miércoles, 24 de julio de 2013

Bragado


Por Sebastián Elesgaray.


Ya casi lo tenía. Sería suyo. Agarró las boleadoras con más fuerza, sintiendo el cuero como si fuera una costra vieja y amarga. Largó un suspiro entrecortado, emocionado y salpicado de saliva pesada. Caminó entre los matorrales, pisó una tierra húmeda con rocío desapareciendo, escuchó una paloma ulular.
El relincho lo estremeció.
Lo tenía atrapado contra el barranco, con la laguna de fondo, sin salida. El caballo era hermoso. Esbelto, gigante, con las crines al viento como dispuestas a emprender el vuelo. A la altura del vientre el pelaje entre rojizo y marrón se convertía en un blanco limpio, tan liso que encandilaba.
Vamo’ potro, que acá hay un gaucho bien dispuesto.
Otro relincho como respuesta. Un desafío.
El gaucho avanzó despacio, agazapado. Empezó a sentir un vigor en la diestra, ese que le pedía que revoleara a las “tres marías” como alma que lleva el diablo. Sonrió un poco, y el bigote se le combó cubriéndole los labios.
Más lejos, a gritos de distancia, los soldados venían, los indios venían. Todos lo querían porque sería un semental que daría potros hermosos, porque sería un guerrero inigualable en velocidad y fuerza. Pero el gaucho estaba ahí primero, y una sola oportunidad tenía que ser suficiente.
El caballo coceó, levantó una nube de tierra pequeña. Movió la cabeza a los costados como si se negara, sin perder de vista al hombre que lo había acorralado.
El gaucho movió la muñeca, y las boleadoras completaron un círculo.
El bragado bufó como si se burlara.
Que arisco que uste’.
La frase ni sirvió para provocar. Movió la muñeca con más fuerza, levantó el brazo y sintió el aire formando viento alrededor de su coronilla. Tenía el tiro listo, montaría victorioso el potro bragado más bello, fuerte y rápido que alguna vez había visto la pampa húmeda.
Pero tuvo que ver valentía.
El bragado dio media vuelta y saltó. Alargó su cuerpo, ensanchó el vientre cuanto pudo, y se separó de la tierra. Por un segundo creyó que semejante animal se le iba a escapar volando. Pero al instante empezó a caer, en un silencio pavoroso y con ojos brillantes desbordados de dolor. Cayó al agua sin sonido aparente, y cuando el gaucho se asomó a mirar, tan solo vio el reflejo del sol lejano. Dejó caer las boleadoras al suelo y se arrodilló como quien se dispone a dar un rezo por primera vez.
—Potro Bragado. Como nosotros, preferís la muerte antes que perder tu libertad.
Nunca se vio cuerpo o resto alguno del caballo.
Fue mito y leyenda tan rápido, que una ciudad lleva su nombre.


9 comentarios:

  1. Juan, simplemente hermoso. Epica y poesía con las palabras precisas en este relato que me llevó al pasado. Ahora conozco el nombre de esa bella ciudad que una vez visité.

    Saludos!

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    1. José, todas las loas y aplausos para el Sr. Sebastián Elesgaray, escritor nacido en Bragado y que ha hecho tremendo homenaje a su ciudad. ¡Saludos!

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    2. ¡¡Muchas gracias José!! No sabías que habías estado por aquellas tierras, que bueno que fue una linda visita. ¡Un abrazo!

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  2. No conocía la historia. Muy buena y bien narrada por sebastián.
    Abrazos

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  3. Excelente, Sebastián.
    Te leo y me parece estar allí, junto al gaucho y al potro, viviendo todas y cada una de las mismas sensaciones que los atraviesan. Como siempre, un gran gusto disfrutar de tu habilidad narrativa.
    ¡Saludos!

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    1. ¡Gracias Juan! Pobre gaucho, al final se quedó sin nada :P
      ¡Abrazo!

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  4. qué impresión. excelente relato sebastián!! preciso y emocionante.
    te felicito!! obvio que no conocía la leyenda. gracias!!!!

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    1. ¡Gracias Claudia! Bueno, ahora que la conocés, te doy una excusa para visitar la ciudad. ¡Un beso!

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