cuerpo y le cerceno el cuello. Se desploma sobre cubierta, convulsiona unos instantes y luego muere.
Guardo el cuchillo en mi cinturón de herramientas, satisfecho. Uno menos. Uno muy importante menos.
A aquel otro le tengo más respeto: está loco, ja. Mario, el primer oficial. Y no va a vacilar en nada. No lo hizo recién, cuando mató a puñalada limpia al boludo del marinero que custodiaba el camarote del capitán. Está a punto de entrar allí, donde el cobarde mayor se mantiene a salvo. Imagino sus intenciones y, claro, no puedo cederle la satisfacción de ser el único héroe en este lío, el que se lleve la gloria y los laureles de asesinar al responsable de este desastre.
Corro a la máxima velocidad que puedo, saco el destornillador de mi cinturón de herramientas y, cuando estoy a medio metro de él, tomo la improvisada arma con las dos manos, elevo mis brazos, salto en la carrera y se la clavo en el medio de su cabeza con toda la violencia posible. El destornillador atraviesa los huesos del cráneo hasta que solo queda visible su empuñadura.
El cuerpo de Mario se desploma, sin vida. Su sangre ha manchado la ventanilla de la puerta del camarote y no puedo distinguir nada en el interior de este. La limpio con el dorso de la mano y miro hacia adentro. Allá está el capitán, escondido detrás de su escritorio.
Sonrío pensando en lo que se viene.
Giro el picaporte, pero la puerta del camarote está cerrada. Doy tres pasos hacia atrás y corro hacia la misma, golpeándola con fuerza con mi hombro derecho. La cerradura cede ante el peso de mi cuerpo, y la puerta se abre con un ruido seco.
El capitán sale de atrás del escritorio y quedamos los dos frente a frente. No hace falta que nos digamos nada, los dos sabemos todo lo que el otro va a hacer. Saco mi cuchillo del cinturón de herramientas muy despacio y, cuando voy a encararlo para buscar el destino final, me apunta con un revólver directo a la cabeza.
El tiempo parece detenerse en el minuto que sigue. Ninguno de los dos mueve un músculo durante esos sesenta segundos. Pero luego sí. Y el puto me gana de mano. Se pone el cañón del arma en su boca y dispara. No lo puedo creer. Un reguero de sangre y sesos mancha la pared de atrás del escritorio. Me acerco hacia su cadáver que yace sobre el piso del camarote: media cara le ha desaparecido luego del disparo.
Cobarde de mierda. Siempre fue el mismo cagón, la puta que lo parió. Nunca tuvo huevos para nada, ni siquiera para darnos órdenes devenidas su máxima jerarquía. Sabrá Dios cómo mierda llegó a ocupar el cargo de capitán, ja.
Escupo un gargajo que va a dar en medio de sus ojos inertes y salgo del camarote.
Afuera todo es desolación. Miro hacia los cuatro vientos y solo veo decenas de cuerpos sin vida. Ya nadie grita, ya nadie chilla en nuestro barco. La calma llegó.
Y si solo quedo yo, entonces, ya no soy más el jefe de máquinas. Ahora soy el capitán, ja.
Regreso al camarote del que recién salí —mi camarote—, y me acerco al cadáver del ex capitán. Me desnudo, hago lo mismo con él y, luego, cambio nuestras ropas y me visto con las del capi. Me miro en el espejo del baño del camarote: fuá, qué pinta, flaco, vos sí que te merecés el cargo de capitán, pibe.
Vuelvo a salir a cubierta. Una neblina de raro color rojizo llena la atmósfera y no hay señales de que el clima mejore. Pero de que tampoco empeore. Eso es bueno.
Y la cuestión, siempre, es sobrevivir. No queda agua, y eso es un problema. Aunque miro a mi alrededor y me tranquilizo. Comida sobra —a pesar de que el cocinero decía que no quedaban más alimentos— y de hambre no me voy a morir, ja.


Diario «LA NACIÓN» del miércoles 28 de mayo de 1947 (Buenos Aires. Argentina)
PESADILLA EN ALTA MAR
Encuentran el barco mercante Santa Elvira, perdido en alta mar desde el pasado mes de abril, cuando partió del puerto de Durban, Sudáfrica. Un solo sobreviviente.
El contraalmirante Felipe Robledo, comandante en jefe de la Armada Argentina, elevó un comunicado escrito informando de la aparición del barco mercante Santa Elvira, del que no se tenían noticias desde mediados del mes de abril.
El mencionado buque, comandado por el capitán Santiago García Echagüe, partió del puerto de Durban, Sudáfrica, con destino a Buenos Aires el pasado 13 de abril y, por razones que se intentan determinar, se desvió de su ruta predeterminada quedando completamente a la deriva.
Fue encontrado por el acorazado ARA Independencia, de la Armada Argentina, el pasado lunes 26 de mayo, a doscientas cincuenta millas náuticas de la costa argentina, y luego de una intensa búsqueda que demandó cuarenta y cinco días.
Al no recibir respuesta por la tripulación del Santa Elvira, marineros del ARA Independencia lo abordaron para presenciar, a continuación, un espectáculo dantesco: más de treinta cadáveres yacían sobre cubierta, casi todos ellos con signos de haber recibido violentas golpizas y heridas cortantes. En el camarote del capitán García Echagüe (y junto al cadáver de este, que tenía un disparo en el cráneo) fue encontrado el único sobreviviente de la tripulación, Hugo Domecq, jefe de máquinas del barco mercante, con evidentes signos de enajenación total ―tales como su único ojo (tapa uno de ellos con un parche) totalmente rojo y saliéndose de la órbita, y la imposibilidad de articular dos frases coherentes en forma continua―.
Lo peor de todo el suceso, lo más truculento y macabro de lo sucedido a bordo en estos cuarenta y cinco días de horror, es que existen multiplicidad de pruebas que permiten concluir que el señor Domecq solo ha podido sobrevivir en alta mar tanto tiempo debido a que, en su trastorno mental y de la forma más tribal, ha practicado el canibalismo. Así lo demuestran los despojos humanos que, en pequeños trozos, han sido encontrados esparcidos por todo el camarote del capitán García Echagüe y la cubierta del Santa Elvira, con señales de cortes realizados con cuchillos o similares, y dentelladas varias.
El señor Domecq se encuentra, ahora, internado en el Hospicio de las Mercedes de la ciudad de Buenos Aires, en pleno proceso de recuperación. Las autoridades de la Armada Argentina esperan que recupere pronto la razón para poder saber qué sucedió a bordo del Santa Elvira en el fatídico mes y medio que estuvo a la deriva.
Aunque esto, quizás, nunca llegue a saberse en su totalidad.


6 comentarios:

  1. Un relato atrapante, macabro, sin pausa. El cambio de relator a medida que avanza la lectura nos lleva a un final imprevisible.

    ¡Muy bueno!. Ideal para leer durante la cena o antes de emprender un viaje en barco.

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    1. ¡Jajajaja! Capaz que mejor nos vamos a dormir sin comer, o nos tomamos un avión en vez del barco ;)
      Gracias por tus palabras, José, me alegro mucho que te haya gustado.
      ¡Saludos!

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  2. ufff. lo leí en partes. diferentes días. demasiada sangre desparramada para una sola vez...
    relato tenebroso, miserable, demencial. por decir algo. encima en un barco, que ya de por sí me provocan sensaciones parecidas.
    solo falta que lo corones con que fue casi real y morí espantada.
    pero bueno, bien hecho juan! algo bien diferente!
    salutes!!!!

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    1. Mil gracias por tu lectura y tus palabras, Claudia.
      Es un relato largo (no puedo con mi genio, los cuentos se me vuelven, casi siempre, un poco extensos) y me parece muy bien que te hayas tomado tu tiempo para leerlo.
      Infiero de tus palabras que la violencia que intenté imprimir en el relato (cosa bastante difícil para mí, lograr que la misma sea creíble, digo... es más, estoy en proceso de redacción de un cuento que tiene algún episodio violento, y no logro aún encontrar el impacto que busco :/ ) dio sus frutos; como asimismo todo lo que implicó la investigación previa sobre cuestiones marítimas, de las que ignoraba prácticamente todo (solo sabía que "proa" es la parte de adelante de un barco, y "popa" la de atrás, ¡juas!).
      Tranquila, no tiene nada de real, solo pura fantasía: una conjunción de las palabras "siete" (la cantidad de protagonistas), "locos" (todos están locos, pero ¿cuál fue el motivo de su locura? La ingesta de comida en mal estado. ¿Y la consecuencia dela misma? La matanza a bordo...), la imagen del barco en la portada (la trama ocurre en el mismo), y la imagen del personaje en la portada (para mí, el personaje principal de la trama, Hugo, el Jefe de Máquinas, ya vestido con el uniforme del ex-capitán).
      En fin, solo me queda agradecerte que me hayas pasado tan buena portada, que dio a luz «A la deriva».
      ¡Saludos!

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  3. El elemento que logra potenciar la historia se halla en la convergencia de las historias de cada personaje, todos con emociones y conductas diferentes, incluso al momento de matar. Interesante la estructura, finalizando con el artículo.
    Nunca decepcionas, Juan.

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    1. Gracias por tus palabras, Mauricio, muy halagado por ellas.
      Coincido con lo que mencionás respecto a la convergencia de las historias, muchas gracias. Vos sabés que, originalmente, los capítulos no seguían ese orden, sino que la historia comenzaba con el ttitulado «El capitán». Pero, bueno, el devenir de la redacción hizoq eu algunas cuestiones se modificaran y, entre ellas, el orden de los capítulos, intentando lograr una lectura amena de un texto que de por sí, es algo largo.
      Otra vez gracias, che.
      ¡Saludos!

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