miércoles, 13 de marzo de 2013

El Bien del Mal



Por Sebastián Elesgaray.

Homenaje a Guillermo Martínez.

El cigarrillo humeaba despacio, perezoso, en ese bar horrible. Tenía la billetera vacía pero igual seguía apareciendo cerveza en nuestra mesa, como si fuéramos dueños, o amigos del dueño; en lugar de un grupo heterogéneo formado de la nada. Di una pitada aguerrida, tratando de llenarme lo más posible de humo. Esa noche no había comido nada, sentía el estómago lavado, como si lo hubieran licuado. Tomé otro trago y Augusto me acercó su boca a mi oreja izquierda:
Si no les das nada quieren algo. Si les das algo, quieren todo. Pero si les das todo, ya no quieren nada. Son así.
Él sabía de lo que hablaba. Siempre sabía de lo que hablaba. Yo no podía dejar de mirar a La Gringa, esa mezcla de femme fatal con hippie de plaza. Vestía un pantalón de colores claros mezclados entre sí, en un collage sucio pero torneado. La remera verde le quedaba holgada, ideal para resaltar las curvas de sus pechos y su cintura. Parecía que me lo hacía a propósito. ¿Y acaso no era ese su juego? ¿Volverme loco? ¿Volver loco a todo el que pudiera?
Creo que sí.
Si será conchuda me dijo Augusto entre el bullicio de la música, todo el tiempo provocando.
Traté de mirar para otro lado, buscar incluso un par de piernas para calentarme esa noche; pero era peor porque desviaba y fijaba la mirada todo el tiempo, dando por obvio lo obvio. En un momento nos miramos a los ojos y los verdes de ella sonrieron, los míos no largaron lágrimas por poco.
¿No es demasiado esto para vos?
Los comentarios de Augusto se me hacían algo extravagantes, como un coro griego acotando fuera de tiempo. Pero en su defensa, es necesario afirmar que tenía razón. La Gringa acariciaba el muslo de su nuevo compañero, y por un par de centímetros no llegaba a la entrepierna. El tipo parecía presuntuoso, dando sorbos a su vaso como si ella no estuviera ahí, a pesar de que tenía las mejillas rojas de alcohol y satisfacción.
Basta dije en tono neutro, que haga lo que quiera.
Augusto puso su mejor cara de póker que la verdad no era muy buena y se recostó en el sillón con media sonrisa. Lo sabía todo, yo era un ignorante esa noche.
Di un buen trago a la cerveza. Parecía pis: caliente y ácida. El cigarrillo se me había consumido en la mano contemplando a La Gringa. Sentía el cuerpo caído, abatido como si hubiera corrido una maratón al fin del mundo. Casi tan cansado como la vez que había tenido que entregar un borrador en dos días. Ahora hacía un año que no escribía, y el dinero se había ido casi todo. Empezaba a pensar que volver a trabajar con mi papá era una posibilidad muy cierta.
¿No será una fantasía?, pensé. ¿No será que entre el ideal y la verdad no hay ninguna barrera ni nada que se le parezca, entonces me como todo esta película con rollo y todo?
Suspiré y dejé caer la colilla apagada. La pisé con el tacón de la zapatilla por pura costumbre y cuando levanté la mirada, ahí estaba ella.
Qué melancólico estamos dijo sonriendo.
Soy escritor. Si no estoy melancólico no tengo credibilidad —le contesté serio.
Se acomodó la remera y se sentó a mi derecha, lejos de los comentarios de Augusto, lejos y encerrada, porque la pared estaba a su espalda, y yo al frente.
—¿Todo bien? —preguntó con desenvoltura de relaciones públicas.
—Sí —mentí—. Es que estoy un poco trabado con la novela.
Me colmé de un orgullo absurdo por la calidad de mi patraña. En realidad no tenía nada, ni siquiera un borrador o alguna anotación aislada.
—Bueno, será cuestión de que te relajes. Seguro va a salir pronto, ¿no?
No dije nada. Me limité a aferrar el vaso, pero estaba vacío. Gusté de mirarla un rato más, todo para darme cuenta que le caían un par de lágrimas perfectas que iban a parar a su remera. Dos círculos de un verde más oscuro resaltaron en la tela, a pesar de la penumbra y el humo del lugar.
—Al final quisiera creer que sos buena —le dije.
—Soy el bien y el mal, alguien te tendría que haber avisado.
Su tono era bajo, pero yo la escuchaba como si no hubiera nadie, como si la música fuera silencio y las conversaciones mudas. El estómago me dio otra vuelta, para justificar mi desesperación. Traté de extender alguna mano para acariciarla, pero me di cuenta de que estaban pesadas y torpes. El vaso se cayó, se rompió en pedazos tan brillantes como sus lágrimas.
—Cuando te conocí no creías en el amor —me dijo.
—Debe ser por eso que te amo —le contesté.
Ella sí pudo mover su mano, pero la dejó a mitad de camino entre mi rostro y el suyo. No se animó a tocarme, y yo no me animé a decir más nada. Me levanté, tambaleándome, sintiendo el crujir del vidrio bajo mis pies. No miré atrás, no saludé a Augusto. No saludé a nadie. Quería conservar en la mente la imagen de ella y de nadie más. Tenía que correr a mi casa para escribir ese momento, y dejarlo estampado en otro lugar que no fuera mi alma.

7 comentarios:

  1. La idea de homenajear a Guillermo Martínez tiene que ver con la lectura reciente de su libro "La Mujer del Maestro". Hace un tiempo había leído otro, "La muerte lenta de Luciana B." Lo que más me llama la atención de este autor es su estilo entre pretencioso e informal. Por lo general no apoyo mucho la idea del "lenguaje literario", me parece que lo más sencillo de leer es lo que más llega. En este caso, Martínez parece que todo el tiempo está entremedio, hace las dos cosas: por momentos complicado y con lenguaje rebuscado, por momentos sencillo. Y, con todo eso, es de lectura ágil y muy interesante, describiendo personajes que sienten mucho, que todo el tiempo tienen conflictos muy fuertes dentro suyo.
    Sin más que agregar, espero que les guste.
    ¡Saludos!

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  2. Muy, muy bueno, Sebastián, ¡me encantó!
    De la mano de tus letras uno se siente transportado al lugar donde transcurre la trama, y puede vivir, a través de la lectura, los mismos sentimientos tan internos y fuertes que atropellan al protagonista por debajo de su piel. El lenguaje utilizado, además, favorece este fluir en la lectura. Excelentes las comparaciones utilizadas en el texto, que son varias y que lo hacen todavía más ameno. En fin, una muestra más de tu enorme capacidad para escribir (ojalá pronto podamos leerte publicado en papel, te lo merecés...).
    No he leído nada de Martínez, pero tu homenaje me abre las puertas para ello, sin dudas. A ver qué puedo encontrar por allí.
    ¡Un abrazo!

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    1. ¡¡Gracias Juan!! La verdad que fue un relato raro de sacar, difícil pero divertido, teniendo siempre presente el libro de Martínez pero a la vez queriendo escribir algo propio. ¡Saludos, y me alegro que te haya gustado!

      P.D: Lo de publicar en papel es algo que algún día llegará.

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    2. Tu estilo es indubitable: sale a la luz cada vez que escribís y, en lo particular, disfruto mucho con su lectura.
      Y, claro, cuando llegue la publicación en papel de tus relatos, quiero una copia autografiada. ¡Pago lo que sea!
      Saludos...

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  3. me encantó tu relato sebastian! me encanta el contraste entre lo rebuscado y lo simple, con una impronta de sentimentalismo fatal.
    muy bueno!!!

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    1. ¡Gracias Claudia! Buenísimo que te haya gustado. Te mando un fuerte abrazo. Saludos!

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  4. Me gusto muchísimo!!!! No leí nada del autor pero como dice Juan, este relato es un puente que me llena de ganas. Lo raro y lo simple, lo complicado y lo cotidiano ,contrastes que marcan un estilo pero que tambien nos acercan al autor de una manera diferente!!! Bravo!!!

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