miércoles, 1 de mayo de 2013

El «Mirko» de Pampa Caliente



Por Juan Esteban Bassagaisteguy.
(basado en «Pasión por ella»)

1
Aristóteles Díaz no solo tuvo muy poca suerte al haber sido anotado por sus padres en el Registro Civil de la ciudad de Pampa Caliente con semejante nombre, sino que, además, la naturaleza fue muy rigurosa con él.
A pesar de ser un bebé al que sus órganos vitales le funcionaban con normalidad, el médico pediatra que participó del parto lo percibió tan pero tan feo, que no se animó a mirarlo a la cara. Mechones de pelo negro en crenchas indomables cayendo sobre su rostro, una nariz puntiaguda y en forma de gancho invertido que hacía recordar al apósito de metal del capitán Garfio, y dos orejas separadas del diminuto cráneo como antenas parabólicas de recepción de señal de televisión.
Pero dos características de su aspecto físico superaban a aquellas.
Una era la sonrisa que brillaba en su carita en la misma sala de partos, llamando la atención de todo el cuerpo médico del hospital —ya que los bebés sonríen por primera vez recién a los dos meses de nacidos—.
Y la otra sus piernitas, que tenían una chuequez mayor que la de la Torre de Pisa.
Lo llevaron junto a su mamá, a quien la fealdad de su hijo le importó poco (el bebé, al lado de su padre, era un adonis que podía trabajar tranquilamente como galán de telenovelas). Aristóteles se prendió a la teta con fruición y avidez, sonriendo junto a su madre, ambos con una felicidad inconmensurable.
Pateaba gozoso al aire con sus piernitas chuecas, así como lo había hecho en el vientre materno.

2
Ni bien aprendió a caminar le daba con sus pies a cualquier objeto que tuviera forma circular. Pelotas de fútbol, pelotitas de tenis, de ping pong, naranjas, mandarinas, todas ellas bailaban al son de sus extremidades inferiores. Sus pañales, llenos hasta el tope y cerca del desborde fatal, eran su marca personal, pegajosa, hombre a hombre, un lastre que soportaba estoico con una idea fija: gambetear al hombre grande que tenía enfrente ocupando todo el arco y que decía llamarse «Papá».
No había caso, eso sí, con una cuestión fundamental: no quería saber nada con la mamadera, con los yogures, ni con cualquier otro lácteo que suplantara esa fuente de calor, paz y alimentación que significaban los pechos de su madre.
Prácticamente hubo que hacerle una cesárea de los mismos cuando, con seis años cumplidos, egresó del jardín de infantes para comenzar primer grado.
Pero como no hay mal que por bien no venga, en la única escuela primaria de Pampa Caliente, y gracias al calor sofocante que reinaba durante todo el año —30º de mínima en pleno invierno—, las maestras vestían todas, además del clásico guardapolvos blanco, vestidos frescos para enfrentar el agobio del clima. Y Aristóteles descubrió que no solo su mamá era portadora de senos alucinantes, sino también las seños; en especial la señorita Natalia, de cuyo escote pronunciado y fatal —y que el guardapolvos desabrochado dejaba entrever bajo su vestido— el pequeño no podía despegar sus ojos. La seño Natalia fue su primer amor imposible, el que duró solo dos años —primer y segundo grado— pero que lo marcó para toda su vida. Otras seños la siguieron, pero ninguna tan bondadosa ni tan bella —ni con tanto busto— como su primera maestra.
Su obsesión por esa porción anatómica femenina iba de la mano con su fanatismo por el fútbol. Fichó para Defensores de Pampa Caliente a los ocho años y enseguida comenzó a demostrar sus habilidades con la redonda. Ejemplos de ello hay miles, pero como para muestra solo basta un botón, vale citar la final del campeonato infantil de la liga local jugada contra Estudiantes de Pampa Caliente cuando el joven tenía diez años.
El partido finalizó 13 a 0 y Aristóteles marcó doce goles —el otro fue en contra—; en uno de sus tantos, el pibe tomó la pelota al borde de su propia área y encaró hacia el arco de enfrente con la redonda en sus pies, pasando rivales como si se tratara de alambre caído. Llegó hasta el arquero y, cuando este se arrojó contra sus piernas para robarle el balón, se lo picó con maestría rumbo a la red; pero antes de que la pelota cruzara la línea de gol, Aristóteles —quien había saltado al golero— frenó el recorrido de la misma. Su técnico lo miró incrédulo y casi se desmayó cuando su goleador estrella corrió hacia su propio arco, esquivando rivales, compañeros y al árbitro del partido como si fueran postes de luz. Cuando llegó hasta su área, dio media vuelta y otra vez, con el arco rival entre ceja y ceja, volvió a la carga. No solo gambeteó de nuevo a todos sus rivales con la pelota adosada a sus botines, sino que se la volvió a picar al arquero —su último escollo—, lo saltó, frenó el balón en la línea y lo metió de rabona.
El Diego quedó en la memoria de todos por esquivar seis ingleses antes de convertir el mejor gol de la historia de los mundiales. Pero Aristóteles lo superó aquel día: entre rivales y compañeros de equipo, esquivó a la friolera de ¡veinticinco jugadores! —a varios en un par de ocasiones— antes de mandar la pelota a la red.

3
Los años pasaron rápido y Aristóteles egresó de la escuela primaria para ingresar en la secundaria. Siempre con la pelota bajo el brazo y la fascinación por las bondades femeninas que vienen de a pares.
Y los rasgos característicos de su fisonomía: sus piernas chuecas y su rostro poco agraciado, que había aumentado su fealdad con la superpoblación de granos de acné juvenil. Y algo imprescindible que le abriría muchas puertas —y corazones del sexo opuesto—: su sonrisa contagiosa siempre a flor de piel.
Los adolescentes suelen ser crueles con sus semejantes en esos años donde forjan su personalidad, y las agresiones físicas y psíquicas suelen estar a la orden del día.
Así pasó con Nicanor Eliseo Otaño Cárdenas, compañero de Aristóteles en primer año de la secundaria y sufrido arquero de las inferiores de Estudiantes de Pampa Caliente (el mismo que se comió los trece goles en la recordada paliza futbolera, doce de los cuales se los convirtió Aristóteles, humillándolo por duplicado en uno de ellos). Provenía de una familia de clase acomodada de la pequeña localidad donde vivían, y no podía concebir que aquel adefesio tuviera más destreza que él en el manejo del balón.
—Che, Ari —lo increpó en un recreo. Aristóteles jugaba a los pases con tres amigos en el patio de la escuela, tocando la pelota de memoria; y sin mirarla, ya que sus ojos estaban más allá del juego observando a un grupo de compañeritas que chusmeaban y sonreían cerca. Entre ellas la más bella de todas, Josefina, cuyo crecimiento hormonal se daba en mayor medida en cierta parte del cuerpo que atraía sobremanera al joven.
—¿Qué querés, Nica? —Ni lo miró. El juego y Josefina atrapaban toda su atención.
—¿Sabés cómo te dicen a vos? —preguntó sarcástico Nicanor.
—No… ¿Cómo?
—«Miércoles» —contestó rápido, comenzando a sonreír.
—¿Por?
—¡Sos el más feo de los Díaz! ¡Ja ja ja! —Aristóteles, en lugar de enojarse, se unió al coro risueño con la habitual sonrisa que traía consigo desde la cuna.
—¡Ja ja ja! Es buenísimo, «Miércoles Díaz», je, je. Aunque es medio largo… Por ahí «Mirko Díaz» quedaría mejor, ¿no? Además, imaginate a Víctor Hugo relatando un gol mío: «La lleva “Mirko Díaz” pegadita al pie, se acerca al área rival, esquiva uno, dos, tres defensores y queda frente al arquero Otaño Cárdenas». —Nicanor dejó de reír y lo miró fijo—. «¡Un amague a un lado, un amague al otro, el arquero desparramado, ta, ta, ta, ta, ta, taaaaa… ¡¡¡Gooooooooooool!!! ¡¡Goooool!! ¡De Mirko Díaz! ¡Qué jugador! Y pobre Otaño Cárdenas, qué humillación». —Ahora todos en el recreo se reían del joven arquero, incluyendo a Josefina—. «Parece que a este arquero le dicen “Calzón Agujereado”: ¡no ataja un sorete!» —Más risas, y Nicanor que amagó un golpe de puño directo al rostro de Aristóteles, pero se frenó en el último minuto.
—Ta’ bien, ya me las vas a pagar.
—No te calentés, che, vos la empezaste. Reite un poco, te va a hacer bien. Además, tenés razón: ¡soy más feo que tropezar en patas! ¡Ja ja ja!
La risa de ambos pibes —una de ellas sincera hasta la médula, otra más forzada— acompañó el timbre que indicaba el final del recreo.

4
A la semana de haber cumplido quince años, Aristóteles Díaz ya jugaba en la primera de Defensores de Pampa Caliente, esquivando infinidad de guadañazos malintencionados de rústicos marcadores rivales —algunos de los cuales lo doblaban en edad— con sus gambetas indescifrables.
Y Nicanor Eliseo Otaño Cárdenas demostraba, asimismo, sus condiciones de gran arquero en la primera de Estudiantes de Pampa Caliente. Flaco, alto y muy elástico, la platea femenina adolescente que llenaba el estadio municipal los domingos por la tarde suspiraba ante cada destreza del joven golero —con quince años, el arquero más joven en debutar en primera—, llenándolo de piropos desde atrás del alambrado.
La competencia entre ambos jóvenes se reflejaba cada quince días en la cancha (la liga local tenía solo tres equipos, Defensores, Estudiantes y Once Almas —todos con el «de Pampa Caliente» adosado al nombre—, por lo que el campeonato, que duraba nueve meses, los encontraba enfrentados entre sí en seis oportunidades, quedando uno de ellos libre cada fin de semana), en la escuela secundaria —donde los dos se destacaban en el estudio, alumnos ejemplares— y también a la hora de las salidas los sábados por la noche a «Calypso», el boliche bailable de la ciudad.
Y a la hora de los lentos (sí, en Pampa Caliente aún se bailan lentos en el boliche, cosa de no creer) las chicas hacían cola para que las sacara a bailar alguno de los dos.
Morían por derretirse en los brazos fuertes de Nicanor, apoyando con delicadeza su rostro sobre el pecho duro y musculoso del espigado y joven arquero, y bailando pegados al ritmo de la música, rodeadas sus cinturas por manos tan hábiles y seguras.
Pero Aristóteles no se quedaba atrás, a pesar de su rostro poco agraciado —herencia paterna—. Era experto con el balón, claro, pero también con la parla: sonreía a las pibas, les decía cosas lindas al oído bailando lento y estas desfallecían ante el calor de aquellas y el que emanaba del cuerpo del goleador. Aristóteles esperaba siempre el momento justo, el segundo donde cada joven bajaba su resistencia para dejarse llevar hasta el mismo cielo, y ahí arremetía con toda su capacidad y habilidad, demostrando que no solo sabía manejar muy bien las extremidades inferiores sino también las superiores. Y su cabeza bullía a mil por hora, registrando todos los detalles de cada par de senos que rozaban su pecho adolescente, ocultos en su belleza por blusas, vestidos, remeritas, musculosas y soutiens —y, en contadas ocasiones que había aprendido a diferenciar, con ausencia de estos últimos—.
Josefina, compañera de la secundaria de los dos, era la obsesión que ambos jóvenes compartían.
Y el dolor de cabeza de Nicanor: de los cuatro sábados del mes, la joven de los pechos exuberantes bailaba lento con Aristóteles en tres de ellos, dejando para él solo el restante. Debido a la preferencia de la adolescente por el adefesio, se sentía como el arquero suplente que nunca sale a la cancha y que jamás va a sentir entre sus dedos el calor de la pelota —o el de la piel de Josefina…—.
Pero tenía algo a favor: conocía el secreto más oscuro de Aristóteles.
En un cumpleaños de quince, y con ambos pasados de copas, este le había confesado su debilidad por lo que las damas ocultaban bajo sus sostenes.
Y sobre esa cuestión apuntaría todos sus dardos para intentar quedarse con Josefina, el trofeo más deseado.

5
El partido final de la liga de fútbol de Pampa Caliente se disputó el domingo más caluroso de noviembre de aquel año.
Once Almas, libre en la última fecha, había quedado relegado en la tabla al tercer y último puesto, a siete unidades del puntero y sin ninguna chance de campeonar.
Estudiantes lideraba el torneo con un solo punto de ventaja sobre Defensores, y un empate en la última fecha en el partido que debían disputar entre sí lo coronaba campeón. A Defensores solo le servía el triunfo.
 Ambos equipos contaban con sus figuras rutilantes, Nicanor Eliseo Otaño Cárdenas como dúctil arquero del primero de ellos —atajador de disparos a los cuatro ángulos, arriba y abajo, donde tejen las arañas—, y Aristóteles «Mirko» Díaz como estrella goleadora del segundo, autor de goles increíbles desde ángulos imposibles y gambeteador por excelencia de cuanto rival se le pusiera por delante.
Los dos con dieciocho años cumplidos, los dos egresados de la escuela secundaria y pendientes del viaje a Bariloche que se venía, y los dos compitiendo por el amor —y algo más…— de la escultural Josefina.
Todo Pampa Caliente se había congregado en el estadio municipal y las tribunas estaban repletas. Las viejas con sus reposeras; los viejos con el banquito y el clásico copetín que seguía al almuerzo; padres, madres, esposas e hijos orgullosos de los hombres de la casa que ese día dejarían todo en la cancha; y la hinchada de ambos equipos, repleta de jóvenes, adolescentes, mujeres, varones, con bombos, platillos, papelitos, cornetas y toda la artillería bullanguera.
Desde que el juez del partido (que también era el Juez de Paz de la ciudad, un obeso abogado de cincuenta y cinco años) pitó el comienzo del juego, las estrategias de ambos equipos vieron la luz. Todo Estudiantes bien paradito atrás, con dos líneas de cinco y ningún delantero, confiando en las manos y en los reflejos del seguro Nicanor, y rezándole a Dios y a todos los santos del Cielo mantener el cero en su arco para alzarse con el título de campeón.
Y Defensores con la regla de oro: dársela a Aristóteles para que este, con su sed insaciable por el arco rival y haciendo magia con sus piernas chuecas y endiabladas, llevara a sus compañeros a la gloria máxima de conseguir el quinto título consecutivo de la liga local. Pero para ello necesitaban ganar: el empate no servía de nada.
Los memoriosos de la época recuerdan que el arquero de Defensores solo tocó la pelota en la entrada en calor previa al partido. Los noventa minutos se jugaron de la mitad de la cancha hacia el arco de Estudiantes; parecía como si un terremoto hubiera tenido su epicentro en el círculo central del estadio municipal, elevando su suelo y volcando el balón constantemente hacia el arco defendido por Nicanor.
Aristóteles estaba como nunca ese día, poseído vaya a saber uno por qué demonio futbolero: no lo podían parar ni con un lazo. Terribles patadones de diverso calibre buscando sus rótulas con las peores intenciones ante la mirada pasiva del juez y su clásico gesto del «siga, siga»; agarrones de la camiseta, del pantaloncito, de las medias, de las canilleras, de la cinta de capitán, del pelo, de las orejas —grandes—, de los brazos (ni una amarilla sacó el árbitro ese día…), todas artimañas de los jugadores de Estudiantes para intentar detener su furia y quedarse con el campeonato.
Y cuando lograba esquivar lo que parecían ser las diez plagas de Egipto y se encaminaba —solito su alma— hacia el arco de Nicanor, este se la sacaba siempre —abajo, arriba, anticipándolo…—; y cuando no podía y la pelota ingresaba en el arco para Aristóteles llenarse la boca de gol, los arteros jueces de línea marcaban posiciones adelantadas inexistentes. Así, en cinco ocasiones durante los noventa minutos de juego.
Menos en la última jugada.
Faltaban dos segundos para que se cumplieran los tres minutos adicionados por el árbitro, finalizara el partido y Estudiantes se coronara campeón, cuando Aristóteles tomó por enésima vez el balón, su mirada feroz enfocada en el arco de enfrente.
Encaró, pasó uno, dos, tres defensores, entró al área y quedó frente a frente con Nicanor —quien había salido a cortar rápido— como por vigésima vez en el segundo tiempo. Amagó a un lado y escapó hacia el otro. El joven arquero adivinó su intención y, suicida como pocos, se lanzó con toda su humanidad contra los botines del goleador.
La pelota pasó, punteada por el delantero y mansita rumbo al arco, mientras Nicanor chocaba contra ambas piernas de Aristóteles y lo derribaba dentro del área. El esférico cruzó la línea de meta y la mitad del estadio, enfervorizada, gritó el gol del triunfo mientras el otro cincuenta por ciento se agarraba la cabeza.
Nadie escuchó el silbato del árbitro, que corrió con su obesidad a cuestas hacia uno de los bordes del área señalando con su brazo derecho el punto del penal.
—¡Penal, señores! —Los jugadores, los suplentes, el técnico, el aguatero y hasta la mascota de Defensores se le fueron al humo, increpándolo.
—¡¡No, juez, no, no!! ¡El gol es válido, y la puta que lo parió! —La protesta era una mezcla de gritos, ira, insatisfacción, escupitajos, lágrimas, empujones. Todo en uno.
Cuando el juez amenazó con sacar la roja, expulsar a todo el equipo de Defensores y comenzar con ello una batahola que se recordaría por los siglos de los siglos —amén—, Aristóteles tomó la pelota, pegó un chistido que silenció a todos y, con su habitual sonrisa en los labios, habló:
—Calma, muchachos, calma. ¿Fue penal, juez? —El arbitró hizo el clásico gesto afirmativo moviendo su cabeza sin decir una palabra, todavía algo agitado después de la corrida para marcar la pena máxima y el escándalo posterior que se había suscitado.
—Okey.
—Patea y termina, Díaz, no hay rebote. ¿Escuchó, Otaño? —Los dos jóvenes asintieron en silencio, sin dirigirse la mirada y con la vista fija en la pelota.
El árbitro acompañó a Nicanor a ocupar su lugar bajo los tres palos y le indicó las consabidas reglas que prohibían al mismo adelantarse antes de que la pelota se pusiera en movimiento. Aristóteles, mientras tanto, acomodó el balón en el punto penal.
Cuando el juez fue a tomar ubicación al costado del área para pitar por última vez en el campeonato, Nicanor levantó sus brazos y aplaudió tres veces sobre su cabeza, mirando hacia el banco de suplentes. El director técnico de Estudiantes sacó un silbato de su bolsillo y lo hizo sonar, estridente.
La hinchada de Estudiantes, ubicada detrás del arco que custodiaba Nicanor, se partió en dos y todos los hombres —viejos, adultos, jóvenes, niños— se retiraron hacia cada uno de los laterales, dejando a la platea femenina justo en medio de la tribuna.
Mirando fijo al delantero rival, el joven golero volvió a golpear las palmas de sus manos por sobre su cabeza tres veces, y las damas de la hinchada de Estudiantes se despojaron de toda blusa, de toda remera, de todo corpiño, de toda ropa que llevaban de la cintura para arriba, dejando que el calor primaveral de noviembre acompañara el bamboleo acompasado de cientos de senos, cuyas propietarias saltaban frenéticas alentando a Nicanor.
Los ojos de Aristóteles parecieron salírsele de sus órbitas, y un temblequeo irrefrenable comenzó a sacudir la mitad superior de su cuerpo. Sudaba a mares, serio como perro en bote, obsesionado hasta la médula —como era habitual en él desde bebé— por las diversas tersuras, tonalidades y tamaños de aquello que la hinchada femenina rival regalaba a sus ojos, y angustiado —en algún lugar de su cerebro que todavía mantenía, apenas, el uso de la razón— por la tremenda responsabilidad que significaba aquel penal: el campeonato o la nada.
Nicanor era ahora el que sonreía, regocijándose ante el único punto débil de su rival de siempre; y se felicitaba por haber conocido el secreto más oculto de Aristóteles en aquella noche lejana de copas adolescentes compartidas.
«Mirko» fue hasta la pelota y la tomó con sus manos rústicas, transpiradas por lo que estaba viviendo. Cerró sus ojos intentando controlarse y la acarició con suavidad, lento, muy lento. Le dio dos besos pequeños, diminutos, llenos de pasión y amor.
—¡Díaz! ¡Ponga la pelota en el punto penal! —El grito del juez lo sacó de su ensimismamiento y abrió los ojos. Miró lo que tenía en sus manos. No era uno de los pechos de Josefina. No. Era el balón.
Obedeció a duras penas, un ojo cerrado y el otro abierto solo por la mitad. No quería ni mirar a la hinchada rival y sus delicias a flor de piel. Pero no podía evitarlo.
Como pudo, fijó su único ojo entreabierto en el esférico y dio tres pasos hacia atrás, sus piernas flojas del todo y chuecas como nunca antes en su vida.
El sonido del silbato del juez sonó atronador en su cerebro, elevándole la adrenalina al mil por ciento. Corrió hacia la pelota, la impactó con su pie derecho y, luego de esto, cayó de bruces en el césped prolijamente cortado de la cancha, alcanzando a poner sus manos para evitar lo que hubiera sido un terrible golpe en el cráneo.
Todo el estadio municipal se paralizó en ese microsegundo que duró el viaje del balón hacia el arco de Nicanor. Todos menos este, quien se estiró cuan largo era hacia el destino que llevaba la redonda: su palo derecho. Alcanzó a rascar con la uña del dedo medio de su enguantada mano la pelota, desviándola medio milímetro de su trayectoria. El balón pegó en el palo, recorrió con lentitud de caracol toda la línea de gol, rebotó en la base del otro poste y entró.
La tribuna de Defensores, detrás del arco de enfrente, estalló en un rugido atronador que conmovió los cimientos del estadio.
—¡¡¡Goooooooooooool!!! ¡¡¡Goooooooooooool!!!
El juez dio por finalizado el partido y el público invadió la cancha. Los compañeros de Aristóteles se le tiraron encima, y toda la hinchada de Defensores, al grito de «¡¡Dale campeón, dale campeón, dale campeón, dale campeón!!», corrió a abrazarse con sus héroes.
En la otra tribuna, las pudorosas féminas vestían sus agraciados cuerpos con la ropa que, minutos antes, habían dejado caer liberando sus senos al aire en pos de conseguir el ansiado campeonato, y se retiraban del estadio junto a toda la hinchada de Estudiantes.
Entonces Aristóteles vio algo más.
Nicanor estaba arrodillado junto al palo derecho, la cabeza gacha y hundida entre los hombros, sollozando desconsolado. A su lado Josefina intentaba calmarlo, sin éxito.
Se escapó como pudo del abrazo de sus enfervorizados hinchas, caminó hacia su rival de toda la vida y se agachó junto a él. Este lo miró a los ojos, escoltado por Josefina, le sonrió entre las lágrimas y le dijo, estrechándole la mano:
—Te felicito, «Mirko», sos el mejor. —Aristóteles lo atrajo hacia sí y le dio un abrazo conmovedor.
—No, macho, el mejor sos vos. Un tipo de primera. No cualquiera tiene los huevos para saludar en la derrota. Y vos los tenés. —Hizo una pausa—. Además, te llevás el premio mayor —dijo, sonriendo y mirando a Josefina—. Eso es lo que vale. —Mantuvo sus ojos fijos en los de la joven y le habló—: Cuidalo bien, se lo merece.
La multitud lo tomó de los hombros y lo separó de Nicanor. Lo levantaron en andas y se fueron a dar la vuelta olímpica al son del griterío frenético de toda la hinchada de Defensores.
Y con el aplauso sostenido de los jugadores y los pocos hinchas de Estudiantes que todavía quedaban en el estadio, felicitando la superioridad del rival.
Con Nicanor y Josefina, sonrientes en la derrota, encabezando el reconocimiento más que merecido para Aristóteles y su gente.

6
Lo que siguió a aquel partido memorable es historia conocida.
Aristóteles «Mirko» Díaz emigró de Pampa Caliente a la ciudad de Buenos Aires cuando tenía diecinueve años, contratado por uno de los cinco grandes de la “A”.
Debutó tarde en primera división, con cerca de veintitrés pirulos cumplidos. De ahí en más no paró de subir escalón tras escalón en la carrera hacia la fama, y en menos de un año rompía redes en uno de los clubes más reconocidos del fútbol español
Semejante desempeño futbolístico llamó la atención de Alejandro Sabella, el DT de la selección argentina, quien lo convocó para integrar la lista de jugadores que participaron del Mundial de Fútbol 2014 organizado por Brasil, junto a unos tales Lionel Messi, Pipita Higuaín y Kun Agüero.
Pero yo les voy a relatar algunas perlitas que solo conocen los habitantes de Pampa Caliente. Y espero que sepan mantenerlas en secreto, eh, je…
Dicen que Aristóteles pidió habitación single en la concentración de la selección durante el Mundial 2014.
Dicen que dos garotas de físico impresionante —en los que resaltaban sus pechos enormes, los que parecían tener vida propia— lo visitaban todas las noches y se quedaban hasta el amanecer en el aposento del excelso goleador.
Dicen que para ver la final jugada en el Maracaná entre la selección argentina y la brasileña comandada por Luiz Felipe Scolari, Ronaldinho y Neymar, cinco ómnibus de larga distancia repletos de hinchas viajaron hacia allí desde Pampa Caliente, la patria chica de «Mirko» Díaz.
Dicen que el costo total de semejante viaje fue soportado por completo por un joven adinerado de la pequeña ciudad, que ostentaba un doble apellido que recordaba a un mítico goleador del Racing Club de Avellaneda.
Dicen que ese mismo joven, acompañado por una bellísima mujer que parecía ser su esposa, fue quien lo llevó en andas en la vuelta olímpica luego de lograr el ansiado campeonato ganándole a Brasil por 4-3 con un gol de Aristóteles en el último minuto.
Dicen que los dos, el hincha y el goleador, reían y lloraban al mismo tiempo sin poder contenerse, sus ojos llenos de lágrimas de gratitud y amistad del uno para con el otro y viceversa.
Se dicen tantas cosas…
  

10 comentarios:

  1. impecable juan!! tierna historia de amor y amistad, con ese modo detallado y simple a la vez que es tan tuyo.
    hermoso historia! se lee como se ve un film....
    salud!

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    1. ¡Gracias por tus palabras, Claudia!
      Es así, la amistad, sus idas y venidas en el tiempo y el fútbol como espacio generador de tal vínculo afectivo fue el "leit motiv" de la historia. Más el aspecto delirante que significa la obsesión y fascinación del protagonista por ... ejem... "(...) las bondades femeninas que vienen de a pares (...)", como dice el texto, je.
      Me alegro mucho que te haya gustado, che.
      ¡Saludos!

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  2. Qué placer leer esta historia !!! Nos deja mucho para pensar, el humor del protagonista, su seducción ( además de su obsesión ja!) , en fin ya lo queremos a este jugador de fútbol que supo disfrutar de las bondades de la vida y también de los obstáculos-
    Me encantóoooooooooooooooooooo!!!!! Bravo!!! ( No se por qué me acordé del feo que juega en Inglaterra, no me acuerdo el nombre)

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    1. ¡Muchas gracias, Bibi, por tus palabras!
      Me alegro mucho que te haya gustado.
      La verdad que sí, un buen humor a toda prueba el de Aristóteles, una ideal forma de enfrentar las piedras que la vida nos pone en el camino (aunque no siempre sea fácil...). Un fenómeno el «Mirko», eh, en todo sentido ;)
      ¡Saludos!
      P.D.: ¿Te referís a Frank Ribèry, el muy buen jugador que tiene la selección de Francia y en el Bayern Munich, muy habilidoso él, y que tiene una cicatriz impresionante en la cara producto de un accidente de tránsito cuando era un pibe...?

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  3. Cómo te gusta el fútbol Juan... Y eso se nota en tus letras, y al final no importa si uno es fan de ese deporte o no. Lo importante es que el sentimiento y la alegría están ahí, además de los personajes que enseguida se nos hacen entrañables, y la trama que nos invita todo el tiempo a seguir leyendo.
    ¡Te mando un abrazo, excelente relato!

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    1. ¡Gracias por tus palabras, Sebastián!
      Y sí, el fútbol es una de mis grandes pasiones, desde chiquito... aunque pa' jugarlo soy un rústico terrible: un «4» tipo Eber Ludueña, al que vas a pasar una sola vez, y nunca más, eh, je, je.
      Esta es mi cuarta experencia escribiendo sobre el tema (mi segundo cuento en particular, los otros dos fueron una crónica y el microcuento «Pasión por ella») y, como las demás, costó trabajo porque no es el estilo más habitual en mi redacción (más cercana al suspenso, al terror, a la cuestión «sangre»...), pero disfruté, con su escritura, un montón.
      ¡Un abrazo!

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  4. Felicitaciones al Autor! Buenisimo. Un canto a la Amistad.

    (alias Miguel)

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    1. ¡Gracias, SoydeBoedo (alias Miguel), por tu lectura y tus palabras!
      Saludos...

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  5. Como siempre Juan, maravillosa historia y conste que yo de fútbol ni jota!!!! Te felicito y te agradezco por el disfrute que siento al leerte!!! Saludos merlenses

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    1. ¡Gracias por tus palabras, María del Carmen! Muy halagado por ellas, che, sos muy amable...
      Y no tenés nada que agradecer, sino que es al revés: el agradecido soy yo porque hayas pasado por aquí con tu lectura y tu comentario.
      Saludos, en este caso, rauchenses ;)

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